ʻLa cámara fotográficaʼ (detalle), Antonia Eiriz, 1968

Tomás Eloy Martínez, jefe de redacción de ʻPrimera Planaʼ, entrevistó personalmente y por escrito a Guillermo Cabrera Infante, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Severo Sarduy y Julio Cortázar. Las respuestas de Cabrera Infante aparecen en las páginas 48-50.

Entre los maullidos del gato Offenbach y la incesante crepitación de la manzana que mordía Miriam Gómez, su mujer, Guillermo Cabrera Infante anotó las cuatro preguntas de un cuestionario improvisado y las mezcló entre los papeles y las fotografías de su escritorio. Al mes, devolvió a Primera Plana diez páginas de respuestas, con la exigencia de que se las transcribiera sin alteraciones. Aquí están, y –aunque sea obvio– corren por su cuenta y riesgo.

Preámbulo no pedido

Cuando dejé Cuba en 1965, cuando salí de La Habana el 3 de octubre de 1965, cuando el avión despegó del aeropuerto de Rancho Boyeros a las 10 y 10 de la noche del día 3 de octubre de 1965, cuando pasamos el point of no return a las cuatro horas de vuelo (no era la primera vez que yo viajaba entre Cuba y Europa, y sabía que un poco más allá de las Bermudas el avión no puede ya volver a Rancho Boyeros, pase lo que pase), cuando por fin me zafé el cinturón de seguridad y miré a mis hijas dormir a mi lado y tomé el maletín de nombre irónico, mi attaché-case, y lo abrí para echar una ojeada tranquilizante a las cuartillas irregulares, clandestinas, dedicadas a convertir Vista del amanecer en el trópico en Tres tristes tigres, supe entonces cuál era mi destino: viajar sin regreso a Cuba, cuidar a mis hijas y ocuparme de/en la literatura. No sé si pronuncié o no la fórmula mágica —silence, exile, cunning–, pero sí puedo decir ahora que es más fácil en este tiempo adoptar el estilo literario que copiar el estilo de vida de James Joyce.

Durante mucho tiempo guardé silencio. Me negué a conceder entrevistas, me encerré a trabajar y me aparté tanto de la política cubana como de los cubanos políticos de todos los colores. Todavía no escribo a otra gente en Cuba que a mi familia inmediata, cartas esporádicas y familiares. Sin resultado –porque el comunismo no admite dropouts.

Mi nombre fue arrastrado a una polémica en que los ruidos, de la caucus-race de Alicia sirven de música incidental al libreto de Ubu Roi, y la realidad escénica convierte a Kafka en un realista… socialista. Insultos personales, inaudita intromisión en mi vida privada, eje excéntrico de una lucha por el poder cultural y maldito genius loci –todo dicho con la increíble prosa de esa versión cubana del Krokodil soviético, El Caimán Barbudo–. Pero, por supuesto, el problema no se limitó a una polémica literaria, al uso ruso, donde los perros de la finca ladran mientras el amo ni se molesta en abrir el portón, como ocurrió con los insultos y ataques a Neruda y Carlos Fuentes, hace dos años, y el asalto a Asturias, ahora que derrotó al campeón nacional Carpentier, la rosa roja del ring, eterno aspirante cubano a la faja de los pesos pesados de la literatura.

La caimanada fue seguida y precedida por otros ataques más directos: calumnias personales y políticas, negación del permiso para trabajar en la UNESCO, confiscación de libros enviados por correos, minuciosa inspección de la correspondencia familiar y deliberada persecución literaria. Para mí esto no tuvo ni tiene importancia, y que TTT se convirtiera en lectura underground me gusta, me parece mi privilegio. (Alguien, T. E. M., me corrige a tiempo: “Pero tu libro está en la biblioteca de la Casa de las Américas”. Corrección de una corrección: en Berlín Oriental vi una biblioteca, llamada irónicamente Humboldt, donde se podían obtener “todos los libros”, según justo lapso del intérprete: “enemigos del pueblo”, desde Adorno hasta Zinóviev pasando por Nietzsche, Heidegger, Kafka, Sartre, Bertrand Russell –que entonces eran, los dos–, Koestler y Adolfo Hitler. “Siempre que se demuestre la necesidad de leerlos”, añadió el intérprete, “y el solicitante se responsabilice con su nombre, dirección, ocupación y motivo de lectura”.)

