‘Packard’ (detalle), Juan Carlos Alom, 2015

Tal vez un día el hombre, cansado de preparar, de vincular, de explicar, llegue a escribir solo fragmentos.
Samuel Johnson

Archivo, novela del escritor cubano Jorge Enrique Lage,[1] parece instaurarse en el terreno de una ficción posnacional (Castany),[2] posautónoma (Ludmer),[3] rizomática (Deleuze y Guattari),[4] tan del gusto de las escrituras latinoamericanas del presente. Este libro de los fragmentos (porque así parecen están concebidos los propios archivos) discurre al parecer sobre la desmemoria, la necesidad de deconstruir y desintegrar mitos sobre el poder en Cuba. A partir de una escritura en lo esencial irónica, satírica, e intensamente cortante y amarga, el texto va ficcionalizando una Habana (aun cuando pueda extenderse la trama a toda Cuba) decrépita, decadente, vigilada y vigilante, represiva, transexual.

El fragmento de Lorenzo García Vega que Lage utiliza como exergo conduce al lector al tipo de personajes que encontrará en la historia: personajes que solo por su nombre remiten a un archivo espía-detectivesco-del-poder. Los fantasmas de García Vega convertidos en espías, la historia detectivesca e invertida de un país (también invertido), la interrogación y la paranoia de y con los otros, son lo que representan el Agente, Baby Zombie, Yoan-Yoanis, Obama, el Mendigo, VirginBot y el resto de los personajes de esta historia (histeria) habanera. Personajes todos que parecen tener un doble (espía y fantasma), y que alcanzan su máxima expresividad en el par Baby Zombie-Baby Lores, Yoan-Yoanis o VirgenBot-Virgen de la Caridad del Cobre.

Baby Zombie, al igual que Baby Lores ­­–cantante reguetonero cubano que se tatuó la imagen de Fidel Castro en su cuerpo–, es un fanático del Jefe de Estado. Mientras, Yoan-Yoanis resulta ser él mismo un travesti, es decir, su doble en identidad. La imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, que es, en la historia del arte y la literatura cubanos, reactualizada hasta el cansancio,[5] en Lage, aparece robotizada bajo la figura de VirgenBot, es decir, como un “aparato” al que se le pregunta, y responde; una “máquina-estatuilla” que ve y habla.

Todos estos personajes toman cuerpo bien en los pasillos de la Unidad Militar Villa Marista, una de las sedes de los encargados de la Seguridad del Estado, bien en las calles distópicas, virtualizadas, arruinadas, vigiladas, “surrealizadas” de La Habana. Estos lugares y los personajes parecen estar espiados por un narrador que sale y entra (como el espía) del propio listado que va conformando su historia. Este narrador-escritor intenta en su nota 2 contar un diálogo que ha sostenido con el Agente de la Seguridad del Estado, en el que le aclara que, para él, “la escritura es low profile. Autoficción. Autismo” (p. 10). En esta declaración metacrítica del propio acto de la escritura, como sucede en la nota 1 –en la que el narrador sitúa los hechos que narrará y en la que además comenta que ha recogido de la basura, recortado y guardado las Reflexiones del Compañero Fidel–, subyacen dos ideas altamente significativas: por un lado, el recorte, el fragmento, la recogida; y por otro, el Agente, la Seguridad del Estado, Fidel Castro en el año 2009 (momentos en los que ya se encontraba fuera del poder); es decir, archivo y poder de una nación puestos en escena.

Quizás uno de los aspectos más sobresalientes de este libro sea su estructura ficcional. Es muy coherente con la idea del archivo (también, podría decirse, del canon y de la tradición, como instancias que viajan del documento oficial a su propia desaparición, pasando por lo trash, el desperdicio) que este texto indague a nivel estructural en la nota, en el recorte, en el detalle, en el fragmento, al tiempo que en la propia devastación de esas formas. Ello es perceptible no solo a partir de las declaraciones del propio narrador (“Si las notas se resisten a organizarse en forma de libro, entonces lo mejor es escribir únicamente las notas, el supuesto plan del supuesto libro, el borrador que borra cualquier posibilidad de escribirlo” –p. 22), sino que también son visibles en la forma numerada en la que están escritos estos fragmentos y que puede ejemplificarse con la nota 151, en la que el narrador-escritor apunta: “lo hice convencido de que una larga lista numerada era lo único que iba a poder escribir, lo más lejos que iba a poder llegar” (pp. 110-111), e igualmente con la nota 153 cuando el narrador (y el lector) se enfrenta al espacio vacío, a lo inacabado, a la aniquilación del propio archivo, al fin de la historia.

Archivo, de Jorge Enrique Lage, es un libro que pareciera estar compuesto de multiplicidades de sentido que se conectan con otros y forman ese rizoma del que hablan Deleuze y Guattari. Un libro que está compuesto de fragmentos que se comunican unos con otros a través de ideas espías, de ideas fantasmas que al fin conforman un archivo.

En este texto se le aplica a la literatura una drástica operación de vaciamiento, puesto que la escritura (y el propio archivo) queda sin densidad, sin indecidibilidad, y es ocupada totalmente por la ambivalencia: es y no es literatura, es ficción y realidad. Como si todo lo anterior fuera insuficiente, también este libro parece estar colocando “voces que insultan a una nación no solo entendida como símbolo y como rito (no solamente como objeto pedagógico, como fábula retrospectiva del estado o como mito autoritario) sino como sentimiento-territorio-lengua”.[6]

Puede leerse este libro como autobiografía, como borrador, como novela, como diario, como no-texto, y también como una video-instalación con imágenes de archivos relacionadas con la tradición oral, los imaginarios colectivos de un país (de un Estado); imaginarios que se crean desde los discursos de los espías, de Fidel Castro, de la religiosidad popular, de los diarios. Aquí Lage intenta deconstruir el archivo de la historia oficial del país, en pos de la creación de un archivo pop (aunque resulte profundamente patético, caricaturesco, sospechoso) en el que al menos “se comience con Cristiano Ronaldo de presidente de Cuba”, como quiere Baby Zombi, y “convertirlo sin elecciones ni demás trámites democráticos en el Presidente Más Sexy del Mundo” (p. 16).

Al final de la lectura de estos fragmentos de Lage, de este libro que parece escribirse para ser destruido en la lectura misma, del libro y el archivo en clave performática, podría preguntársele a esta Habana distópica y al archivo que se (de)construye desde ella, si (UNO): “¿Valdrá la pena recordar tanto?”; si (DOS): “¿La memoria es un arma defensiva?”; si (TRES): “¿Estamos llenos de sospechas?”; y si (CUATRO): como entes de esta HISTORIA, vamos “¿Hasta la sospecha siempre?”

* Una versión más reducida de estas ideas fue publicada en la Revista Hispamérica, año XLVI, n.o 138, 2017, Maryland, Latin American Studies Center.


Notas:

[1] Jorge Enrique Lage: Archivo, Editorial Hypermedia, Madrid, 2015.

[2] Cfr. Bernat Castany: Literatura posnacional, Editum, Murcia, 2007.

[3] Cfr. Josefina Ludmer: Aquí América Latina. Una especulación, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2010.

[4] Cfr. Gilles Deleuze y Félix Guattari: Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-Textos, Murcia, 2004.

[5] Y a la que se le hacen toda clase de peticiones: “prosperidad para la familia, el amor de mi vida, irme del país, terminar de leerme Paradiso, superpoderes, parir un bebé mesiánico” (pp. 14-15).

[6] Josefina Ludmer: ob. cit, p. 161.

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