Demandas

Más o menos después de haberse constituido el actual gobierno revolucionario, es decir, en los primeros días del mes de enero del pasado año, los escritores y artistas cubanos empezaron a movilizarse. Esta movilización comenzó con un malentendido: encontrar una solución a los mil problemas de cada artista mediante el proteccionismo oficial.

A estos efectos tuvieron lugar varias reuniones, convocadas, no hay que aclararlo, con carácter urgente. Recuerdo, entre otras muchas, las dos o tres mantenidas en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Conjuntamente se celebró en los salones de la Sociedad Lyceum una asamblea magna de todos los sectores con vistas a presentar pliegos de demandas a la Dirección de Cultura, máximo organismo oficial responsabilizado con la función cultural.

Lo cierto es que en dichas reuniones y asambleas no se puso nada en claro. Cada gremio cultural se limitó a presentar su pliego de demandas, se consumieron numerosos turnos (en ellos se pronunciaron esos grandes nombres de Cultura, Arte, Derechos, Protección) y, por fin, cada cual se marchó a su casa con el íntimo convencimiento de que nada se pondría en claro.

Paralelamente a estas reuniones se venía librando una ruda batalla para la nominación de un Director de Cultura. Cada grupo empujaba para que su candidato saliera favorecido. Por la Dirección de Cultura pasaron, en poco más de dos meses, media docena de personas en calidad de delegados. Ese puesto era una brasa ardiente. Aunque la persona designada fuese dotada, no por ello su fracaso sería menos retumbante. De ese director no solo se esperaba que resolviera el problema económico de cada artista, sino que al mismo tiempo debería insuflar talento a ese artista. Claro está, exagero, pero la exageración da la medida de los imposibles que se pedían.

Asimismo, un grupo de escritores, utilizando la televisión, programaron dos mesas redondas cuyo objeto era la posición del escritor cubano. Tampoco salió nada de dichas mesas. Entonces, ¿cuál era el fondo de la cuestión?

Los puestos no; las ideas

En Cuba se daba un caso de lo más curioso. Había triunfado la Revolución, la vida nacional comenzaba a establecerse sobre nuevas bases, la vieja política desaparecía de la noche a la mañana, los grandes terratenientes eran barridos. En una palabra, Cuba comenzaba un nuevo ciclo. Pues en los comienzos de tal renovación, es decir, en los primeros meses, nuestros artistas e intelectuales no sospecharon que esa Revolución esperaba de ellos un cambio de frente. En el primer momento estimaron que el problema a resolver consistía en presentar pliegos de demandas. Lo cultural y artístico se postuló en nombre de lo meramente personal. Esto es comprensible si se tiene en cuenta que todos y cada uno de esos artistas soportaban desde tiempos casi inmemoriales una crisis económica rayana en la miseria. También se comprenderá el error si consideramos que ellos, desprovistos hasta ese momento de un estatus, estaban ansiosos por procurarse uno a toda costa. Pensaron que la Revolución podía –y ello por haber pedido imposibles– confirmarlos en sus destinos.

Ahora bien, si una revolución se hace poder, el escritor, el artista, debe plantearse estas preguntas, que necesariamente estarán en las antípodas de esas que tocan lo meramente personal. En vistas del hecho consumado que es una Revolución triunfante, ¿tendré que revisar mis ideas?, ¿me dejará libertad de expresión?, ¿estoy preparado para servirla? Por el momento no se hicieron tales preguntas; sólo atinaron a presentar sus pliegos. Pensaron que bastaba con encasillarlas, pensaron que bastaba con la creación de una Imprenta Nacional, pensaron que un Director de Cultura sería una especie de taumaturgo, pensaron que manifestarse por medio de discursos, abundando en los sagrados, imprescriptibles derechos del artista, significaba un fortalecimiento de la clase. Todo eso pensaron, pero no pensaron –valga la redundancia– en sus ideas.

