En el trascurso de mi investigación al escribir El Economista Americano en México,[1] encontré un cuento titulado “El barbero de New-York”, que llevaba las iniciales “J. M.” Además de coincidir estas iniciales con el nombre del escritor cubano José Martí, este cuento se publicó junto con otro artículo suyo, que tampoco apareció con su firma en el periódico El Siglo Diez y Nueve. Me refiero al titulado “Un poeta de 80 años”,[2] donde Martí habla del poeta John Greenleaf Whittier (1807-1892). La crónica sobre Whittier ya había aparecido en la revista La Juventud Literaria (26 de febrero, 1888, p. 70), de México, y allí tampoco llevaba su nombre, lo que no debe extrañarnos ya que los periódicos del siglo XIX ponían muy poco cuidado en identificar las crónicas cuando las tomaban de otros periódicos, llegando a reproducirlas parcialmente, y con el añadido del nombre del periódico donde había aparecido originalmente. No obstante, la crónica titulada “Un poeta de 80 años”, aparece recogida en las Obras completas de Martí; no así este cuento que se publicó en el diario mexicano y también en el diario argentino La Prensa (13 de abril, 1888, p. 4) que publicó también el artículo de Martí titulado “Un descompuesto ataque” sacado de El Economista Americano.[3]

La coincidencia en el tiempo en que aparecen ambas crónicas, el estilo y que el cuento llevara sus iniciales fueron indicios que me hicieron suponer que se trataba de otro texto inédito de José Martí, y por tal motivo lo presentamos ahora con algunas explicaciones. Si leemos este texto, podemos ver que hay varios aspectos que se repiten en la cosmovisión martiana y el arte narrativo modernista de finales del siglo XIX. Para empezar, está a medio camino entre la crónica periodística y la narración de ficción, como ocurre con algunas contribuciones de Rubén Darío. Está escrito en primera persona: la voz narrativa asume el papel de un “mirón” o flaneur que escudriña la ciudad, en este caso, una barbería de Nueva York, y en él abundan los elementos poéticos comunes a la estética modernista y en especial martiana, como el uso del color, la puntuación, las plecas para acentuar palabras, los neologismos y las metáforas, a lo que tendríamos que agregar, además, el punto de vista ético y el lugar desde donde se escribe, la ciudad donde vivió el cubano por un período de 15 años.

El cuento narra la experiencia de un cliente en una barbería neoyorquina, alguien que supuestamente espera su turno para ser pelado y, mientras lo hace, observa la personalidad del barbero, un “norte-americano” forzudo a quien el narrador describe con numerosos epítetos. Al describir la escena, el narrador establece una diferencia entre el cliente y el barbero que luce pobre, pero cuya dignidad, aclara, es comparable con la de un “rey”. En el fondo se trata de una contraposición entre el exterior y el interior, entre el cuerpo y el alma, entre lo que pudo ser y lo que es, como ocurre en poemas suyos como “Homagno”. El barbero, se dice en el cuento, luce “por fuera, tributo al mundo y superficie lisa: por debajo, las fuerzas vírgenes de la soledad y la agonía del bosque seco”. Al final, su cuchilla se convierte en una espada y él mismo en una especie de guerrero que “pone el pie en una nube, rumbo al sol”, una imagen similar a otra que Martí usa para hablar de la poesía.

Al igual que el estilo, hay ideas en este cuento que nos llevan a pensar en la autoría del cubano, como su crítica a los mismos norteamericanos, al “dinerismo” (aquí dice “tierras dinerosas”), como la importancia que da a la dignidad aun en la pobreza, y la comparación entre una acción del individuo y una característica natural –de forma que la naturaleza actúa como si tuviera una fuerza moral o ética que le sirve de espejo al hombre–. Esta característica se ve en la comparación que hace el narrador entre la personalidad de los distintos tipos de hombres y maderas, algo típico del simbolismo y el trascendentalismo emersoniano en el cual Martí abrevó. Dice el narrador:

¡Oh! no todos los hombres son iguales, como no son iguales todos los bastones: el mimbre deja que lo pleguen, y se queda plegado: el bambú soporta sin quebrarse la presión, pero recobra, luego que lo abandonan, su erguimiento: y otras maderas, el granadillo, la quiebra-hacha, las maderas nobles, cuando las oprimen, saltan en púas agudas: y se habla de una cierta dignísima madera, a quien la presión pone fuera de sí, y hace caer sobre el pecho del que la oprime.

