Mujeres vestidas con hanfu. Detalle mural de la tumba de Dahuting, período Han

La influencia de Qu Yuan y sus discípulos (Song Yu, Tang He y Jing Chai) constituyó una de las fuentes principales del modo preferido de hacer poesía en la Dinastía Han Anterior, el fu. Este es un estilo que no tiene una equivalencia exacta dentro de la lírica occidental, y muchos estudiosos, como apunta Zong-qi Cai en su How to Read Chinese Poetry, suelen equipararlo con la rapsodia, mientras otros lo llaman prosa rimada, exposición o descripción poética. De hecho, durante la dinastía Han, el modo sao, al que da título el principal poema de Qu Yuan, fue reconocido como fu, porque de ahí provienen la dicción ornamentada, los viajes imaginarios para escapar de los problemas terrenales y la figura del sabio poco valorado por sus contemporáneos. El principal cultivador de esta forma es el poeta Sima Xiangru (179-117 a.n.e.), autor del famoso “Parque Imperial” y del también muy conocido “Oda de la puerta grande”, entre otros. El primero, de 500 versos, posee una traducción al inglés, minuciosamente anotada y comentada, en la antología crítica de Zong-qi Cai antes aludida; el segundo puede ser consultado en la compilación Anthologie de la littérature chinoise de Sung-Nien Hsu y es, a mi juicio, una de las grandes piezas de la poesía amorosa de la lengua china. “Oda de la puerta grande” tiene, además, la peculiaridad de que el personaje principal es una mujer enamorada que espera el retorno de su amado, como sucede en al menos dos de los textos que compartiremos hoy, protagonizados también por mujeres, algo que, de cierta manera, constituye una rareza en esta literatura.

El poema que abre la muestra, conocido indistintamente por “El pavo real vuela hacia el sudeste…” (su primer verso), “La esposa de Jiao Zhongquin” o “La mujer de un pequeño funcionario de Lujiang”, resulta un claro ejemplo de los males de la vieja sociedad feudal china, detalle que subraya Rusell Maeth en la introducción a la versión del poema que publicó en Estudios de Asia y África XV del Colegio de México en el año 1980.

Después de varias dudas y debates, los eruditos parecen coincidir en que la balada data de finales de la Dinastía Han Occidental (o Anterior), aunque quizá sufriera luego algunas modificaciones en el proceso de la trasmisión oral. La mayoría de los críticos concuerdan en señalarlo como el mejor poema largo de la tradición china.

Sin embargo, ya esta composición no pertenece al estilo fu, sino al yuefu, cuyo apogeo se remonta al gobierno del emperador Wu Di de los Han (156-187 a.n.e.), quien convirtió la institución de tal nombre (Buró o Departamento de Música, podría ser su equivalencia en español) en un aparato estatal de gran complejidad encargado de recopilar canciones y coplas folclóricas destinadas a enriquecer la música cortesana, lo cual permitiría al soberano conocer las condiciones de vida del pueblo. Por extensión, estas canciones y coplas asumieron el nombre del organismo gubernamental y así se asentaron en la historia literaria china.[1]

Los temas fundamentales del yuefu giran alrededor de la realidad social, la guerra y el reclutamiento para ella, el amor y los refranes y las sátiras populares. Son casi siempre poemas de carácter narrativo, también parecidos a las baladas occidentales, pero, a diferencia del fu, su lenguaje resulta sencillo y cercano al habla. Aparte de “El pavo real vuela hacia el sudeste…”, hay un conjunto titulado “Diecinueve poemas al estilo antiguo”, cuya belleza y colorido lírico los coloca entre los más destacados del estilo yuefu durante el período Han.

