La Habana vista desde la entrada de la bahía
La Habana vista desde la entrada de la bahía

Se acerca el V Centenario de la fundación de la villa de San Cristóbal de La Habana, más conocida, familiarmente, como La Habana. El gobierno cubano y sus principales publicaciones reconocen como fecha oficial de la fundación de la ciudad, por el conquistador Diego Velázquez, el 16 de noviembre de 1519. Sin embargo, algunos medios como Ecured, la Wikipedia ideológica de la isla, aseguran que la ciudad fue creada el 25 de julio de 1515.

Según los editores de Ecured, la ciudad se fundó ese día, no por alguna coincidencia con el asalto al cuartel Moncada, protagonizado por Fidel Castro y sus seguidores varios siglos después, en 1953, sino porque el 25 de julio es el día de San Cristóbal, patrono de los viajeros y los marinos. Sin embargo, de acuerdo con la mayoría de las publicaciones litúrgicas, el día de San Cristóbal se celebra el 10 de julio de cada año en los países católicos.

La historia de La Habana, durante sus primeros cuatro siglos, estuvo decidida por el protagonismo del puerto y la belleza natural de la bahía. Alejandro de Humboldt anotaba en su Ensayo político sobre la isla de Cuba (1826): “la vista de La Habana, a la entrada del puerto, es una de las más alegres y pintorescas de que puede gozarse en el litoral de la América equinoccial”. Se refería Humboldt a una alegría estrictamente física, propia de la “majestad de las formas vegetales y el vigor orgánico de la zona tórrida”.

Un siglo después, apuntaba Fernando Ortiz: “La Habana, capital marina de las Américas, y Sevilla, que lo fue de los pueblos de Iberia, cambiaron año tras año por tres siglos sus naves, sus gentes, sus riquezas y sus costumbres, y con ellas sus pícaros y sus picardías y todos los placeres de sus almas regocijadas”. Ya aquí la alegría habanera era humana, antropológica, pero igualmente subordinada a la función portuaria de la bahía.

En casi todos los mapas de La Habana, hasta mediados del siglo XIX, el personaje central es la enorme bahía de tres ensenadas. Al oeste de la entrada, del lado del castillo de La Punta, un pequeño perímetro entre la muralla y el puerto, constituía, propiamente, la parte habitada de la ciudad. Es a fines del siglo cuando mapas como el de Francisco de Alvear y Lara en 1874 o de Facundo Cañada López de 1890, ubican el centro de la ciudad en tierra firme e incluyen los nuevos barrios extramuros.

Entonces los narradores y poetas de la isla comienzan a declarar su amor a la ciudad: no a la villa o al puerto, sino a lo que entendemos por La Habana moderna. Pero a diferencia de los historiadores o los cartógrafos, los escritores prefirieron fijar la mirada en algunos rincones antes que en el conjunto de la ciudad. Cirilo Villaverde narró el Paseo del Prado, con sus “caleseros expertos” y sus “tímidas señoritas”. Plácido celebró la Fuente de la India, con su alegoría de la “noble Habana”, de “color de nieve” y “estructura fina”, “dominando una fuente cristalina/ sentada en trono de alabastro breve”.

Lydia Cabrera y Dulce María Loynaz cantaron al Almendares, “río de nombre musical”, que fue la segunda frontera de la ciudad, después de la Muralla y antes de la construcción de Miramar. José Lezama Lima elogió las calles Obispo y O’Relly, que “son una sola en dos tiempos: una para ir a la bahía y otra para volver a internarse en la ciudad”. En vez de aquellas “callejas minoanas” de la Habana Vieja, Eliseo Diego prefirió la calzada “más bien enorme” de Jesús del Monte. Fina García Marruz retrató el “donaire de la Giraldilla”, en la torre del Castillo de la Fuerza, y Gastón Baquero divisó las luces del Malecón desde el ojo de un pez, que, antes de morir, dice adiós a la ciudad.

Incluso Alejo Carpentier, que tuvo una idea muy completa de La Habana, recurría al detalle cuando decía que “La Habana es el único puerto que ofrece una tan exacta sensación de que el barco, al llegar, penetra dentro de la ciudad”. Esa imagen inicial de castillos, fosos y atalayas, que deslumbra al viajero, escondía la perfección urbanística de los barrios cuadriculados que ascendían, a través de calzadas serpenteantes, desde la bahía y el mar, hasta las colinas de San Miguel del Padrón, el Príncipe o Santos Suárez. Más a gusto en su microcosmos, Guillermo Cabrera Infante hizo de algunas cuadras de La Rampa el corazón de la ciudad.

Pero aquellas miradas tan enfocadas, como la del poeta Emilio Ballagas, otra vez, a la Fuente de la India, o la de Fina García Marruz a las gotas de agua que caen de los balcones de la Habana Vieja, trasmitían un amor implícito a la ciudad entera. La Habana moderna, construida apenas en medio siglo, exactamente entre la primera intervención norteamericana de 1898 y 1955, cuando Josep Lluís Sert, Paul Lester Wiener, Paul Schultz y Mario Romañach elaboran el gran Plan Director de la ciudad, era el verdadero objeto del deseo. Detrás de las miradas absortas en un detalle avanzaba el amor y la fidelidad al trazado perfecto de la urbe.

RAFAEL ROJAS
Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros.
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