Caracterización del escritor, del artista cubano, antes de la Revolución

Por otra parte, ¿se les podía exigir que pensaran en sus ideas? Veamos. No resultará difícil caracterizar al escritor, al artista cubano, tal y como era antes del triunfo revolucionario. ¿Qué era, pues, en suma? Un frustrado en su vida literaria o artística, un frustrado en su economía, casi un paria ante la sociedad, finalmente un héroe sin programa. Se suele amonestar a nuestros artistas porque no se manifestaron masivamente frente a la tiranía, pero se olvida que si la Revolución ha dado hoy un sentido a sus vidas, los sucesivos tiranicidas que hemos tenido en el poder hacían de las mismas un sinsentido. Entonces, ¿qué querían decir arte y cultura en esos tiempos oscuros? Pues cualquier cosa menos arte y cultura.

Para empezar, el uno y la otra estaban limitados a la ciudad de La Habana. Viejos críticos (por lo demás, absolutamente incapaces) se eternizaban en sus puestos, viejos escritores (viejos porque nunca se sintieron jóvenes) se eternizaban, viejas tías culturales se eternizaban, y, por supuesto, viejos elogios mutuos se eternizaban. En medio de tantas eternidades, el artista era absorbido finalmente por tan sucio remolino. Pongamos también que, si alguna tradición cultural habíamos tenido, su probable continuidad quedó automáticamente hecha pedazos con el advenimiento de la República, y no porque la República fuese un mal augurio, sino por los monstruos que se apresuraron a tomar las riendas del poder.

Mentalidad imperante entre 1902 y 1958

¿Cuál era la mentalidad imperante entre los años 1902 y 1958? 1) Enviar los hijos de familia a colleges norteamericanos. 2) Estudiar porque sí una carrera universitaria. 3) Consecuentemente, recibirse de médico, abogado o dentista. 4) Doctorarse en Pedagogía o Filosofía y Letras para así profesar en un Instituto o Escuela Normal. 5) Hacerse periodista. 6) Escribir novelas para la radio y, más tarde, para la televisión.

Se convendrá que lo estrictamente cultural o artístico poco o nada tiene que ver con tales actividades. Se entiende que un médico, abogado, profesor o dentista deberá ser persona culta, pero la amarga verdad es que nuestros profesionales, en su inmensa mayoría, eran personas absolutamente incultas. Todo ello conformaba una postura, mitad inercia, mitad utilitarismo, y en la cual el saber desinteresado estaba de antemano excluido. Por años se ha vivido en Cuba sin el menor asomo de pensamiento. Los jóvenes estudiaban para obtener, como se ha dicho acertadamente, una patente de corso. No otra cosa significaba el título universitario, ese título que facultaba (es la palabra exacta) para “hacer de las suyas”. ¿Cómo, por entonces, se estudiaba una carrera universitaria? Por ejemplo, en Filosofía y Letras –carrera que cursé– los estudios se hacían por medio de las llamadas conferencias de clase. ¿Qué eran estas conferencias? Pues refritos de refritos. Sólo en alguna que otra cátedra se ponía al estudiante en contacto con los textos. Debo confesar que, a pesar de mis estudios de humanidades, soy un autodidacta.

Otro aspecto negativo lo constituía el desgano por la lectura. Hoy se afirma que nuestro pueblo gusta de los libros. Hoy quizás, pero en años anteriores llegamos al cero absoluto en materia de lectura. No ya el pueblo no leía nada de nada, sino que tampoco los propios estudiantes. Recuerdo que en mi curso José Antonio Portuondo pasaba por monstruo del saber humano: había leído a Balzac y a Proust. Asimismo, es de sobra sabido que las pocas librerías de La Habana eran sitios de desolación. Todas llevaban una vida vegetativa. Recuerdo ahora La Victoria, en la calle Obispo. Entre 1938 y 1948 sobrellevó su dueño dignamente esa invitación a la lectura que es la meta de todo librero. Pero araba en el mar. Sin embargo, era el punto de reunión de la intelligentsia cubana: por años Lezama hizo tarde en La Victoria y también por años vio las mismas caras y los mismos escasos compradores. Se puede afirmar, sin exagerar la nota, que las personas que compraban libros con cierta regularidad no pasaban de cien. Pero, ¿acaso no serían muchas menos?

Otro aspecto cultural eran las conferencias. A pesar de todo lo malo que se pueda decir de las mismas, venían a ser como el barómetro que aprecia la temperatura cultural del pueblo. En tiempos de la Hispano-Cubana de Cultura pudo decirse que había un público de conferencias. ¿Quién no recuerda los abarrotes en el teatro Campoamor? Pero dicha sociedad cultural desapareció, y es revelador que desapareciera precisamente allá por los años cuarenta, o sea, en el momento en que nuestra baja cultural se hace más sensible.