Con posterioridad, el yuefu sufrió algunos altibajos en la estimativa literaria, hasta que bajo la égida de las Dinastías del Sur y Norte se restauró el Buró de Música y volvió a resurgir con bastante vigor, aunque los reyes de entonces abandonaron el interés cognoscitivo de la vida popular y sólo mandaron a recopilar las canciones y coplas para su esparcimiento. De este período se conservan varios yuefu; los pertenecientes a la Dinastía del Sur están dedicados en su mayoría al amor, y están repletos de ternura y emociones delicadas, en tanto los correspondientes a la del Norte discurren acerca de los horrores de la guerra y su repercusión sobre los habitantes de la zona, víctimas a un tiempo de las invasiones extranjeras, la decadencia del país y la corrupción de los gobernantes.

El mayor ejemplo de este yuefu del Norte es la “Balada de Mulan”. En él apreciamos otro tipo de mujer, capaz de convertirse en heroína y suplir al padre en una guerra en la cual acopia méritos mayores que los de muchos de sus correligionarios varones, aunque para ello necesita travestirse y ocultar su verdadero género. Al final, la guerrera declina los honores militares y la cercanía con los asuntos de estado y decide regresar a su hogar y deleitarse con la compañía de su familia, en una versión femenina del beatus ille que ya hemos comentado en otros poetas chinos. Tal vez esta sea la historia mejor conocida en el mundo occidental contemporáneo gracias a sus adaptaciones en animados, videojuegos, series y películas producidas desde 1998 hasta prácticamente nuestros días.

El segundo de estos poemas anónimos se estima que fue escrito alrededor de los siglos V o VI de nuestra era, durante la dinastía conocida como Liu Song (420-479), a la que no debemos confundir con la Dinastía Song que se asentó en el poder en el 960 y estuvo en él hasta 1279. Esta Dinastía Liu Song fue una de las muchas que hubo en la China dividida en dieciséis reinos y llena de conflictos militares, durante la época a la cual algunos historiadores denominan el período de las Seis Dinastías. Se cuenta que en el 440 n.e. murió una reina de los Liu Song y que, a causa del duelo real, los dignatarios no se atrevieron a ejecutar los cantos que habían compuesto o mandado a componer y se contentaron con leerlos. De ahí surgieron los “Cantos leídos en voz baja”; después, como parece común en la literatura china, este nombre se convirtió en genérico para acoger muchos de los poemas lírico-amatorios propios de las dinastías del Sur.

Los tres poemas anónimos elegidos (cuyas versiones en francés provienen de la antología de Sung-Nien Hsu y de la Anthologie de la poésie chinoise classique de Paul Demiéville) nos permiten considerar tres modos diversos de enfocar el personaje femenino y tres maneras compositivas diferentes en lo temático y también en lo formal, agrupadas bajo un mismo denominador común, el yuefu, otra muestra de la complejidad y la riqueza de matices que caracterizan a la poesía clásica china.

