Antonia Eiriz

Acabo de leer las declaraciones hechas por Guillermo Ca­brera Infante al semanario argentino Primera Plana. Conocía una versión cablegráfica demasiado sucinta para que pudiera emitir un juicio inmediato sobre ella. Un amigo argentino me ha traído el ejemplar de la revista donde aparece el texto com­pleto. Ha llegado, pues, la hora de responder.

Asumiendo el papel de todo contrarrevolucionario que intenta crearle una situación difícil al que no ha tomado su mismo ca­mino, dice Guillermo Cabrera Infante que “las últimas noticias presentan a Padilla en la posición de toda persona inteligente y honesta en el mundo comunista: un exilado interior con sólo tres opciones: el oportunismo y la demagogia en forma de actos de contrición política, la cárcel o el verdadero exilio”.

Creo innecesario aclarar que escribo estas líneas con plena libertad, desde Cuba, y en ninguna de esas circunstancias: no estoy en la cárcel, ni en el exilio, ni mucho menos realizando un acto de demagogia y contrición política. Todo el mundo sabe que después de haber elogiado Tres tristes tigres se inició un debate que iba mucho más allá de él, aun cuando Cabrera pretenda caricaturizarlo, circunscribiéndolo a su sola persona. En la me­dida en que él aparecía como un revolucionario afectado por un supuesto error, su nombre ilustraba torpezas de procedimiento que cualquier ciudadano tiene el deber y el derecho de señalar. Si se hubiera tratado de un enemigo declarado de la Revolución, no puede haber dudas de que yo hubiera estado de parte incluso del más torpe de los procedimientos.

Guillermo Cabrera Infante afirma que soy un exiliado interior. ¿Cómo, si no mintiendo, se puede calificar de exiliado interior al que trabaja todos los días en tareas revolucionarias y debate públicamente, desde posiciones revolucionarias, los problemas que sólo atañen a quienes apoyamos decididamente a la Revolución?

No creo a Cabrera Infante tan ingenuo como para pensar que nuestra prensa haría públicos los planteamientos ambiguos o dudosos de un exiliado interior; mucho menos que el secretario general de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba haya auto­rizado su difusión.

Guillermo Cabrera Infante hace esfuerzos supremos por reu­nir todos los adjetivos del terror para reflejar nuestra realidad revolucionaria. Quiere dar la impresión de que hasta el ciudadano más humilde de Cuba está en peligro de perecer en las cárceles de una nueva tiranía. Pero si esto fuera cierto a mí no me quedarían esas tres opciones que señala. Ya estaría en la cárcel, condenado por el delito más reprobable, como ocurre generalmente bajo las tiranías. Si la situación que él describe fuera cierta, no habría podido encontrar palabras más cínicas para comunicamos su desconsuelo: “me preocupa únicamente la suerte de mi familia dejada en Cuba, librada a todas las repre­salias, desde el despido hasta el trabajo forzado”.

En la única carta que le escribí a raíz de iniciarse la polémica (carta que, significativamente, nunca contestó), le decía que sus enemigos no le perdonaban que viviera humildemente en Londres sin hacer declaraciones contra Cuba, que no estuviera leyendo ataques contra nuestra Revolución por una emisora yan­qui. Le decía que sus amigos, sin excepciones, confiábamos en que él no haría nada que lo colocase en una situación contrarrevolucionaria. Previendo que en la respuesta a mis planteamientos pudieran surgir ataques contra él que lo llevaran al resentimiento, le instaba a que hablase con nuestros amigos Mario Vargas Llosa y Juan Goytisolo, en la seguridad de que ambos, serenos y objetivos, le orientarían inteligentemente. Yo invito a Guillermo Cabrera Infante a que haga pública esta carta.

En un rapto de frivolidad que a duras penas puede conciliar con aquellos años ásperos de nuestra adolescencia, Cabrera In­fante expresa su disgusto de ver que en “los barrios elegantes crecen plátanos en vez de rosas”. Pero hace quince años aquellos barrios eran para él y para los que fuimos sus amigos un mundo abyecto y hostil. Entonces ostentaba el orgullo de su limpia miseria. ¿Es esta miseria –donde no hay un solo cubano desem­pleado– la que perturba sus ojos de ahora? Claro que Londres y París son más confortables que esta isla llena de dificultades y problemas, bloqueada y amenazada, que afirma resueltamente ante el mundo su derecho a la libertad y a la independencia.

