Por MICHEL MENDOZA1
Hay en mi biblioteca personal un espacio destinado a las vidas de los lectores que me apasionan. En él están –entre otros– el libro que Stephen Greenblatt dedicó a Poggio Bracciolini, el secretario bibliómano del depuesto papa Juan XXIII que en Alemania, a inicios del siglo xv, encontró un raro manuscrito de De rerum natura de Lucrecio; el de Carlo Ginzburg sobre Menocchio, ese maravilloso molinero del siglo XVI que murió condenado por herejía a causa de sus opiniones de extremo materialismo sobre el cosmos, la Iglesia y la naturaleza del alma; o aquel de Jonathan Spence sobre el emperador manchú Yongzheng quien, incansable lector de sutiles conspiraciones y rumores, y arduo interrogador del rebelde cautivo Zeng Jing, llegaría a componer con este en 1730 un extraño documento, El despertar del engaño, en el que, entre la amonestación política y la refutación erudita, el dignatario discutía puntillosamente los argumentos del conspirador, le planteaba preguntas, le pedía fuentes o remitía a otros libros.

Pero, ¿qué tendrían en común las formas de leer de un terco molinero del siglo xvi, un erudito papa defenestrado, o un emperador manchú que, araña lectora, mueve los hilos de una monstruosa burocracia imperial en la China del siglo xviii? Lo que me apasiona de estos –más allá de la fascinante modernidad política de ese “chat” avant la lettre entre el emperador Yongzheng y el conspirador Zeng Jing, o del desarrollo de una teoría de la lectura en las clases subalternas del siglo XVI europeo, tal y como nos es propuesta por Carlo Ginzburg– es el modo en que las intrigas de la seducción libresca constituyen para ellos una forma de vida; más aún: me interesan las razones por las que la forma de leer adquiere en la vida de ciertos hombres y mujeres un peso decisivo. Lo importante en esos casos es que del acto de leer, de la forma, objeto e intensidad que la lectura adopte, parece depender el destino de quien lee.

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Un poco a la manera de nuestros tres curiosos personajes, un escritor como José Kozer (La Habana, 1940) ha elevado la idea de la lectura (de los libros, del cuerpo, de sí mismo) a estructura fundamental de su relación con el mundo. Partiendo de fuentes diversas que van de la cábala judía a Montaigne, y del budismo zen a Walter Benjamin, hallaremos en muchísimos de sus poemas y páginas de sus diarios esos episodios de inmersión en los que el cuerpo que lee deviene –como en el siglo xvii para Isaac Baulot– mutus liber, libro mudo, laboratorio de alquimia, arquetipo de la naturaleza corruptible frente a la cual el poeta es conminado a guardar silencio.

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Imagen de cubierta Cartas de Hallandale, de José Kozer (Rialta Ediciones, 2017). AUTORA: Elizabet Cerviño

De ahí que en la obra de José Kozer surja constantemente la noción de la lectura como una suerte de proyecto absoluto, de privilegiada relación ontológica mediante la cual sería posible encontrar en cada libro fragmentos de una totalidad perdida, formas que reflejen, en su multiplicidad y profundidad, la plenitud inabarcable de lo originario. Frente a ella el cuerpo es ese lugar poroso; es vasija traslúcida por la que el verbo desciende igualándose al fango primigenio, a esa materia informe en que siempre nos estamos convirtiendo.

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Bastante alejado del Raymond Roussel de Comment j’ai écrit certain de mes livres (1935) y, por supuesto, muchísimo menos interesado que el autor de Locus Solus en hacer sonar, desde el fondo de la caja negra de su obra, la musiquilla de una fantasmal metodología imaginativa, y más lejos aún, si cabe, del Edgar Allan Poe puntilloso y glacial de “The Philosophy of Composition” (1846), en los breves ensayos y ficciones biográficas y de poética que conforman “De donde son los poemas” –primera sección de este libro–1 José Kozer intenta no tanto describir el origen de sus tantísimos textos (“Los poemas vienen de las moscas”, afirma zumbón) como explicar por qué la lectura y la escritura constituyen en él casi funciones fisiológicas reflejas, funciones derivadas de una suerte de sensibilidad exacerbada frente a “la posibilidad infecciosa del idioma”.

La segunda sección, titulada precisamente “Cartas de Hallandale”, está conformada por textos nunca antes recopilados en libro. Alternando con el detenimiento de ciertos análisis críticos, encontramos en esta parte relatos o apuntes fortuitos, escritos que, al correr de la pluma, le otorgan al volumen, más allá del estilo inconfundible de Kozer, una heterogeneidad y un sabor muy particulares.