Pero hay más. A un novelista europeo se le invita en La Habana a un panel televisado sobre literatura cubana, con el compromiso expreso de que no mencione mi nombre. El huésped es bien educado y cumple su palabra, pero con lealtad personal y honestidad ejemplares (o suicida, en el mundo comunista) habla de Tres tristes tigres. Olga Andreu, bibliotecaria, pone mi novela en una lista de libros recomendados por esa democrática biblioteca de la Casa de las Américas, boletín que ella dirige, y a los pocos días es separada del cargo y condenada a una lista de excedentes, lo que significa un terrible futuro porque no podrá trabajar más en cargos administrativos y su única salida es solicitar ir de “voluntaria” a hacer labores agrícolas. Heberto Padilla escribe un elogio a Tres tristes tigres y, con un golpe de dedos que no abolirá al zar, da comienzo a la polémica mencionada. A la semana es cesanteado de ese diario oficial cuyo nombre recuerda demasiado a Caperucita Roja: “Granma, what great big teeth you have!” Ahora, después de meses de suspensión de salida y con otra redacción (castigada la anterior, supongo, por haber hecho pública la polémica), El Caimán publica a Padilla su “Respuesta a la redacción”, cierre de la polémica, y, dispuesto ya a viajar a Italia para ver su libro de poemas editado por Feltrinelli, con pasaje comprado en Milán, le es abruptamente retirado su permiso de salida, quitado su pasaporte y de nuevo cesanteado. Las últimas noticias presentan a Padilla en la posición de toda persona inteligente y honesta en el mundo comunista: un exiliado interior con sólo tres opciones –el oportunismo y la demagogia en forma de actos de contrición política, la cárcel o el exilio verdadero.

¿Por qué esta persecución metafórica y estos juicios por poder, y estas condenas a personas interpuestas?

“Qué el jurado considere el veredicto”, dijo el Rey por sepesentésima vez ese día.
“¡No, no!”, dijo la Reina. “La sentencia primero, luego el veredicto”.
“Tontería absurda”, dijo Alicia en alta voz. “¡Querer dictar sentencia primero!”
“¡Aguanta tu lengua!”, dijo la Reina poniéndose roja. “¡No me da la gana!”, dijo Alicia.

¿Qué crimen ha cometido el autor o el libro? Uno solo y lo cometieron ambos. Ser libres. (cf. Guillermo Federico Hegel hablando de su monarca: “Un solo hombre libre puede haber en Prusia”).

“¡Al paredón!”, gritó la Reina a voz en cuello. Nadie se movió.
“¿Quién les tiene miedo a ustedes?”, dijo Alicia (que ahora había crecido hasta tamaño grande). “¡Ustedes no son más que un montón de naipes!”

Ahora puedo contestar todas las preguntas.

¿Por qué está fuera de Cuba?

Si uno de veras cree que el hombre no es más que ser y circunstancia, la única manera de salvar al ser amenazado es cambiar de circunstancia, lo más pronto posible. Cuando se viven situaciones invivibles no hay más salida que la esquizofrenia o la fuga. Voy a ilustrar esta abstracción.

En el verano de 1965 regresé a Cuba de Bélgica, donde era attaché cultural, a los funerales de mi madre, que había muerto en circunstancias turbias (otitis media, ingresa inconsciente en el hospital a las once de la mañana y sin atención médica propia hasta entrada la noche, muere en la madrugada de una enfermedad que nadie muere ya desde antes de la Segunda Guerra Mundial: pero su muerte es también un accidente patológico que puede ocurrir en cualquier parte si no se toman precauciones a tiempo) mientras yo volaba hacia La Habana.

Pero el viaje no lo hice en avión, sino en el trompo del tiempo. Todavía en Bélgica yo añoraba Cuba, su paisaje, su clima, su gente, sentía nostalgias de las que no me libro aún, y pensaba nada más que en regresar. Pero un país es no sólo geografía. Es también historia. Cuando regresé, en esa primera semana en que todavía no podía comprender que mi madre había desapareado para siempre, supe, al mismo tiempo, que el sitio de donde había venido al mundo estaba tan muerto como el sitio a que vine. La Habana era una ciudad que yo no reconocía y no regresaba precisamente de París sino de una Bruselas provinciana y triste, fea. En Cuba, la luna brillaba como antes de la Revolución, el sol era el mismo, la naturaleza prestaba a todo su vertiginosa belleza. La geografía era la misma, estaba viva, pero la historia había muerto.