La mujer de un pequeño funcionario de Lujiang

El pavo real vuela hacia el sudeste
y cada cinco li[2] vuelve la cabeza.
“A los trece años, aprendí a tejer,
a los catorce, a coser,
a los quince, a tocar el konghou,[3]
a los dieciséis, a leer poesía y prosa,
y a los diecisiete me convertí en tu mujer.
Después, mi corazón se ha repletado de aflicción.
Tú, funcionario de la prefectura,
tienes un amor constante;
yo, tu indigna esposa, me quedo sola en el cuarto vacío,
nuestros encuentros son escasos.
Desde el primer canto del gallo, me pongo a trabajar;
hasta entrada la noche, no ceso de tejer.
Cada tres días termino un rollo de tela,
¡y aún tu venerable madre me acusa de perezosa!
Y no es porque yo no teja rápido,
sino porque ¡es de veras difícil ser nuera en tu familia!
Puesto que soy incapaz de servirte,
resulta inútil que permanezca aquí.
Deberías consultar a mis respetables padres
cuándo consideran oportuno que me reenvíes con ellos.”
El funcionario, al oír estas palabras,
va a buscar a su madre al salón y le dice:
“Ya mi destino no es tan brillante,
felizmente, me casé con esta mujer.
Al mezclar nuestros cabellos, nos convertimos en esposos,
y hemos jurado no separarnos hasta la muerte.
No hemos vivido juntos más que dos o tres años,
lo cual no es casi nada.
Si no se puede reprochar nada a la conducta de mi mujer,
¿por qué eres tan severa al juzgarla?”
Su madre respondió:
“Esta mujer es insolente,
ama la independencia.
Después de este tiempo, no estoy satisfecha de ella;
¿acaso osarás discutir conmigo?
Nuestro vecino del este tiene una hija virtuosa
que se llama Jin Lo-fou.
Ella es encantadora,
voy a pedir su mano para ti.
¡Devuelve de inmediato a tu mujer!
¡Bajo ningún pretexto intentes conservarla!”
Entonces el funcionario se prosterna y suplica:
“Con el mayor respeto, le hago saber, madre,
que si devuelve a esta mujer
no volveré a casarme jamás.”
La madre escucha apenas esta demanda,
molesta, golpea su asiento y grita:
“¡Qué audacia, pequeño,
suplicar por tu esposa!
¡Ya no tendré ternura para ti
y nunca admitiré esa decisión!”
El funcionario no se atreve a hablar más,
se despide de su madre y regresa a su cuarto.
Le cuenta esta escena a su mujer,
los sollozos lo sofocan y cortan sus palabras:
“No es que yo quiera hacerlo,
¡pero mi madre me obliga!
Vuelve de forma provisoria a tu casa,
a mí me reclaman las funciones de la prefectura.
Pronto regresaré
y pasaré a buscarte.
Este designio nace del fondo de mi corazón
y no lo cambiaré por nada.”
Los gallos cantan, la aurora se aproxima.
La joven se levanta para asearse.
Se coloca su falda bordada
con cuatro o cinco adornos,
calza sus zapatillas de seda
y fija los brillantes alfileres de carey en sus cabellos;
su cinturón es de pongée[4] blanco,
finas perlas cuelgan de sus orejas;
sus dedos son largos y delicados;
su boca es roja, seductora;
avanza, flexible, voluptuosa:
¡su belleza no tiene rival!
Entra al salón para saludar a su suegra;
que la deja marchar sin impedirlo.
“Cuando era una niña”, dice la nuera,
“crecí en el campo,
apenas recibí una educación familiar,
no soy digna de ser la esposa de tu hijo.
Desde mi boda, me has llenado de regalos
¡y no sabía cómo servirte!
Hoy vuelvo con mis padres,
¡lamento dejarte la carga agotadora del hogar!”
Sale para decir adiós a su joven cuñada,
sus lágrimas caen como las perlas de un collar roto:
“Cuando vine a tu casa, pequeña,
caminabas sujeta al borde de la cama;
hoy, que soy repelida,
¡eres del mismo tamaño que yo!
Ten cuidado de servir a tus padres,
trata de ayudarlos bien.
No descuides los días siete o nueve de cada mes,[5]
y, mientras te diviertes, ¡no me olvides!”
Ella cruza el umbral, se sube al coche y parte,
su rostro está cubierto de lágrimas.
A caballo, el funcionario va delante,
en el coche, ella lo sigue desde lejos.
A veces desaparece, a veces apenas lo distingue;
a la entrada del camino principal, se reúnen.
Él baja del caballo y sube al coche,
susurra al oído de su esposa:
“Juro no separarme de ti;
regresa por el momento con tus padres.
Me uniré a mi guarnición,
pero pronto volveré.
¡Ante el Cielo, afirmo la constancia de mi amor!”
Su mujer responde:
“Estoy profundamente conmovida por tus sentimientos.
Como me amas tanto,
espero tu pronto regreso.
Tú debes ser una roca,
y yo un junco;
el junco es flexible como la seda
y la roca inquebrantable.[6]
Tengo un hermano mayor
que es de naturaleza violenta,
él no me dejará hacer lo que quiero,
este pensamiento me incomoda.”
A lo lejos se contemplan, aún agitan las manos,
porque los amantes son reacios a separarse.
Humillada, avergonzada, ella regresa con su familia.
Su madre le golpea las manos y le dice:
“¡Nunca esperé este regreso!
Te enseñé a tejer cuando tenías trece años,
la costura, a los catorce,
