Gustave Flaubert
Gustave Flaubert

Existe, en el exuberante territorio que llamamos literatura francesa, una tradición de obsesos por la forma: estetas radicales que sólo pueden concebir la así llamada realidad como un brutal espejismo cuya única función es proveer los materiales necesarios para la Obra. Se trata de la vieja idea que postula una justificación estética de la existencia: debatida ya por los griegos (como casi todo lo que importa en la tradición occidental), fue formulada de manera memorable por Nietzsche[1] en El nacimiento de la tragedia y por Mallarmé en sus escandalosas conferencias de Oxford.[2] No corresponde a ellos, sin embargo, la articulación más exhaustiva de lo que podríamos llamar la profesión de fe del escritor: esta distinción pertenece en primer lugar a Flaubert, que en las páginas de su casi infinita correspondencia ha elaborado uno de los textos más complejos de la historia literaria francesa.

Aunque se conservan miles de cartas de Flaubert, las que envió a George Sand entre 1866 y 1876 se encuentran sin duda entre las más fascinantes: al mismo tiempo un inagotable tratado de poética y una inspirada autobiografía espiritual que traza la imagen del primer narrador auténticamente moderno. Por supuesto, la correspondencia, por así decirlo, fluye en ambas direcciones, pero las cartas de Sand son el testimonio de una prodigiosa estupidez y sólo es posible disfrutarlas si se leen en clave cómica. Desde el inicio mismo las posiciones están bien definidas: Flaubert es el escritor de los escritores, el supremo sacerdote de la Belleza, el hombre que agoniza día tras día en su escritorio, obsesionado por evitar las asonancias y lograr una prosa musical, un estilo preciso e inexorable; Sand, la prolífica y exitosa productora de folletines edificantes destinados a la educación moral de las masas, “la fecunda vaca escribiente” (Nietzsche). Se entabla así entonces un verdadero diálogo de sordos en el que, detrás de la abigarrada cortesía decimonónica, podemos sentir la impaciencia de Flaubert ante la inconmovible insensatez y el repulsivo cristianismo secularizado de su corresponsal parisina.[3] Es el choque de concepciones irreconciliables sobre la naturaleza de la literatura… y sobre todo lo demás. De Sand se puede decir sin miramientos lo que Nietzsche escribió sobre George Elliot: “Se ha librado del Dios cristiano y cree que ahora ha de mantener mejor asida la moral cristiana.” En efecto, en casi todas sus cartas intenta convencer a Flaubert de la belleza de la vida, la bondad de la humanidad y otras sandeces por el estilo.

Ante semejante andanada, el asceta de Rouen contiene la respiración, sonríe con benevolencia y reafirma sus postulados fundamentales, en los que no está dispuesto a ceder un milímetro: la impersonalidad del artista, el rechazo absoluto del didactismo y la moralización en el Arte; la importancia suprema del estilo, los procedimientos retóricos y la estructura narrativa; la necesidad de una crítica formalista (“Creo que el gran Arte es científico e impersonal. Es preciso, con un esfuerzo del espíritu, meterse en los personajes y no atraerlos hacia uno mismo.”; “Tampoco creo que el novelista deba expresar su opinión sobre las cosas del mundo. Puede comunicarla, pero no me gustan los que la dicen –esto forma parte de mi poética personal.”; “Yo busco por encima de todo la Belleza, que a ellos les importa poco. Permanecen insensibles mientras yo quedo devastado de admiración o de horror ante las frases.”; “En fin, intento pensar bien, para escribir bien. Pero escribir bien es mi meta, no lo oculto.”)

Podría continuar citando indefinidamente frases sentenciosas y espléndidas –sin duda la principal tentación que acecha a cualquiera que escriba sobre la correspondencia de Flaubert: su ingenio es tal que vuelve más o menos superfluos los comentarios–, pero lo esencial está claro: nos encontramos ante un intransigente fanático de la forma para quien el estilo es el único absoluto que es posible venerar. Esto no significa, sin embargo, que Flaubert carezca de opiniones sobre la realidad: las tiene, e incluso, en demasía, pero tras releer atentamente la correspondencia uno comienza a sospechar que en el fondo de sus invectivas incesantes contra la estupidez de los burgueses,[4] la moral cristiana y la vulgaridad de las masas –siempre fue lo que los ingleses llaman a good hater— se oculta el regodeo perverso del esteta que contempla la Historia como una sucesión de puestas en escena sin importancia intrínseca más allá de proveer la ocasión para una frase ingeniosa o un efecto retórico fulgurante: quizás Flaubert creía tener alguna convicción en el momento en que escribía las cartas, pero más tarde, con la lucidez inflexible y destructiva que jamás lo abandonó, debía desechar esa ilusión postrera y apreciar el verdadero alcance de su nihilismo.