Esto no parece interesarle a Guillermo Cabrera Infante; pero en 1965, cuando regresó a Cuba después de tres años en Bru­selas, sus declaraciones a la revista Bohemia fueron otras muy diferentes, muy entusiastas. Dijo que una revolución no le plantea problemas a un escritor revolucionario, sino soluciones. Sus proyectos literarios eran casi una épica de la Revolución: novelas sobre el asalto a Palacio, sobre la lucha en las ciudades. Sentíase emocionado por los retos que le plantea la Historia a un escritor. Su versión en Primera Plana es completamente opuesta a la que daba en 1965. “En Cuba la luna brillaba como antes de la Revolución, el sol era el mismo. La geografía era la misma, estaba viva, pero la historia había muerto. Cuba ya no era Cuba…”

Esta contradicción le define a las claras. Ha renunciado a la responsabilidad, a la Historia; ha entrado en el juego. Se ads­cribe a la belleza pura y desinteresada; prefiere una injusticia a un desorden. A las violentas transformaciones sociales prefiere la placidez irresponsable y marginal. El hombre que se rebela contra la explotación y la miseria y echa por la borda todos los valores caducos, no es su modelo. No está con quienes hacen la Historia y la sufren, sino con quienes se benefician cobarde­mente de sus tensiones. Por eso ha escrito este texto donde no interviene un solo rasgo de su inteligencia. Por eso repite al pie de la letra los argumentos de nuestros enemigos. Sólo ha puesto la oreja y la firma. Nadie le hubiera exigido alabanzas a la Re­volución que no sentía, pero sí un mínimo de objetividad y decencia. Hasta su determinación de abandonar la lucha, sin­cera e inteligentemente fundada, hubiera sido útil para analizar los tristes móviles de cierto género de deserciones. Ni siquiera de esto fue capaz.

Ninguna revolución es un lecho de rosas. No quiero sugerir que la nuestra lo sea. Hay problemas, y muchos. Se han produ­cido errores y se lucha constantemente para evitar que se pro­duzcan. Guillermo Cabrera Infante concluye que hoy nuestro país es inhabitable. Yo pienso lo contrario. Pienso que es aquí donde debemos vivir y luchar para que nuestro país sea cada día mejor. Nadie ignora lo que era Cuba antes de 1959: una sede para millonarios norteamericanos, con gobiernos ladrones y criminales, y un pueblo burlado y ofendido. En 1959 todo cambió. Vino una revolución total, otra vida verdaderamente humana. Los que imaginaban que el socialismo en un país subdesarro­llado traería abundancia y felicidad en pocos años, huyeron lejos de Cuba, están ahora en el exilio. Pero el pueblo está aquí.

“En Cuba –nos decía Cabrera Infante hace algún tiempo a varios amigos– tenemos una revolución que exige una respon­sabilidad muy grande, sobre todo si somos escritores. Tenemos que vivir, luchar y morir en Cuba.”

Aquí viviremos, lucharemos y moriremos todos, menos él. Él, que se decía tan seguro y enérgico, me ofrece ahora las tres opciones de la traición. Pero yo estoy aquí y seguiré aquí, parti­cipando con mi vida y con mi obra en la construcción de una sociedad más digna y más justa. Para un escritor revoluciona­rio no puede haber otra alternativa: o la Revolución o nada.

HEBERTO PADILLA
Heberto Padilla (Puerta de Golpe, 1932 - Auburn, 2000). Escritor cubano. Residió en los Estados Unidos entre 1949 y 1959. Regresó a Cuba en el 1959 y se incorporó al equipo de Lunes de Revolución. Fue corresponsal de Prensa Latina en Londres, y director de Cubartimpex, empresa cubana exportadora e importadora de artículos artís­ticos y culturales. Fue encarcelado el 20 de marzo de 1971, acusado de “actividades subversivas”, y puesto en libertad el 27 de abril. En 1980 fue autorizado a abandonar el país. Entre sus libros publicados en Cuba se cuentan: El justo tiempo humano (Unión, La Habana, 1962), La hora (La Tertulia, La Habana, 1964), Fuera del Juego (Unión, La Habana, 1968). Fuera de Cuba publicó una novela, En mi jardín pastan los héroes; un libro de recuerdos, La mala memoria, y varios libros de poemas: Provocaciones, El hombre junto al mar, Un puente, una casa de piedra.