En la famosa y controversial entrevista que concedió a The New York Times en 1992, Cormac McCarthy declaró sin ambages su desprecio por Proust y Henry James, que, según él, no abordan en sus obras los asuntos cruciales de la vida y la muerte: “No los entiendo. Para mí eso no es literatura.” Más allá del malentendido esencial que revelan estas palabras[1] podemos pensar que lo que está en juego aquí es el deseo de McCarthy de definir con claridad una poética por oposición a lo que percibe como el “preciosismo” (en más de un sentido) de Proust y Henry James. Ciertamente, esos textos de oraciones interminables, esas minuciosas representaciones de la aristocracia francesa y de la nobleza británica tienen todo lo necesario para, en una lectura superficial (o deliberadamente superficial), provocar el rechazo de alguien que se inserta en la genealogía de Melville y Faulkner.

Hasta aquí, no hay nada sorprendente: después de todo, muchos críticos han enfatizado la importancia que posee “la visión de túnel” para muchos escritores de primer orden: aquellos que no pueden concebir que una escritura diferente de la suya tenga algún valor y que someten a escarnio cualquier poética alternativa. En ocasiones (como en el caso de Nabokov y sus Opiniones contundentes) su rechazo es tan extremo y tan poco fundamentado que se convierten en figuras ridículas; otras veces su obra no está a la altura de su intransigente doctrina: no consiguen llevar a la práctica lo que predican. Este no es, sin embargo, el caso de Cormac McCarthy:[2] todos sus libros se concentran inexorablemente, con una intensidad rara vez igualada en la literatura norteamericana,[3] en esos asuntos “de la vida y de la muerte” que para él definen la auténtica literatura. Por supuesto, Meridiano de sangre es su obra maestra indiscutible, pero existe otro texto, mucho más breve, que ilustra mejor que ningún otro la soledad de McCarthy, el abismo que lo separa del resto de los escritores contemporáneos (no sólo norteamericanos): me refiero a El Sunset Limited.

Esta obra de teatro está tan lejos como es posible estarlo del resto de la literatura norteamericana contemporánea: se atreve a discutir una vez más, con una agudeza comparable a la de Los hermanos Karamazov, las preguntas fundamentales sobre la así llamada condición humana, las interrogantes que desde El libro de Job hasta los últimos poemas de Paul Celan atormentan a casi todos los escritores de primer orden. Para lograrlo, McCarthy escribe un drama minimalista, con sólo dos personajes y cuya acción se limita a unas pocas horas en un espacio cerrado. Se produce entonces un choque entre dos concepciones antitéticas sobre el sentido de la existencia: el negro, un exconvicto que ha superado su adicción a las drogas, es profundamente religioso, cree apasionadamente que Cristo lo ha redimido y acaba de evitar el suicidio del blanco, un profesor universitario de filosofía que, atenazado por la desesperación, se ha arrojado delante de un tren (el Sunset Limited del título). Ambos se enzarzan ahora en una discusión filosófica en la que está en juego mucho más que un mero triunfo retórico: el blanco no tiene el menor interés por seguir debatiendo y sólo desea acudir puntualmente a su próxima cita con el Sunset Limited; el negro, aun reconociendo que se encuentra ante un adversario formidable que ha llegado incluso más allá del ateísmo, intenta por todos los medios convencerlo de que, a pesar de todo, debe continuar viviendo. En última instancia lo que el creyente intenta hacer es “justificar los caminos de Dios ante el hombre” (Milton) o, lo que es lo mismo, articular una Teodicea más o menos racional.[4] Para lograrlo, recurre a todos los argumentos imaginables pero pronto comprende que su oponente no es uno de esos ateos que se complace en proclamar su incredulidad a los cuatro vientos como si se tratase de una hazaña, sino de un tipo que ha sacado las conclusiones pertinentes de lo que Nietzsche, con su perspicacia característica, llamó “la muerte de Dios” (añadiendo que era precisamente la humanidad quien lo había matado): para este nihilista radical la destrucción de toda creencia en los valores trascendentes conduce inexorablemente a que el mundo de la inmanencia también se vacíe de sentido,[5] convirtiendo la vida en una farsa y al hombre en un autómata que continúa existiendo porque está programado para hacerlo.

Por supuesto, hay muchos ateos inteligentes que negarían que una cosa lleve necesariamente a la otra (y, sin duda, tienen razón), pero de lo que se trata aquí es de un intelectual que desarrolla hasta sus últimas consecuencias cierta tendencia nihilista (subterránea, pero pertinaz) que recorre toda la literatura y el pensamiento occidentales de Sófocles a Cioran: aquella que proclama “el inconveniente de haber nacido”. Así, frente a los argumentos edificantes y piadosos de su contendiente (que en última instancia, como los de todas las religiones, apuestan por “más vida en un tiempo sin límites”), el desolado profesor afirma la preponderancia de la nada:

Yo no creo en Dios. ¿Tan difícil es de entender? Mire a su alrededor, hombre. ¿Es que no lo ve? El griterío de los que sufren lo indecible debe de ser para él el más agradable de los sonidos. Y detesto estas discusiones. Lo del ateo de la aldea cuya sola pasión es vilipendiar sin descanso aquello cuya existencia niega de entrada. Ese compañerismo, esa hermandad que usted defiende es una hermandad de dolor y punto. Y si ese dolor fuese colectivo de verdad y no meramente reiterativo, su propio peso arrancaría el mundo de los muros del universo y lo lanzaría en llamas a través de la noche que aún pueda ser capaz de engendrar hasta que no quedase de él ni ceniza siquiera. ¿La justicia? ¿La fraternidad? ¿La vida eterna? No me fastidie, hombre. Dígame una religión que prepare al hombre para la muerte. Para la nada. A esa secta quizá sí me apuntaría. Su religión lo cifra todo en más vida. Más sueños, ilusiones, mentiras.