Cuba ya no era Cuba. Era otra cosa –el doble del espejo, su doppelgänger, un robot al que un accidente del proceso había provocado una mutación, un cambio genético, un trueque de cromosomas. Nada estaba en su lugar. Las facciones eran reconocibles, pero hasta la propia ciudad, los edificios mostraban una lepra nueva. Las calles estaban cubiertas de una viscosidad física, goteada del motor de los vehículos escasos, por causa de un defecto insalvable al refinar el petróleo ruso, pero parecía con su pastosidad negruzca en que las mujeres dejaban sus zapatos (¡artefactos prehistóricos que algunos emprendedores alquilaban a cincuenta centavos la hora!) y todas las huellas como la metáfora de una viscosidad moral.

El malecón estaba cariado, ruinoso. En los canteros de El Vedado, que antes fue un barrio elegante, crecían plátanos en lugar de rosas, en un desesperado esfuerzo de los vecinos por aumentar la cuota del racionamiento con sus raquíticas bananas. Los puestos de café que antes colaban ante el público en cada esquina; como en Río de Janeiro, se habían esfumado por arte de magia marxista. En su lugar había, en cada barrio de la ciudad, dos, cuando más tres, puestos (llamados, como todo, con un nuevo término: cafetera-piloto: esta pomposa terminología “técnica” que bautizaba a las fábricas como “unidades de producción”, a los balnearios como “círculos obreros”, y a las populares guaguas urbanas, los autobuses, como “unidad rodante”, esta jerga utópica competía francamente con la neo-habla de los Minrex –Ministerio de Relaciones Exteriores–, Mined –Ministerio de Educación–, Minint –del Interior–, Init –Instituto de la Industria Turística (?)–, Icaic –Instituto del Arte e Industria Cinematográfica (¡)–, mientras las fábricas se retitulaban consolidados de esto o de lo otro o si no con criptogramas tales como C518 o C15A) que servían café solamente a determinadas horas del día a clientes ávidos y apelotonados, cuando no haciendo largas colas para comprar el café que la “libreta” (carnet de racionamiento) promete y nunca cumple.

Las vidrieras de las tiendas realmente exhibían ropa, porque nadie podía comprarla, ya que eran ejemplares únicos –en el mejor de los casos–. Otras, las vitrinas servían para encerrar alegorías martianas o leninistas, más por recurso decorativo que por fervor político. Las más estaban totalmente vacías, y pasear por San Rafael o Neptuno, por Obispo o por O’Reilly (versiones cubanas de Florida), era un acto tan irreal como recorrer con John Wayne la calle real de un pueblo fantasma. En otras partes de la ciudad caminar era pasear por la isla de Trinidad en 1959, o haber regresado al pueblo natal, de donde el hambre había expulsado en los años cuarenta al 82 por ciento de la población.

En increíble cabriola hegeliana, Cuba había dado un gran salto adelante –pero había caído atrás–. Ahora, en la pobre ropa de la gente, en los automóviles bastardos (excepto, claro, las limusinas oficiales o los raudos Chevrolet de último tipo de la caravana del Premier), en las caras hambreadas, se veía que vivíamos, que éramos el subdesarrollo. El socialismo teóricamente nacionaliza las riquezas. En Cuba, por una extraña perversión de la práctica, se había socializado la miseria.

Sabía (y lo decía a todo el que quería oírme), antes de regresar, que en Cuba no se podía escribir, pero creía que se podía vivir, vegetar, ir postergando la muerte, posponer todos los días. A la semana de volver sabía que no sólo yo no podía escribir en Cuba, tampoco podría vivir. Se lo dije a un amigo, una suerte de no-persona revolucionaria que hacía punto ecuánime al precario equilibrio de las no-personas arrevolucionarias y las no-personas contrarrevolucionarias. (Ciclo de la no-persona: petición de salida del país; automática pérdida del trabajo y eventual inventario de casa y enseres; sin trabajo no hay carnet de trabajo: sin carnet no hay libreta de racionamiento: el permiso de salida puede demorar meses, un año, dos, siguiendo más las reglas de la lotería política que del ajedrez socialista; mientras, la no-persona se ve obligada a vivir de prestado o del dinero que tenía ahorrado en el banco; para salir debe reponer hasta el último centavo que tenía en el banco al momento de solicitar la salida; sin una cuenta bancaria en orden no hay permiso de salida, que es automáticamente cancelado: nueva petición de salida: etc., etc.)

