Yimit Ramírez en INSTAR: escatología, iconoclasia, orgía cerebral

Proyección de 'Fin' (2019), Yimit Ramírez

El último fin de semana de agosto estuvo dedicado en el Instituto de Artivismo “Hannah Arendt” (Tejadillo #214 entre Aguacate y Compostela, Habana Vieja), ya en su tercera vuelta del ciclo Cine independiente-Cine pendiente, a la obra multifacética y contra todas las banderas (los hieratismos, los prejuicios) de Yimit Ramírez (San Antonio de los Baños, 1983). El pase de revista (animación, documentalística y ficción) colocó en perspectiva las obsesiones y el método de trabajo de un realizador que debería ser visible por mucho más que Quiero hacer una película (QHUP), la cinta, aún en posproducción, que apenas en 2018, por el contrapunto de dos de sus protagonistas en relación con la figura (el símbolo, el nombre más que el hombre) de José Martí, provocó la censura del ICAIC y un escándalo en la Muestra Joven, y cuyo coleteo palpita asimismo en la diseminación del Cardumen.

Cineasta, animador y artista visual, Yimit hibrida en su obra muchos saberes, amén de su talento y del de toda la gente que ha ido convidando por el camino (desde neófitos y nerds hasta productores, desde disc jockeys y actores hasta cineastas). Estudios en la Academia de San Alejandro, el Instituto Superior de Diseño Industrial y la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), y hasta su paso por la Universidad de las Ciencias Informáticas, dejan inferir, aunque no explican del todo, la ecuación que es él y, mucho menos, el índice perturbador que dimana de sus obras. Entre ellas, independientemente de los premios o de los festivales a los que han asistido, más allá de los crowdfundings que han echado a rodar, cuentan algunas que han sido realmente virales, como la parodia del videoclip del reguetonero Chocolate o las reflexiones –Reflexiones­ (2010)− de un guardia de seguridad que hacía pininos salariales, basado en los bombillos ahorradores y haciéndose eco de los spots didácticos de la Televisión Cubana.

Porque con Yimit se deja ver esa hondonada o ese latigazo del azar que hace, con una (ir)racionalidad poco más que random, que una canción se pegue o que una escena cinematográfica pase de la USB a estar de moda y, de ahí, aunque sea, a una efímera “posteridad”. Así, por ejemplo, la actuación de Milton García como Juan en esa escena de Fin (2019) que dibuja su tórrida e imposible fuga de la muerte, en tránsito entre la ópera y el reguetón, viéndolo zambullirse en el mar en una danza libérrima que va de lo marcial al vacunao de las piedras… de la vida.

Curada por la actriz, escritora y periodista Lynn Cruz, quien cada vez le regala al público sus penetrantes y abarcadoras entrevistas a los directores, la muestra incluyó también un videoclip y par de piezas de videoarte. El viernes se repasaron, más que las ideas, las técnicas de animación de las que Yimit ha ido apropiándose, combinando búsquedas, haciendo estudios e improvisando como un jazzista: Jurasik Cube (2003), Hombres verdes (2007), The Beauty or The Beast. Las aventuras de Embarrito (2008), Windows XY (2009), Reflexiones (2010), Despedida del Che a Fidel (2010), Todos los caminos van a la plaza de las palomas (2012) y La barbarie (2016). El sábado fueron los documentales: Casa (2011), Mírame mirón (2013) y Mataperros (2016), este último premiado por el Festival Cuba in Film, en Frankfurt, Alemania. El domingo, se cerró con un público amplio que pudo ver los cortos de ficción: Bew (2012), Koala (2013), CDR (2015), Teaser_rencarnacions.mov (2016), Abre firme (2017), Gloria eterna (2018) y Fin (2019).

Las intervenciones de Lynn pusieron en el aire términos, concepciones de laboreo y tentaciones que fascinan a Yimit. Así fue que se pasearon por la sala el cine dentro de cine (y la programación dentro de la animación), la lucha a muerte contra lo estereotipado (entronizado, canonizado, tradicional…) y las ortodoxias que pactan subalternidades, el derrumbe de la cuarta pared, la connivencia de mundos “artificiales” y “naturales”, la apertura a lo azaroso, los puntos de aeropuerto (o la siembra de fragmentos polisemémicos en cada pieza), la interconexión cerebral de los equipos de trabajo y la dilatación de los límites propios al dejar entrar las otredades de sus colaboradores y de sus propios monstruos también.

