Raúl Zurita
Raúl Zurita. La foto es cortesía de Pepe Torres, quien capturó esos ojos sin amoniaco y esa mejilla casi sin cicatriz.

Para Pepe Torres, por la amistad de antes y más por la de ahora

Hace poco, por chat, conversamos Pepe Torres y yo sobre poesía.

¿Y ese quién es?

El Pepe Torres del pasado era mi profesor en un taller de escritura creativa, por el 2005. El Pepe Torres del presente es, hoy por hoy, uno de los creadores más vitales de Chile: un cinépata tremendo, un activista de la imagen, un escritor y guionista que, como un perro luego de la tormenta, se ha sacudido del lomo todas las aguas malas de la tradición occidental, en especial las de nuestro país. Tiene una frase célebre: “Me gustan algunos libros, pero no me interesa para nada la literatura.” Pepe pone a distancia, con vehemencia, todo aquello que no le parezca energético, vital, una fuerza poderosa que rompa muros y taladre conciencias. Era fan de Álex de la Iglesia, por ejemplo (ahora no lo sé). Era ultra-fan de Kill Her First, la banda hardcore alemana (ahora tampoco sé). Cuando leyó Clowns, mi primera novela, le gustó, pero me dijo eso: que a los personajes, como a las guitarras, les faltaba distorsión, brutalidad, robustez.

Ya entrado en la treintena, creo cada vez más en esta enseñanza. El arte no funciona como abstracción: leer, escuchar música o ver películas te tiene que producir lo mismo que meter los dedos en el enchufe. Me acuerdo, ahora, que Mario Valdovinos, mi otro maestro, se apoyaba en unos versos de Gabriela Mistral para ejemplificar lo mismo: “O me da la ráfaga embriagadora del mar sobre la cara o no me da nada.”

He aquí el asunto: en los últimos meses, Pepe Torres le ha seguido los pasos, con una cámara al hombro, a Raúl Zurita. El resultado es Verás un Dios de hambre, un proyecto plástico y audiovisual que se estrenó el pasado octubre en la Galería de Arte Isabel Aninat, en Santiago de Chile.

“Poetazo; el resto es perder el tiempo”, me dijo Pepe mientras me contaba del estreno. Empecé a tirarle nombres de aquellos poetas que me han dejado algo: Teillier, Parra, Lihn. Me bateó todas las pelotas, una a una. “Basta de boleros. No vale perder el tiempo con viejos culiaos como ellos”, replicó. Me reí. A mí Teillier me parece notable. El Parra del principio, también. Igual el Lihn de La musiquilla de las pobres esferas. A él no. “Esos culiaos existen sólo porque tienen groupies”, dijo, y me recordó el poema “No importa, de Mauricio Redolés, que tantos problemas le trajo en la TV chilena a comienzo de los noventa. Le pregunté por otro poeta, además de Zurita, que le agitara las aguas. “Juan Carreño”, me dijo, “un joven radical”. Y luego sentenció: “Aunque Raúl es el más punk de todos.”

Tengo que decirlo, Pepe, perdona: Raúl Zurita fue mi profesor en una infecta clase optativa de la universidad que tenía justo nombre de bolero: “Poesía y nuevo mundo”. Para dar la clase, Zurita se sentaba en la mesa y desde allí se ponía a hablar solo. Parecía un tótem, una especie de ídolo prehispánico, con la cabeza muy grande y las manos y los pies muy chicos. La mitad de mis compañeros no tenía idea de quién era ese señor barbón y tartamudo. Los que sí, trataban de superponer la imagen de aquel que en los setenta se había intentado echar amoniaco en los ojos y se había quemado la mejilla, con este señor de ahora, del 2000, que había escrito unos poemas militantes malísimos y que reverenciaba a un gobierno como el de Lagos, que acabó defraudando, como todos.