Por otra parte, es de sobra sabido que esta baja cultural fue haciéndose cada vez más baja hasta llegar a extremos lamentables. Se puede afirmar que entre 1940 y 1958 –clímax de nuestra atonía cultural– artistas y escritores cubanos hacían más triste figura que nunca. No sólo era heroico ser lo uno y lo otro, sino que, además, equivalía a pasar, minuto a minuto, como un habitante caído de otro planeta. A medida que nuestro pequeño organismo cultural se iba desintegrando, a medida que nuevas claudicaciones venían a sumarse a las viejas claudicaciones, a medida que la política y el mal periodismo ganaban adeptos entre nuestros escritores, el resto de ellos iba perdiendo consistencia hasta ser tomados como un puro absurdo dentro del marco de la vida nacional. Si bien es cierto que en ninguna etapa de nuestra historia conformamos realmente una literatura, una plástica y demás, con todo había un margen de hallazgos prometedores. Pero con la descomposición sufrida terminamos perdiendo toda consistencia y, por ende, toda realidad. De un escritor, de un pintor, de un poeta, de un músico se hablaba siempre, en el mejor de los casos, conmiserativamente, cuando no en son de abierta burla. Lo menos que podía decirse de ellos es que estaban locos de remate o podían escucharse exclamaciones de este color: “¡Te enteraste: Fulano escribe!”, y lo decían como si se tratara de un bicho raro.

En cierta ocasión envié un cuento a un periódico. El jefe de redacción le dijo a la persona que me recomendaba (sin recomendaciones nada se podía obtener en Cuba, desde empleos hasta publicaciones): “Bueno, se lo voy a publicar porque usted lo recomienda, pero, aquí entre nosotros, ese tipo está loco”.

Caciques culturales

Veamos ahora la otra cara de la moneda. Si un país sufre una descomposición profunda, si la cultura es letra muerta, paralelamente se instaurará una cultura entre comillas. Dicha cultura será un medio, no un fin en sí misma. Así como había caciques en la vida política, los había en la vida cultural. Estos caciques se reclinaban entre escritores fracasados, entre críticos que hicieron sus primeras e infortunadas armas en las letras, entre profesores oportunistas, entre periodistas oportunistas y, por supuesto, con la ayuda eficaz de un coro integrado por gente desprovista, se comprenderá, de toda honestidad intelectual.

¿A qué se dedicaban estos señores? Pues, para empezar, a su propio medro personal. Eran los eternos elegidos para asistir a congresos en el exterior, al usufructo per vita de jugosos cargos, a tronar olímpicamente en los periódicos, a aniquilar al infeliz que osase enfrentárseles. Si el escritor o el artista no se comportaban como niños buenos, serían puestos en el Index. ¿Cuáles eran los límites férreos en los cuales podía moverse un escritor cubano? En primer lugar, el respeto. Ya dije en un artículo aparecido en Revolución que un escritor cubano debía ser tan respetuoso como respetuosa es la prostituta de la obra teatral de Sartre. Se comprenderá entonces a qué abismos de inanidad se llega con semejante respeto. En segundo lugar, nunca deberían ser dichas las cosas por su nombre. Eufemismo es el término exacto para designarlas. Si alguien se disponía a biografiar a uno de nuestros héroes nacionales, a cualquiera de nuestros poetas, se veía forzado a efectuarlo con las reglas rígidas del patrón de la responsabilidad. Se sabía de antemano que las irregularidades de esas vidas (¿y qué vida humana no las tiene?) se echarían a un lado para solo poner de manifiesto sus aspectos inofensivos y placenteros. En un ciclo de conferencias auspiciadas por El Ateneo de La Habana, ese amable señor y cacique de la cultura cubana, Chacón y Calvo, puso el grito en el cielo porque algunos de los poetas de ese entonces (1941) osaron enjuiciar duramente a los poetas del siglo pasado. Sufrieron por ello las iras jupiterinas de Chacón, y a tal punto llegaron las cosas que El Ateneo nunca recogió en volumen dichas conferencias. La comunidad del respeto mutuo les había impuesto su velo.

