Librería (FOTO Pixabay)

Recurrencia de todo magazine ligero (como el de ciertas librerías) y de otros más serios (como este): en sus lecturas, ¿usted es monógamo, bígamo, polígamo?

¿Qué es preferible, un libro o varios a la vez?

¿Y por qué, mejor, no leer?

Hace muchos años, en una cena con amigos poblanos que estudiaron cosas que importan, salió el tema de que leer era, en efecto, una actividad que no reditúa demasiado, salvo como pasatiempo para días festivos. La literatura es una pasión inútil. Y sí, yo lo suscribo. Pero también suscribo, y más en tiempos de cuarentena, que no hay actividad humana que no lo sea. La única diferencia es que realizando un trabajo productivo, se le da sentido a la máquina y no a la existencia; y leyendo se le puede hallar cierta orientación a la existencia, estando en permanente rage against the machine.

El fin de semana pasado, escombrando mi casa queretana (más por imposición doméstica que por voluntad), hallé unos recortes engrapados, notas de periódico de cuando las columnas literarias y las críticas de libros llegaban a mi casa santiaguina oliendo a tinta fresca en los suplementos dominicales. En la ya muerta-muertísima Revista de Libros de El Mercurio chileno –que siempre miente–, hubo una época de gloria en la que, al lado de Camilo Marks, Mario Valdovinos, Rafael Gumucio y Álvaro Bisama, cada semana aparecía la columna de un tal Dr. Van den Weintraube, seudónimo tras el cual se agazapaba el sátiro, inteligentísimo y a ratos humanamente contradictorio psiquiatra y dramaturgo Marco Antonio de la Parra. Se llamaba “El lector compulsivo” y hacía gala de los volúmenes que este trasunto sudamericano del doctor Johnson devoraba en la semana. Además, se colgaba de algo impensable en el 2020 (bondades de Amazon mediante): una crítica feroz a los pobres catálogos de las librerías chilenas y su presunción de haber abultado sus anaqueles con autores húngaros, polacos o rumanos, siempre de apellidos impronunciables, en sus pesquisas por Buenos Aires y Madrid.

El estilo del Dr. Van der Weintraube fluctuaba, entonces, entre el orgasmo por estar revolcándose debajo de tanto libro y la musaraña que nos hacía a los otros quince millones de chilenos que no podíamos revolcarnos como él.

Qué puedo decir: yo tenía menos de veinte años y me fascinaba leer en su columna esas referencias a Philip Roth, Hermann Broch, Marcel Schwob y Lorrie Moore –que más o menos ya conocía– junto a las de Ahdaf Soueif, Andréi Platónov, Hari Kunzru, Gyula Illyés y Sławomir Mrożek, que en mi vida había oído. (Una vez lo comentamos en el programa que Valdovinos tenía en la radio de la Universidad de Chile: parece que mientras más impronunciable el apellido, más meritorio para aparecer entre las líneas de Van der Weintraube. Mario iba más allá: “no le hagas caso, la mitad de esos apellidos De la Parra se los inventa.”)

Cuando fatalmente se me cruzó la posmodernidad, renegué de ese tipo de recomendaciones pues me parecían ampulosas y arcaicas, de otra época. Hoy releo todos esos recortes y hay afirmaciones que retumban en mi cabeza como si el patético ilustrado que se aloja en mí me golpeara el cráneo desde dentro, con un puño de acero. Son casi aforismos los del Dr. Van der Weintraube: “¿Quiere el escritor ser muy leído o ser bien leído?”; “Mis amigos me embroman por mis gustos intertextuales. Soy un lector, digo, y me gusta leer escritores que estén orgullosos de ser lectores”; “Con ciertos amigos que fueron alguna vez lectores hemos hecho el pacto de comentar un libro al mes. Si les digo que leo cuatro a la semana me matan. Ellos están contentos, notan el efecto en sus temas de conversación, en sus maneras en la mesa, en su anónimo estilo de vida que se torna personal y único. Dejar la cultura de masas devuelve a un estilo particular, un sabor exquisito, el detalle que la vida grosera y mediocre de la audición masiva anula”; “Me duele cuando alguien pregunta por el tamaño de un libro, como si fuese a desvirgarlo”.

Todas son frases estupendas. Pero hay una que me movió fibras sustanciales el domingo pasado: “Hay gente que insiste en aferrarse al placer adolescente de leer mal. Es un pecado dejar pasar autores que se nos ponen por delante desafiándonos a una aventura mayor. Ya no es esa tontería cortazariana de los lectores hembra y los lectores macho. Más bien, de lectores adultos o lectores niño”.

Y es que leer bien es hacerse adulto.

Siempre he pensado que leía mejor cuando no tenía pretensiones de crítico o de investigador. Me considero, de hecho, un lector atroz, lento y distraído, y lo que es peor: con un sentimiento de culpa enorme por dejar libros a la mitad. Ahí están acumulando ácaros los grandes autores que alguna vez compré y que hoy me sirven para tener un lindo decorado de fondo para las clases en línea. Soy un saltimbanqui, brinco de un texto a otro para divertir únicamente a mi dejadez. No tengo bien leídos a Saul Bellow, ni a Alice Munro, ni a Imre Kertész, ni a James Joyce; ni a los Italo, Calvino y Svevo; y ya no hablemos de Beckett o Cormac McCarthy…

En quince meses cumpliré cuarenta años. Y un buen proyecto sería subir al cuarto piso convertido en un lector serio y reposado, convencido de que la literatura es la inutilidad más feliz, dejando pasar fuegos fatuos como Iván Monalisa Ojeda y lo último de Alejandro Zambra, Fernanda Melchor, Paulina Flores o Bernardo Esquinca –libros livianillos que a veces adquiero porque sé que saldré indemne de sus páginas.

Solamente las grandes obras. Solamente los grandes autores. Y todos a la vez, diciéndole adiós a la monogamia lectora con libros que den miedo, que den esa risa que provoque la asfixia, y sobre todo que den ganas de que el encierro no se acabe.

FELIPE RÍOS BAEZA
Felipe Ríos Baeza (Santiago de Chile, 1981). Escritor, comunicólogo social y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Es autor del volumen de cuentos Satori (2018) y de la novelas Clowns (2016) e Infectados (próxima aparición: 2020). Ha publicado, además, El texto desbordado. Aproximaciones contemporáneas al fenómeno literario y artístico (2019); El desvarío ilustrado. Ensayos sobre literatura hispanoamericana contemporánea (2014) y los dos volúmenes de Roberto Bolaño: una narrativa en el margen (2013 y 2016), entre otros libros académicos. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética, además de escribir y coordinar libros críticos dedicados a autores contemporáneos como Enrique Vila-Matas, César Aira y Juan Villoro, entre otros.
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