El visionaje nos permitió introducirnos en el entramado de técnicas que este director ha sabido poner a su servicio, integrándolas en capas sucesivas, desde que gozaba siendo el hombre orquesta, dueño de todo “eso” que podía animar, hasta llegar a la dirección de actores, a los que prefiere sin máscara, tal como él exige de sí y del engranaje social.

Cartel de la muestra, INSTAR

Bajándonos del enjambre de abstracciones y entrando de lleno en el sumidero de Yimit, estas tres noches de proyecciones no han dejado de recordarme la letrina de un poema rompemonte de Oscar Cruz. Noches en que, entre los momentos clave, en medio de la mierda reverberante, vimos flotando el delirio de Embarrito por revolcarlo todo (y poner patas arriba la vida en rosa de un baño de clase media); o esa diarrea que es fruto del empacho de marcas, fanaticadas y símbolos que nos visten y nos embisten a diario (futbol, música, moda, política) para la que se nos ofrece limpiarnos el culo con Bew. Entre los mandamientos del eros, subrayaría la lascivia de esos gemelos que violentan la imagen al posesionarse, en cuerpo y trípode, de una cámara en viaje libidinoso del firme al blandor de unos espejos que ya no se sabe si son de Borges o Dalí. Me aturde también el imperio mortal de Lola Amores, desnuda y escarranchada, entre el hedor de los osarios, sobre el esqueleto de su Juan; o el corcovear de este al resucitar en un entierro (y sus incertidumbres), cercado por cráneos de animales en la antecámara del limbo.

En cuanto a la mordacidad política de algunas piezas, me desveló otra vez la despedida del Che, leída por Fidel y puesta en boca del que la escribió, quien se mueve en escena como el apéndice de un ventrílocuo, apenas animada su cabeza sobre los hombros de aquella foto en que lo apresara Korda. Todo lo que dice el palimpsesto de gestos / voz / contenidos (con el pluripartidismo de los efectos de la animación), puesto por el espectador en contexto íntimo y público, del ayer al hoy (y presentido por Yimit todavía como un misterio, un agujero en nuestra historia), tiene que ser experimentado para entender su provocación desestabilizadora: una resemantización que no se apoya en el mensaje sino en la parafernalia de su enunciación, en lo paralingüístico.

Curioso fue ver cómo con Despedida del Che a Fidel, desde la síntesis, Yimit crea una obra de abundantes “malas” lecturas. Así también con Gloria eterna, de una factura que demandó mucho más presupuesto, y en la que, por ser su tesis en la Escuela de San Antonio, pudo emplear una de esas ideas de su banco de sueños y poner en cuestión la entrega martiro(i)lógica, en cuerpo y alma, de los ciudadanos a un poder centralizado.

Tozudo, aunque dispuesto a barajar alternativas con tal de seguir adelante, Yimit asegura que, tras discusiones con el claustro de la EICTV, tuvo que redimensionar el guion original del corto y pasar de los bustos de Martí y la iconografía de los billetes cubanos al diseño de una estatuaria y una simbología en papel moneda propias, una que, a fin de cuentas, universalizó la obra y la conectó con 1984 –ese referente que en nuestros predios no por manido ha perdido vigencia.

Al entrar en Yimit, convendría, como hizo Lynn Cruz, repasar más que lo evidente y más que tópicos como el eros, la muerte, la política y lo escatológico…, convendría, decía, repensar su cine interpretándolo a partir de un híbrido que bien podría haber salido de sus pesadillas de sinrazón: un ente que reúne la furia y la alegría del niño que descubrió un lego, o un nuevo videojuego, con la malicia del zapador que conoce su dinamita.

¿Con qué coordenadas se mueve este buldócer? Veámoslo deslizarse, chocar como en los carros locos, propulsado por el mundo al revés y los deslindes genéricos, los imaginarios y las galaxias en colisión, la visceralidad y el exhibicionismo franco. Míremoslo de nuevo, cómo va dejando al descubierto la maquinaria mental del individuo y la del cine a su vez (su rejuego por dentro), pero también, por el distanciamiento y la desdramatización, la iconoclasia y la anarquía, la insubordinación y la libertad, más que expresiva, vital.

De las próximas muestras de INSTAR, siempre a las 8:00 p.m., se intuyen ya algunos nombres que estimulan el paladar, pero, para conocerlos, mejor asistir a estas noches de fuegos cruzados, dejar de mirar los toros desde la barrera y permitirnos entrar a su saloncito de proyección.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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