V. S. Naipaul
V. S. Naipaul

En su demoledor e hilarante artículo sobre Nabokov,[1] Juan José Saer fustigaba la inconcebible arrogancia y la estupidez supina del famoso escritor ruso que, en la plenitud de su cretinismo, se permitía desdeñar a Faulkner, T. S. Eliot, Dostoievski, Thomas Mann y Conrad, al tiempo que prodigaba desmesuradas alabanzas a competentes artesanos como H. G. Wells y Somerset Maugham. Ciertamente, la megalomanía de Nabokov es bastante irritante (sobre todo cuando comprendemos que, en rigor de verdad, sus así llamadas obras maestras no son gran cosa si se comparan con los libros de aquellos que solía criticar),[2] pero el autoproclamado “mayor novelista del siglo XX”[3] no es ni de lejos el personaje más excéntrico en la escena literaria de nuestra época: sólo V. S. Naipaul es digno de semejante distinción. Ahora bien, aunque existe una muy detallada biografía publicada en el 2008,[4] el mejor texto jamás escrito sobre esta figura grotesca y excesiva es La sombra de Naipaul. Biografía de una amistad, del norteamericano Paul Theroux.

La sombra de Naipaul se inscribe en una larga y prestigiosa tradición de memorias sobre escritores geniales, inaugurada –al menos en lengua inglesa– por La vida de Samuel Johnson, considerada por Harold Bloom como la mejor biografía literaria de todos los tiempos. Más allá de la inevitable exageración de Bloom (quien, ya se sabe, adolece de una acendrada predilección por los superlativos), no se puede negar la eminencia estética de La vida de Johnson y su importancia en la creación de un género al que también pertenecen las memorias de Thomas de Quincey sobre Wordsworth y Coleridge (Recollections of The Lake Poets), el ensayo biográfico de Henry James sobre Turguénev y Flaubert (Partial Portraits) y los recuerdos de Ford Maddox Ford sobre Joseph Conrad (A Personal Remembrance).

Hay un importante rasgo, sin embargo, que diferencia sustancialmente La sombra de Naipaul de tan ilustres predecesores: la voluntad de Paul Theroux de practicar una brutal sinceridad, el deseo de escribir el menos hagiográfico de los libros de memorias. Ya en las primeras páginas de este fascinante testimonio Naipaul contempla el ruinoso paisaje africano[5] con infinito hastío y profiere sus “opiniones contundentes”[6] sin preocuparse en lo más mínimo por lo políticamente correcto, la cortesía o, en algunas ocasiones, el más elemental sentido común. Theroux, absolutamente cautivado por la intensa singularidad del personaje, no se atreve a contradecirlo (al menos, en esta etapa inicial) y registra minuciosamente sus escandalosos pronunciamientos. Así, tras señalar que Naipaul “se negaba a transigir. Esperaba lo mejor tanto de la literatura como de las conversaciones, los comportamientos […] su grado de exigencia era imposible de satisfacer’’, nos ofrece algunos juicios representativos. Por ejemplo, sobre sus gustos literarios: “Me resultaría más fácil decirte quiénes no me gustan, aseveró, y, acto seguido, enumeró, con una expresión amarga como el recuerdo de una comida indigesta, a los gigantes de la literatura inglesa: Jane Austen, Thomas Hardy, Henry James.” Sobre Emily Dickinson (Theroux se la había recomendado con fervor): “Me temo que no comparto tu entusiasmo. No hay gran cosa ahí para mí.” O un ejemplo de “caridad bien entendida” que no hubiera desagradado a Baudelaire:[7] “«¿Ha leído mi poema?», preguntó el joven. Naipaul buscó los ojos del aspirante a escritor y fijó en ellos su mirada de cansancio: «No escribas más poemas. De verdad, no creo que debas hacerlo. Sin duda tu talento apunta en otra dirección. El cuento, tal vez. Ahora, prométeme que no escribirás más poemas.»” Y finalmente, sobre la literatura de sus anfitriones:

―¿Y la literatura africana?
―¿Acaso existe?
―Wole Soyinka. Chinua Achebe.
―¿Escriben algo?
―Novelas –le informé.
―Imitación –repuso–. No se puede escribir una novela a golpe de tambor.

Sería muy fácil acusar a Naipaul de racista, pero si miramos de cerca sus declaraciones (que con el paso del tiempo se vuelven aún más radicales), comprendemos que en realidad no existe apenas un escritor, un país o una civilización “que encuentre favor ante sus ojos” (para decirlo con una frase frecuente en la Biblia, uno de los pocos libros que Naipaul admira sin reservas): todo parece indicar que en el núcleo mismo de su pensamiento prevalece un escepticismo esencial, una desconfianza absoluta por el hombre y sus obras. En este sentido Naipaul se acerca a la desolada visión del Eclesiastés, pero también al Mark Twain que se atrevió a escribir: “No me hablen de blancos ni de negros. Háblenme del hombre. No puede haber nada peor.” Con todo esto, no resulta sorprendente que los críticos “progresistas” se ejerciten en la vituperación incesante de Naipaul: después de todo, un tipo que desprecia más o menos a todo el mundo,[8] que odia la música, los perros, las flores, el mar, la aristocracia, los magnates, los pobres, la lengua francesa y las lenguas africanas, no es precisamente alguien que se esfuerce por inspirar simpatía.