Hablé con este amigo condecorado de exes –ex comandante rebelde, ex ministro, ex diplomático– que acababa de regresar del presidio político, donde había pasado seis meses “castigado” a trabajar junto a forzados contrarrevolucionarios, y al negarse por principio y manifestar que él era revolucionario, había doblado su condena inicial de tres meses. Según su costumbre, hablaba con él mientras atravesábamos un solar yermo, lejos no sólo del mundanal ruido, pero de clericales oídos también: “Ya no se puede hablar ni viajando en una máquina. Hay aparatos de detección checos que se instalan en un automóvil, en cualquier garaje.” Le dije lo que dije más arriba. No dijo nada, solamente me miró. Él sabía. Le pregunté qué iba a hacer. Demoró un rato en contestarme y, antes de hacerlo, se colocó de perfil a las calles paralelas que limitaban el parque: yo sabía por qué; él sabía que hay agentes capaces de leer los labios: “Quedarme aquí”, me dijo. “Estás caminando con un muerto”. No me dio tiempo a replicar porque añadió: “pero yo soy un cadáver político”. Luego me confesó que rogaba todas las noches (no me dijo a qué dios) que lo dejaran irse a juntar con el Che, que él creía en una guerrilla en el Congo.

Ahora sé que este amigo ha tenido menos suerte que Guevara: hoy no es un inmortal sino un zombi político. Cuba está poblada de ellos, de toda clase. Muchos, no por casualidad, son zombies literarios.

¿Cómo trabaja fuera de su país?

Perdón por responder con una pregunta. ¿Tengo que decir que muy bien? ¿Que cómo me fue en España? Muy bien, salvo que debía hacer rodeos para evitar un abismo infranqueable. Sabido es que los latinoamericanos tenemos todo en común con los españoles. Excepto, claro, el idioma.

¿Por qué eligió Londres?

Yo no elegí Londres. Londres me eligió a mí. Fue en Madrid, demasiado ocupado transformando mi visión del amanecer en el trópico, amarrado a las galeras, domando tres tigres a un tiempo, tratando de que el TTT estallara y, por supuesto, olvidado de que el dinero, como el tiempo, es fungible, que llamaron tres veces a la puerta. Como sé que el casero llama más veces que el cartero, dejé que mi mujer abriera. Eran tres los que tocaban. Un funcionario de la Gobernación española para decirme que me negaban la residencia (el pasado pesa tanto que es, a veces, el pesado), un telegrama y, efectivamente, el casero, también conocido como Abominable Hombre de las Rentas. Mi mujer, luchando con este yeti a pierna partida (como lector fiel de Pepita y Lorenzo, el casero había dejado su pie entre hoja y jamba para atascar la puerta), logró echarme el cable, que leí:

GUIERMO INFANTA
NECESITAR ESCRIBA OBRA MAESTRA
SCRIPTS PUNTO VENIR ENSIGUIENDO
PUNTO TICKETS COMPRADO AVION
PUNTO LOVE
JOE

¿Cómo dudarlo un momento? Salté por la ventana. Por el camino (vivíamos en un tercer piso) pensé: Anch’io sono Swing-ing-Londoner!

¿En qué condiciones volvería?

Si Lezama Lima fuera nombrado ministro del Interior.

No, aun así, lo pensaría dos veces y trataría de recordar qué crítica escribí (o dejé de escribir) sobre Enemigo rumor o La fijeza. Además de que está por medio la parodia del Poseso Penetrado por un Hacha Suave.

“Es peligroso dejar el país de uno, pero es más peligroso volver a él, porque entonces tus compatriotas, si pueden, te clavarán un cuchillo en el corazón.” Esas sabias palabras son del Yei-Yei, de Jotajota, de James Joyce. Como en otras ocasiones, las hago mías –sólo le añado una sabiduría moderna–. Donde JJ pone corazón yo podría decir espalda.

