Camila Gutiérrez

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Estudió literatura en la Universidad de Chile, pero no es literatura lo que Camila Gutiérrez hace en sus libros. No, no existe esa intención en sus páginas, como tampoco hay apego convencido a género confesional alguno. En las dos novelas que lleva publicadas, Joven & alocada. La hermosa y desconocida historia de una Evangelais (2013) y No te ama (2015), Camila Gutiérrez apuesta, en realidad, por otra cosa más arriesgada, con más vibraciones: volver narrativa una serie de revelaciones personales que no dejan de dolerle, ni siquiera una vez escritas.

Partí este texto en realidad por el final. Ya en el párrafo inicial, concluí lo que quería decir de Camila Gutiérrez. Eso, lo de las confesiones ulteriores, a las que su estilo, plenamente chileno, les da un rodeo para que le duelan menos, es totalmente cierto. Es a lo que quería (a lo que voy a) llegar.

Pero, por favor, rebobinar.

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Tuve noticias de Camila Gutiérrez por dos videos de YouTube (uno enlazaba con otro, en realidad). El primero era una entrevista que le hizo una excompañera mía de la facultad de ciencias de la comunicación. La entrevista es muy mala, pero hay un momento en que unas escolares de jumper se le acercan con un ejemplar de Joven & alocada para que se lo firme. El segundo es la presentación de un poemario de Claudio Bertoni, en el barrio Lastarria. En la mesa de presentación está un moderador, Rafael Gumucio, Camila y el mismo Bertoni, que parece ido y no pesca mucho. Camila es la única que lee un texto. Tiene una hoja en sus manos que a ratos tiembla. Trata de explicar, a la velocidad del rayo, por qué no tolera ningún tipo de poesía excepto la de Bertoni. Se nota que todos los que están ahí, partiendo por ella, sienten que su presencia está fuera de lugar. Es una persona que todos tratan de desenfocar. Es una persona que no encaja (para qué trajeron a esta aparecida, a esta escritorcita en ciernes; véase, si no, las cejas de Gumucio y el comentario que un tal “Valdorock1” dejó debajo del video: “Con todo respeto ni nada personal, pero qué desprestigio para la poesía que Camila Gutiérrez, una mujer que, como dice ella, no tiene nada que ver con poesía, tenga que presentarlo”).

Qué desprestigio para la poesía.

Justamente, de ese desprestigio es que ella arma sus narraciones.

Creo que ese momento, percibido a través de un video de YouTube, da toda la medida de lo que sus libros transmiten: el desajuste, el incordio, los procesos de aceptación que no salen siempre bien, pero que están siempre bien si lo que uno quiere es escribir de verdad.

No sé si Camila Gutiérrez haga literatura en sus libros –tampoco, como decía, creo que le importe–, pero escribe de verdad. Por eso, y volviendo al video de la entrevista, son las jovencitas con jumper que están haciendo la cimarra las que se le acercan y no el espigado público de Lastarria.

3

Leí la versión-libro de Joven & alocada en las vacaciones de verano de 2016. Había nacido, primero, como un fotolog confesional y luego, en una de sus transformaciones, mutó en una película, dirigida por Marialy Rivas, en 2012. La dedicatoria del libro ya cargaba toda la tinta que iba a correr después: “A los apóstatas, con cariñito”. Allí, Camila desplegaba, en un primer nivel narrativo, los divertidos pormenores tras la deserción del evangelicalismo, aunque como fachada para contar un asunto no resuelto –si es que es posible resolverlo, porque un asunto así no tiene estructura narrativa tradicional y su final queda abierto siempre, a lo Chéjov–: cómo el mecanismo de la culpa cristiana, y de la culpa por haber decepcionado al ideal-del-yo fundado por los padres, acecha cuando acepta su bisexualidad y su vida de apóstata.

Ahí Camila Gutiérrez tiene algo que decir.

Corrijo: tiene mucho que decir. Y su manera de decirlo es a través del argot chileno que, más que el argentino y menos que el mexicano, bordea la tragedia para volverla humor.