No hay mejor sitio que las páginas de este libro para entrar en el contacto más directo posible con la biblioteca personal de Kozer, con sus lecturas más frecuentes, con sus tics de lector, con sus opiniones y manías, y con el testimonio de algunos de sus más apasionados encuentros con obras y personajes literarios. Valga para ello detenerse en su introducción a Espejo de la luna, de Saigyō (ese monje japonés del siglo xii que escribe y deambula en una época devastada); en su escrito, gozoso e hilarante, sobre cómo leer la obra mayor de Ezra Pound; en el homenaje que rinde a su admiradísimo Thoreau; en su magnífico ensayo sobre los diarios de José Martí; en sus recurrentes fantasías biográficas –un poco menos a la manera de Canetti que a la de Claudio Magris– en torno a la figura de Franz Kafka, verdadera obsesión para Kozer; en el ensayo sobre Poeta en Nueva York de Lorca; o en el elogio sereno a un poeta como José Lezama Lima. Algunos de esos encuentros afortunados han tenido lugar, además, en ciertas zonas de la actual literatura latinoamericana, pues en las obras de Adolfo Castañón, de Eduardo Espina, o de Claudio Daniel, entre otros, el autor ha visto espacios donde el conocimiento poético adquiere alturas y calidades infrecuentes.

Por otra parte, considero que estas Cartas de Hallandale –que ocupan, verdaderamente, un lugar de excepción en la vasta producción kozeriana– guardan más de una semejanza con El libro de los márgenes, de Edmond Jabès. ¿Por qué? Porque en ambos casos hallamos esos momentos –que considero centrales– en que pareciera que “toda verdad –esa parte de sombra donde la luz se extingue– que el libro transmite no fuera más que el acceso a la muerte de la que la escritura sería, al mismo tiempo, suerte y desgracia; una muerte que hacemos nuestra con cada vocablo, con cada letra; con sonidos y silencio”.2

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A veces pudiera parecer que a lo largo de este libro se retoman los mismos recorridos. Luego descubrimos las ganancias de arribar una y otra vez al mismo sendero: se descubren promontorios, movimientos, réplicas, aspectos a primera vista ocultos que, como el detalle de una fotografía, ahora dan más nitidez al conjunto. Así, el cuerpo enfermo de Kafka retratado en su casa; luego, casi exangüe, en una calle de Praga; y, más tarde, viviendo en La Habana como irónica contrafigura del autor. Así la grafomanía, esa característica polémica que en Kozer ha devenido todo un personaje, y a la cual le ha dedicado varias páginas y comentarios en esta obra.3

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Hace dieciséis años, en un debate en torno a la Carta sobre el humanismo de Heidegger, Peter Sloterdijk proponía entender la cultura literaria y “humanista” como una especie de dilatada experiencia epistolar, al tiempo que nos recordaba que, para Jean Paul, los libros eran esas abultadas cartas enviadas a amigos desconocidos. La verdad –también la mitología– del humanismo proviene de haber elegido los libros como los modelos más fieles del encuentro humano.

Es esta la idea que ha dado título a este nuevo libro de José Kozer. Sólo a través de ella comprenderemos por qué, de la conjunción resultante entre las dos esferas concéntricas que son para él la escritura y la lectura, surge el elemento decisivo de una emancipación y, me atrevo a decir, de una felicidad. Pero es el hecho de leer, mucho más que el de escribir, lo que para Kozer representa la totalidad de una pasión, una forma de hipóstasis en la que “la separación texto lector desaparece”.4 Nuestro poeta es, después de todo, un místico, un hombre que quiere ser libro. Con él recordamos lo que Nietzsche afirmaba sobre la naturaleza de ciertos heroísmos –también el heroísmo del lector– que consisten, nada más y nada menos, en esa “buena voluntad” de perecer.

  1. A excepción de “Un espacio para dos tiempos”, los textos que integran la sección “De donde son los poemas” aparecieron recogidos por primera vez en un libro homónimo, editado por el sello mexicano Libros del Umbral en el año 2007.
  2. Cfr. Edmond Jabès: El libro de los márgenes II. Bajo la doble dependencia de lo dicho, Arena Libros, Madrid, 2005.
  3. La obra de José Kozer, con sus –hasta ahora– más de diez mil poemas escritos y sus casi ochenta libros publicados, constituye, con seguridad, uno de los territorios poéticos más extensos de la lengua española. Los manuscritos de sus diarios –de los que hasta ahora ha visto la luz sólo un volumen, bajo el nombre de Una huella destartalada (Aldus Editores, México D. F., 2003)– ocupan más de sesenta cuadernos. No en vano ese libro (ya canónico para los kozerianos) que compiló Jacobo Sefamí hace casi veinte años, y cuyo origen se halla en las ponencias de un simposio homenaje realizado en Queens College en mayo de 1997, fue justamente intitulado La voracidad grafómana: José Kozer. Crítica, entrevistas y documentos (UNAM, México D. F., 2002).
  4. En esta edición, “¿Qué? ¿Leer?”, p. 52.
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