‘La sortie de Missolonghi’ (detalle), Theodoros P. Vryzakis, circa 1830

Los ecos de Grecia clásica resuenan en las letras cubanas desde sus primeras manifestaciones. Sin embargo, sólo en el siglo XIX aparece su imagen en tiempos modernos cuando José María Heredia, a quien José Martí calificara como “el primer poeta de América”,[1] refleja en sus versos la lucha emancipadora que por entonces libraban los griegos. Para él, esta gesta actualiza los antiguos ideales de la cultura helénica que de nuevo refulgen en la resistencia del pueblo y, a pesar de las distancias entre Grecia y Cuba, vislumbra a ambas hermanadas en la consecución de un destino semejante con la conquista de la libertad. Por primera vez la Grecia moderna aparece en la poesía cubana y, aunque se siga evocando la Hélade de la Antigüedad a lo largo de toda la centuria, esta adquiere una cercanía y unos tintes muy diferentes a los usuales entre los escritores neoclásicos, al transparentar los afanes independistas de la isla antillana que permanecía como colonia española cuando el resto de las naciones hispanoamericanas continentales se habían emancipado.

Nacido el 31 de diciembre de 1803 en Santiago de Cuba, a donde habían llegado sus padres como emigrados procedentes de Santo Domingo, fue Heredia cubano, más que por el lugar de nacimiento, por vocación, puesto que fue poco el tiempo que durante su corta existencia viviera en la Isla. Por la carrera judicial de su padre como funcionario español, la familia residió también en la Florida, en Santo Domingo y en Venezuela durante sus primeros años de vida. Precisamente fue en Caracas donde se vincula a los estudios universitarios al matricular cursos de gramática latina, pero comenzó la carrera de Leyes en La Habana al regreso de la familia en 1817, aunque no fuera hasta la muerte del padre que esta se instala de manera definitiva en la ciudad de Matanzas, a principios de 1821, mientras él culmina sus cursos en la Universidad de La Habana, al tiempo que alcanza su madurez como poeta, hace sus primeras incursiones en la dramaturgia, publica un semanario[2] y colabora con otros periódicos.

Su padre se había preocupado por ofrecerle una buena enseñanza humanística. Desde muy niño traduce a Horacio para sorpresa de su maestro dominicano.[3] En Caracas comienza a escribir sus propios poemas, al tiempo que conoce la confrontación política y militar que agita las naciones hispanoamericanas y en la estancia en México, previa al deceso paterno en un ambiente no menos belicoso, comienza a valorar la libertad como suprema aspiración y, en los versos dedicados a la adolescente cubana objeto de su primer amor, se advierte la añoranza del suelo natal. Pero fue sin duda a su vuelta a La Habana, donde obtiene el grado de licenciado en leyes y despliega una intensa actividad tanto poética como cívica, cuando el joven Heredia se define como cubano amante de la emancipación de su patria y a ello debe haber contribuido las relaciones probablemente entabladas con el círculo en torno al presbítero Félix Varela, con quien se reunirá pocos años después en Estados Unidos cuando de nuevo el poeta tenga que partir de la Isla, esta vez en calidad de exiliado. Sólo volverá a la patria una vez más, en 1837, ya enfermo y atribulado, para despedirse de su madre a la cual no volverá a ver, puesto que dos años después fallece en México a los treinta y seis años.

Recordemos que Félix Varela contribuyó en aquellos años a poner fin a la enseñanza escolástica e introdujo la experimentación en el aprendizaje de las ciencias; pero no fue sólo un brillante intelectual, profesor de latinidad, filosofía y el primero en ocupar la entonces recién creada cátedra de derecho constitucional,[4] sino que, identificado con las aspiraciones del emergente patriciado cubano, fue elegido para representar los intereses de la colonia en las cortes convocadas en 1822, al restaurarse brevemente en España la constitución de 1812.

Enriquecidos por las ganancias obtenidas en el cultivo del azúcar y el café como consecuencia de los sucesos en Haití, los criollos aspiraban no a una independencia semejante a la que ganaba terreno en los países hispanoamericanos del continente, sino a que se le concediese a Cuba el mismo status que a las restantes provincias españolas. Sólo el rejuego contradictorio con la corona española y los fracasos sufridos convenció a muchos, entre ellos a Félix Varela y al mismo Heredia, de que únicamente la independencia haría fructificar las esperanzas de los cubanos. Al ser reimplantado en España el absolutismo de Fernando VII, Varela, condenado a muerte, se vio obligado a exiliarse en Estados Unidos para desde allí continuar con su fecundo magisterio en función de la conformación de la nacionalidad cubana.

A los diecisiete años, cuando Heredia se reintegra a su suelo natal, descollaba por su cultura y por su personalidad literaria en el medio intelectual habanero, y sus versos, introductores de tendencias románticas que fracturaban las normas neoclásicas en boga, no siempre fueron bien acogidos. Se mantuvo el poeta al margen de debates, dedicado a su creación a la vez que se vinculaba a quienes conspiraban contra el dominio español. En medio de tales afanes compone el poema “A la insurrección de Grecia en 1820”, publicado en La Habana en 1823, pero que debe haber compuesto uno o dos años antes, lo cual explicaría en alguna medida el error en la fecha del título, corregido después para una nueva edición en 1825 al titularlo “Al alzamiento de los griegos contra los turcos en 1821”, pero en el cual, entre otros cambios, suprime los versos en que hermana Grecia con Cuba. Esta segunda versión nos hace pensar, por tanto, que la primera fue motivada al calor de la noticia de los acontecimientos griegos y de las esperanzas que entonces lo movían en su accionar conspirativo al integrarse en 1822 a una rama del movimiento Soles y Rayos de Bolívar, organizada según las normas de la masonería. Ello se corrobora con la versión publicada en 1832, con algunos cambios en relación con la del 25, pero en la cual también se omiten los versos sobre Cuba, aunque estas dos últimas ediciones tienen lugar en Estados Unidos y México. Es de estimar, por tanto, que el poema publicado en un periódico habanero estaba más cercano no sólo al sentir del poeta, sino a sus ansias de difundir sus esperanzas libertarias entre sus compatriotas.

