ʻEl Caimán Barbudoʼ abrió una encuesta sobre la novela de Lisandro Otero, ʻPasión de Urbinoʼ. La abrió, entre otras cosas, porque los cinco mil ejemplares de la novela se agotaron en menos de una semana. Sólo la respuesta de Heberto Padilla no se ajusta a lo pedido. La redacción de ʻEl Caimán Barbudoʼ, pues, se siente obligada a definir su posición respecto a las afirmaciones que hace Heberto Padilla.

Hay un cuento polaco muy conocido entre los escritores. Es una sátira contra las falsas jerarquías literarias, contra los “globos inflados” de la literatura. Incrustado en una estructura de tipo popular, resulta que un cabo-escritor no puede criticar el poema de un teniente-escritor, quien no tiene más remedio que aplaudir los cuentos del capitán-escritor que, a su vez, debe elogiar las novelas del general-escritor, por muy malas que sean.

En Cuba, donde los escritores nunca han tenido grados, esa estructura se mantuvo durante el capitalismo sobre la base del escritor-amigo y la crítica-compromiso. Frases como “fino poeta”, “depurado prosista”, “novelista de garra” resultaban tan corrientes en el gremio como “distinguida dama”, “prestigioso industrial” y “político sin tacha” en las crónicas de sociedad. En ambos casos eran sólo palabras que revelaban el vacío y la mediocridad del ambiente, con la diferencia de que al elogiar por amistad un poema o un cuento nadie se hacía cómplice de la vergonzosa explotación en que se sostenían la dama, el industrial y el político de marras.

Al responder a la encuesta sobre la novela de Lisandro Otero, parece que el poeta Padilla estaba mentalmente situado en el pasado. “Me piden un elogio –pensó– porque suponen que soy amigo del autor y porque, siendo este un funcionario de Cultura, suponen además que no me atreveré a negárselo.” Pensar así aquí, en 1967, es bastante triste, pero es asunto privado. Ahora bien, pensar así de un suplemento cultural de jóvenes revolucionarios, en un país revolucionario, es realmente lamentablemente. Es confundir caimanes con camajanes. Y más lamentable todavía es el segundo razonamiento: “Ahora voy a enseñarles a estos nuevos caimanes lo que es tener coraje.”

En consecuencia, Padilla la emprende a mandarriazos contra Otero, el novelista-funcionario, con una violencia –o un resentimiento– que desborda los límites de la crítica literaria y que parece haberse acumulado aún antes de publicarse la novela. Hay una desproporción escandalosa entre la brevedad de Pasión de Urbino y la vasta irritación con que Padilla la ataca.

Muchos no comparten su opinión –la encuesta se abre precisamente porque los 5 000 ejemplares de la novela se agotaron en menos de una semana–, pero no es a nosotros a quienes corresponde ahora juzgarla. Sólo añadiremos que –dejando a un lado su irritación– el enfoque de Padilla nos parece de una arbitrariedad capaz de invalidar cualquier crítica literaria.

Pero Padilla no se limita a dar su opinión sobre la novela. Aprovecha la ocasión para oponerle una de Guillermo Cabrera Infante, atacar a dos organismos revolucionarios, aludir al supuesto policía que, a su juicio, es el responsable de la encuesta literaria y, por último, trazar una oscura línea divisoria entre los “dos caminos” que se le ofrecen al escritor en una sociedad revolucionaria.

Esto sí hay que aclararlo. Padilla conocerá muy bien otros países socialistas –donde ha residido varios años como funcionario de la Revolución–, pero conoce muy mal su propio país. Comete el deplorable error de juzgar a Cuba de acuerdo con esquemas importados, producto de otros tiempos y otras situaciones históricas. Todavía al oír la palabra cultura la asocia oscuramente con realismo socialista, Zhdánov, mordaza: parece vivir en otra realidad –de espaldas a la suya– y con cincuenta años de retraso. Hay que saber mirar en torno de uno y ser capaz de inventar nuevos caminos a medida que se avanza. “Copiar en la vida, copiar en la Revolución, es como copiar en un examen. Y nadie podrá graduarse de revolucionario copiando.” (Fidel). ¿Cómo se puede afirmar que la Revolución es la medida social de la libertad y la justicia y al mismo tiempo moverse por reflejos condicionados? El desarrollo cultural de Cuba en estos últimos años,

