Como si lograra zafarse de la mano que conminaba su debut, Mirko, a un paso de la improvisación y el ridículo, se detuvo ante el portón de la escuela. Había dormido poco y mal, y sin tiempo para acicalarse ni echarse algo en el estómago, con la mirada y el cuerpo todavía vacantes, sentí cómo el sol apresurado de agosto intentaba en vano chamuscarme las greñas. Un espeso olor a mangó podrido, procedente del árbol en medio del patio, me encendió el motor de la barriga. Sólo entonces, sin tener idea del salón de clases donde debía presentarme, como diríamos en la troupe, entré en escena.

Recién instalada nuestra carpa en la calle Nueva, nadie, excepto Dally, nuestra benefactora, nos conocía en el pueblo. Lo bueno, según la directora de la troupe, era que así podíamos hacer sin que los vecinos nos importunaran; lo malo era que fuera de la carpa siempre podían ocurrir situaciones en las que tuviéramos que defendernos. Tanya y Xenia, llegada la ocasión, sabían salir de aprietos más o menos bien; yo, en cambio, era un desastre. Así, bobo de palabra y cobarde para la pelea, nada más entrar en la escuela, los estudiantes en el patio supieron y acto seguido pausaron juegos y charlas para mirarme sin disimulo, con la grosera impunidad de saberse en mayoría. No querían conocerme, la curiosidad no les daba para tanto, y por lo pronto se satisfacían con hacerme acupuntura con los ojos, con calcular que el nene nuevo debía tener nueve o diez años, y que además de vestir pantalones que dejaban ver las medias estiradas en los tobillos, era enclenque y larguirucho, con un abultadísimo sombrero de pelo crespo que le daba a su cabeza un inconfundible aspecto de nido de comején. Como si esto no bastara, como si el contraste entre el cuerpo de alfeñique y la cabezota de hormiguero no fuera motivo suficiente para la mofa, el chico cargaba un adefesio cuadrangular y duro, un maletín ejecutivo color salmón, como si este pudiera ocultar su facha y, abracadabra, lo hiciera pasar por un niño bien. Sintiendo la creciente crueldad del escrutinio, anticipando de un momento a otro la primera pulla, la primera risa, caminaba sin cesar del árbol de mangó a los primeros salones visibles, y viceversa, indeciso sobre dónde detenerse y quedar menos expuesto al escarnio, hasta que un mangó camuflado entre la grama decidió por mí. Caí de bruces soltando a tiempo el maletín Samsonite para salvarme del golpe, no del bochorno, en la cara. A los pies del árbol cayó el maletín boquiabierto, desahuciado, su contenido desparramado a la vista de todos: una regla, dos lápices, una marioneta de mano y mi más caro tesoro, el tomo 11 (“Hazlo tú mismo”) de El mundo de los niños. Por suerte, en eso sonó el timbre de las ocho y en nada se esfumaron las risotadas y me quedé solo en el patio.

Ah, el alivio total.

Duró poco, eso sí, pues mientras recogía mis bártulos caí en cuenta de que había olvidado mis libretas en la carpa. Debí caminar las tres cuadras que me separaban de la calle Nueva y volver enseguida, pero preferí aprovechar la soledad del patio desierto para explorarlo a mis anchas.

Lento y ceremonioso, Okrim, el venturoso explorador, cumpliendo su encomienda, me reportó, entre otros hallazgos, que ni solitario ni desierto el patio vibraba de vida dondequiera. Su única similitud a un desierto era la mezquindad del sol, el cual insistía en saltarse las horas y llegar cuanto antes a su cénit para eliminar con saña las sombras de los objetos. Refugiado bajo el árbol en medio de aquella comarca, atracándose un mangó, vio decenas de constelaciones de mimes y moscas riñéndose las frutas más podridas. Otros insectos, menos nómadas, se repartían las parcelas, de modo que las hormigas edificaban sus laberintos subterráneos entre las raíces que brotaban de la tierra, mientras que el tronco y las ramas se reservaban a la furia arquitectónica de las termitas. De vez en cuando, para controlar los excesos de unas y otras, una brigada de lagartijos trepaba tronco arriba y otra de lustrosos changos forrajeaban entre las verdes barbas del árbol.

Complacido con la breve crónica, ávido de conocer más, convidé al explorador a que juntos recorriéramos el resto de la comarca. Quiero ver lo ya visto, le dije, pero a través de tus ojos. Aceptó de buena gana y sin más partimos de aquella tierra fértil. Habiendo recorrido varias leguas en silencio, nos topamos con el camino real, una vasta cinta de brea. En aquel recodo del camino, dijo el explorador, señalando con el índice, hay varios cuadrados pintados de blanco, numerados del 1 al 9, donde una joven equilibrista de circo salta en un solo pie. Vea la gracia de sus trenzas, cómo suben y bajan con cada salto, un espectáculo en sí mismo. Hermosas, sí, comenté arrobado mirándole las piernas robustas. Ganas sentí de acercarme más para examinarle el rostro, pero el alerta explorador llamó mi atención sobre una envoltura de dulce tirada sobre la brea al otro lado de la calzada. Cautos, como si se tratara de un cadáver de animal, nos aproximamos hasta detenernos frente a una enorme isleta ovalada; ni una brizna de hierba, ni un abrojo dentro de esta: sólo tierra polvorienta manchada aquí y allá por las hojas de un ficus cuya larga fronda cubría seis bancos alineados. Mírelo ahí sentado, dijo el explorador apuntando hacia el banco más próximo. Mire como devora el chocolate con las manos, con prisa, antes de que alguien le pida un pedazo. Y en tono indignado, casi rencoroso, añadió: ¡Tan glotón y miserable! Ni siquiera ve lo que pasa más allá de sus narices. Sin que el explorador me lo indicara lo vi por mí mismo. El comilón se atragantó lo último del chocolate y cerrando la envoltura en un puño la tiró a la calzada. Como si nada se quedó sentado relamiéndose cuando un niño que trepaba el ficus apoyó todo su peso en una rama seca y cayó de costado en la tierra. El niño, de primero o segundo grado, del susto se levantó inmediatamente y se fue llorando a la oficina.