Todo esto, como es natural, le resultaba insoportable a Sand y no es de extrañar que, a lo largo de toda la correspondencia, intentara cerrar los ojos ante el fundamentalismo estético de su amigo, movilizando los considerables recursos que su incesante charlatanería y su imperturbable “sentido común”[5] le conferían. Así, pretendió lograr lo imposible: “convertir” a Flaubert al culto del Progreso, la Naturaleza y la Felicidad (para ella las mayúsculas eran de rigor cuando abordaba estas entelequias), e incluso se atrevió –osadía suprema– a recomendarle la práctica de ejercicios como “entretenimiento sano y vigorizante”. Pero Flaubert era un hombre recalcitrante y las insistentes exhortaciones a la virtud sólo conseguían estimular su poderosa retórica, como en la carta del 23 de enero de 1872, donde le informa a Sand que ha utilizado su nombre sin consultarla: “Me olvidé de avisarla de esto querida maestra: usé su nombre. La comprometí, citándola entre las celebridades que colaboraron para el monumento de Bouilhet. Encontré que su nombre quedaba bien en la frase. Un efecto de estilo, que es cosa sagrada, ¡no me lo reproche!” Podemos imaginar la fruición con que Flaubert redactó esta declaración de principios y la exasperación de Sand al recibirla: a estas alturas, incluso alguien tan ingenua como ella debería haber entendido que no era posible razonar con el hombre que declaraba abiertamente su desinterés por todo lo que no fuera “la sacrosanta literatura”.

Sin embargo, la correspondencia continuó hasta la muerte de Sand. ¿Por qué? ¿Qué podía atraerlos tan poderosamente? Creo que la respuesta se encuentra en una innegable fascinación mutua: incluso Sand, desde la plenitud de su cretinismo, podía intuir oscuramente que se hallaba ante el mayor escritor francés de su tiempo y la idea de tener una amistad intelectual con ese “monstruo sagrado” le resultaba irresistible, aunque no entendiera ni quisiera entender ninguna de sus ideas. En cuanto a Flaubert, siempre coexistieron en él –como también en Baudelaire, ese otro virtuoso del odio– un asco infinito por la estupidez humana y una fascinación no menos intensa por esta: es de suponer que encontró en Sand una mina inagotable de lugares comunes y moralina insípida, el doble siniestro de su concepción del escritor, el ejemplo insuperable de todo lo que no debía hacer. No es poco y quizás debamos agradecerle a Sand que, sin siquiera sospecharlo, sirviese de pretexto para la composición del mejor tratado de poética del siglo XIX, las cartas de un hombre que amó el lenguaje con una pasión enfermiza, despótica y admirable: “Si la literatura no lo es todo, no merece una sola hora de la atención de nadie”, como escribió otro fanático francés.

Notas

[1] Y por su mayor discípulo en siglo XX, el poeta alemán Gottfried Benn, quien definió el Arte como “la última actividad metafísica de Occidente”.

[2] Allí pronunció esta frase excesiva y sublime: “Sí, la Literatura existe y, si se quiere, sola, a excepción de todo”.

[3] Una especie de híbrido de San Francisco de Asís y Rousseau (amor por todo lo que existe, virtud insobornable, sentimentalismo empalagoso, confianza en la bondad innata del hombre, etc (las nupcias del cristianismo mendicante y el Contrato Social): sólo la estupidez ilustrada francesa podía producir un espécimen como este.

[4] Y aquí burgués debe interpretarse como filisteo, un tipo vulgar y pagado de sí mismo que sólo puede pensar y expresarse por medio de clichés.

[5] En opinión de Flaubert, el sentido común es un mero eufemismo para la imbecilidad de los que carecen de imaginación.

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