FOTO © Arianna Domínguez Hernández
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Asiento en las ruinas (La Habana, 1997) es nombre de libro (y de poema) de Antonio José Ponte:

Madrugadas en vilo de mil novecientos ochenta y ocho
donde acalladas mis vísceras remotas
tomóme la memoria de lo muerto,
memoria de familia vertical creciente.
¿Adónde iba mi infancia,
dónde estaban quienes prometieron segunda corona:
lo que el deseo no persiga,
lo que apenas intenten las palabras?
Madrugadas en que escribí
“¿Es necesario que yo escriba en verso
para apartarme del resto de los hombres?”
(Lautreámont)
Soplaba el viento de los manicomios,
¿Dónde estaban quienes prometieron segunda corona:
lo que el deseo no persiga,
lo que apenas intenten las palabras?
¿Es necesario apartarme de los hombres para escribir en verso?
Madrugadas en vilo de mil novecientos ochenta y ocho
con tu cabeza en mis manos.
Olía a bosque, nos maldecía un pájaro, era el fin de la tierra.
Cuántos paseos que haríanme más sabio,
cuánta luz, árbol, agua,
lo que una voz más justa llama vida,
ardió entonces para este entendimiento:
qué triste entre las manos,
como falsa plata que no morderé,
la cabeza de quien amaba.

Poesía de poderosa visualidad. Diríase que, en algunos textos, hay como un parnasianismo suave, sin énfasis. Otro Casal, agónico, cuya mirada atraviesa o confunde las lindes entre una belleza herida y una lenta, melancólica, huraña plenitud. Alguna vez reparé en la frecuente presencia de endecasílabos (incluso alejandrinos) en su respiración poética, que a veces sostienen la arquitectura invisible, el tono, de muchos poemas. Poesía como de ruinas líquidas, submarinas (la presencia de una poética del agua merecería una mirada como la de Gaston Bachelard), también de fuerte perspectiva aérea. Manantial y canto. Imaginad este paisaje en lontananza: el mar como un desierto cortado por la línea del horizonte, encima el cielo, como un pliegue. Solo faltaría el rayo verde: como una epifanía poética –como en su poema “Aparición”, y en otros–. Podría hacerse un estudio o catálogo de esas eróticas epifanías –o “soplos”, diría Lorenzo García Vega… Paisaje pintado por Tomás Sánchez, pero con el sabor de una atmósfera pontiana. Atmósfera de dolorosa despedida, de insondable nostalgia –y de tensión entre lo que se muestra y lo que se preserva–, como me trasmite siempre el poema de Cavafis sobre Marco Antonio…, o “Con Ubaldo en casa de Iván: Apuntes para el poema”, acaso mi preferido:

La poesía es el halcón al aire, la flota que se hunde:
cetrería y naufragio
[…]
La poesía puede ser una provincia atroz.

Si tuviera que hacer una criba de este libro, escogería “Aparición”, “Asiento en las ruinas”, “Confesiones de San Agustín, Libro IX, Capítulo X”, “Nostos”, “Entre los colegiales de los Karamazov”, “Con Ubaldo en casa de Iván: apuntes para el poema”, “En diciembre, viendo volar…” También podría añadir “Naufragios I, II, III y IV”, “Por Félix Lizárraga”, “Idea para un tapiz naïf” y “En el antiguo barrio de las putas”… Comentar cada uno de estos textos, bellos y dolorosos, sería como recordar aquel verso de Lezama “¿Pesa el conocimiento como cae el brazo?”. Porque detrás de ese paisaje oblomovista hay una intensidad cognitiva casi autista. Y eso es lo que mayormente diferencia a esta poesía de una sentimentalidad lírica tradicional.