Claro está que esta cultura de compromiso era una de las tantas caras negativas de la vida nacional. Esta vida se hacía representar por una inmensa corrupción. Todo se compraba y todo se vendía, desde los palacetes hasta las conciencias. Se daba por descontado que cualquier ciudadano era vendible. Recuérdese la célebre frase de Alfredo Zayas: “A mis enemigos los venzo con cheques”. Los jefes del gobierno juraban por los manes de la Patria. Hacían grandes protestas de honestidad, de decoro, de civismo, y de estas grandes palabras se servían para dilapidar el tesoro nacional, para explotar al pueblo y para sembrar el terror y la humillación.

Pues si cultura de compromiso era, como acabo de decir, una de esas caras corrompidas, no nos extrañe que sus caciques utilizaran el mismo lenguaje que el utilizado por los políticos. Hay que tener bien presente que ninguno de ellos sentía el menor aprecio por la cultura. Por el contrario, eran personas resentidas unas. Otras, habiendo caído del lado de las letras, se aprovechaban escandalosamente de una situación dada. Los primeros y los segundos contaban con armas de gran eficacia: astucia, disimulo, audacia y, por supuesto, falta absoluta de escrúpulos.

Entre el treinta y el cuarenta, Francisco Ichaso publica un libro de ensayos que responde al significativo, comprometido título de Defensa del hombre. Este libro, que no estaba mal en un hombre joven todavía, este libro, que es una defensa del humanismo, pertenece a ese mismo hombre que con el correr del tiempo serviría a la política de Batista. Resulta estremecedor este pensamiento: ¿es posible que la defensa del hombre sea la antesala del asesinato del hombre? Aquí podría hablarse sin exageración de traición del intelectual. Ichaso, que había formado en las filas de la Revista de Avance, Ichaso, que tuvo las mejores oportunidades para mantenerse como escritor y nada más que como escritor, Ichaso, digo, lo echó todo por la borda para convertirse en uno de nuestros grandes caciques culturales. Negó a su raza, fue todo lo que no debió ser, es decir, fue periodista vendido al mejor postor, representante a la Cámara, “embajador cultural”, director de Relaciones Culturales, y ejerció, con todo el escándalo e impudor posibles, el nefasto caciquismo cultural. Todo eso producía, una vez más, pingües ganancias.

Una reducción al absurdo

En medio de esta traición, de otras traiciones, ¿cómo trabajaban los pocos que se dedicaban honestamente al quehacer cultural? En un plano de honestidad los resultados pueden ser tan negativos como en el plano de la desvergüenza.

Voy a enumerar los resultados negativos para cualquier artista al que haya tocado en suerte vivir en un país en abierta contradicción con la cultura: 1) si escritor, debía pagarse él mismo la edición de sus obras, encima de eso, regalarlas, y encima de regalarlas, considerar favor señalado la promesa de una lectura; 2) si pintor, vender sus cuadros al más bajo precio (posiblemente a plazos); 3) en la mayor parte de los casos, merecen la reprobación de los críticos-caciques; 4) tener la molesta impresión de ser mirado como bicho raro; 5) verse obligado a abandonar el país; 6) amenaza constante, por hambre, de pasarse a las filas de los caciques; 7) problemas de conciencia: por ejemplo, ¿qué puedo hacer frente a un fraude semejante?, ¿en Cuba tiene sentido alguno ser escritor o artista?

Parece que dramatizo, sin embargo, me quedo corto. Lo poco que en el orden cultural se ha hecho en Cuba entre 1902 y 1958 tiene un precio elevadísimo, que supera con mucho a los resultados obtenidos. Algún día se contará la historia personal de todos y cada uno de los artistas y escritores que se inmolaron. Hoy pasamos frente a un cuadro o leemos un poema sin sospechar la larga historia de humillaciones que está detrás de los mismos. Que este poema, que este cuadro no hayan dado todo de sí es perfectamente comprensible, aunque no sea perfectamente justificable. No es el caso decir que nuestros artistas respondían a una “concepción burguesa de la vida”. ¡Ojalá se les pudiera colgar este sambenito! En cambio, no respondían a nada, es decir, respondían a un sistema social incalificable, cuyas bases habría que buscarlas en la explotación del hombre por el hombre y en el aniquilamiento de los valores morales.