Como comparación, léase esta otra descripción que Martí hace en una de sus cartas neoyorquinas:

[Emerson tiene] de Calderón, de Platón y de Píndaro. Tiene de Franklin. No fue cual bambú hojoso, cuyo ramaje corpulento, mal sustentado por el tallo hueco, viene a tierra; sino como baobab, o sabino; o samán grande, cuya copa robusta se yergue en tronco fuerte.[4]

El mismo tópico de la barbería, o del cuidado del cabello, aparece en un poema que dejó sin publicar al momento de su muerte: “Al buen Pedro” y es un tema recurrente en sus crónicas al describir a Oscar Wilde, las mujeres de Versos sencillos y las trenzas de los asiáticos. Este cuento, diría, tiene además el aire de una confesión, como el de sus cartas privadas, donde casi siempre hay una nota de sufrimiento o donde el hablante se compadece por los otros. En una carta de 1882, Martí dice a propósito de su hijo que “sobre todas las cosas de la tierra, y a par de las del cielo, y ¡sobre las del cielo! a ese hijo mío a quien no hemos de llamar José sino Ismael, no sufra lo que yo he sufrido”.[5] En este cuento el hablante comienza diciendo: “He padecido tanto que se me va el alma detrás de los que padecen.” ¿No nos recuerda esto, entonces, las veces que Martí habló y se compadeció de “los pobres de la tierra”?

Al final de la historia, después de solidarizarse con el pobre barbero alemán, el hablante afirma que este no tenía ni siquiera dinero para cortarse el cabello: “unas guedejas cortas y musgosas, que contaban que el dueño de la cabeza había estado privado por cierto tiempo de pecunia con que pagar sus oficios a algún barbero hermano.” Algo que Martí también dice al final del poema “Al buen Pedro”, dirigiéndose esta vez al rico hacendado cubano que era propietario de esclavos:

Y en estos lances,
Suéleme, Pedro, en la apretada bolsa
Faltar la monedilla que reclama
Con sus húmedas manos el barbero.[6]

¿Puede ser entonces este cuento de la pluma del cubano? ¿Pueden estos elementos ser características de otros escritores de finales del siglo XIX? Martí, sabemos tenía muchas amistades en México. Se carteaba con algunos de ellos, y varios de los periódicos mexicanos reproducían sus crónicas unas veces retribuidas y otras no. Aun así, más de un escritor puede tener las iniciales J. M. de modo que el hecho de que aparezca un texto con estas iniciales o con su propio nombre, como ocurrió en el caso del cuento titulado “Irma”, no es una prueba por sí mismo de su paternidad. En otro periódico mexicano, El Nacional, por ejemplo, que también publicó varias crónicas de Martí aparece un artículo laudatorio sobre el poeta español José Zorrilla (1817-1893), a quien Martí admiró, firmado por un autor con estas mismas iniciales, que según afirma “siente orgullo de ser hijo de nuestra patria al verla adornada con las glorias y trofeos que ciñó a su frente el poeta”.[7] No creo que se trate del mismo autor, porque Martí no se identificaría con la patria del poeta español, ni son similares el estilo y las ideas, pero solamente esto nos dice de lo difícil que es atribuir un texto no firmado a un escritor en específico, y por eso me limito a dejar constancia de este cuento para referencias e investigaciones futuras.

El barbero de New-York

Tomado de El Siglo Diez y Nueve, 7 de marzo, 1888, p. 2 (ver archivo original aquí)

He padecido tanto que se me va el alma detrás de los que padecen; adivino bajo los harapos el decoro que llora y la agonía disimulada: amo a los que sacan en alto su dignidad de hombres, por encima del hambre y el aislamiento, por entre los agujeros de los pantalones rotos, por sobre un cuello de papel sujeto con dos botones de hueso negriciento a una camisa raída, cuyo mísero estado dejan adivinar el chaleco angustioso, por lo mucho que la tapa y el resto del vestido, realzado hoy sábado, por la chupilla de listado que es acá de ordenanza en los barberos.

¡Pobre barbero mío, este que voy a sacar a la luz en mi cuento! ¿A mí? No, no me afeitó a mí: si no, no le tendría cariño. Yo odio a todos los hombres que me afeitan: casi iba a decir “yo odio a todos los hombres que afeitan.” A mí, no; estaba afeitando a otro –a uno de estos norte-americanos, bermejos, espaldudos, patazos, resoplantes, plenos, búfalos: uno de esos rubiotes tallados en roca animal, que es una roca nueva, que se cría en estas malas tierras dinerosas, donde el apetito petrifica el alma.

¡Pobre barbero mío! Era alemán, y simpático: todo hueso, todo mirada, todo punta de bigote, todo batuta, todo nervio. Se encorvaba sobre el americanazo, como una rama de sauce sobre un buey: lo rosaba con una especie de navaja mágica, que parecía no querer rasar, e iba depilando al americano como si quisiera salir de él; y cada vez que estaba llena de burbuja de americano la hoja alígera, pestt! con un movimiento de resorte se erguía el barbero sobre su pie fino, sacado el pecho, arqueada la cintura, puesta la pierna izquierda en facha, en alto la cabeza torcida hacia un lado, mirando en torno como quien barre y desafía: ¿a mí quién me tose, porque soy barbero? ¡miren que llevo el rey debajo! ¡Y el pobrecillo parecía querer traer sobre su cara todas las miradas para que no le viesen los pantalones rotos!