Se trata de un largo poema de más de doscientos versos escrito en endecasílabos con algunos heptasílabos engarzados de una manera muy libre, al igual que las estrofas, pero con ajuste a los propósitos del autor. Los primeros versos asientan la convicción de que el tirano jamás puede esclavizar a un pueblo fuerte que se rebela y lucha o muere en la contienda. La prueba de tal concepto la ofrecen los antiguos griegos en su resistencia ante el persa invasor. Mas, una vez evocadas las proezas de entonces, se pregunta cómo pudieron los modernos soportar por tantos siglos la opresión otomana. En medio de esta confrontación de épocas y de los reclamos de los héroes clásicos, surgen las imágenes de la insurrección presente y las crueles respuestas del sobresaltado sultán y sus fieles vasallos. No falta la exhortación al apoyo de las naciones europeas para finalmente centrarse en el propio poeta, que vaticina para sí una muerte temprana, razón que le impedirá disfrutar del triunfo; pero, al volver la vista a su patria, entrevé su gloria en tanto Grecia se alza victoriosa como ejemplo para todo el orbe.

Son numerosos en la oda los nombres de los guerreros que en la Antigüedad se opusieron al persa y la evocación de batallas concretas, pero en las referencias a los sublevados modernos sólo encontramos los de Ipsilantis y de un Cantacuzeno.[5] Si el último nos hace pensar en una evocación literaria para suplir una apelación histórica, el primero nos permite algunas suposiciones sobre las noticias de que en verdad disponía Heredia cuando escribe su poema, pues llama la atención la relativamente rápida composición de estos versos en época en que los contactos entre ambas orillas del Atlántico eran exclusivamente marinos y un barco demoraba meses en cumplir su travesía, a lo cual habría que agregar la condición colonial de Cuba y la poca información existente sobre los avatares griegos de la época.

Es indudable que la sublevación griega impresionó al joven Heredia enardecido por las ideas libertarias, y si tenemos en cuenta que la proclama de Alexander Ypsilantis se hizo pública en 1820, que esta precisamente comenzara exhortando a contemplar en mares y tierras griegas actuales las antiguas hazañas, como las acometidas en Salamina y las encabezadas por Leónidas –motivo también presente en el poema del cubano–, es posible suponer que Heredia tuvo noticias del alzamiento que se preparaba por esta proclama quizás antes de retornar a la patria. Ello explicaría el que fechara la insurrección en 1820, así como la coincidencia en cuanto al paralelo contrastante entre clásicos y modernos en que los primeros han de servir de ejemplo e incentivo para los segundos. Mas, no sólo lo mueve el deseo de expresar simpatía y recabar solidaridad con la rebelión de los griegos, como se explicita en su reclamo a los pueblos europeos, sino el de tender un paralelo con la lucha a que se aprestaba por la independencia de Cuba.

Ciertamente ya antes había publicado un poema, “El dos de mayo”, en el cual con el pretexto de alabar el patriotismo liberal español celebraba la libertad de la patria que obviamente ya para él no era España;[6] pero, aun bajo el régimen constitucional implantado en la Península en 1820, no era posible, por supuesto, abogar públicamente por una insurrección de la Isla sin sufrir censura y probable prisión. Por ello, si el poema sobre la sublevación griega le propiciaba llevar al ánimo del posible lector un ejemplo aplicable a sus propias circunstancias, el poeta debe velar sus intenciones, aunque de todos modos sorprenda la osadía. Como para facilitar la doble lectura propuesta introduce en la octava estrofa la fama de Washington en parangón con la que el triunfo depara a los griegos, de modo que hace presente al continente americano con una gesta semejante, pero con resultados establecidos en un ámbito no hispanoamericano y sin causar, por tanto, la alarma que despertaría cualquier alusión al proceso independentista de la América hispánica. Cuando postula que es preferible la muerte a vivir esclavo, irrumpe el yo poético como evidencia de su implicación, pero el mayor atrevimiento es al evocar la “risueña Cuba… de palmas coronada… tendiendo su gloria y su poder”. Nada más agrega, pero el paralelo se subraya por la mirada: “miro a mi patria… miro a la Grecia”.[7] Tal parece que el sujeto poético llama al combate tanto en Grecia como en Cuba. Sólo ocho días después de publicado el poema decretan las autoridades coloniales la detención de los conspiradores y su autor, a ocultas, logra embarcar en un vapor con rumbo a Boston, hacia el exilio. No en balde Heredia se torna, al decir del crítico Salvador Arias, “el poeta cubano más representativo y popular durante las largas luchas independentistas del siglo XIX”.[8]

Ya en el exilio Heredia incluye el poema con el título “Al alzamiento de los griegos contra los turcos en 1821” en el tomo de poesías que publica en Nueva York e igualmente en la edición mexicana de 1832, en las cuales el hecho de quitar los versos dedicados a la patria parece testimoniar su convicción de la necesidad de que la gesta griega se divulgue y conmocione a naciones muy cercanas en su reclamo de libertad, al tiempo que manifiesta su estima por el poema aun sin la función apelativa a la acción inmediata que trasluciera cuando por primera vez se imprime en el periódico habanero.

