Nómina de lujo en la expo ‘Hablamos bajito’, de la galería del Cerro Teodoro Ramos Blanco

Pegatina de Rodolfo Peraza, muestra ‘Hablamos bajito’, Galería Teodoro Ramos Blanco, julio-agosto 2019

Del 18 de julio al 15 de agosto ha estado expuesta en la Galería Teodoro Ramos Blanco (sita en calle 20 de mayo y Línea del Ferrocarril, #465, La Habana) una muestra de más de una veintena de creadores que incluye “consagrados”, “noveles” y outsiders, amén de congregar –entre los del mundo– a Duchamp o a Beuys, así como –entre los cubanos muertos– al escritor Virgilio Piñera.

La expo fue curada por la historiadora del arte Giselle Victoria Gómez (Camagüey, 1982), quien se halló vinculada a Espacio Aglutinador y se ha movido entre los campos de la música electrónica, las artes visuales y la cultura popular (de la cual ha explorado a fondo las fiestas de quince). Hablamos bajito se constituye en el in between de tales zonas y explica su nombre –según diría Giselle, en entrevista exclusiva para Rialta— al entremezclar varias posibilidades de ese discursar low profile: en “susurro, murmullo o grito hacia dentro”.

“Hablamos bajito” porque nos sentimos bien, porque estamos en sintonía […] “Hablamos bajito” para controlar la ira y la violencia [… Hablamos] en murmullo lo que no queremos que escuchen otros, en grito silente […como] respuesta al pánico.

Otra de las sorpresivas singularidades de la muestra es que hace confluir poéticas muy disímiles dentro del minimalismo o la sutileza que dimana de varias. Entrando y saliendo por el oído, en la sala principal, primero, hallamos las cajas de luz de doiles, bordados o a medias, de Alina Águila Ferrer, que abren el espacio con el ding-dong de 12 uvas, 12 campanadas, aludiendo al rito de la Navidad, en tensión aún con el 1o de enero cubano.

Le sigue el horror vacui de El [irónico] muralito (¿altar, repisa, rinconcito?) de jorge&larry, que es en sí una mise en abyme dentro de la expo (a la que fueron invitados abstracciones/ dibujos/ recortes/ collages de Luis Gómez, Víctor Piverno y Miguel Machado), cuchicheos que se diseminan incluso por paredes y columnas “ajenas” –siendo que el propio material lo pide a gritos y que la curaduría propició estas interpenetraciones.

Larry en el montaje de ‘El muralito’

Alberto Casado, con Mulito cubano, hace gala de su estilo compulsivamente geométrico en cristal coloreado expresamente para la expo. Un boceto de Irving Vera sugiere el espectro musical tras la instalación Madame Cosmos & Mr. Caos, donde se funden vinilo y piedra de amolar, y su autor nos regala también, con notas de voz suyas, al alcance de un par de audífonos, sueños y planes sobre futuras exposiciones.

Sorry, I’m yellow… y –dentro de la tercera y última sala– Crash me tiene loco (intervenida por el feat. de José Ernesto) son las dos composiciones grafiteras que propone ese artista siempre en de-construcción que es Ezequiel Suárez, cuyo no-statement reza, en consonancia con este arte callejero: “Me concentro en poca info”.

En el videoarte de Reinier Nande: Tiempo verbal, mensajes multiplicados por un espejo se descorren del centro a la periferia, descolocándonos mental y visualmente, porque –como allí se indica– “todo lo que se oculta se tiene que mostrar” y viceversa.

Entre los arabescos o Pitirreos de recorterías de papel de Fernando Rodríguez [Francisco de la Cal] llega el trasvase de los murmuríos de pico en pico, de boca en boca. Y más allá: Somos, de Ítalo Expósito, la instalación que junta, ceñida por iris de color, dos círculos (día y noche/ urbe y ciudadanos en ronda, bajo el cosmos) traza a su modo el compás de una quietud, de un silencio. Aparece aquí la primera pegatina diseñada por Rodolfo Peraza, quien juega con nuestras perspectivas de seguridad, desmontando conceptos y resonando en la cuerda de Tiempo verbal.

En esta sala, casi al concluir con la sonoridad vibratoria del s/t de Jenny Brito, flota la risa acusadora de Piñera, que emplaza a los escritores por el delito de “Grafomanía”. Con Yornel Martínez –artista visual y fundador de Ediciones*, cuya obra transcurre en el parteaguas de literatura, filosofía y plástica– vuelve a cuentas ese poema visual desautomatizador que siluetea una idea: “Mi mano derecha no sabe lo que escribe mi mano izquierda”. Justo en ese (re)pliegue de la galería –que hasta ahora he seguido en herradura– se gozó de la intervención del DJ Kike Wolf, quien improvisó sobre una pieza suya especialmente compuesta para Hablamos bajito, la tarde de la apertura.

DJ Kike Wolf

En la estrechez de la siguiente sala, persiste el vínculo entre visualidad y sonido, a través de las grabaciones de Marcel Duchamp (y su azarosa “Sculpture musicale”), Joseph Beuys (“Ja-Ja-Ja”) y Andy Warhol (“Uh, yes, uh, no”), quienes se alejan/ aproximan al silencio en sus cortes y exaltaciones, o modelando figuras con pinceladas de voz.

Luego, tras oír, literalmente de paso, solamente los diálogos trenzados en el vacío sobre el que se asoma Síndrome de Estocolmo II (Ecúmene) –de J.L. Marrero–, llegamos al último espacio expositivo. Allí los dibujos de José Ernesto y Boris Santamaría, extendidos en la pared como una constelación, custodiados por un par de muñecas, hijas de la religión y de la política exterior. Y allí también Game Play, del dueto Serones, avisa del interés de los artistas por ese tipo de ingenios, como lo confirma el director de la banda Teoría Dorada de Popeye, quien lleva inmerso varios años en la concepción de un videojuego y ve más que lejana la época en que le puso fuerza a la música suya que hoy es leyenda entre los fanes del rock cubano.

La botella donde el art-brut Bernardo Sarría afirmaba “La vida es placer o sexo” es convecina del grafiti de Ezequiel, quien cuenta entre los que han visibilizado su obra. Su instalación (re)posa frente a una trinidad de grabaciones que redondea, con la visualidad en movimiento, el espíritu inclusivo y sinestésico de la exposición. Aerobios #5, de Nacional Electrónica y sus paisajes arquitectónico-musicales; Ítalo y esas esculturas desinhibidas de barro, tocadas por el stop motion de Bendito, y un featuring de Zeus con Golden Popeyeʼs Theory en el lúdico ánim(ad)o del clip de “Trópica”.

En efecto –como diría su curadora al proyectar el statement–, si bien “no es lo mismo hablar que ponerse bajito”, parece muy “oportuno” aquí: “ecualizar el altibajo” de lo “culto” y lo “popular”, “burlar el estado cachumbambé de las relaciones de poder” que catalogan a “artistas” y “artesanos”, a cultos y a naifs, a instaurados y a undergrounds, para que convivan haciendo “sonar los polos […] sin [necesidad de] patear la lata”. Una declaración, un gesto que, en su humildad, no consigue minimizar la “desasosegada interacción” (como diría en una reseña Amilkar Feria Flores), la inquietud que siembran en nosotros los murmullos-gritos de las voces a las que abrimos la puerta tras visitar Hablamos bajito, esa delicatessen que nos ha servido esta vez en la Teodoro Ramos, Giselle Victoria –quien, con suerte, espera tener pronto espacio propio para otros proyectos difíciles y estimulantes.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D.F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016) y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
avatar