Paisaje cubano (1933), de Marcelo Pogolotti

En 1937, el mismo año en que José Lezama Lima publica el largo poema Muerte de Narciso, aparece también en La Habana Vendaval en los cañaverales, una novela escrita entre París y Nueva York por el intelectual reaccionario Alberto Lamar Schweyer. A pesar de haber sido llamado “el traidor” del movimiento Minorista al entregarse orgánicamente al régimen de Gerardo Machado en calidad de secretario de prensa y autor de una defensa de la razón dictatorial con Biología de la democracia (1927), el pintor Marcelo Pogolotti notaría décadas más tarde que esta novela fue una de las más sobresalientes de la época: “unos tres años de la caída de Machado produjo la mejor novela que se había escrito hasta entonces en Cuba, Vendaval en los cañaverales. Vendaval en los cañaverales, pese a que la misma se resienta de la posición contradictoria del autor y del régimen funestamente paradójico al que sirvió […] sacrificaba a los pequeños hacendados del país en bien de los poderosos de fuera. Con todo, el libro está cuajado de verdades contundentes.”[1] En realidad, una de las tramas de Vendaval parecía reescribir el emblemático cuadro Paisaje cubano (1933) del pintor comunista, donde aparecen retratados todos los actores del complejo azucarero en una precisa estructura jerárquica: los burgueses de sombrero de copa instalados en la parte alta del cuadro, los campesinos sin rostro cortando caña hacia el fondo, y en la parte central miembros del ejercito nacional con rifles al hombro cercando el perímetro del ingenio.

Vendaval narra una intriga obrera que en los convulsos años treinta trastocaría el complejo azucarero cubano y el corazón mismo de la acumulación exportadora, convulsionando la política de las últimas dos décadas de la República.[2] El dispositivo azucarero en Vendaval en los cañaverales aparecía espacializado, a tal punto que los propietarios de la corporación Goldenthal Sugar Company se encontraban en todas partes y en ninguna. Al igual que su primera novela, La roca de Patmos (1932), Vendaval sería un intento por narrar la crisis del destino cubano como la consumación de una derrota espiritual de las élites cubanas, cuyo melodrama ponía de relieve los procesos abstractos de esa subjetividad.

Alberto Lamar Schweyer
Alberto Lamar Schweyer

Pero a Lamar Schweyer no le interesaba reconstruir el melodrama de las costumbres y los hábitos psíquicos de esta clase dominante. En esto difería de su primera novela La roca de Patmos. En verdad, Lamar buscaba desplegar un mosaico que entregara un verosímil a la crisis de una facción generacional arrojada a una banalidad que la volvía incapaz de enfrentar los dilemas materiales del país. Esta ceguera hacía que la revolución siempre estuviese a la vuelta de la esquina, plasmada en un polemos apolítico. Las revoluciones, pensaba Lamar, no serían otra cosa que el sobrevenido de esta torpeza que retardaba el síntoma de una flaqueza moral y que sólo tenía en el dinero el provisorio emblema de su universo simbólico. La enseñanza de la revolución –y aquí polemizaba con el secretario de estado Orestes Ferrera– ya no era posible a través de una aplicación basada en la mea patria de una dictadura comisarial a la manera del paternalismo vicario del General Machado.[3] La dictadura sólo podía resolver problemas puntuales y de naturaleza excepcional, pero no podía hacerse cargo de una crisis que atravesaba la composición misma de destino nacional ni de los revueltos insumos del espíritu burgués. El vendaval al cual apuntaba la novela ya desde el título remitía a la crisis terminal de una clase que dejaba de ser heroica.