música a los quince,
los ritos a los dieciséis
y te casé a los diecisiete años.
Te he recomendado que no te faltes a tus deberes;
ahora, ¿por qué faltas tan graves
regresas sola, sin que yo te invite?”
“Tu hija Lan-zhi está avergonzada ante ti;
pero ella no cometió ninguna falta grave.”
Entonces, entristecida, la madre solloza.
Pasa una decena de días;
el subprefecto del lugar envía un intermediario de matrimonio
a la familia de la joven:
“El tercer hijo del subprefecto
es de una distinción e inteligencia sin par;
sólo tiene dieciocho o diecinueve años
y ya brilla con su elocuencia.”
La madre le dijo a su hija:
“Puedes contestarle.”
Con lágrimas en los ojos, su hija responde:
“Cuando Lan-zhi tuvo que dejar a la familia de su suegra,
su marido le hizo jurar repetidamente que no se separaría de él.
Si faltara hoy a ese compromiso,
¡ella tendría miedo de estar cometiendo una mala acción!
Mejor sería agradecer a este intermediario;
hablaremos de matrimonio más adelante.”
La madre le hace saber al intermediario:
“Nuestra humilde familia tiene esta joven mujer
quien, casada no hace mucho, fue obligada a regresar a su hogar.
Si ella no sabía cómo servir a un funcionario,
¿crees que sea digna del hijo de tu señor?
Me conmueve tu delicada propuesta
pero no puedo prometer nada, hablaremos de eso en otro momento.”
(Unos días más tarde, el subprefecto renueva su pedido por su adjunto; la madre todavía se niega, así que…)
El hermano mayor, habiendo escuchado este nuevo rechazo,
disgustado, aburrido,
reprende a su hermana:
“¡Eres incapaz de tener buen juicio!
Te casaste con un oficial,
ahora puedes casarte con el hijo del subprefecto:
la diferencia entre un funcionario y un hijo de subprefecto es
la que hay entre el cielo y la tierra;
con ese buen matrimonio, recuperarás tu honor.
Si no quieres casarte con este joven de una buena familia,
¿qué estás buscando?”
Lan-zhi levanta la cabeza y responde:
“Tus palabras son razonables.
Antes, dejé a mi familia para casarme,
a mitad de camino, volví a la familia de mi hermano.
Naturalmente, debo obedecerte,
¿cómo me atrevo a esperar la libertad?
Aunque le di mi palabra a aquel funcionario,
nuestra reunión nunca se efectuará.
Ve y dile al asistente
que doy mi consentimiento y que podemos celebrar la boda pronto.”
(El diputado cumple su misión, el matrimonio se arregla a fin de mes; el subprefecto envía muchos regalos preciosos, pero a la novia no le importa mucho su ajuar.)
La madre dice a su hija:
“Acabo de recibir una carta del subprefecto,
me cuenta que la fecha de la boda está fijada para mañana.
¿Por qué no preparas tu ropa?
¡No retrases el matrimonio por ese detalle!”
Muda,
un pañuelo en la boca para sofocar sus sollozos,
ella se deshace en lágrimas.
Luego coloca el canapé
cerca de la ventana que da al camino;
las tijeras y la regla en la mano izquierda,
la seda en la derecha, ella corta.
Por la mañana, termina una falda,
por la tarde, un vestido.
El crepúsculo cae;
cansada, gimiente, sale de su casa.
El funcionario se ha enterado de esta noticia,
ha tomado una licencia y regresa tan pronto como sea posible.
A dos o tres li de la aldea,
su caballo relincha.
La mujer reconoce estos relinchos,
y se apresura al encuentro de su esposo.
Tristemente, ella mira hacia a lo lejos,
sabe que él va a venir.
Él llega.
Ella palmea la silla y suspira profundamente:
“Después de nuestra última separación,
¡cuántos acontecimientos se han precipitado!
No puedo cumplir mi palabra;
pero todo esto tú lo ignoras.
Mis padres y mis hermanos
me obligan a casarme nuevamente, ¿qué esperas obtener con tu regreso?”
El funcionario le dice a su antigua mujer:
“¡Te felicito por tu suerte!
La roca es maciza,
es resistente al mal tiempo por muchos siglos;
el junco es flexible, muy flexible,
y cambia de forma de la mañana a la noche.
Conocerás la riqueza y la nobleza;
solitario, yo me iré a las Fuentes Amarillas.”[7]
“¿Por qué me estás hablando en este tono?
Tú y yo
somos dos esclavos.
Nos encontraremos en las Fuentes Amarillas,
mantengamos esa promesa.”
Febrilmente, se dan la mano,
luego, regresan cada uno a su casa.
Vivos, ya están hablando de la separación de la muerte,
¡ah!, ¡qué indescriptible tristeza!
Deciden suicidarse,
ningún obstáculo puede modificar esta resolución.
El día de la boda, las monturas relinchan,
la recién casada entra en su nuevo hogar.
A medianoche,
todo el mundo duerme.
“Mi vida debe terminar esta noche”, piensa ella,
“mi espíritu se irá mientras mi cuerpo permanece”.
Se quita la falda, se descalza,
y se arroja a un estanque límpido.
El oficial, al escuchar la horrible noticia,
sabe que la separación es eterna;
vagabundea un momento bajo de un árbol del patio,
luego, se ahorca de una rama que apunta al sudeste.