Para algunas gentes, siempre dispuestas a los grandes paliativos, todo esto que digo parecerá un desmesuramiento del juicio. “¡Cómo –dirán– señor mío, usted miente! ¿Olvida que nuestros sucesivos gobiernos se han preocupado por la cultura? ¿Qué significan entonces los premios nacionales, los salones nacionales, las bolsas de viaje y las publicaciones oficiales?” Precisamente con estos paliativos el fraude hacía de las suyas. Repito que estos paliativos son el equivalente de lo que se hacía en el plano más vasto de la vida política. Por otra parte, se sabe que estos premios eran discernidos con manifiesta parcialidad, que esas becas recaían en personas no aptas, y que esos salones eran una mascarada más entre las muchas que padecíamos. Pero todo esto, con ser ampliamente negativo, solo era un factor en lo que pudiéramos llamar, por razones de exposición, la batalla por la cultura. En otras palabras: de todos los culpables anticulturales es siempre el Estado el menos responsable. A menos que no se trate de un Estado socialista –que incluye en su programa de gobierno lo mismo al intelectual que al obrero–, los Estados de tipo conservador consignan un programa cultural de mera rutina. En Cuba, donde además de ser uno de estos Estados conservadores, éramos, además, un Estado corrompido, dicho programa cultural no sólo no era rutinario, ni siquiera podía dársele el nombre de “programa”. Es por ello que culpables capitales de la inanidad cultural en que nos hemos movido por años habrá que buscarlos entre aquellos de nuestros hombres públicos que, en un momento determinado y por miras personales, hicieron del arte y la cultura un vehículo para sus apetitos más bajos. He citado el caso de Ichaso como sintomático de un estado de cosas. Al mismo tiempo, es de sobra sabido que día a día veíamos “pasarse” a la conspiración contra la inteligencia a escritores que en su momento estuvieron rectamente inspirados.

Un círculo vicioso

¿Qué decir ahora de los que no se pasaban? Cuando la situación es de círculo vicioso los resultados están viciados de antemano. Es ese todo el problema de la imputación de la famosa torre de marfil. Se daba el caso, insólito en un país nuevo, que los jóvenes hacían el contradictorio papel de esos monjes medievales preservadores de la cultura griega y latina. Esos jóvenes hicieron lo único que puede hacer el que se defiende, esto es, replegarse, y, desde allí, resistir hasta la muerte. Para no caer en la torre de los escarnios se atrincheraron en la de marfil. El precio a pagar fue, se comprenderá, demasiado alto. Pero, ¿qué otra cosa podían hacer? Cada nueva generación literaria era traicionada, en parte por sus propios concurrentes, en parte por las fuerzas oscuras que conspiraban contra la cultura. Por si esto fuera poco, salíamos de una revolución traicionada para caer en otra igualmente traicionada. Por ejemplo, la que derribó a Machado se entregó, como quien dice, al día siguiente en brazos de la más escandalosa reacción. En 1933 mi generación oscilaba entre los veinte y los veinticinco años, y hacíamos nuestras primeras literarias. ¿Qué nos quedó de esa experiencia revolucionaria fallida? Asco y, sobre todo, una falta de seguridad que, a pesar de esta Revolución plenamente confirmada, todavía sentimos como una amenaza.

De la fundación de la República a nuestros días, en lo que respecta a la vida literaria, hemos podido ver que los grupos literarios –Grupo Minorista, de la Revista de Avance, grupo Orígenes–, a pesar de representar, como he dicho, la preservación de la cultura, eran al mismo tiempo un exponente más de la informidad cultural que padecíamos. Si los caciques conspiraban contra la inteligencia (este era su papel), estos grupos, a la vez que oponían resistencia, iban reduciendo su radio de acción. Si por no revolcarse en el fango de los caciques, si por desempeñar el papel de víctimas, se plantaban en su espléndido aislamiento y en su magnífico silencio, no estaban haciendo otra cosa que conspirar contra esa misma inteligencia. Al mismo tiempo la degradación se fue haciendo más profunda (advierto que uso el término en su acepción de grado) a medida que la corrupción iba ganando terreno.