Ejemplos: “Si hay algo que une a la diversidad canuta, es el horror a la fornicación”; “En realidad, la vida no es sólo menos tolerable que la ficción. También es ochenta veces más fome”; “[Madre] me explica: —Si quieres estar lejos de Dios, al menos guarda los preceptos morales. Me siento ofendida con eso: lo que le importa no es que me vaya al infierno, es que no haga chuculún”; “Como mucha gente de mi generación de Literatura, entro a la carrera siendo hétero y salgo cola”. Y una coda, que da toda la medida a lo antes comentado: “Creo es que es difícil vivir con uno mismo cuando uno no está a la altura de sus valores.”

Es cierto, del lado de acá hay que leer a Camila Gutiérrez con un diccionario de chilenismos al lado. Pero esos chilenismos no hacen más que descomprimir algo que en verdad, aunque le duela contar, quiere contar. La narradora de Joven & alocada desea, en un principio, contar cómo fue capaz de mandar a la mierda a todo su entorno evangélico para entrar en una existencia donde explorar su bisexualidad, pero al final de ese recorrido siente no estar a la altura de algo. Por eso uno lee Joven & alocada con una carcajada y la relee, luego, sólo con una semisonrisa al evidenciar sus heridas aún supurando. En eso –digo yo, y dice ella, también, aunque tangencialmente en el video– se parece a Bertoni. Quien habla en los poemas de Bertoni es un chucheta, un calenturiento, un apóstata; pero tras esa primera impresión, hay un ser tembloroso por el salto mortal que acaba de dar.

4

Ya lo había comentado en otro sitio: cuando terminé de leer Joven & alocada sentí cierto escalofrío: Camila Gutiérrez se está jugando el todo por el todo a una sola casilla. Es tan intenso, tan exasperantemente divertido, tan autobiográfico lo que ahí aparece que, pensé, iba a ser autora de un solo libro (sí, la imagen del monje que se quema a lo bonzo funciona aquí). Hasta que en 2015 apareció No te ama, novela que ayer terminé de leer. Y creo que ahí Camila hace lo que tiene que hacer: asumirse más allá de la fotologuera que fue; asumirse más allá de la subversiva que se creó, entre los otros evangeláis conversos y entre los más jóvenes, todo un público nuevo que gracias a ella lee narrativa chilena contemporánea.

No te ama es, en cierto modo, la continuación de Joven & alocada. Vuelvo, por tanto, a tener la sensación de que está quemando todos los cartuchos, volviendo narrativa una liberación que le duele. Ya no penden sobre ella los mecanismos de la culpa evangélica: se lanza sin complejos a vivir una relación casi paralela con Vietnam –una amiga muy atractiva– y Bolivia –un chico que la quiere, pero que tiene un defecto: es un chico–: “Yo estoy viva. Y no sé qué se hace para seguir viviendo con esta felicidad tan espantosa”, dice en un momento. Pero, aunque No te ama tiene ciertos destellos estilísticos a lo Joven & alocada (“hay una sola experiencia parecida a la de volver a culiar con alguien después de mucho tiempo. Volver a andar en bici”), creo que la historia que le importa contar no es la imposibilidad de la permanencia en un solo amor o el torcido mecanismo de nuestro deseo (a.k.a.: quiero obsesivamente estar con X; ya estoy con X, ¿por qué diablos quiero, entonces, estar con Y ahora?), sino el aborto inducido con misotrol. Alrededor de ese evento es que se construye la novela, y los demás capítulos intentar tapar, hacer desplazamiento anecdótico, de esos días de sangre e incertidumbre.

En una parte de No te ama, Camila Gutiérrez escribe: “No poder armar una sola buena teoría me molesta porque entonces no entiendo. Y no entender me molesta porque soy ansiosa.” Uno puede ya estar tranquilo ante eso: es evidente que seguirá escribiendo, porque su motor es muy poderoso: entender qué le pasa a través del género novela, ya que sus redes sociales, según se evidencia, no le dan abasto.

Sí, uno puede estar tranquilo. Pero ella no, nunca lo está. Eso es, quizás, lo que fascina de la escritura de Camila Gutiérrez, y sólo por este hecho está muy por encima de contemporáneas suyas.

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