A lo lejos se escucharon voces. Debo irme, se apresuró a decir Okrim, y partió sin siquiera hacerme la venia. Cuando miré hacia atrás supe por qué: de los salones más allá del árbol de mangó una horda de malandrines corrían hacia mí aullando como indios. Debía ser la hora del recreo, pensé, y abrazando el maletín eché a correr. Aun después de cruzar el portón seguí corre que te corre hasta la esquina donde ubica el Cuartel de Policía. Allí, empapado de sudor, con el corazón a mil, me detuve, extenuado, a punto de llorar. Me di vuelta y nada, nadie: mis perseguidores se habían quedado en la escuela. Todavía fatigado pero con el corazón repuesto en su lugar, doblé a la derecha y proseguí hacia la calle Nueva.

A media cuadra del cementerio tuve que detenerme de nuevo a descansar. Sentado sobre el maletín, dejándome hacer por el sol, escuché las diez campanadas de la Iglesia. Tú ganas, le dije al furibundo cíclope, que una vez más intentaba chamuscarme las greñas. Se me estaba haciendo tarde, tardísimo para volver a la escuela, cuando comenzó a llegar el cortejo fúnebre. En breve la morosa y apretada procesión recortó, a saber hasta cuándo, el acceso a mi calle. Tuve, pues, que resignarme al hecho de que, a esa mala hora, el calor de agosto era tan implacable e intemporal como lo sería, diez años más tarde, durante el entierro de la directora de la troupe.

Sintiéndome ocioso y fingidor, echando a pérdida el cada vez más remoto día de clases, me fui a curiosear al pabellón del cementerio, a riesgo de que me echaran del lugar, fuera por la impropiedad de mi apariencia, mi inesperada aparición, o por ambas razones. Afortunadamente, no había nada que temer, puesto que todos allí, inclusive los sobrevivientes de la troupe, estaban demasiado preocupados por cobijarse o por mantenerse cobijados del sol como para reparar en mí, el insignificante flacucho del maletín Samsonite. Entrado en confianza, usando el maletín de parapeto, fui abriéndome paso hacia el féretro sin saber bien por qué o sabiéndolo pero sin querer decírmelo para no malgastar la confusa emoción que me cruzaba el pecho.

Primero vi a Xenia, alta y esbelta, vestida con un largo traje estampado de flores. Llevaba colgada al cuello una cartera tejida, de cuyo cierre asomaba la cabeza de un cachorrito que ella, ajena a todo lo demás, acariciaba sin cesar. Un poco más retirada estaba Tanya, visiblemente malhumorada, exasperada por el calor. Vestía un traje negro hasta las rodillas, unas sandalias de cuero ajustadas en los tobillos y un sinnúmero de pulseras de plata en ambas muñecas. Diestra, casi mecánicamente, abanicaba a una bebé que sostenía en brazos.

Por último, lo vi, a él y a mí, a Mirko, mucho más espigado que yo, menos frágil, si acaso igual de lánguido aunque puede que sólo yo lo percibiera así, sorprendido de ver en él mis mismas greñas crespas. Más que vestido parecía disfrazado para la ocasión, no tanto por la ropa como por el bigote ralo, crecido a duras penas, con el cual pretendía rellenarse el rostro de más años de los que tenía. Leía y releía un papel manuscrito cuando Tanya lo interrumpió. Impedida de señalarme con una mano debido a la bebé en brazos, lo hizo con el mentón.

—Es él –me repitió, sonriéndole–. ¿No ves el maletín?

Por el maletín, claro, pero más aún por las greñas, me dije mientras me le acercaba.

—Tienes el uniforme hecho un asco, ¿qué te pasó?

—Lo de siempre. Me ven, me quieren golpear…

—…y te escapas.

—Eso. ¿Qué leías? ¿Algo escrito por ti?

—¿Esto? –dije sacándome el papelito del bolsillo–. No es nada. Un obituario. Me toca despedir el duelo. ¿A dónde vas tú?

—A buscar las libretas que olvidé en la carpa. Pero no quiero volver a la escuela. Hoy no.

—¿Para qué, no? Mejor es irse por ahí. Te acompañaría pero…

—Sí, sí, yo sé. Hay que acabar la función.

Eso. De pronto puso cara de asombro y apuntó con el índice a algo detrás de mí. Miré y miré y no vi más que abanicos y pañuelos expectantes en torno al féretro. Cuando me volví hacia él, el pequeño Mirko había desaparecido.

Bravo, sonreí celebrando su pequeño acto. Chapeau!

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