No recuerdo exactamente las cosas que decía, pero las decía sin ganas. Como si la cátedra le molestara. Yo quería, como en las clases que tuve con Pablo Azócar o con Jaime Collyer, que en cualquier momento se le disparara la psicopatía, que despertara Mr. Hyde por el vuelo de una mosca. Pero no. Hablaba de repente como dando una revelación y de repente como dando el reporte del clima. En esas clases mis compañeros escuchaban música o dormían. Él le hablaba a seres que, posiblemente, habitaran sólo en su cabeza. A los cuarenta y cinco minutos de empezada la clase, ya la daba por terminada. En otras sesiones, enviaba a su ayudante, una estudiante de últimos semestres de Literatura Creativa que se parecía a Chyna, la luchadora de la WWE que, cuando veíamos el programa, era aún la pareja de Triple H y no se dedicaba al porno. La ayudante hablaba de libros básicos, como El llano en llamas Rayuela, y juraba no haberlos leído. Zurita, en cambio, recomendó algunas cosas útiles. Nos dijo que leyéramos el Ulises de Joyce completo si queríamos enterarnos de qué iba la vida. Pocos le hicimos caso. Yo lo intento releer cada año y aún no me entero muy bien de qué va el libro. Y ya de qué va la vida, figúrate.

En fin. Diez años después me tocó escribir sobre el exilio e insilio chilenos y mi texto, como movido por un río subterráneo, desembocó en C.A.D.A. y en los primeros libros de Zurita. Algo me decía que debía darle tiempo a ese apartado, así que leí Anteparaíso de un jalón, y a la mitad de Purgatorio entendí la sentencia de Torres, antes de que me la dijera: “Destrocé mi cara tremenda/ frente al espejo/ te amo –me dije– te amo/ Te amo a más que nada en el mundo”, puede leerse en Purgatorio, como un modo de justificar el por qué involucrar su propio cuerpo, ya estigmatizado, ya lacerado, en la oleada de irracionalidad y violencia de la época dictatorial. “Entonces, aplastando la mejilla quemada/ contra los ásperos granos de este suelo pedregoso/ –como un buen sudamericano–/ alzaré por un minuto más mi cara hacia el cielo/ hecho un madre/ porque yo que creí en la felicidad/ habré vuelto a ver de nuevo las radiantes estrellas”, continuaba en Anteparaíso, tras haber asimilado el gesto del pasado como parte de una nueva identidad que, ahora, era capaz de levantarse esperanzada.

Sin duda, era el poeta que había puesto al servicio de la brutal historia del Chile reciente su propia poesía y su propio cuerpo. Por eso en él la escritura poética y la performance son indiferenciables. Más hardcore que eso, imposible.

Grande Zurita. Yo lo conocí ya tranquilo, ya académico, ya medio aburguesado, pero Zurita habló, verdaderamente, desde el dolor que sentía por todos. Y eso puede evidenciarse en cualquiera de sus primeros poemarios. “Zurita recuperó para sí el aliento trágico de la catástrofe y la expuso de modo central en su obra”, anota Álvaro Bisama en un análisis notable. “Purgatorio es, de un modo casi insoportable, eso: el martirologio de un artista al que no le queda otra opción que mostrarse como un cuerpo herido, cuya poética se ha convertido de un momento a otro en tierra yerma.”

Quisiera haberme podido costear un viaje exprés a Chile para acompañar a Pepe en el estreno de Verás un Dios de hambre, sobre todo para contarle esta anécdota que, seguro, le sacaría carcajadas: Zurita también tiene groupies. Una, en especial, se tomó hace un par de años una foto con él en una firma de libros. Después de estamparle sus garabatos en el ejemplar de Purgatorio, la groupie lo abrazó. Impulsivamente, pegó su mejilla a la mejilla de Zurita y le besó la mano derecha. Por chat, también, me hizo llegar esa foto. Al verla, sonreí. La groupie –muy escrupulosa en su vida personal, por cierto– probablemente nunca sabrá que su cara había tocado la cicatriz de la quemada y, peor, que sus labios habían estado en contacto con la misma mano que usó Zurita para masturbarse mientras veía, en el Bellas Artes, una parodia de Manuel Rodríguez con senos.

Deja un comentario

avatar