Además de que yo soy un verdadero exilado. Los otros escritores latinoamericanos que viven en Europa pueden regresar a sus países cuando quieren. De hecho, lo hacen a menudo. Yo no puedo hacerlo. Aparte de que físicamente no duraría una semana en libertad. (O, en el mejor o peor de los casos, me convertiría, automáticamente, en una no-persona, en un paria político, en un leproso histórico: ya he padecido ese mal de Marx antes, cuando se prohibió P.M. y clausuraron Lunes). Les queda, además, el recurso de enviarme a cosechar boniatos, llamados también palta o camote en otras tierras (labradas) de América Latina. O a cortar caña. O a recoger colillas en un paradero de ómnibus, castigo a que sometieron hace poco a un conocido teatrista militante (de la Revolución, pero también, ay, del Homosexualismo), aunque refractario a la agricultura como destino. Pero aunque pudiera regresar (suponiendo que venciera ese trámite único en América, privilegio que los cubanos disfrutamos con el socialismo: ¡la solicitud de permiso para regresar un ciudadano a su propio país!) sin represalias, queda el problema del vehículo y dónde tomar tierra. Más que un trompo necesito el tropo del tiempo. Cuba no existe ya para mí más que en el recuerdo o en los sueños, y las pesadillas. La otra Cuba (aun la del futuro, cualquiera que este sea)[1] es, de veras, “un sueño que salió mal”.

Colofón nunca querido

Sé el riesgo intelectual que corro con estas declaraciones inoportunas, ahora que el santo patrón (laico) de Cuba no es ni Marx ni Mao sino Marcuse. No me olvido de la teoría de ilustres laboratoristas del socialismo (del lógico lógicamente senil Norman the Mailer, sin desdorar a Juan Pablo Apóstol –del próximo Milenio– y su carnal Simona) que se empeñan en tomar a los cubanos como conejillos, inevitablemente, de Indias. Sé del riesgo migratorio de quedarme sin pasaporte; Severo Sarduy, por ser infinitamente menos explícito, estuvo dos años sin documento alguno, hasta que no le quedó otro remedio que naturalizarse francés.

Sé de otros riesgos. Sé que acabo de apretar el timbre que hace funcionar la Extraordinaria y Eficaz Máquina de Fabricar Calumnias; conozco algunos de los que en el pasado sufrieron sus efectos: Trotsky, Gide, Koestler, Orwell, Silone, Richard Wright, Milosz y una enorme lista de nombres que, si se hacen cada vez menos importantes, puede terminar en Valeri Tarsis: tan diferentes unos de otros, pero todos marcados por la misma impronta. Sé que dejar tu partido no es lo mismo que abandonar tu país –aunque tu país sea ahora un partido–. Sé la respuesta al lema “Con mi patria, cierta o errada” –que es la misma que dio Chesterton: “Eso es como decir, My mother, drunk or sober”–. Pero sé también que el argumento que no sirvió para exculpar a los criminales de guerra nazis sirve para excusar a los criminales de paz soviéticos –fueron fieles a su causa.

Ninguna consecuencia de esa malsana sabiduría me preocupa. Me preocupa únicamente la suerte de mi familia dejada en Cuba, librada a cualquiera o a todas las represalias, desde el despido hasta el campo de trabajo forzado; camuflado, por supuesto, con siglas: UMAP, UVAP. Pero tenía que decir, que empezar a contar estas cosas algún día, aunque perturbe la visión a mis amigos –algunos de ellos, de tanto cazar arcoiris en el horizonte político, han quedado incurablemente cegados por el espectro del rojo–. Siento, de veras, tener que molestar sus sueños. No puedo hacer otra cosa. Diría estas verdades aun si todos mis amigos se llamaran Platón.

Nota

[1] Aun si esta pandemia se mostrara un día como solamente una epidemia (casi escribí epizootia: es tan grande el parecido de Cuba con Animal Farm que es para pensar en su secuela: Revuelta en la Isla de las Cotorras), no una endemia sino un brote controlable, el país quedaría después de este ataque continuado de Castro-enteritis tan extenuado moralmente, tan agotados sus recursos espirituales que regresar a él sería como pasarse el resto de la vida a la cabecera de un enfermo que quizás no salga nunca de su coma.