Foto © Arianna Domínguez Hernández

Un festival en Matanzas.

Un tren.

Una gallina.

Un hidrocéfalo…

Escrituras de Rolando Sánchez Mejías es un mapa político y escritural de la errancia en Cuba; un mapa entre frustración y espera.

No sólo porque el protagonista, ese Yo siempre a medias entre ficción y biografía, se pregunte constantemente por la realidad: el por ciento de realidad al que está destinado, el por ciento de realidad que queda dentro y fuera de él (de su cotidianidad y de la metafísica que lo hace “viajar”), el por ciento de realidad que siempre estará en su contra… sino por el espacio donde se mueve el texto, esos finales de los ochenta y principios de los noventa en Cuba, momento en que la isla transitó de la nada hacia la nada: el hundimiento.

¿No es ya un lugar común que los noventa en Cuba significaron, política y moralmente, un retroceso de siglos en su imaginario civil y lumpen-literario, un batacazo incluso a la utopía que el despotismo de la revolución quería levantar?

Escrituras –con permiso del mal realismo insular, ese que confunde ficciones con resúmenes de periódicos– pudiera ser clasificado como lo mejor del realismo en Cuba. Lo mejor de un estilo que en los últimos cincuenta años, desde esos relatos contrabandidos de los años sesenta que tanto lustre dieron a una generación, sólo ha producido lo peor.

Lo peor de un imaginario ñoño y donde el estereotipo hombre bueno y revolucionario siempre vence a hombre malo y conflictivo…

Lo peor de un imaginario que siempre estuvo al servicio de la política (la mala política) y la mentalidad kitsch-heroica (en pintura, el caso más socorrido sería el de Raúl Martínez, con esos héroes pseudobarbudos y falsamente narcóticos).

Lo peor de un imaginario que nunca entendió que la realidad está hecha de múltiples ficciones.

Y si algo capta bien el relato de Sánchez Mejías son esas ficciones…

No sólo por, como dijimos, ese viaje a Matanzas en un tren viejo (un tren viejo en Cuba es uno de los hechos más alucinantes que puedan existir) o por ese cansancio tan visible en el texto y en las reflexiones del protagonista, un escritor en pleno debate con el ahora, con su existencia encogida, con lo íntimo…

O por esa otra realidad que de pronto entra en forma de cuña en la cabeza del escritor y lo sitúa:

Uno, en su propio espacio: el movimiento del tren, el camino infinito hacia ninguna parte, los problemas privados, el desarrollo de su propio texto.

Dos, en la intromisión: la cháchara de una vieja obsesionada con la música y que para colmo anda con un niño hidrocéfalo que sabe tocar “sus cositas de Mozart”.

¿No tiene acaso siempre la realidad –sobre todo la cubana– la forma de un niño hidrocéfalo? ¿No es en esencia la vida cubana una cabeza hidrocéfala y vacía y perversa y miedosa que para colmo habla y habla y habla ad infinitum?

Sánchez Mejías logró con Escrituras borrar de un plumazo dos malos mitos que siempre circularon en la isla: el de que metafísica, caricatura y realismo eran irreconciliables (si tomamos por ejemplo cualquier relato de Heras León veremos que en nombre de lo cotidiano se deja fuera todo lo real e incluso toda risa…)

Y el de que un escritor “realista”, o que frecuente lo realista, debe privilegiar los tópicos del archivo-nación para además de ser entendido por su época ser tomado en cuenta por un mercado que privilegia ante todo los emblemas patrióticos y reductores de la literatura. Es decir, que entiende la sociedad, la política, el mondo insular como EL centro del conflicto.

O como decía falsamente Hemingway: un escritor debe escribir únicamente sobre lo que sabe.

Pero, ¿qué es lo que sabe un escritor? ¿Qué es lo que lo sabe, lo que lo define, lo que lo habla?

Escrituras es quizá el mejor relato de “ese tiempo” en Cuba, porque a la vez que logró observar la miseria del realismo cubano (observarla y desmantelarla), logró ser un texto transnacional, donde ya el emblema nación y “victoriano” de la literatura cubana quedaba relegada a la lucha de un individuo consigo mismo. O mejor, a la lucha de un individuo con una porción de realidad ajena, caricaturesca, microprovinciana, que venía a insertarse en esa realidad mayor que el escritor intentaba construir dentro de la ortopedia del tren

Individualidad que en la misma medida que lucha contra sus propios fantasmas, establecerá ahí su propio polemos de guerra: mujer, reloj, texto, pene, espejo…; su propia manera de neutralizar una realidad enemiga.

¿No es precisamente la lógica de guerra, esa zona donde uno está obligado a replegarse ante otro, uno de los recursos que más ha alimentado al realismo históricamente, a los mejores escritores realistas?

Una vez más, Hemingway: Colinas como elefantes blancos.

O Tolstoi, el de Guerra y paz, por supuesto.

O las excelentes crónicas de Norman Mailer sobre ese bailarín que fue Muhammad Alí.

En el caso de Escrituras la realidad misma, con todas sus miserias, sus ficciones, su salida de la intencionalidad cubana.

(Un día habrá que estudiar el nacionalismo como una suerte de intencionalidad. Los escritores antes de sentirse escritores se sienten partícipes de una nación, de una lógica sublime pudiéramos decir, de un emblema patrio, de una legitimidad simbólico-jurídica. Y esa intencionalidad condiciona a priori todo lo que escriben.)

Intencionalidad que creo empieza a romperse en la isla a principios de los noventa, cuando una serie de escritores y escrituras empiezan a privilegiar la imaginación y a construir un trans (transficción, transnacionalismo, transautor), un espacio donde la economía literaria no estaría clausurada por lo rácano ni por cierto realismo fabril, sino por el delirio, lo fantasma, el bios, y lo que trans-pasa todo orden político, toda limitación intelectual.

Y esto, creo, se hace posible, gracias a textos como Escrituras (también podría citarse otro texto de Rolando de la misma época: n, aunque este sería un poema). Textos que no sólo desertan del canon cubensis, en cuanto a intención en cuanto a grafía en cuanto a afectos, creando una suerte de territorio que ya no tendría que ver con los convencionalismos ad usum. Ni en Cuba ni en la literatura en español del momento, dominada por el espantoso y mediocre Crack mexicano…

Sino con otra cosa…

Otra cosa “de una intensidad tal que”, como escribe el mismo autor en el mismo texto.

Otra cosa transnacional, chiquitica, luminosa, nietzscheana, lógica, precisa, picúa, y de múltiples huecos; como una gallina, pudiéramos agregar socarronamente.

Exacto, como una gallina…

Esa gallina que una vez Herzog filmó en el larguísimo túnel de San Gotardo.

avatar