Alguna crítica diaspórica(s) se confundió (o literalmente se deslumbró) y se quedó solo con la imagen de la poderosa visualidad melancólica, y no reparó en la como tantálica intensidad cognitiva que la alimenta y corroe. En esta poesía, como de aire ruso, incluso gótico a veces, hay como una mirada desde el fin, desde una ruina futura, que lo contamina todo. Y uno recuerda esa música (o imagen como despeñándose en cámara lenta), dolorosa, visual de Manrique: “allí van los señoríos,/ derechos a se acabar y consumir”… Sí, como dijo Roberto Fernández Retamar de Raúl Hernández Novás, “él era otra vez Casal”, pero un Casal (ya escribí) menos enfático, mucho más ambiguo, ambivalente, hamletiano, mercurial. Como en el inicio de la película Solaris, el personaje, en la víspera de un viaje, mira temblar unas yerbas debajo del agua, lo que recuerda aquellos versos de Zenea: “mirando a orillas de un río/ cómo temblaban las hierbas”. Y esa contemplación es, a veces, más profundamente cognitiva que tanta poesía de pensamiento, o, como diría el etrusco de La Habana Vieja, que “tanto racionalismo del inconsciente”. Solo recuerdo un poema de semejante estirpe en la poesía de sus contemporáneos: “Jardín zen de Kioto”, de Rolando Sánchez Mejías… Sí, hay algo como aristocrático, como de decadente e imaginal Nerval (“Je suis le ténébreux, – le veuf, – l’inconsolé,/ Le Prince d’Aquitaine à la tour abolie:/ Ma seule étoile est morte, – et mon luth constellé/ Porte le Soleil noir de la Mélancolie.”) en muchos de estos poemas memorables, como paisajes en sepia, como fotogramas de Tarkovski…, como de desdichado personaje de Proust –“muchacho o muchacha”, como él mismo escribe en un verso…

Conocí a Ponte una tarde cualquiera en el teatro del Instituto de Literatura y Lingüística a mediados de la década de los años ochenta, donde, junto a otro joven que he olvidado, leyó unos poemas suyos frente a un público irreal. Recuerdo que estaba yo sentado junto a Enrique Saínz. Recuerdo que leyó (ahora creo que muy lentamente) “Confesiones de San Agustín, libro IX, capítulo X”. Fue como una epifanía (tan frecuentes en su poesía, ya escribí). Como si nos mirara el mare nostrum…, como si la mirada convocara al paisaje… Como un ícono medieval, también. Lo que trasmite ese texto es, como aprobaría (Giorgo Colli dixit) cualquier mago presocrático, irrepresentable, inexpresable, incomunicable (por lo que no intentaré empobrecer mi primera impresión) con palabras. Es semejante a lo que me comunica un verso de Lezama en Dador: “las hogueras de Itaca, oh pordiosero”: una suerte de era imaginaria, un paisaje gnóstico, digo en clave lezamiana para no salirme del círculo hermético. O como dijo Cintio Vitier de Eliseo Diego: “la imaginación de un sentimiento”. Uno debería atesorar aunque sea la rememoración de esas impresiones primigenias. Aquí, el poema:

Largo rato hemos estado en la ventana.
A la ventana en que clarea el puerto de Ostia,
nombre de cristiandad y de molusco,
mi madre y yo asomados.
Hubiese visto quien entrase
dos figuras como de confidentes,
moraba entre nosotros la mansedumbre de la tierra
luego de la tormenta.

Nubes atravesando cielos y un estanque de aguas,
abiertos pájaros hacia otra inmensidad
apurando sus gritos:
hablamos de lo venidero.
Los pájaros que ciegos notarios de la sangre
nos hacen imaginar que somos otros,
otras vidas viviendo
lejos de la ciudad y de las playas.

Pronunciábamos algo, nos callamos adentro.
Despertamos a la inutilidad de los discursos
donde la palabra suena para ser oída,
principia y acaba.

Aunque acaso no le guste al propio Ponte este comentario mío: todo lo que mira este poeta se convierte en belleza (o, acaso sea mejor escribir, se singulariza: una belleza mental), y no es que lo mirado sea bello, sino que se ofrece como bañado por una luz distinta –un lirismo difícil–, por una pátina antigua que lo hace perdurar entre veloces ríos de caducidad; como si lo aislara, un instante, antes de su inexorable disolución… Algo que emerge de las aguas del sueño y nos mira –porque fijamente nos mira como un pez con unos ojos como desorbitados por un insondable estupor– antes de sumergirse de nuevo… Las bestias silenciosas saliendo de la aguas, escribí alguna vez…

Una imaginación daimónica, fronteriza.