Y también, ante la perplejidad absoluta del creyente que no puede comprender una perspectiva tan sombría: “Déjeme terminar. Yo no entiendo mi estado de ánimo como una visión del mundo pesimista. Lo entiendo como lo que es el mundo. La evolución no puede impedir que la vida inteligente acabe a la larga siendo consciente de una cosa por encima de todas las demás, y esa cosa es la futilidad.” Nos encontramos ante una de las más elocuentes exposiciones jamás realizadas de la filosofía antinatalista, esa doctrina ultrapesimista y apenas soportable que Schopenhauer sintetizó con perspicacia: “Más valdría que no hubiera nada. Como hay más dolor que placer en la tierra, cualquier satisfacción no es sino transitoria, y crea nuevos deseos y nuevas desesperaciones.” Claro, en el caso del profesor se trata de un pesimismo ontológico agudizado por las grandes catástrofes del siglo XX: como él mismo indica: “Las cosas en las que creía ya no existen. Es estúpido fingir lo contrario. La civilización occidental se esfumó finalmente por las chimeneas de Dachau, pero yo estaba demasiado encandilado para verlo.” Ante esta poderosa retórica, el creyente está indefenso y las apelaciones a su propia experiencia, a su “encuentro personal con Jesucristo”, son patéticas e ineficaces: el profesor ya no tiene paciencia para seguir debatiendo y se apresura para llegar a tiempo a su cita con el Sunset Limited, el único objeto del mundo visible que ha retenido su confianza.

Sería un error, sin embargo, pensar que McCarthy se identifica con las ideas de este elocuente suicida y que el sentido último de la obra (si es que algo así existe) reside en la articulación de una desesperanza sin paliativos: hay al menos dos elementos que socavan una conclusión semejante. Para empezar, por poderosa que sea la retórica del profesor, en última instancia se trata sólo de palabras que no consiguen hacer mella en la fe de su interlocutor. Aunque al final de la obra el creyente increpe a un Dios eternamente oculto, silencioso e inescrutable, aunque cuestione la concesión de una elocuencia aplastante a quien sólo la utiliza para socavar la fe, se resigna en última instancia al enigma que suponen las decisiones de la incomprensible divinidad. Por otra parte (y quizás sea este el argumento decisivo), nadie que escriba como McCarthy puede ser realmente nihilista: más allá de su postura personal sobre la cuestión del sentido, persiste en él, por encima de todo, una confianza esencial en el lenguaje y sus procedimientos, una pasión abrasadora por el estilo, por la música de las palabras, comparable a la de otros artistas de la desesperación como Leopardi,[6] Cioran, Bernhard y Gottfried Benn. En cualquier caso, con independencia de lo que McCarthy crea o deje de creer, no existe la menor duda sobre la dignidad estética y la aterradora intensidad de un texto que puede leerse como una glosa certera y deslumbrante de la terrible frase del Bhagavad Gita sobre las consecuencias del escepticismo: “Ni este mundo, ni el otro, ni la felicidad son para el ser abandonado a la duda.”


Notas:

[1] El malentendido se evidencia, sobre todo, a propósito de Proust: En busca del tiempo perdido trata de la vida, la muerte y… todo lo demás. Es de suponer que McCarthy (como solía suceder en el caso de ciertos juicios insensatos de Borges) ni siquiera se tomó el trabajo de abrir esa novela.

[2] Cormac McCarthy es un escritor que, por lo demás, ha hecho muy pocas declaraciones explícitas de su poética más allá de la entrevista ya mencionada. Evidentemente, está más interesado en escribir los libros que en hablar sobre ellos.

[3] Una intensidad tampoco igualada en la literatura occidental.

[4] A lo que ha se ha dedicado la apologética cristiana desde, como mínimo, la época de Tertuliano.

[5] Por supuesto, el profesor creyó durante mucho tiempo en lo que podríamos llamar sucedáneos seculares de la trascendencia (la literatura, la filosofía, la música), pero eventualmente los rechazó como otras tantas falsedades, entretenimientos superficiales que sólo sirven para no pensar en la miseria esencial de la condición humana. Aquí el profesor se acerca al Pascal de los Pensamientos y también a Reger, el personaje de Maestros antiguos (Thomas Bernhard) que rechaza enérgicamente la posibilidad de que la cultura posea alguna cualidad redentora.

[6] Leopardi definió el genio literario como “aquello que expresa la nada tan vívidamente que nos devuelve el entusiasmo, así sea por el vacío”.

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