¡Ah! ¿y cuándo iba y venía de la butaca de afeitar a los lavabos? Flaquín, elástico, presto: feudal, imperial, olímpico: ¡ya está de vuelta junto a la butaca! Echa varas de cuello, para que la cabecita se le vea bien arriba, una cabecita de bastón, con dos motas de seda amarilla sobre el labio alto, y dos ojos castaños y redondos, dos ojos que se quejan: se inclina sobre el americanazo como un rey que hace una merced: derrama por sobre todo él su mirada importante, como derrama el sol sus rayos: nueva rasada, nueva siega de espuma; pstt! allá salta otra vez el barbero sobre su pie fino, la pierna izquierda en ficha, fuera el pecho, la cintura adentro, en alto la cabeza, tal como salta cuando se le suelta de la mano un bastón de ballena comprimido. ¡Oh! no todos los hombres son iguales, como no son iguales todos los bastones: el mimbre deja que lo pleguen, y se queda plegado: el bambú soporta sin quebrarse la presión, pero recobra, luego que lo abandonan, su erguimiento: y otras maderas, el granadillo, la quiebra-hacha, las maderas nobles, cuando las oprimen, saltan en púas agudas: y se habla de una cierta dignísima madera, a quien la presión pone fuera de sí, y hace caer sobre el pecho del que la oprime! Feudal, imperial, olímpico: ya está toda la espuma en el papel: ya el norte-americano esta rasado.

Cesó el trabajo; el barberín no cesa. En la mano le pusieron el dinero; y lo dejó escurrir como si le quemase. Ni le dio el hombre propina, ni pareció él lamentarlo; sino que, con el mismo peine con que acababa de aliñar al búfago –pues qué, ¿había de ser con menos peine?–, puesto en manera y forma señorial ante el espejo, se alisó la cabellera pardi-roja, masa revuelta, espesa, inquieta, mate, por encima, peinable y lacia, por debajo, intrincada y pastosa, ¡ni paciencia para peinarse por entero!, ¡ni disimulo para esconder el estado real del alma! Por fuera, tributo al mundo y superficie lisa: por debajo, las fuerzas vírgenes de la soledad y la agonía del bosque seco. ¡Pobrecín! Como en hermandad con los agujeros de los pantalones, y como si quisieran conversar con ellos, le salían por debajo del límite natural de cabello, unas guedejas cortas y musgosas, que contaban que el dueño de la cabeza había estado privado por cierto tiempo de pecunia con que pagar sus oficios a algún barbero hermano.

Y cuando salí de la tienda y ya llevaba un poema medio hecho sobre aquellas humildes fierezas de alma de barbería –¡tris, patatrís, tapatastrás–, mi barbero tenía empeñada la batalla contra una gran tira de badana, y asentaba su navaja mágica con gran alarde de golpes y floreos, no como asientan los barberos comunes, sino como blande una espada o toma una trinchera, o pone el pie en una nube, rumbo al sol. ¡Flaquín, elástico, presto! ¡Cuánta espada que se queda navaja! ¡Cuánto pobre barbero!

J. M.

Notas:

[1] Cfr. Jorge Camacho: El Economista Americano en México. Crónicas desconocidas de José Martí (Alexandria Library, Miami, 2016); “Las toman donde las hallan!”: Once textos inéditos de José Martí (Alexandria Library, Miami, 2015); El poeta en el Mercado de Nueva York. Nuevas crónicas de José Martí en El Economista Americano (Editorial Caligrama, Columbia, 2016); y “Versiones, omisiones, errores y un apócrifo en las Obras completas. Edición crítica, de José Martí” (Camino Real: Estudios de las Hispanidades Norteamericanas, vol. 9, n.o 12, 2017, pP. 63-78).

[2] J. M.: “Un poeta de 80 años”, El Siglo Diez y Nueve, 7 de marzo, 1888, p. 2.

[3] J. M.: “Un descompuesto ataque”, La Prensa, 7 de abril, 1888, p. 5.

[4] José Martí: Obras completas, t. IX, p. 196.

[5] José Martí: Obras completas, t. XXI, p. 216.

[6] José Martí: “Al buen Pedro”, Poesía Completa (edición crítica), Letras Cubanas, La Habana, 1993, p. 66.

[7] J. M.: “El Cantar del Romero”, El Nacional, 20 de julio, 1886, p. 2.

JORGE CAMACHO
Jorge Camacho es profesor titular e investigador de Literatura Hispánica y Estudios Comparados de la University of South Carolina, Columbia. Entre sus libros destacan Etnografía, política y poder: José Martí y la cuestión indígena (Uiversity of North Carolina Press, 2013), Miedo negro, poder blanco en la Cuba colonial (Iberoamericana-Vervuert, 2015) y Amos, siervos y revolucionarios. La literatura de las guerras de Cuba (1868-1898). Una perspectiva transatlántica (Iberoamericana-Vervuert, 2018). Es autor además de tres volúmenes con crónicas desconocidas de José Martí en El Economista Americano de Nueva York, y otro con crónicas desconocidas de Rubén Darío.
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