Porque lo daimónico en él es su hamletiana ambigüedad, entre lo sugerido y lo que calla, entre lo mirado (ay, tan rápida, lentamente) y lo sumergido. Lirismo difícil, escribía, para intentar describir su compleja, por simultánea, expresión de un pathos o agon antiguos y de una mirada siempre herida por un instante (ya se sabe que imposible) presente. Preserva, corroe, rememora, profetiza (o imagina, siente –son verbos intercambiables– el legendario final). Un lirismo difícil, reitero, como rápido o brusco, como nervioso, a veces desdeñoso gesto. Como si quedara siempre como un lejano sabor amargo al fondo de lo real. O como si el poema expulsara fuera de sí mismo un bulto, y este quedara como un resto enigmático, indescifrable en su inextricable materialidad, más allá del poeta, del poema, de nosotros, como “un oscuro rumor”…

En fin, no puedo extenderme como quisiera; tampoco puedo decir lo que no se puede decir sin profanar la visión, el conocimiento vital, nietzscheano…

Quiero agregar aquí, como parte de mi discurso crítico y poético, un poema que escribí el 19 de febrero de 2003, “Vienen las depredaciones”, y que le dediqué (cuando fue expulsado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba):

Vienen, vienen las depredaciones, como un color inaudito
como un imperio que se hunde, como la saliva de lo real
como un cansancio metafísico. Ah, qué lento el arco
que se tiende hacia esa ventana donde Alfonso Cortés asoma
su cabeza maltrecha y te mira con unos ojos turbios, aniñados
También Darío ocupó esos aposentos. Y los fantasmas
reclamarán ese espacio sagrado. Como un coro de niños
Como los payasos del alma. Niños crueles. Ahora
es el tiempo de las postrimerías. Tiempos de desprecio…
Tiempos para las futuras conversiones, para que el escriba
avive las ascuas de la orfandad, una estrellita, una chispa
una materia dura para la alquimia del alma. Dime, tú, agonista
dónde habrá que retirarse ante el avance de ese bosque
ensangrentado y altivo, a qué cavernita, qué catacumba
que ínsula ¿para volver a nacer? Dime, tú
inconcebible adolescente agónico. Tengo un panal
un perro y un paisaje de nieve. Tengo un crepúsculo
interminable y los muslos de una muchacha y el gesto
del anciano y un calendario azteca esquizofrénico. Tengo más
Tengo un amigo, una comarca lejana y un fantasma
suicida y una furiosa avenida o una calle de Bagdad
Algo duro, imposible te mira fijamente y crece
como un universo deslumbrante, el imperio de laca
los enanitos torpes, las promesas herméticas. Y leo:
Acorralad, tropezad, cabritos; al fin, empezad
chirimías, quedan solos Dios y el hombre. Tremenda
sequía, resolana: voy hacia mi perdón
Y el escriba doliente en la lámina tersa, el pincel como un ave

(el Infierno y la China): ¿voy hacia mi perdón?

2

Si tuviera que hacer una selección de su poesía no publicada en libro o inédita, escogería “Café sin hombres”, “La promesa mayor”, “Carta última”, “La fe son los objetos”, “El bañista de sol bajo la nieve”, y, sobre todo, su extraordinario, “Clavados”.

Con el tiempo he aprendido, cuando leo versos de un poeta conocido, a tratar de imaginar o recordar la voz, incluso la gestualidad, la fisonomía de su rostro, para completarlos. Habrá poetas imposibles de imaginar diciendo sus poemas. Este no es el caso, al menos para mí. Es como parte del paisaje, del espectáculo. Es una casi intolerable usurpación del espacio, una injusticia del ser, como en Anaximandro. Un nacimiento doloroso, un agónico escozor, una hermosa expectativa.