Su interés por las luchas del pueblo griego también se hace patente en las traducciones que hiciera de nueve cantos populares[9] en los espacios en blanco de un libro en francés, conservado parcialmente y sin portada. Por esta razón en un principio se estimó, al observar las normas ortográficas seguidas por Heredia, que estas versiones eran aproximadamente de los años habaneros, pero no había seguridad. El único indicio sobre el autor de la compilación era una de las notas del libro que refería que este, con anterioridad, había escrito un poema titulado “La Mérovéide”. Por tanto, debe tratarse de la antología publicada por Népomucène Lemercier[10] en 1824 y no, como alguno había supuesto, de la recopilación de Charles Fauriel,[11] con textos griegos y versiones francesas. Por esa fecha ya Heredia vivía en el exilio y si bien tradujo estos poemas, quizás como ejercicio, nunca los publicó; pero el hecho redunda en cómo las vicisitudes de la Grecia contemporánea y su proyección literaria le motivaban a la vez que iluminaban los valores sustentados por la cultura humanística recibida según los cánones de enseñanza de la época. Es esta indudablemente la razón por la que las numerosas referencias a la Grecia clásica diseminadas en la obra del poeta cubano adquieren nuevas luces y un atractivo particular que diferencian, matizan y confieren inmediatez a su recepción en el imaginario poético del siglo XIX.

Ello se corrobora con la obra de otro poeta, Joaquín Lorenzo Luaces,[12] nacido en La Habana en 1826, en la época cuando quizás Heredia hacía sus versiones de los cantos griegos. Aunque su vida y su labor poética discurrieron por cauces muy distintos a los heredianos, tiene con él en común sus anhelos de independencia y el haberse inspirado en la sublevación y la resistencia griegas, pues en 1856 escribió “Caída de Missolonghi”. Sin la inmediatez de Heredia, puesto que treinta años separaban el poema de los hechos, es indudable que, en las circunstancias en que se vivía en la Cuba de mediados de siglo, la rememoración del heroísmo griego mantenía viva tanto la carga emocional como la capacidad de compeler a la lucha contra el opresor.

Joaquín Lorenzo Luaces tampoco gozó de una larga vida, pues murió a los cuarenta y un años, en 1867, casi un año antes de que estallara en Cuba la guerra de independencia. Nunca viajó fuera de la patria y su precaria salud lo apartó de cualquier ejercicio profesional, de modo que dispuso de cierta tranquilidad para dedicarse al estudio y a la creación tanto poética como dramatúrgica. Según el crítico e historiador decimonónico Aurelio Mitjans, Luaces “dedicó su juventud a conocer y amar a Grecia, la Grecia antigua sobre todo”.[13] Frecuentaba Luaces la tertulia literaria y científica encabezada por Felipe Poey, a cuyas investigaciones se debe la primera clasificación y estudios de los peces cubanos, pero que fue también un destacado humanista. Allí debe haber encontrado el modesto poeta un círculo adecuado a sus intereses en cuanto al cultivo de los clásicos y la atracción por el progreso científico y social. Fue un amigo quien hizo publicar uno de sus poemas y así darlo a conocer en el mundo cultural del momento. A partir de entonces colaboró con distintas revistas, pero no fue hasta 1857 cuando conformó y dio a la imprenta su primer libro de poesía, en el cual se incluía “Caída de Missolonghi”, escrito un año antes.

Es posible que en las tertulias en casa de Poey haya conocido a quien probablemente sea el primer cubano que visitó Grecia, José Luis Alfonso.[14] Allí llegó en 1831 y, aunque no se dedica a las letras, escribió dos poemas en que no faltan las referencias a la guerra de independencia griega y al sitio de Missolonghi, los cuales compiló junto a otros de asuntos diversos en un tomito titulado Cantos de un peregrino, publicado en París en 1863 con destino a sus amigos y allegados. Aunque vivió muchos años en el extranjero, entre 1840 y 1850 radicó en la Isla y desempeñó diversos cargos cívicos y culturales. Tal vez entonces dio a conocer en su círculo de amigos las impresiones de sus viajes y sus poemas a Grecia pudieron interesar vivamente al joven Luaces. En “A Grecia”, Alfonso, luego de expresar su emoción por pisar suelo heleno, contrasta el pasado glorioso con la devastación presente y rememora el momento crucial de la lucha de independencia en Missolonghi para terminar con la destrucción de la flota otomana en Navarino; mientras que en “A Constantino y Jorge Mavromicalis” ensalza cómo al grito de Ipsilante (sic) todos se arrojan a la lucha contra el imperio otomano, pero especialmente se detiene en un hecho posterior, la muerte de Ioanis Kapodistrias.[15] Sin embargo, en ambos el centro es la lucha y el arrojo de los griegos por la libertad. Quizás entonces Luaces, tan amante de Grecia y la independencia, a pesar de los años transcurridos, sintió que el ejemplo dado por los helenos en Misolonghi sería también un canto que inflamaría a sus conciudadanos.