Pero, más allá de la profunda misantropía de Naipaul, lo que pone fuera de sí a sus numerosos detractores es el ilimitado aprecio y la desvergonzada admiración que el escritor reserva para una sola persona… sí, lo han adivinado: el propio Naipaul. En efecto, como Theroux nos recuerda a menudo: “Su interés y su pasión se centraban exclusivamente en su propia literatura. La consideraba novedosa. Nunca se había escrito algo parecido. Era un error buscar sus influencias, pues no las había; nada se asemejaba remotamente a ella.” Ante declaraciones como esta es inevitable preguntarse si nos encontramos ante un consumado humorista que no cree realmente en lo que dice, o si, en definitiva, se trata del más delirante megalómano en la tradición literaria occidental. Pero, como suele suceder, las cosas no son tan sencillas. Pues, aunque es del todo evidente que sí hay algunos escritores que han influenciado a Naipaul (en particular, Conrad y Edward Gibbon),[9] lo que lo diferencia de alguien como Nabokov es que, a pesar de su inconcebible orgullo y sus frases altisonantes, ha forjado una obra de gran originalidad (sin que esto signifique, como es natural, que debamos aceptar sus insensateces sobre ser “el mejor escritor vivo”). Quizás lo más interesante sea su estilo: terso, magro, dúctil, dotado de una aparente sencillez que algunos críticos ingenuos han tomado por pobreza imaginativa, cuando resulta notorio que, en rigor de verdad, es todo lo contrario: un formidable instrumento de precisión que desdeña lo superfluo y consigue acceder a una admirable nitidez en su representación[10] de los más diversos personajes y geografías. Se trata del necesario corolario estilístico para una poética que aborrece la afectación en la escritura y aspira ante todo a no “hermosear” lo que el escritor ve o siente, pues, como Naipaul repite una y otra vez a lo largo del libro: “La verdad es caótica. No es bonita. La literatura debe reflejar ese hecho. El arte debe contar la verdad.” Esto explica su aversión por lo que llama “oraciones de oro” (el estilo supuestamente brillante que para Naipaul es sólo un virtuosismo estéril), su desprecio por Nabokov, Updike y otros aclamados estilistas que para él ni siquiera son escritores de segunda. Esta severa doctrina estética, que Naipaul pone en práctica con obstinado rigor en casi todos sus libros,[11] sería suficiente para convertirlo en un artista de primer orden, pero hay algo mucho más asombroso en los textos (ya que no en las entrevistas) de este pequeño nihilista enardecido: una minuciosa atención, una paciente curiosidad por el destino de sus personajes, a menudo devastados por la Historia y sumidos en una pobreza sin redención posible: comerciantes africanos desplazados por las guerras civiles, intocables hindúes condenados a la mendicidad, iletrados de Trinidad y Tobago que no se resignan a su ignorancia y perseveran hasta que son capaces de leer a Marco Aurelio en las ediciones de Penguin Classics; todos contemplados por la mirada cansada, lúcida y compasiva de Naipaul, ese hombre sin ilusiones que a pesar de todo continúa aferrándose a la Literatura: única salvación, última Thule, la única creación humana que ha encontrado favor ante sus ojos.

Notas:

[1] Incluido en el libro Trabajos (Seix Barral, 2006).

[2] A decir verdad, lo que un lector suele experimentar ante un libro de Nabokov –ante una novela como Ada o el ardor, digamos– es un profundo y devastador aburrimiento, una sensación de absoluta gratuidad. Schopenhauer escribió que el ballet era una de las formas más ampulosas del hastío: sin duda tenía razón, pero las obras de Nabokov son rivales formidables en esa categoría.

[3] Así es: evidentemente carecía de sentido del ridículo.

[4] The World Is What It Is, de Patrick French.

[5] Había sido invitado a impartir varias conferencias en la principal universidad de Uganda, donde también Theroux daba clases de literatura inglesa.

[6] Opiniones contundentes que lo abarcan casi todo: la literatura, la política, el destino de la civilización africana, la música, las artes plásticas, el negocio editorial, las ventajas de una dieta vegetariana: Naipaul es probablemente el más pertinaz opinador entre los escritores contemporáneos.

[7] Con esta irónica expresión el poeta francés se refería a ciertas críticas de arte escritas por Diderot, en las que este, con amable mordacidad, exhortaba a varios pintores mediocres a abandonar el oficio.

[8] Con especial énfasis en los académicos que otorgan el Nobel de Literatura (antes y después que se lo otorgaran a él):

―Los miembros de la comisión del Nobel lo están haciendo de nuevo.
―¿Haciendo qué? –pregunté.
―Meándose en la literatura, como todos los años. Se mean desde muy alto –añadió–, encima de los libros.

[9] El autor de Decline and Fall of the Roman Empire ha sido una referencia estilística muy importante para Naipaul desde que comenzó a leerlo durante su estancia en la universidad de Oxford.

[10] Ficcional o no: recordemos que también ha escrito varios libros sobre sus viajes por África y la India.

[11] La gran excepción es El enigma de la llegada, una extraña novela con una prosa exuberante que está más cerca del Sebald de Los anillos de Saturno que de cualquier ascetismo estilístico: evidentemente Naipaul es capaz de escribir en otra tesitura y su austeridad es absolutamente deliberada.

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