I

Al alba, en el inicio mismo de Ejes, el gallo de madera de Chuang Tzu pareciera representar la ansiada imperturbabilidad estoica u oriental frente al mundo de lo sensible. Es decir, frente a las extinciones, la adquisición por parte del sabio o del poeta de un distanciamiento. Pero José Kozer opone, casi inmediatamente, al gallo reflejo, al gallo mutativo del taoísta –aquel cuya lengua de madera debió expresar, a la manera de la Turangalîla de Messiaen, el chant y las artimañas de la metamorfosis–, observaciones sobre una simple fila de hormigas. ¿A qué se debe esto? ¿Acaso deberíamos creer que el paso de las hormigas expresa mejor la naturaleza de su poesía que esa inmóvil veleta, el gallo de Chuang Tzu?

José Kozer
José Kozer

Lo que estructura un conjunto como Ejes son las formas vinculadas entre sí por las vías de su transformación. Esto es, verbigracia, la figura del Buda como “negra raíz del esplendor”, las fulguraciones de lo visible que encarnan en los poemas de Kozer toda suerte de objetos y categorías. Son también los animales, porque Kozer (como Bashō, como Ted Hughes, como Lezama) es un gran poeta de los animales, en realidad uno de los pocos verdaderamente grandes que ha habido en toda la literatura cubana.

Baste preguntarnos por el rol de esos gansos, cuervos, hormigas, ciervos, peces, lombrices, caballos, estrellas de mar, polillas de agua, etc., que serenos o jadeantes, mudos, moribundos o nacientes, encontramos en sus más de ochenta libros publicados, o aventurar siquiera la posibilidad de un catálogo. La tarea, desmesurada en sí, no deja de ser extremadamente seductora, porque la inclusión de animales es, en sí misma, un procedimiento de primer orden en buena parte de su poesía.

Pensemos, por ejemplo, en las garzas. Blancos animales de la niebla, de la fragilidad y de las aguas, estén inmóviles, en vuelo, o asomadas tiritando a sus reflejos, a ellas les será asignado el rol de testigos o acompañantes. Signos blancos entre la plenitud y el vacío, las garzas inclinadas al agua serán siempre admonitorias (“Ya comieron las garzas. Yo pronto comeré de mi propia naturaleza”).[1] Como vasijas de cenizas, las garzas le recuerdan a Kozer que su propio cuerpo es también una urna balbuciente.

II

Sorprenderá advertir que ciertos pasajes de este libro pueden leerse como notas marginales de una novela (por sólo poner un ejemplo, aludiré al doloroso episodio invernal en un monasterio en Japón que precede a la internación en un hospital a causa de una grave enfermedad). Pero esto es, si se quiere, sólo un efecto de montaje. Los verdaderos personajes de Ejes son las relaciones entre muerte y lenguaje, entre forma y desaparición, las mismas que atraviesan y configuran, en sus desplazamientos, esa floresta henchida de palabras que es, motu proprio, la poesía de José Kozer.

Bosques del norte, habitaciones en la noche, mesas a la luz del mediodía, montañas, lagos, sombras de libros, manchas de hongos en la camisa, unas migas de pan en una ventana, las resquebrajadas calles de una ciudad evocada con sol en la vejez, la muerte dolorosa de los padres. Los poemas de Ejes, moviéndose entre Oriente y Occidente, informan de todos esos destinos y destrucciones. Leyéndolos una y otra vez, he creído descubrir que la idea de paisaje alcanzada en ellos se fundamenta menos en la acepción griega de physis que en el concepto romano de natura; esto es, que las escenas y parajes surgen de la observación del principio activo de todo lo existente (materia indiferenciada), y no de la mera postulación de “naturaleza” como aquello que se contrapone a la téchne, como creyó Aristóteles, o a la polis, según Cicerón.

Y esto es importante cuando advertimos que, a la manera de los buenos artesanos, Kozer sabe qué tipo de materiales sirven mejor a cada propósito. Es entonces que comprendemos por qué en su escritura la transmigración –siguiendo desplazamientos y transmutaciones casi nunca lineales– puede simbolizarse con el borde de una vasija, con un rayo de sol en el suelo, o con la sombra de un mueble al mediodía. Es que, haciendo del lenguaje el círculo, la criba sin fin de innumerables ciclos y metamorfosis, la escritura de este poeta hace girar la rueca de las estaciones a diferentes tiempos, instándonos a observar la corrupción de la manzana recién mordida, a seguir acechante el movimiento de sombra de un florero, el expandirse de las constelaciones, o a escuchar “el nacimiento de la miel/ en el abdomen de la/ abeja” (En Ejes, “Transubstanciación”).

III

Poemas dispuestos entre lo sensible y lo inteligible, entre la ausencia y la presencia, porque para Kozer no hay ni habrá en la escritura salvación momentánea, ni siquiera la idea de un paraíso recuperado por el sólo placer de los lenguajes. Lo que hay en el conjunto de estos poemas es un único rito de tránsito en el que cada poema aspira a ser un instante de fuego en la madeja de la extinción y lo ilusorio. Y en esa dispersión absoluta, el aparato de interiorización de lo sensible, el cortejo de la naturaleza, el humor, las representaciones sagradas, las evocaciones familiares, las continuas alusiones literarias o geográficas, la fermentación de los modelos musicales y retóricos, sirven, en el fondo, apenas como rituales cotidianos de preparación de la muerte. Porque transcribiendo cada día los encuentros furtivos de las cosas con su desaparición, Kozer registra lo que está aún presente tanto como de lo que desapareció en el torbellino del tiempo. En las páginas de este libro –como antes en Ánima (2002), Ogi no mato (2005), o Tombeau (2011)– la disposición de cada objeto nos es presentada como fruto de encadenamientos innumerables. Lejos de condensar especularmente los amargos símbolos de la Caída, las imágenes son aquí concebidas desde una visión cercana al budismo, plenas en su circularidad, origen y meta de sus propias transformaciones. De ahí quizás la serenidad, la belleza extraordinaria de estos poemas.

Notas:

[1] José Kozer: Ánima, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 2002, p. 108.

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