En su largo poema en octavas endecasílabas, entre las cuales se intercala el cuarteto que abre y cierra la composición poética a manera de estribillo, el subtítulo “Canto de guerra del griego” no da lugar a dudas sobre la tónica de los versos. El yo poético aparece como partícipe, testigo y enardecido incitador que clama venganza por los desmanes sufridos. La estrofa sistemáticamente repetida sitúa al lector en el momento en que Missolonghi yace en ruinas y la voz poética pide castigo para los culpables al tiempo que enaltece la decisión de sus defensores, quienes prefirieron morir antes que vivir esclavos. Ya en la primera octava se establece la situación de la ciudad, cómo la causa de su caída no fue el hambre de los sitiados, sino la traición de un nuevo Efialtes, nombre que enlaza el presente con el pasado. Pero sólo a mediados del poema, cuando la denodada resistencia de los griegos y la crueldad despótica del sitiador quedan bien establecidas mediante imágenes bélicas de la contienda, la exhortación a romper las cadenas actuales converge con el ejemplo de Maratón, Platea, Salamina y aúna ambas épocas en un mismo espíritu.

Desde ese punto, prácticamente a mitad del poema se suceden los rasgos opuestos de las huestes enemigas, las motivaciones de los griegos, el recuerdo del destino que aguarda a los más débiles, la determinación de mujeres y ancianos, la reflexión sobre qué ha sido la vida bajo el opresor, hasta concluir con la exhortación a la lucha antaño cantada por Alceo y Tirteo, cuya obra y motivos resuenan también en la creación del cubano. Por último, la voz poética apunta cómo el grito lanzado en Missolonghi se extiende por las naciones: Grecia se alzará de nuevo, mientras Bretaña y Lutecia se aprestan en su apoyo y, con la concurrencia también de los rusos, el enemigo terminará en adoración de Dios, con lo cual el poeta parece significar el triunfo de los valores representados por Europa.[16] Ello presta al final cierta indefinición y vela cualquier sospecha del llamado delito de “infidencia” por las autoridades españolas.

A mediados de siglo, ya no cabía esperanza alguna de que España considerara a la colonia de ultramar en pie de igualdad con sus provincias y castigaba con crueldad ejemplarizante cualquier intento de insubordinación, al tiempo que el temor a una rebelión de esclavos pesaba sobre el ánimo de criollos enriquecidos gracias a la trata o que se servían de ella para garantizar su producción azucarera y, junto a los que en secreto anhelaban la independencia, había defensores de obtener reformas o de anexarse a los Estados Unidos. Joaquín Lorenzo no podía permitirse introducir en su poema ninguna alusión directa al país, como hiciera Heredia en los años veinte, pero un suceso histórico como el sitio y la destrucción de Missologhi le permitía ofrecer a sus conciudadanos un modelo semejante al que los antiguos griegos brindaban a los modernos pues la gesta de estos servía, a su vez, como espejo y exhortación a quienes se hallaban en parecidas circunstancias. A la luz de la lucha por la libertad la Grecia clásica resplandece y ofrece nuevas posibilidades en la expresión poética de la Isla, como se corrobora en otras obras de Luaces.

No sabemos exactamente cuándo este autor escribió su drama Aristodemo, pero su interés en dar a conocer esta pieza se subraya por el hecho de que en vida procurara su publicación, si consideramos que el autor confesara a un amigo que, una vez terminada una pieza teatral, la dejaba en el estante; razón por la cual su labor como comediógrafo, por ejemplo, se desconoció hasta mediados del siglo pasado, cuando su hallazgo impactó a críticos y público. No sabemos hasta qué punto conoció Joaquín Lorenzo Luaces la traducción herediana o si las piezas italianas[17] sobre este asunto le sirvieron directamente de estímulo en su creación, pero sí es evidente un cambio sustancial en relación tanto con la narración de Pausanias como con las obras mencionadas; cambios que le atrajeron las censuras de la crítica de la época al romper la estructura de las tragedias neoclásicas.

El protagonista en verdad de la obra del habanero no es Aristodemo, enfrentado al conflicto entre el bien de la patria y su amor paterno, entre la honra y la deshonra, sino que crea un personaje, el sacerdote Theon, quien, traidor a sus insignias religiosas, manipulador, lúbrico y vengativo, centra la acción y, al buscar la perdición de la joven hija del caudillo mesenio, en peripecia de evocación sofoclea, encuentra su propio final, en tanto Aristodemo obra a impulsos de los acontecimientos. Luaces, consciente de que el dominio español se asentaba tanto en lo militar como en lo teocrático, quiso mostrar con la creación de tal personaje cómo el patriotismo de Aristodemo se aniquila por las supercherías del clericalismo representado en Theon y así hacer reflexionar a sus conciudadanos sobre las asechanzas coloniales que deberían afrontar. De nuevo los ropajes clásicos sirven, pues, para representar los conflictos de la sociedad cubana de la época y, al igual que Heredia en sus versiones teatrales, Luaces en su única tragedia busca, en medio de la censura imperante, ofrecer un ejemplo de resistencia y patriotismo. De hecho, sólo un año después de su publicación en 1867, Carlos Manuel de Céspedes, cual moderno Aristodemo,[18] no vacilará en incendiar Bayamo antes que cederla al enemigo en los inicios de la guerra de independencia.