¿no demuestra que socialismo y libertad de creación, Revolución y audacia creadora son una misma cosa? Estamos en Cuba, en 1967. A ocho años y medio de Revolución. Agredidos, bloqueados, constantemente amenazados, luchando por elevar el nivel material y cultural del pueblo entre las enormes dificultades de un país subdesarrollado, defendiendo ese mismo derecho para todos los pueblos de América y del mundo… Nuestros enemigos podrán acusarnos con razón de haber prohibido la explotación del hombre por el hombre, pero no un cuadro, una novela, una película, una composición musical, una obra de teatro, sean de la tendencia artística que sean. Al contrario: jamás el arte y la literatura han tenido en Cuba mayor estímulo y difusión y variedad y dinamismo.

Quizás Padilla no haya reflexionado sobre esto. Mucho de lo que se ha hecho aquí en la cultura –por parte del Gobierno, sus artistas y sus intelectuales– lo sorprendió fuera del país, como funcionario de la Revolución. Haber vivido y luchado en Cuba día tras día desde el triunfo revolucionario es un privilegio que Padilla no ha tenido. Eso es quizás lo único que puede disculpar la falta de amplitud –de verdadero espíritu revolucionario– en sus enfoques culturales.

Al novelista que está aquí, Padilla le opone el novelista que ha emigrado. Guillermo Cabrera Infante –funcionario de la Revolución durante varios años– vive ahora en Londres. Padilla pregunta las causas por las que no se reintegró a su cargo de agregado cultural en Bruselas (quizás otros se sorprendieron de que se le hubiera nombrado en ese cargo). Podría también preguntar las causas por las que otros escritores y artistas que han servido a la Revolución en el extranjero están de regreso y trabajando aquí con el mismo entusiasmo que en París, Londres o Sofía. Sólo hay dos motivos normales por los que un funcionario cubano en el extranjero es relevado de su cargo: 1) porque se considera más necesario aquí, donde debe reintegrarse a su organismo o asumir otras tareas para las que esté capacitado, y 2) porque el Gobierno revolucionario no lo considera ya la persona idónea para el cargo. En ningún caso el Ministerio de Relaciones Exteriores está obligado a declarar públicamente por qué el funcionario ha sido relevado. Y en cuanto al supuesto “anónimo policía”, ¿no pudo haber sido uno de esos centenares de héroes anónimos cuyos nombres nunca aparecen en la prensa, y que sin embargo garantizan la seguridad de la Revolución?

Cabrera Infante, con una frase que pretende ser ingeniosa y, es más bien insolente, ha declarado que decidió entregar su tierra “a la erosión histórica” y emigrar. Lo cierto es que solicitó un permiso –que le fue concedido—para ausentarse del país por dos años. La pregunta que debía hacerse Padilla es: ¿por qué Cabrera Infante se encuentra hoy en un sótano de Londres y no en su casa del Vedado, escribiendo y trabajando para su país, para sus propios lectores, como lo hacen los escritores de la Cuba revolucionaria? ¿Por qué prefiere un sótano londinense a un país donde centenares de instructores de arte acaban de invitar a los intelectuales cubanos a visitarlos en pueblos, ciudades y montañas y cooperar así al desarrollo de un vasto movimiento cultural en toda la isla? ¿Por qué está allá y no aquí, donde millares de estudiantes descubren el mundo de la cultura y esta ha dejado de ser un pasatiempo o un adorno para convertirse en un derecho y una necesidad de todo el pueblo revolucionario? Padilla habla de “fuerza juvenil”, de imaginación, atrevimiento y genio. ¿Ha estado por casualidad en Isla de Pinos, San Andrés, Guane, Minas de Frío, Topes de Collantes, Gran Tierra, los Pinares de Mayan, Banao o Juraguá, donde no en uno sino en miles de jóvenes se descubre esta increíble reserva de fuerza juvenil, de imaginación, de atrevimiento y de genio, que es la fuerza de la revolución en marcha? Padilla dice que Cabrera Infante no ha escrito “hasta el momento” una sola línea contra la Revolución cubana. ¿Es que debemos agradecérselo? Hemos alfabetizado casi un millón de analfabetos, hemos becado más de 250 000 estudiantes, tenemos 1 345 000 estudiantes de primaria y cerca de 600 000 trabajadores tratando de obtener el sexto grado, hemos publicado millones de libros, hemos reencontrado la dignidad del artista y el intelectual en la construcción de una sociedad más justa y más libre… ¡y Guillermo Cabrera Infante no ha escrito hasta el momento una sola línea contra la Revolución cubana! Como revolucionarios, jamás comprenderemos un argumento como ese, ¡jamás quisiéramos merecer una defensa semejante!