Canto leído en voz baja

Mientras busco a mi amado,
me atrevo a llamarlo por su nombre íntimo;
mientras pienso en él, no utilizo jamás su nombre de pila.
Cuanto más lo llamo así, somos más felices,
juramos no separarnos nunca.
Rompo algunas ramas de sauce.
En el jardín, cantan miles de pájaros;
yo también, pues repito sin cesar el nombre de mi amado.
Las innumerables flores se abren.
Ante ese esplendor primaveral,
¿quién podría vivir sola bajo el mosquitero de seda?
Pienso en mi amado, he perdido el apetito.
Ando sin rumbo por una encrucijada,
le confiaré a la brisa los pensamientos para mi amado.
Ya no acomodo mis cabellos,
¿para quién debo tener el cuidado de arreglarme?
Si quieres saber cuánto pienso en ti,
mira cómo enflaquece mi cintura.

Balada de Mulan

“Tsi-tsi, tsi-tsi” –delante de la puerta, Mulan teje.
A menudo, el ruido de la lanzadera se interrumpe
y sólo se oyen los suspiros de la niña.
Le preguntan en quién piensa,
qué es lo que evoca.
“No pienso en nadie,
no me acuerdo de nada.
Ayer tarde leí la gaceta militar
y me enteré de la movilización del Khan;
el nombre de mi padre aparece en las doce ordenanzas.
Mi padre no tiene un hijo en edad de servir,
no tengo un hermano mayor.
Voy a comprar un caballo y un arnés,
y remplazaré a mi padre en la ida al combate.”

En el mercado del este, consigue un buen caballo,
y en el del oeste, compra una silla;
la muserola, el freno y las riendas, en la feria del sur,
y en la del norte una larga fusta.
Por la mañana, abandona a sus padres;
en la noche, se detiene a la orilla del Río Amarillo;
allí, ya no escucha los llamados del padre y de la madre,
sólo las olas susurran. Al día siguiente parte al alba,
al anochecer alcanza el Monte Negro;
tampoco allí puede alcanzarla la voz de sus padres;
sóo los caballos de los Hun relinchan en la falda del monte Yen.
Para llegar al campo de batalla cruza miles de millas;
los montes y las fortalezas desfilan como al vuelo.
En el aire frío del norte retumban los gongs metálicos de los guardias,
los rayos glaciales se reflejan sobre la armadura de los soldados.