También Grecia es el sustento del poema con que Luaces se propuso enaltecer a su patria, Cuba. Poema mitológico, escrito en 1854 pero publicado después de su muerte en 1882. Se trata de un largo poema dividido en cuatro cantos en que se funden elementos de la mitología griega con referentes aborígenes en una narración no exenta de evocaciones de la literatura clásica y con un acercamiento de acentos líricos a la naturaleza exuberante de las Antillas. Hija del cacique Caupolicán y de Náyade, Cuba es el objeto de deseo de varios dioses (Apolo, Neptuno, Eolo), recurso con el que resalta la belleza de la joven, pero también de la Isla, en tanto los avatares que sufre la heroína, entre ellos el rapto, se deben a lo codiciada que es. Arrojada al mar por la furia del despechado Eolo, surge la isla al amparo de Neptuno, como Delos o Rodas en los epinicios pindáricos, en alegoría probable de su futura libertad; mientras que la preferencia de la ninfa por Apolo no sólo alude al carácter soleado de nuestro clima, sino también a las artes, los conocimientos y los valores que se asocian con este dios, devenidos caracteres propios de la descendencia de su matrimonio con la bella doncella, la cual al principio huye de él despavorida, pero que, una vez enamorada, afronta todos los peligros para con firmeza mantener su elección. La intención de Luaces de dotar a su patria de una tradición mítica propia con un sustento helénico no sólo resulta original en relación con otras creaciones épicas de Hispanoamérica, sino que deviene una forma de reafirmar los valores de su patria y el destino de libertad que, a pesar de todas las contingencias, sabrá labrarse.

Sin embargo, Grecia no sólo prefiguraba en el imaginario poético de la época las ensoñaciones de quienes en ella veían el referente cierto del futuro de su patria emancipada, sino también de quienes en sus desesperanzas volvían hacia ella su nostálgica mirada. Así, Juan Clemente Zenea (1832-1871), sólo unos años más joven que Luaces, en 1870 publica un poema, “En días de esclavitud”, ya dado a conocer con anterioridad como “Nocturno”, en el cual la incertidumbre del vivir y las vicisitudes de su cotidianidad le hacen desear en su súplica “otra patria, otro siglo y otros hombres”, para por último proclamar con rotunda determinación: “mis tiempos son los de la antigua Roma,/ y mis hermanos con la Grecia han muerto”.[19]

Si ajeno y desesperante era para Zenea el ambiente cubano antes del estallido de la lucha armada, en verdad este se torna asfixiante y sin salida para un poeta como Julián del Casal (1863-1893), al que le tocó vivir el período entre guerras. Tenía cinco años cuando estalló en 1868 la contienda por la emancipación cubana; así pues, su adolescencia y juventud estuvieron signadas por la frustración aportada por el Pacto del Zanjón que pusiera fin a la llamada Guerra de los Diez Años, y muere a los treinta en 1893, dos antes de que se reanudara la “guerra necesaria”, tal como la llamara su gran artífice José Martí.

Sin embargo, convencido Casal de que en las letras se imponía una renovación acorde con la nueva sensibilidad que se abría paso en la expresión poética, Grecia le atrae como contrapunto ideal de la podredumbre espiritual en que se siente inmerso. Resalta las cualidades que estima fundamentalmente helénicas: gracia, sobriedad y serenidad, así como la perfección formal que erige como paradigmática, de modo que suscitan su admiración estrofas “griegas en la forma y profundamente modernas en el fondo”,[20] frase en que sintetiza toda una profesión de fe poética. No en vano entiende la antigua poesía como una intrépida Pentesilea en su corcel de batalla, dispuesta a vencer a Aquiles, entonando un himno de amor, esperanza y fe.[21] Mas esta aparente ingenuidad y admiración compartida con muchos en su época no es óbice para que use las figuras clásicas en función de la expresión de sus más íntimas inquietudes y de su forma personal de entender el quehacer poético. Motivado por los cuadros de Gustave Moreau, que también entusiasmaran a Martí, compone una serie de sonetos bajo el rubro de “Mi museo ideal”. Le censuraron entonces los críticos que se dejara arrastrar por las corrientes francesas, en particular por los sonetos del parnasiano autor de Los trofeos,[22] primo de Heredia, con quien este comparte el mismo nombre, pero que si bien nació en Cuba desde niño vivió en Francia y escribió siempre en francés. Olvidaban tales censores que para quien se ahogaba en la sordidez del ambiente colonial generado por el fracaso de la guerra de independencia y padecía sus propios infortunios, no constituía una salida el evocar las sombras, tal como proponía el cubano francés a quien indudablemente Casal admirara.

El dolor y la repugnancia moral eran demasiado intensos. Por ello, lejos de buscar la proyección del sentimiento de un tiempo pasado, tal como proponía el poeta parnasiano, la figura de Hércules, por ejemplo, se torna para Casal en portadora de su drama íntimo entre la reprobación moral y la incapacidad de obrar; mientras que su Prometeo deviene signo de rebeldía poética y resistencia espiritual. De ahí su originalidad al tiempo que, como postulara Martí sobre el quehacer poético, la poesía parte de sí y de su tiempo, aunque no se lo propusiera. Fue precisamente el prócer cubano el primero en defender los “tristes y joyantes” versos de Casal y en comprender, según expone en el hermoso obituario que le dedicara, que “las letras sólo pueden ser enlutadas o hetairas en un país sin libertad”.[23]

A diferencia de Julián del Casal, que vivió siempre en Cuba salvo un breve viaje a España y reivindicó el oficio de poeta como su razón de ser, José Martí, sólo diez años mayor, sufrió prisión y trabajos forzados a los dieciséis, antes de ser deportado a España, donde se graduó en las carreras de Derecho y de Filosofía y Letras. Volvería a Cuba sólo una vez con su mujer e hijo para partir al año de nuevo, desterrado. En México, Guatemala, Venezuela y sobre todo en Estados Unidos pasaría la mayor parte de su vida consagrado al servicio de “Nuestra América”, según gustaba nombrarla, y a preparar la “guerra necesaria” para la emancipación de Cuba, todavía colonia española a fines del siglo XIX. Ya sólo regresaría al suelo patrio para morir en los campos de batalla unos días después del desembarco, al inicio de la guerra del 95 organizada por sus abnegados esfuerzos y sustentada por sus ideas.