El grupo Minorista tuvo, entre otras cosas, carácter político. En cambio, el grupo de la Revista de Avance, a pesar de traer al país las nuevas corrientes literarias, hizo dejación de lo político. Finalmente, el grupo Orígenes se encerró en el más categórico esteticismo. Si consigna hubo en este grupo no fue otra que “arte por el arte”. En un artículo titulado “La otra desintegración”, Lezama se manifestaba en estos términos:

Medio siglo es unidad de tiempo apreciable para cualquier conclusión. Lo que fue para nosotros integración y espiral ascensorial en el siglo XIX se trueca en desintegración en el XX. ¿Por qué acaeció así? Las conspiraciones bolivarianas, las guerras del 68 y del 95, Martí, la propaganda autonomista, eran proyecciones que no han tenido par en el medio siglo subsiguiente. Y en verdad que eran necesarias, pues su ausencia motivó el desplome y la intimidación en el siglo XX. Aún los jouisseur más optimistas tendrán que reconocer que las fuerzas de desintegración han sido muy superiores a las que en un estado marchan formando su contrapunto y la adecuación de sus respuestas.

Esto es correcto, esto es sencillamente verdad histórica, pero es sólo el preámbulo para la palinodia que sigue. Veamos:

Esa corriente, honda en lo negativo, indetenible casi, hubiera podido ser contrastada si en otros sectores del gusto y de la sensibilidad, se hubiera proyectado un deseo de crear, de mantener una búsqueda de lo capital y secreto. No es que intentemos paralelizar una situación y un remedio traído de la Francia del siglo xix, de la que se decía que, por ser potencia de creación intelectual, había creado el mito de que era una gran potencia militar, pero sí indicar que un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza. Si una novela nuestra tocase en lo visible y más lejano nuestro contrapunto y toque de realidades, muchas de esas pesadeces o lascivias se desvanecerían al presentarse como cuerpo visto y tocado, como enemigo que va a ser reemplazado. Si una poesía de alguno de los nuestros alcanzase tal tejido que mostrase en su esbeltez una realidad aún intocada, aunque deseosa de su encarnación, por tal motivo cobraría su tiempo histórico, recogeríamos claridades y agudezas que despertarían advertencias fieles.

Esto recibe el nombre de confesión de impotencia. Fijémonos en ese condicional: si tal cosa sucediese, si algo nos pasara… Ni esa novela ni ese poema que Lezama tan dramáticamente demanda son posibles en un país pleno de corrupciones y de frustraciones. Esta es la eterna historia del muerto de hambre que pasa su vida diciendo: “Si yo fuera millonario…” Por lo demás, es un estribillo entonado ya por hombres de la otra generación. En 1921 Andrés Núñez Olano escribía: “Nos desasimos de lo inmediato para buscar en la literatura, en el análisis propio, el refugio común, la evasión”. Pero la evasión se justifica en tanto que conduzca a la libertad; ahora bien, resulta absolutamente pueril escapar de una prisión para caer en otra, o para decirlo con mayor exactitud: es algo carente de sentido. Si los caciques culturales, fieles a su estrategia de las confusiones, hablaban en nombre de la cultura, por su parte los escritores honestos les hacían el juego con estas confesiones de impotencia. Tan negativo resultaban lo uno como lo otro, con el agravante para los honestos de que los caciques sabían muy bien dónde poner la flecha, en tanto que aquellos sólo disparaban tiros al aire. La situación no era otra que la de círculo vicioso.

Hoy por hoy

Fidel ha dicho: “¡A toda máquina!” Y añadió: “No demos cuartel a los retranqueros de la Revolución”. En un año hemos visto muchos retranqueros y también en un año hemos visto que han sido puestos en su sitio. Por otra parte, se sabe que dichos retranqueros no eran batistianos, por el contrario, habían luchado a brazo partido por derrocar al tirano, pero junto a eso le cogieron miedo a la Revolución hecha poder. ¡Eran dosis demasiado altas para ellos!

¿Cuál es, hoy por hoy, la situación en el plano cultural? Teniendo en cuenta todo lo dicho anteriormente, convendremos: 1) que han desaparecido los caciques culturales; 2) que la comunidad del respeto mutuo sigue intacta; 3) que la torre de marfil no tiene razón de ser; 4) que lo cultural está íntimamente relacionado con lo político; 5) que la joven generación rechaza todo paliativo.