El general sucumbió después de cien combates;
mientras que la heroína regresa, vencedora,
luego de haber guerreado por diez años.
A su retorno, se presenta ante el monarca,
que la recibe en la sala de audiencia.
Para recompensar sus hazañas militares,
él debería elevarla de grado doce veces;
para gratificarla, mil lingotes de oro no bastarían.
Entonces el Khan le pregunta qué desea.
“Mulan no quiere un ministerio, emperador;
sólo deseo un camello vigoroso
para volver a mi país natal.”
Al enterarse del retorno de su hija, los padres, felices,
la esperan en las afueras de la aldea;
su hermana mayor se adorna coquetamente.
El hermano menor afila los cuchillos y sacrifica carneros y cerdos
para festejar el regreso de su hermana.

“Voy a reabrir la puerta de la terraza que da al Levante,
me sentaré en la cama del cuarto que da al Poniente,
me soltaré la armadura
y volveré a ponerme mi viejo vestido.”
Ante la ventana arregla su moño espeso como las nubes;
delante del espejo, se adorna con una pequeña flor
y pinta su frente con una capa ligera de maquillaje amarillo.
Sale para ver a sus compañeros de armas
que, asombrados, exclaman:
“¡Durante doce años hemos vivido juntos
y siempre ignoramos que fuera una muchacha!”

Chilla el conejo si lo sorprende el sol,
la coneja posee ojillos más vivaces;
cuando los dos escapan corriendo a ras de tierra,
¿quién puede distinguir a la hembra del macho?

Notas:

[1] Para adentrarse en las peculiaridades de la historia literaria china de estos períodos recomiendo los volúmenes The Cambridge History of Chinese Literature, volumen I, de Kang-I Sun Chang y Stephen Owen; y La littérature chinoise ancienne et classique, de André Levy.

[2] El li es una medida equivalente a tres kilómetros más o menos. Algunas traducciones utilizan aquí el término “legua”, aunque no sea rigurosamente exacto.

[3] El konghou es un tipo de arpa china cuya aparición se remonta a más de 2000 años; sus cuerdas se pulsan con los dedos o con una púa.

[4] El pongée es un tejido ligero consistente en una mezcla de lana con hilos de seda.

[5] Los días siete o nueve de cada mes son los días en que se quema incienso delante del altar de los ancestros.

[6] Ella podrá soportar todos los males para esperar el retorno de su marido, en tanto él tendrá la fortaleza de no modificar su decisión.

[7] Se refiere a El Imperio de los Muertos.

JESÚS DAVID CURBELO
Jesús David Curbelo (Camaguey, 1965). Escritor y traductor. Se ha desempeñado como profesor de literatura en la Universidad de La Habana y en el Instituto Superior de Arte de Cuba. Ha traducido al español a John Donne, William Blake, Dante Alighieri, Edgar Lee Masters, entre otros autores. Ha publicado las novelas Inferno (1999) y Cuestiones de agua y tierra (2008); los cuadernos de poesía El mendigo de Dios (2004) y Cárcel, memoria y abrigo (2008); y los relatos Tres tristes triángulos (2000) y Otros cuentos de amor, de locura y de muerte (2006), entre otros libros. La antología Las quebradas oscuras (Editorial Letras Cubanas, 2008) recoge una selección personal de su poesía escrita hasta la fecha. Mereció el Premio Nacional de la Crítica Literaria en 2001 y en 2004 y el Premio Silvestre de Balboa 2006 al conjunto de su obra literaria.
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