Pero Martí no fue sólo un revolucionario adalid de nuestra independencia, sino un hombre de letras que contribuyó a la renovación de la literatura hispanoamericana. Mucho se ha discutido sobre si se le considera, o no, dentro del llamado movimiento modernista junto con el propio Casal, los mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera y Salvador Díaz Mirón, el colombiano José Asunción Silva y el nicaragüense Rubén Darío, entre otros. Para muchos la obra martiana rebasa el concepto encerrado en el término, entendido por décadas en un sentido estrecho, y se la define más bien como fundadora de la modernidad; pero no es menos cierto que una nueva sensibilidad marca el quehacer poético de todos, aunque sigan caminos muy distintos, como diverso ha sido el reconocimiento recibido por sus respectivas obras.

Tampoco evade Martí las polémicas literarias de su tiempo y, al igual que rescata la poesía de Casal frente a los que la tildaban de evasiva y mimética, con vistas a la conmemoración del cincuentenario de la muerte de Heredia se enfrenta a quienes empañaban sus méritos y en su comprensión de la obra del poeta se refleja cómo Martí recoge y hace suya la propuesta herediana en relación con la recepción de Grecia dentro del imaginario poético de la época.[24]

En 1888 Martí publica un artículo[25] en que comienza aclarando que no se trata de ensalzar o denigrar al poeta por ser compatriota, sino de decir la verdad, puesto que Heredia nada ha de temer del tiempo. Con ello entra en polémica, sin mencionarlo, con el crítico e historiador literario Aurelio Mitjans, quien daba la palma a Luaces frente a Heredia,[26] al juzgarlo con un criterio estrechamente aferrado a normativas neoclásicas. Al adentrarse en sus méritos y condicionantes, la pasión y la cultura del poeta, apunta la familiaridad de Heredia con Grecia y Roma desde su niñez y subraya cómo los clásicos reflorecían en Europa al calor de los acontecimientos contemporáneos, aserto que corrobora con el ejemplo de Byron, según el cual “había de ir a morir en Missolonghi”,[27] única referencia martiana a la ciudad devenida símbolo de la insurrección griega.

Martí, a su vez, se muestra también legatario de la imagen poética plasmada por Heredia en su poema a la insurrección de Grecia. Así, en el discurso pronunciado precisamente en la conmemoración del cincuentenario de la muerte de Heredia,[28] Martí se cuestiona: “¿Y la América libre, y toda Europa coronándose con la libertad, y Grecia misma resucitando, y Cuba, tan bella como Grecia, tendida así entre hierros, mancha del mundo, presidio rodeado de agua, rémora de América?”[29] Por ello no entiende cómo no se sublevan los cubanos ni la Isla entera con su naturaleza poderosa y en su exhortación de nuevo aflora el vínculo por el cual, al igual que en Heredia, Grecia se transparenta en la realidad cubana y postula cómo “Leónidas desde las Termópilas” indica “el camino a los cubanos”.[30]

De manera que si Martí considera a Heredia como el primer poeta de América es porque advierte en él esa misma conjunción que le ofrece Grecia, tal como la entiende, de armonía y emoción. Frente a los que sólo admiraban en los clásicos helénicos la serenidad y la fría racionalidad, Martí siente en la oda griega “la ola que estalla, y la que responde y luego el eco”.[31] Por ello, sin desconocer sus defectos, compara al poeta cubano con Píndaro, volcánico y a la vez sereno. Pero tal ideario desborda los límites meramente literarios y anhela esa armonía para su concepto de revolución, que como la naturaleza ha de ser “equilibrada y triunfante”;[32] visualiza a las Antillas en el papel de marcador, con su moderación, de la balanza continental,[33] mientras estima al antillano como “hombre en quien la moderación de juicio iguala a la pasión por la libertad”.[34]

Martí, por tanto, no sólo hace suya la imagen de la lucha griega por la independencia proyectada por Heredia en la isla de sus desvelos, sino que la hace trascender. No mira al igual que Casal a Grecia como un ideal perdido y añorado, sino como un presente en el cual ha de asentarse el futuro. Razón tenía la poeta y ensayista Fina García Marruz cuando en el prólogo del libro en que recoge aquella poesía del siglo XIX de autores anónimos a veces y otras, pocos conocidos, que quedaron al margen de las historias literarias, estima que “la amistad de lo cubano con lo griego iba más allá de la Grecia romanizada del neoclásico y aún más de la Grecia francesa que en toda la América revivieron los modernistas”.[35]

A pesar de las pocas noticias al respecto, es posible establecer que ese mismo vínculo debe haber propiciado el interés suscitado a fines de siglo no ya sólo por los clásicos sino por la lengua y las letras de Grecia moderna. El entonces joven profesor universitario de griego clásico Juan Miguel Dihigo incluye las particularidades de la lengua moderna en un manual que imprime para facilitar el aprendizaje de sus alumnos, Sinopsis de gramática griega, publicado en 1894. También por esos años Enrique Lecerff propone un nuevo método para aprender el griego, tanto antiguo como moderno, e incluye, a manera de ejemplo del habla coloquial, cartas de soldados participantes en la última guerra balcánica; mientras el catedrático Juan Francisco de Albear se preciaba de guardar una traducción en verso del Canto de guerra de Rigas, hecho por un estudiante del colegio Buena Vista, donde se enseñaba griego moderno.