En un orden más amplio el problema se reduce a la lucha por el poder cultural entre la vieja guardia y la nueva. Los primeros, acordes con sus viejas tácticas, se defienden; los segundos, a tono con la Revolución, atacan.

Un año ha sido lapso suficiente para definirse y agruparse. Al principio de este artículo vimos cómo todos estábamos aparentemente unidos; unidos por pliegos de demandas. Pero vimos enseguida que si los pliegos nos ponían en nómina, no por ello quedaba zanjado el conflicto planteado. Un destino de escritor o de artista es algo más sutil que cuatro o cinco demandas. Se trata en suma de dar un sentido, y un sentido nacional, a nuestra cultura, de barrer con los viejos tabúes, de decir las cosas por su nombre, de terminar de una vez por todas con la comunidad del respeto mutuo, de liquidar y hacer el balance de la generación precedente. Y si todo esto es una falta de respeto, si todo esto es irreverencia, entonces la Revolución que acaba de hacerse no tiene sentido alguno.

Era inevitable, pues, que se tomasen posiciones. La vieja guardia se atrincheró en su pasado, muerto para siempre; la nueva guardia, de la que se dice estúpidamente o de mala fe que no tiene derecho a exigir nada porque nada ha hecho todavía, se lanzó al ataque. Los viejos, en vista de que Orígenes no existía, se replegaron en la Nueva Revista Cubana; los jóvenes se agruparon en el magazine Lunes de Revolución. El tono de ambas publicaciones da la medida exacta del drama que se presenta. La Nueva Revista Cubana es todo mesura, respeto del pasado, en una palabra, es freno. Lunes de Revolución es replanteo, examen de conciencia, emplazamiento y, en una palabra, es ímpetu. Mientras Lunes de Revolución mantiene un tono polémico, la Nueva Revista Cubana se mantiene en los límites estrechos del conformismo cultural. Si no fuera por los jóvenes agrupados en torno a Lunes, se pensaría que el soplo de la Revolución no ha penetrado en la cultura. Los que siempre se espantan con los nuevos tiempos piensan que estos jóvenes son unos difamadores y que es preciso ponerlos en su sitio. ¿Y por qué, según ellos, son difamadores? No se vive impunemente cincuenta años en un pensamiento cautivo, y cincuenta años de este pensamiento han conformado una segunda naturaleza: la del conformismo cultural. Por ejemplo, ese pensamiento estaba acostumbrado a un simulacro cultural que se hacía llamar Salón Nacional de Pintura y Escultura. Bastó, pues, que Baragaño, un escritor joven, planteara en un artículo aparecido en Lunes la revisión de dicho Salón, bastó que señalara el fraude evidente de ese Salón para que al momento fuese acusado de difamador. Si la cultura oficial no se sale de sus límites oficiales, y se limita a una exposición objetiva de dicho Salón (otra cosa no puede hacer), es al crítico, que no es un mero fantoche, al que toca poner las cosas en su punto. Si otro escritor joven, Heberto Padilla, hace el enjuiciamiento de Lezama, no veo por qué tenga que ser necesariamente un difamador. Si un músico joven, Natalio Galán, ataca los falsos valores de nuestra música, está en su pleno derecho, y no habrá que condenarlo a la malsana religión del silencio. Si Antón Arrufat emplaza a Jorge Mañach, no por ello la nación se va a tambalear. Todos estos jóvenes y otros muchos, a menos que no se convenga en que son unos idiotas, están en el deber de pronunciarse revolucionariamente. Y si la vieja guardia estima que están desacertados, pues deben salir al frente con ideas, pero nunca con vacuas acusaciones de irresponsabilidad y amarguísimos quejidos por el buen tiempo ido para siempre.

La vieja guardia se pregunta espantada: “¿Pero a dónde iremos a parar con estos jóvenes airados?” Y yo les contesto: precisamente, una Revolución no es otra cosa que una falange perpetua de jóvenes airados. Los hombres que hicieron posible la nuestra son jóvenes, y nunca pensaron en los paños tibios para barrer con un estado de cosas altamente insufribles. Que los jóvenes escritores y artistas de esta Revolución manifiesten su ira es sólo la consecuencia natural de un hecho histórico aplastante: la Revolución Cubana. No hay otra verdad.