Trovando con Oscar Sánchez en la Casa de la Bombilla Verde

Oscar Sánchez

El que vea en mí una amenaza de la NASA
es porque la caca le llega a las pestañas, nené.
Mírame bien, analiza quién soy:
un perro flaco con una guitarra y una voz,
un joven miserable cubano,
que no es nieto ni sobrino de nadie en Consejo Estado.

[…] Sé que soy recalcitrante y reiterativo,
de un tiempo para acá siempre hablo de lo mismo,
también sé que estoy parado en un abismo
y si intentan empujarme grito: «¡Ah!».

Y no importa que grites porque estás en el aire,
y lo único que te queda es desguabinarte,
y darte con la realidad –esa sí que es dura–,
es traumático el momento en que se rompe tu burbuja.

Trabajas como un mulo, honestamente, y no avanzas,
llegaste a los treinta y no tienes casa,
lo piensas seriamente para armar una familia,
“¡¿sí?!, ¿pero tu país no era una maravilla?”

Oscar Sánchez, “La amenaza de la NASA”

El sábado 3 de agosto de 2019 se animó la noche de la Casa de la Bombilla Verde con las canciones del trovador Oscar Sánchez (Holguín, 1986), ese multinstrumentista que no le hace ascos al rock, al changüí ni a la marímbula. Situada en calle 11 #905, entre 6 y 8, El Vedado, La Habana, la Casa de la Bombilla Verde –bar de tapas que toma su nombre de una canción de Silvio Rodríguez– es un espacio de conciertos por donde han desfilado cantautores jóvenes de toda la Isla. En su programación, amén de la música en vivo, alternan exposiciones de arte, talleres literarios y proyecciones de audiovisuales.

Graduado de Artes Plásticas, en la Escuela de Instructores de Arte José Martí Pérez, el músico holguinero fue profesor de 2006 a 2011. Transitando, mas sólo en apariencia, por otros caminos, Oscar Sánchez estudió de modo autodidacta guitarra, tres y marímbula, instrumentos que pulsa con la misma soltura con que ataca y entremezcla el son, el bolero, el nengón y otros géneros musicales cubanos y foráneos.

Anteriormente había tocado en las agrupaciones rockeras Needle, The Royal Bakunin Orchestra y La Banda Kñenga, de donde sale esa vibración que se trasluce en la velocidad de sus letras y en la avalancha de pasión que les pone a sus interpretaciones. Todo ello, sumado a su versatilidad e ironía volcánica, ha motivado a musicólogos cubanos (Joaquín Borges Triana, Carla Mesa Rojas) y a la estadunidense Susan Thomas (de la Universidad de Colorado) a tomarlo como objeto de estudio.

Justamente Borges Triana lo definía hace ya una década como artista que, por interdisciplinario y por incursionar en la “música visual performance” (tras una “obra de arte total”, “donde se fund[an] música, poesía y espectáculo”), le recordaba al habanero Adrián Morales. Otras cualidades que ya le veía entonces eran su huida de lo trillado y “su capacidad para experimentar con el diseño de las líneas melódicas”, lo cual terminaba enlazándolo, para él, con Inti Santana y con el Boris Larramendi de los primeros años de aquella ya mítica peña de 13 y 8.

Oscar Sánchez fue antologado en Quiero una canción (Ediciones Holguín, 2012), junto a otros cantautores, por Manuel Leandro Sánchez, coterráneo y colega. Su discografía abarca hasta ahora actuaciones en vivo y dos fonogramas de estudio, producidos de modo independiente, Unknown Artist (2015), y, en colaboración con Marbis Manzanet, Ojos que te vieron go, never te verán comeback (2017). Ejecutó en vivo la música escrita por él para el unipersonal Cantos de Andié, del actor y poeta Andrés Pérez. Las bandas sonoras de Ensayo (Fidel Ernesto Henríquez) y El espectáculo (Alejandro Pérez) llevan su sello. Así también: algunas cápsulas del proyecto Taller de Transformación Integral en Micro X, organizado en Alamar por la ONG Oxfam; uno de los cortos de la serie Nicanor, del novelista Eduardo del Llano, con la canción de “Rállame la zanahoria”, que Oscar coescribió con Frank Delgado; la obra interdisciplinaria Yilliam de bala, del diseñador Roberto Ramos, reinterpretada por la compañía de danza-teatro Persona, que dirige la bailarina y coreógrafa Sandra Ramy; y la puesta de BaqueStriBois, de Osikán Teatro.

No es la primera vez que lo pienso, aunque es siempre tentador volver sobre las obsesiones, confirmar certezas: si hay un incendiario entre los músicos de la Generación Cero –concepto que perfectamente puede cobrar significado al extenderse a esta manifestación, con quien nos ocupa–, ese es Oscar Sánchez. Para los que conocen a Freddy Lafita en Las Tunas, o al Ray Fernández de El Diablo Tun Tun, Oscar encarnará también una voz que los alude, por ese humor corrosivo de largo aliento que se vuelca sobre lo real sin tapujos. Pero su irreverencia y desparpajo pueden recordarnos a alguien más cercano en el tiempo, la veta escatológica y rebelde de la escritora Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, 1984).

Esta noche de sábado, además de desternillarme de la risa escuchándolo cantar algunas de las que ya son sus clásicos (“Chuparle la semilla al mango”, “El huevo”, “Borracha”), disfruté nuevamente sus intertextualidades y su saqueo del gracejo popular, los juegos de palabras (aliteración, anáfora, rima interior), la energía y la franqueza que le imprime a sus letras, como a su interpretación musical y a la improvisación. Asimismo, repasé algunos de los textos en que nos habla agridulce y socarrona, desgarradamente de amor, con ese ritmo contagioso suyo que, como una de sus canciones, lo que tiene, lo que nunca le falta… es “pegapega”:

Soy borrachón, soy mal hablao,
soy educado por gente buena,
soy un bribón, un descarao,
pero te quiero y eso cuenta.
 
[…] Esto que soy no es lo que fui,
pero no sabes cuánto me alegro,
lo que te doy tiene valor,
pero no se compra con dinero.
 
Ya no quiero que estés aquí
y que hieras mis sentimientos,
como yo no puedes pensar,
imposible estar en mi pellejo.
 
No hay relación, no hay amistad,
a ti tan sólo te quiero lejos.
Ya no hay pasión ni enemistad;
siento que puedo empezar de nuevo.
 
Mami, tú sabes que esto lo que tiene es velcro
–el pegapega de las mochilitas Thaba.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D.F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016) y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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