Esta nueva mirada por la cual los valores de los antiguos griegos cobraban contemporaneidad por la lucha en pos de la libertad de los modernos hizo, por tanto, que la lengua y la literatura helénicas se estimaran como una sola en desarrollo continuo desde la Antigüedad y se procurara el conocimiento también de la expresión moderna. Tales ideas deben haber pesado en la formación de Laura Mestre Hevia, nacida en 1867 en el seno de una familia de actuación reconocida tanto en el campo intelectual como cívico. Aunque en su familia no se cuestionaba el acceso de la mujer a la educación superior y su propio padre le enseñó las letras clásicas, tropezó muy pronto con los prejuicios de la época y se refugió en el cultivo de su intelecto y en la realización de una obra con la que servir a su patria en la soledad de su casa, sin intentar durante un cuarto de siglo ningún contacto con el quehacer público.

La conjunción de fantasía y espíritu positivo que advierte en Grecia clásica y que tan bien se aviene con su propia formación, la entusiasman de tal modo que toma como paradigmáticos el arte, la literatura y la filosofía de los griegos, en tanto ostentan valores y cualidades que, según su modo de pensar, han de estar presentes en la educación de los jóvenes. Propone que se rechace “la cosmogonía hebraica, que pugna con la ciencia” y sean la Ilíada y la Odisea los libros puestos en mano de la juventud, a fin de que esta se eduque en los ideales de verdad y saber, honradez y valor propendidos por la cultura griega; sin dejar de exhortar a “estudiar la obra de los sabios de nuestra edad”.[36] Por ello, uno de sus deseos más fervientes en sus últimos años de vida, cuando organizaba su papelería para la posible publicación de sus obras, fue la de publicar su traducción de la Ilíada y la Odisea. Es ella, en verdad, la primera traductora de ambos poemas a la lengua española, y quizás la única, aunque este ingente esfuerzo permanezca casi desconocido, pues ambas versiones se mantienen inéditas junto con el resto de su papelería, y si bien no es posible datar con certeza esos manuscritos, sabemos que desde la última década del XIX inició sus labores de traducción.

Sin embargo, en el primer libro que diera a la imprenta, Estudios griegos,[37] ya en el siglo XX, junto a sus lecciones para aprender griego en los textos homéricos, una muestra de sus traducciones de textos clásicos y capítulos consagrados al cultivo de los distintos géneros literarios en la Antigüedad, incluye uno dedicado a los cantos populares de Grecia moderna, aquellos cuya traducción Heredia comenzara y dejara sin publicar. Se debe por tanto a Mestre que por primera vez se editara una selección de estos poemas y presenta tanto el texto griego como su versión al español.

Se cierra así el ciclo abierto por el poeta Heredia en cuanto a la repercusión de la guerra libertaria de la Grecia moderna en el imaginario poético de la Cuba decimonónica. Iluminada por el batallar en pos de la independencia y la resistencia tenaz frente al opresor de los insurrectos frente al imperio otomano, la Grecia clásica y los valores por ella propendidos, cobran vigencia y, aunados los tiempos, ofrece un paradigma significativo en el imaginario poético de los cubanos que sentían la necesidad de poner término a la dependencia colonial y, como Heredia y Martí, casi al principio y al final del XIX, la hermanaban con su patria en un destino común de libertad y realización como nación: “Grecia misma resucitando, y Cuba, tan bella como Grecia”, para decirlo con las palabras de José Martí.

Notas:

[1] José Martí: “Heredia”, Ensayos sobre arte y literatura, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, p. 179. Este discurso en honor del poeta fue pronunciado en Nueva York en 1889, al conmemorar los cincuenta años transcurridos desde la muerte de Heredia. “América” se usa en el mismo sentido que en otras ocasiones Martí habla de “Nuestra América”.

[2] Se trata del semanario Biblioteca de Damas, del cual sólo pudo imprimir cinco números.

[3] En 1811, en tránsito hacia Venezuela, la familia arriba a Santo Domingo. Mientras el padre continúa viaje, los demás permanecen allí cerca de un año. Heredia realiza entonces estudios con su allegado Francisco Javier Caro y con el canónigo Tomás Correa. Don Francisco quedó admirado con la traducción que le encomendara de Horacio y le dijo que podía tenerse por buen latinista.

[4] Varela enseñaba en el Seminario de San Carlos, que también acogía a estudiantes seglares y donde se ofrecía una enseñanza mucho más en consonancia con las corrientes científicas y académicas de la época que la impartida en la Universidad, donde estaba matriculado Heredia. No olvidemos que su gran amigo Domingo del Monte también estudiaba la misma carrera que Heredia, pero en el Seminario.

[5] Así escritos los nombres por Heredia.

[6] En 1821 Heredia editó el poema en La Habana y, en honor a los mártires de 1808 durante el alzamiento frente a las tropas napoleónicas, entonaba: “Libertad, noble amor a la patria, /odio eterno a la audaz tiranía.”

