Roberto Bolaño
Roberto Bolaño

Como escribió algún crítico cuyo nombre no consigo recordar, Roberto Bolaño da por momentos la impresión de haberlo leído todo y sus conocimientos parecen abarcar todo lo que existe: de los escritores menores de la derecha francesa decimonónica a los más esotéricos poetas surrealistas peruanos (pasando por la ciencia ficción anglosajona, la novela negra de todos los continentes y la historia de la Segunda Guerra mundial), el arduo y casi infinito laberinto verbal que llamamos literatura carece de secretos para el escritor chileno. Todo esto resulta en sí mismo bastante extraordinario –después de todo, no hay muchos narradores contemporáneos que puedan siquiera acercarse a una erudición tan vertiginosa–, pero lo verdaderamente asombroso en este formidable autodidacta eran sus conocimientos extraliterarios, que en ocasiones le permitieron situar a sus personajes en ambientes muy alejados del mundo de las letras. Precisamente a esta categoría pertenece El Tercer Reich, una novela escrita por Bolaño en la década de los ochenta pero que sólo fue publicada tras su prematuro fallecimiento.

En esta narración Bolaño nos introduce en el extraño mundo de los wargames (juegos de tablero de estrategia militar), pasatiempo que parece haberlo fascinado a juzgar por algunas entrevistas. La trama gira alrededor de Berger, un joven alemán que acaba de ganar el campeonato nacional y decide viajar con su novia a Cataluña para descansar un par de semanas antes de enfrentar el próximo torneo. Al principio todo parece desarrollarse dentro de los límites de la más soporífera monotonía, pero de repente el viaje adquiere un matiz siniestro cuando Charly, el mejor amigo del narrador,[1] desaparece. A partir de ese momento las tranquilas vacaciones se convierten en una pesadilla de la que no es posible despertar y una atmósfera amenazadora se cierne sobre el talentoso jugador que poco antes había afirmado encontrarse “en el mejor momento de su vida”.

Es difícil no reconocer aquí la influencia de una larga tradición narrativa: aquella que sigue minuciosamente las tribulaciones de turistas del así llamado Primer Mundo (europeos y norteamericanos) en escenarios más o menos exóticos (el norte de África, Sudamérica, China).[2] Se trata de un subgénero que ha producido innumerables bodrios, pero al que también pertenecen algunas de las mejores novelas de Paul Bowles y El temblor de la falsificación de Patricia Highsmith, esa obra maestra suprema de la ficción paranoica. Como en la narración de Highsmith, aquí el protagonista se siente constantemente al borde de la catástrofe: no puede precisar el motivo de su aprensión, pero siente que, a pesar de la desaparición de su amigo, lo peor está por llegar. En esta situación no se le ocurre nada mejor que quedarse en el hotel tras el fin de las vacaciones: como otros tantos personajes pasados y futuros de innumerables relatos y películas de terror, Berger experimenta lo que podríamos llamar la atracción del abismo, un deseo de acceder lo más pronto posible a un conocimiento (generalmente prohibido) que sólo puede significar su ruina (en estas historias todo conocimiento es conocimiento de desolación).

Abandonado por su pragmática novia, que carece de tiempo para crisis existenciales, Berger decide entretenerse diseñando una estrategia definitiva para ganar en el wargame de su preferencia: el Tercer Reich. Es aquí donde la narración se vuelve incluso más alucinante: asistimos a un prodigioso despliegue de erudición sobre los juegos de tablero de estrategia militar (con especial énfasis en la Segunda Guerra Mundial pero sin limitarse a esta), los torneos internacionales y las revistas especializadas en este extraño pasatiempo. Lo verdaderamente asombroso es el alcance del camaleónico talento de Bolaño, que le permite crear un personaje tan inusual[3] y al mismo tiempo tan convincente: la verosimilitud es absoluta y por momentos creemos leer la traducción del diario abandonado de un turista alemán adicto a la soledad y a la estrategia militar.

El punto álgido del relato llega cuando Berger comienza a jugar una partida de Tercer Reich contra “el quemado”, un enigmático personaje cuyo desfigurado rostro es el menos inquietante de sus rasgos: vive en la playa a la intemperie, nadie conoce su verdadero nombre y existen rumores muy poco tranquilizadores sobre su pasado. A pesar de las advertencias de la propietaria del hotel, Berger le explica las reglas del juego al “quemado” y comienza a disputar con él una compleja partida. Al principio es sólo eso, un pasatiempo sin importancia, pero pronto Berger advierte que lo que está en juego no es el destino de ejércitos conjeturales en las casillas del tablero sino algo mucho más tangible: la posibilidad misma de regresar a Alemania. Porque “el quemado”, que conduce en el juego los ejércitos soviéticos, comienza a perder de vista la naturaleza ficcional de la guerra y parece creer que todos los alemanes simpatizan con los nazis y que la guerra contra estos últimos no terminó en 1945 y no terminará jamás:[4] curioso delirio que no augura nada bueno para el incauto Berger que, a pesar de ser el campeón de la modalidad, comienza a ceder terreno.

Es admirable la destreza que despliega Bolaño en la narración de la partida, confiriéndole un tono absolutamente kafkiano, enigmático y amenazador a lo que había comenzado como un trivial entretenimiento. Pero ya hacia el final de la novela no hay nada de trivial en este juego: la derrota de Berger es inevitable y sólo resta por conocer si “el quemado” aniquilará a su adversario en la realidad empírica o si, por el contrario, se trata de uno de esos casos en los que, como sabía decir un ajedrecista polaco, “la amenaza es más fuerte que su ejecución”. Averiguarlo es una buena razón, aunque ciertamente no la única, para leer esta fascinante y elíptica novela, una pequeña obra maestra que prefigura al “gran Bolaño” de Estrella distante y Nocturno de Chile.

Notas:

[1] La novela está narrada por Berger en primera persona, a la manera de entradas en un diario personal.

[2] Por supuesto, podría objetarse que aquí la trama se desarrolla en un país europeo. Ciertamente, pero la maestría de Bolaño convierte la Costa Brava catalana en un escenario tan inquietante como el Marruecos de El temblor de la falsificación.

[3] Para Berger los wargames no son “pasatiempos” sino un fin en sí mismo, un universo autárquico y perfecto al que la mera existencia, desordenada y contingente, no puede compararse.

[4] La trama se desarrolla en la década de los ochenta.

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