El intelectual que sólo aspire a luchar por sí mismo y por su obra es incapaz de comprender el auténtico espíritu revolucionario. “Nosotros no nos dejaremos derrotar –ha dicho Fidel– y nos defenderemos con toda la energía que sea necesaria y sin vacilación alguna, no sólo para sobrevivir como nación y como pueblo, sino para luchar sin desmayo por alcanzar la sociedad más humana a la que el ser humano haya podido aspirar, donde el hombre deje de ser lobo para ser hermano del hombre.” Es una causa que desborda el interés privado: no aspiramos a cambiar la vida para satisfacción de uno, ni de cien, ni de cien mil, sino de todo un pueblo. Y dentro de la cultura ya esa revolución está en marcha. Fidel lo comentaba, hace menos de un año, con los estudiantes de secundaria y preuniversitario: “Lo que significará para nuestra Patria y para nuestro pueblo en un futuro no lejano que todas las inteligencias de este país puedan desarrollarse, puedan cumplir plenamente una vocación, eso nosotros no estamos en condiciones todavía de poder apreciarlo. Pero eso no había ocurrido jamás aquí, y posiblemente ha ocurrido en muy pocos países. Eso de darle oportunidad a la inteligencia del hombre para ver hasta dónde es capaz de llegar, sinceramente creemos que es una de las cosas más extraordinarias que esta Revolución ha logrado.”

El papel que deben jugar los intelectuales en ese movimiento es incalculable. En una sociedad desarrollada, miles de cuadros intermedios relevarían al creador de las responsabilidades del divulgador y el maestro. Pero en una sociedad subdesarrollada, que lucha confiada y ferozmente por salir del subdesarrollo, el creador tiene el privilegio y el deber del heroísmo: ha de crear simultáneamente su obra y el público capaz de disfrutarla y apreciarla. No se trata ya de escribir una buena novela, sino de crear un auténtico movimiento literario –digno de una de las revoluciones más profundas y dinámicas del mundo moderno– y un público activo para ese movimiento. Esto es algo que no puede hacerse desde un sótano de Londres, ni de París, ni de ninguna parte. Ha de hacerse aquí, por intelectuales y artistas revolucionarios. Por eso resulta sorprendente que Padilla hable de los dos caminos que se le ofrecen hoy a un escritor cubano: el del “oscuro funcionario” de la cultural y el del que asume “su humilde, importante, difícil misión de escritor en su sociedad y en su tiempo”. ¡Qué extraña manera de pensar en medio de un pueblo en revolución! Aquí, en este país, ser hoy “funcionario” de la Revolución en el campo cultural –es decir, poner su inteligencia, sus energías, su capacidad y su entusiasmo al servicio del desarrollo cultural de las masas– es uno de los más hermosos desafíos que puede hallar un escritor en el mundo contemporáneo. Es, en realidad, la única forma revolucionaria de asumir la humilde, importante, difícil misión de escritor en su sociedad y en su tiempo.

Por una vez –esto sólo sucede en una revolución como la nuestra– el escritor, sin dejar de ser fiel a sí mismo, puede transformar en la realidad ese mundo que intenta transformar en su obra. Hoy todos nuestros medios masivos de divulgación –revistas y periódicos, radio, televisión, editoriales, cine– están abiertos a los escritores y artistas: por primera vez es posible llevar al pueblo desde la simple nota informativa hasta la obra artística de mayor audacia y calidad. Esto es el socialismo. Esta es la Revolución cubana. Como intelectuales, nuestro deber es plantearnos las cosas en grande, no ver la cultura como un ejercicio solitario, sino como un reencuentro del hombre consigo mismo, con sus propias raíces y con la humanidad. Es lo que han hecho siempre nuestros grandes revolucionarios, desde Martí en Nuestra América hasta Fidel en Palabras a los intelectuales y el Che en El socialismo y el hombre en Cuba.

No es hora de vacilaciones ni egoísmos. En un hermoso poema que aún tiene la tinta fresca, Heberto Padilla lo advirtió:

Tú, soñador de dura pupila,
rompe ya esa guarida de astucias
y terrores.
Por el amor de tu pueblo, ¡despierta!
El justo tiempo humano va a nacer.