Su última poesía se ofrece como más concentrada (“Clavados” es el mejor ejemplo) que la anterior; se ha hecho más aérea, o aparentemente menos líquida, aunque ambas materias primordiales o arquetípicas vuelven a convivir, a copular en una indiscernible frontera… A veces, sus versos, semejan como cápsulas, paquetes de cuantos de luz, instantáneas, visiones rápidas, intensos soplos…

En “Café sin hombres”, está implícito, en el texto, la extrañeza del idioma ¿en el exilio? –¿del mundo? – (como en Mefisto). En “La promesa mayor”, la Historia parece que ha terminado hace ya mucho, mucho tiempo (como en Blade Runner)… Su nihilismo parece casi natural. “Carta última” es un texto confesional, hermético, donde se visualiza y se escucha una conversación submarina, con poderosas imágenes que hacen superfluas las claridades, las precisiones, las inútiles referencialidades. Tiene algo del desdén aludido antes. Algo recuerda al amnios… En “La fe son los objetos”, late el alma del mundo, el daimón sagrado impelido por el viento (como Paolo y Francesca, como cualquier objeto…):

Una muñeca de amarillo y unas flores,
poco trabajo te dará conseguirlas.
Y no hay que desvelarse
(cuando tratas con dioses tan antiguos)
por la fe que le pongas.
Más viejos que Jehová,
ellos no exigen fe, sino unas contundencias:
las flores en el vaso,
la muñeca en la sala.
Ofrendas,
y recibes a cambio.
Al modo de las tribus,
anterior al dinero.

 La fe son los objetos.

Yo colgué en la ventana
un mono de peluche
(para que dejen de monearme,
me advirtieron)
y ahí lo zarandea el viento.

En “El bañista de sol bajo la nube” (acaso el texto más certero) vuelve la cópula del aire y del agua. Se debate, su recepción, entre dos extremos: poesía pura o simbolismo conceptista (ambas fronteras válidas). Bastaría para negar la comentada aparente ausencia de pensamiento… De las visualidades autistas de “Clavados”, como una edición alquímica (del alma), como visiones, como restos, recodos, o soplos epifánicos, sobran los comentarios…, y es por ello que transcribiré ese poema caleidoscópico como colofón de estos rápidos comentarios. Reparad en cómo esta poesía (y la anterior) elude lo obvio, la grosera referencialidad. Gusta de lo imprevisible, de lo singular. Mirada acuosa y eufonía (la eufonía puede ser silenciosa). Como el pensamiento de la medusa, diría María Zambrano…

Clavados

 “La carne humana se ve apetitosa”, dice una médico que atiende casos de amachetamiento.

 Un fervor filatélico.

 Momento óptimo para una aparición: de noche, cuando se esparce por el rostro, en el espejo, la máscara cosmética.

 Relación entre las líneas derechas de su caligrafía y lo recto del cuerpo en una cama anchísima.

 Un traje de novia, una medusa.

 Alza del precio de la cerámica en las ciudades bombardeadas.

 Viejas bañeras en medio del campo convertidas en abrevaderos.

 El número de figuras que aparecen en sus sueños y el número de autores que cita cuando escribe.

 Cierra el paréntesis, cierra la cicatriz.

 El ahínco con que las hormigas trabajan unas hilachas de langosta.

 Esta paideia: cuentos de hadas y, en su relevo, pornografía.

 Un abanico decorado con el asesinato de Trotsky.

 Sueño en el que se entra a una librería en busca de una novela de centauros, igual que existen las novelas de vaqueros o de detectives.

 Falta de piedad frente al mal gusto, pero también frente a la mala suerte

 Nombre para un personaje: Abrigaviento.

 La secta de quienes quedan movidos en las fotos de grupo.

 No recuperado de haber descubierto el sexo.

 Un jardín de dunas.

 Subir a un taxi con un libro de entrevistas con Douglas Sirk y recibir un tiro en la cabeza. El disparo venido de atrás.

 Desnudos, con los pies enfundados por temor a una excitación no genital.

 El incendio del barrio junto al río.

 La novela antiinflamatoria.

Quien tuvo en la niñez un teatro de títeres y luego encuentra placer en las ruinas.

 La nieve que cae dentro del patio de la cárcel.

 Cavar una acequia, plantar unas moreras.

 Reunidos en la biblioteca, acordar el divorcio. Volver allí para dividir los libros.

 Voces, un gran silencio y sonido de hachas.

 Cinco o seis días sin bañarse. Dos semanas sin tocar ningún dinero.

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