Roger Caillois

Publicada poco antes de la muerte de su autor, Le Fleuve Alphée puede ser considerada como la obra testamentaria de Roger Caillois (1913-1978). En ella, utiliza la evocación de su itinerario desde su infancia en Reims hasta su último trance de vida para desarrollar una profunda meditación acerca de la precariedad de la condición humana. Los fragmentos que he elegido para su aparición en Rialta Magazine anuncian una obra que se sitúa en un punto intermedio entre la autobiografía y el ensayo literario; una obra que hasta hoy no contaba, hasta donde sé, con traducción alguna al castellano.

Romain Kachaner

El río Alfeo (fragmentos II)

Por otra parte, desde el inicio, independientemente del paréntesis, y más tarde en contra de él, no había dejado de sentirme sumamente endeudo con la lengua que había recibido al nacer, y luego a través de mis estudios. La deuda que cada escritor contrae con su lengua materna es imborrable. Sólo se apaga con él. Estoy seguro de que en este ámbito el hecho de endeudarse y el de solventar coinciden rigurosamente. Por mi parte, siempre he tratado a mi lengua con un respeto religioso. Hubiera renunciado a una ciencia cuyo vocabulario me hubiese obligado a maltratarla. Nunca sentí la necesidad de tratarla con desparpajo, sino más bien de incrementar sus recursos latentes. Me prohibía añadir a las palabras uno o varios prefijos consecutivos de manera que se hiciera necesario reflexionar para comprender su sentido, por demás, incierto. Que la filosofía y las ciencias sociales se hayan dejado llevar en este camino no ha contribuido poco a apartarme de ellas. No logro creer que una palabra de más de cuatro sílabas sea necesaria para que cobre sentido una noción importante. Si hay más, podemos apostar seguro que hay logomaquia. A una palabra es más difícil quitarle que añadirle sílabas. La palabra más corta es sin falta la más cargada de savia. Para la sintaxis, que es lo esencial, no renunciaba a las intrepideces, pero me exigía que fuesen casi imperceptibles y que sorprendiesen el lector solo cuando reflexionara. Encontraba instintivamente en el rigor del lenguaje una protección saludable contra la complacencia de las ideas. No soy el único en esta situación, de eso estoy seguro.

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Algo me ha empujado a imitar a las piedras con el único recurso que poseía: el lenguaje. Era pura ilusión, metáfora remota, espejismo por el cual resucitaba, para mi propia ganancia, mi viejo símbolo del Drago canario en el que se reflejaba, sin fin, la duplicación infinita de las encrucijadas del mundo. Recuerdo que fue justamente en el primer libro que dedicaba a las piedras donde se me impuso esa imagen. Acercarse a las piedras con oraciones que repiten sus estructuras, la aspereza, el estupor, y que imaginaba impregnándose de sus sutiles promesas o encontrando alguna garantía en su impasible permanencia mineral: hallaba la ocasión de un vaivén que me llenaba. Me desprendía cada vez un poco más de mí en la manera que tenía de percibir o de expresar los sentimientos y las cosas. Era crédulo y protagonista de una ósmosis donde la fragilidad del imaginario se reunía con la inercia más rebelde que de ella se nutría, que con ella se relacionaba. La beatitud que experimentaba no me alejaba de las fuentes: las piedras del origen y del final. Me regresaban a ella. En eso también me convertían en un río Alfeo. Suerte que sin duda se equipara a la austera embriaguez que acompaña entre los científicos la investigación feliz y el hallazgo decisivo: la formulación fecunda, la solución del enigma; para el poeta: el rayo que resuelve el contraste de apariencias incompatibles y que repentinamente las vuelve indisolubles.

Choque poético más que transporte místico: una tendencia ferviente en la acogida. Para garantizarla, la perennidad del mineral y la espuma de un momento. La emoción que va y viene, como las brisa y como las estaciones. Cuando procuré definir lo que era la poesía, a veces puse de relieve la alquimia del lenguaje, a veces el aparato métrico que permite influir sobre la memoria, otras veces la búsqueda de las imágenes correctas, reveladoras, acordes al tejido enredado del mundo. No señalé lo suficiente cómo y por qué, uno tras otro, cada uno de estos elementos gana y les vuelve a ganar a los demás. Sin embargo, siempre puse mi empeño en guardar una parte de misterio cuyo origen era objeto de una vana investigación. Me pregunto ahora sí, comparable a la emoción de abismo que poco a poco recibí de las piedras, cada elemento del mundo no puede aportar o al menos preparar un ungüento equivalente, uno cuya potencia y socorro insospechado poco a poco se harán de él escudo, vacuna, vino generoso. ¿No es eso la fuente del sortilegio poético, que añade a los versos (igual que a la prosa) la autoridad, el talismán, también la penumbra, el medio secreto que hacen su fuerza y su distancia? El choque poético no dispensa de escribir el poema. Ni siquiera ayuda para eso; invita más bien al silencio. Superada la tentación, la parte de las tinieblas que persiste alumbra a las palabras con una reverberación cuyo origen permanece invisible como la luz pálida, reflejada, del halo de los astros apagados. Cuando decía “emoción de abismo” no pensaba en alguna profundidad inaccesible, sino en unos ecos familiares que tendrían el privilegio de renacer indefinidamente, de amplificarse, de llevar el oído interno a nuevas galerías, y de dejar el alma en el aire, colmada y, por presente, ya de nuevo insatisfecha. Quizá sea por referencia a un saber anulado, como pasa en las iniciaciones negativas, que el poema hace resonar una retahíla de reminiscencia y de presagios que botan debajo de las bóvedas de la memoria y en el limbo del deseo, sin despertar nada más que un vacío ilimitado, una serena exaltación y la soledad superpoblada donde, mal que bien, todo hubo de empezar.

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