[7] José María Heredia: Obra poética, Letras Cubanas, La Habana, 1993, p. 117.

[8] Salvador Arias: “La obra literaria de José María Heredia”, Historia de la literatura cubana, Letras Cubanas, La Habana, 2002, t. I, p. 132.

[9] Se trata de los que aparecen titulados “Derrota de Alí de Tebelen”, “Derrota de Mouktar-Veli”, “Sacrificio de los seis mártires souliotas”, “El destierro de Photos”, “La toma de Suli”, “La muerte de la magnánima Despo”, “Himno fúnebre sobre Parga” y dos traducidos al italiano “Skillo-dimos” y “Iotis moribundo”. (José María Heredia: Ob. cit., pp. 362-370)

[10] Se trata de Chants héroïques de montagnards et matelots grecs, traduit en vers français (Paris, 1824). Escribió también La Mérovéide ou les champs catalauniques (Didot, Paris, 1818).

[11] Chants populaires de la Grèce Moderne, publicada en Paris, por Didot, en dos tomos en 1824 y 1825.

[12] Aunque el primer apellido es Lorenzo, se suele citar por el segundo: Luaces.

[13] Aurelio Mitjans: Estudio sobre el movimiento científico y literario de Cuba, Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1963, p. 235. Esta obra se publicó por primera vez en 1890.

[14] José Luis Alfonso y García de Medina nació en 1810 y muy pronto quedó huérfano, aunque heredero de notable fortuna y un título nobiliario: Marqués de Móntelo. Muy joven conoció y frecuentó el trato de figuras de gran relevancia en la cultura cubana: Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, José María Heredia, Domingo del Monte. Desde París viaja durante un año, en 1831, por Grecia, Turquía y Malta. Muere en 1881.

[15] Alcanzada la independencia, Kapodistrias se impuso entre las distintas facciones, gobernó tiránicamente y encarceló a Petros Mavromichalis. El hijo y el hermano le dieron muerte en Nauplio. Constantino cayó inmediatamente y Jorge murió poco después en el cadalso. El cubano los compara con Harmodio y Aristogitón. Una primera versión de este poema fue enviada en carta a Domingo del Monte, desde Malta, el 27 de julio de 1832. Se menciona como su primer intento poético. Ambos poemas fueron recogidos por Antonio López Prieto en Parnaso cubano. Colección de poesías selectas de autores cubanos, que se publicó en 1881.

[16] El vínculo de la victoria con la divinidad cristiana también aparece en el poema de José Luis Alfonso.

[17] Pudiera ser bien la de Monti, bien la de Dottori.

[18] “Era en Andana/ primer ciudad votada al sacrifico;/ y al ver que un breve tiempo vacilaban/ […] con ánimo inflexible, tú el primero/ a tu palacio las ardientes hachas/ con entusiasmo enérgico aplicaste” (Joaquín Lorenzo Luaces: “Aristodemo”, Teatro cubano del siglo XIX, Arte y Literatura, La Habana, 1975, pp. 192-193).

[19] Juan Clemente Zenea: “En días de esclavitud”, en José Lezama Lima (ed.), Antología de la poesía cubana, La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1965, t. II, p. 218.

[20] Julián del Casal: “Recuerdos de Madrid. Un poeta mejicano. Francisco de Icaza”, Prosas, Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1963, t. I, p. 199. Con esta frase re refiere a la poesía de Salvador Díaz Mirón.

[21] Julián del Casal: “El Dr. Francisco Zayas”, ob. cit., t. I, p. 256.

[22] José María Heredia y Girard (1842-1905).

[23] José Martí: “Julián del Casal”, Ensayos sobre arte y literatura, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, p. 233. Sobre Grecia en Casal véase Elina Miranda Cancela, “Mitos griegos en Julián del Casal”, La tradición helénica en Cuba, Arte y Literatura,  La Habana, 2003, pp. 81-98.

[24] Cfr. Elina Miranda Cancela: “Grecia y lo griego”, en Ana Cairo (ed.), Valoración múltiple de José Martí, Casa de las Américas, La Habana, 2007, t. II, pp. 547-562.

[25] José Martí: “Heredia”, El Economista Americano, Nueva York, reproducido en José Martí, Ensayos sobre arte y literatura, ob. cit., pp. 174-182.

[26] Se trata de “Luaces y Heredia”, publicado en la Revista Cubana, en 1888.

[27] José Martí: “Heredia”, ob. cit., p. 177.

[28] Discurso pronunciado en Hardman Hall, Nueva York, el 30 de noviembre de 1889, reproducido en José Martí, Ensayos sobre arte y literatura, ob. cit., pp. 183-198.

[29] Ibidem, p. 188.

[30] Ídem.

[31] José Martí: “Francisco Sellén”, Ensayos sobre arte y literatura, p. 227.

[32] José Martí: Obras completas, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2001, t. 4, p. 265.

[33] Ibidem, t. 3, p. 142.

[34] Ibidem, t. 1, p. 321.

[35] Fina García Marruz: “Prólogo”, Flor oculta de poesía cubana, Arte y Literatura, La Habana, 1978, p. 20.

[36] Elina Miranda Cancela: Laura Mestre (1867-1944), Ediciones del Orto, Madrid, 2010, pp. 75 y 76.

[37] Laura Mestre: Estudios griegos, Imp. Avisador Comercial, La Habana, 1929.

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