Jazz, by Kazimierz Śramkiewicz
Jazz, by Kazimierz Śramkiewicz (Muzeum Narodowe w Warszawie)

(…) y así va el mundo y el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde.

J. C.

Entre la selva abominable de celebraciones hechizas, esta destaca por sí sola, y es apoteósica. Desde hace siete años, y avalado por la UNESCO, cada 30 de abril se viene conmemorando el Día Internacional del Jazz. Escribo esto mientras escucho Jumpin’ Punkins, de Cecil Taylor. He oído al pianista neoyorquino todo este lunes 30, porque anoche, que fui a la taquería de la esquina por unas gringas y una fajipapa, David Balderas pinchó varias piezas sublimes en un especial de Cecile Taylor que pasaron por la radio de la Universidad Autónoma de Querétaro. Y mientras volvía a casa, llevando en mi auto la garnacha y dos aguas de sabor para la cena, me puse a pensar en mis primeros encuentros con el jazz.

Para qué más rodeos: fue el capítulo 17 de Rayuela. Ese fue mi acercamiento iniciático a un género que, anteriormente, yo consideraba que oían los viejitos, al lado del tango y el bolero, o los dentistas, al lado de las pinzas y la gutapercha. Antes de “El perseguidor”, fue por Rayuela y por sus misceláneas que supe de Bird Parker, del Satchmo (“Parece que el pajarito mandón más conocido por Dios sopló en el flanco del primer hombre para animarlo y darle espíritu. Si en vez del pajarito hubiera estado ahí Louis para soplar, el hombre habría salido mucho mejor”, ¡notabilísimo!) y de Bessie Smith, de quien, en una Navidad me regalaron un CD doble. Fue tal la impresión que me produjo “Me and my gin” y “Baby won’t you please come home” que no pude sino vaciar un estante dedicado a cassettes de rock latino y empezar, allí, una humildísima colección. En esa época, cuando el Internet todavía era telefónico, me conecté en los escasos minutos que me dejaba mi padre en casa y al buscar su nombre me apareció un relato que nunca supe si era verídico o no: Bessie Smith en la cumbre de una fama que le pasó la factura; Bessie saliendo malherida de un coche luego de un aparatoso accidente, gritando con esa voz que ya tanto se había desgarrado. El cuento era hermoso, si alguien lo consigue, please, mándelo.

Otro disco adquirido rápidamente fue un Grandes éxitos de Thelonious MonkYa se sabe: Fuentes y García Márquez lo contaron en infinidad de ocasiones, pero, según la cátedra dada por Cortázar en aquel tren que los llevaría a los tres a conocer a Milan Kundera, en 1968, nadie moduló mejor el piano dentro del jazz que Monk. “Ask me now”, en la versión de 1952, con esa introducción que es puro prodigio, es una pieza que me sigue moviendo cosas adentro.

Debo confesar que de “El perseguidor” me impactaron más las reflexiones del pobre y canalla Bruno sobre la crítica musical (y, por añadidura, sobre el ejercicio de la crítica de libros/películas/lo-que-sea) que Johnny Carter, el personaje inspirado en Charlie Parker. Cuando pude al fin oír a Parker –fue “Donna Lee”, solo, en una disquería de Providencia, en Santiago–, sentí que me quedaba grande. Aquello era música en estado químicamente puro, y yo con catorce o quince años estaba varias nubes más abajo, apenas subiendo de “She loves you, yeah, yeah, yeah” y “God save the queen/ the fascist regime/ they made you a moron/ a potential H bomb” a Monk y Bessie. Bird me entusiasmó después, cuando vi la película de Clint Eastwood del mismo nombre. No recuerdo si esta anécdota, que escuché y que amarró todo, aparecía en la cinta, pero fue definitoria. “¿Qué es el bebop?”, le preguntaron a Charlie una vez, intrigados por el nombre del estilo que salía volando de sus solos de saxofón, como bandadas de gorriones. “Es el sonido que hace la macana de un policía en tu cabeza.” Tremendo. Eso es, como pedía Nietzsche en Ecce Homo, darle un sí a la vida incluso en sus problemas más intrincados, para poder crear valores nuevos.

De Bird uno puede hacer hipervínculo y conocer otros enormísimos: Chet Baker, Ellington, Dizzy, Grapelli, Aretha. Pero sin duda donde encallé y no me quise mover por un buen tiempo, fue en las costas de la trompeta de ángel de Miles Davis. Por supuesto, como todo neófito oí con arrobo Kind of BlueDespués, Birth of Cool Tutu, e incluso esas equívocas colaboraciones con gente como Prince (WTF!), hasta que un amigo de la universidad me copió el disco que, hasta la fecha, sigue siendo mi favorito cuando quiero oír y apreciar jazz destilado: Miles & Coltrane, un disco de finales de los ochenta que recoge dos presentaciones de estos monstruos de la música: una el 27 de octubre de 1955, en Nueva York, y otra el 4 de julio de 1958, en el Newport Jazz Festival. Creo que allí el jazz alcanzó alturas pocas veces repetidas. En el inicio de “Ah-Leu-Cha”, la trompeta y el saxo tenor van milimétricamente sincronizados. Ese disco me hizo conocer a Coltrane, al que pongo cuando he tenido días malos y quiero pensar que el mundo es un lugar más amable (ya sabéis, pringaos: “Naima”, “Giant Steps”, “Everytime We Say Goodbye”, todo, todo eso).

Es difícil entrar en el jazz. Carlitos Santana decía que el rock era una alberca y el jazz un océano, y claro, es más complicado dar brazadas en el mar abierto. Pero ese mar abierto es la libertad.