Para dramatizar este conflicto, Lamar ambienta gran parte de la novela en Niza y en los alrededores de la Riviera francesa, donde un grupo de expatriados cubanos, aristócratas franceses, e inversionistas españoles, coinciden en la vida nocturna. Los placeres, cuchicheos, conquistas amorosas, y los adulterios adornan sus días y noches. Ese ambiente de enajenación era propio de una vida anárquica, carente de todo orden, propio de aristócratas renuentes a ser gobernados.[4] En efecto, en las primeras cien páginas de Vendaval la política no es otra cosa que la ruina del objeto perdido que producía una melancolía afectuosa. La interioridad de los sujetos no pertenecía a lo terrenal y las continuas descripciones del cielo estrellado de la noche mediterránea recuerdan a experimentaciones de Lʼéternité par les astres de Auguste Blanqui, donde la alquimia del dinero ha sido trasmutada en un polvo astral de un cielo inmutable. El comienzo mismo de la novela ya nos prepara para un proceso de abstracción que pronto será interrumpido por el acontecer de una huelga que está teniendo lugar en un cañaveral en la lejana isla del Caribe: “Los ojos se le llenaron de luz y de azules quedándose fijos en el precioso horizonte. Abrió la boca y aspiró con fuerza como si quisiera que por garganta y nariz enteraran igual que por la mirada, los encantos del Mediterráneo… Gonzalo Maret llegaba a la conclusión de que el mundo, que amaba variado y disímil, resultaba igual en todas partes.”

La anodina abstracción del mundo burgués producía el semblante equivalencial sobre todo lo que recogían las miradas. El mundo de la abstracción de esta comunidad de expatriados es abstracto no por la recreación de los ambientes y sus fruiciones, ni por el eterno retorno del tiempo del ocio que borra la división del trabajo en función de una ensoñación utópica. El proceso de abstracción era la antesala de un relato cuyas condiciones materiales para la liberación del tiempo de la vida debían ser excluidas del orden de lo narrable para hacer posible el devenir de ese universo. La abstracción, en este sentido, no es la fuga poética de la realidad hacia un plano existencial, sino más bien la imposibilidad de que la vida y su horizonte de expectativas pueda coincidir.[5] Sólo en el momento en que la soberanía de la corporación Goldenthal Sugar Company se percibe amenazada, la crisis entre el universo material estalla sobre lo abstracto. Lamar Schweyer teje este derrumbe en intersticios apenas legibles, como en una secuencia en la cual el secretario del magnate Goldenthal se dirige a enviar un telegrama a Nueva York:

Mientras Levine subía para redactar el cable con premura encomendado, dejando a su sobrina reparte sonrisas y prosodias francesas a un grupo de argentinos en vacaciones, se asiló sobre una ventana costara a mirar las estrellas. Frente al hotel, gran curva abierta punteada de luces, la playa de Copacabana dilatada y soberbia con el ancho arenal, le hacía pensar en una Niza vista con cristales de aumento duplicadas las proporciones. Detrás del paisaje nocturno, la noche llena de estrellas brillante era como una capa de taumaturgo. Allí lejos, como sombrío que enmarcan las estrellas, el Corcovado se iluminaba cornado de luces para dar enviado al Pan de Azúcar en sombras.

La constelación del Pan de Azúcar en el cielo comenzará a arder en el cañaveral de la tierra. La huelga vendría a descomponer el empalme entre la de vida en el firmamento y la existencia en la tierra. En realidad, Vendaval en los cañaverales escenifica el nihilismo cosmopolita de una élite en el momento en que su proceso mental abstracto entroniza con el síntoma de la crisis terminal del patriotismo. El personaje central y eje de la novela, Gonzalo Maret, un médico, solterón y mujeriego, encarnaba ese patriotismo a destiempo que ahora reluciría como la figura sacrificial huérfana de toda heroicidad. Claro está, esto no se debía a que la patria haya desparecido, sino a que la moral burguesa era incapaz de construir un equilibrio en el contrato social, incluso a pesar de sus buenas intenciones. Ese fallo de racionalidad era propio del viajero cuyo síntoma de desrealización sólo atinaba al consuelo de un narcisismo tético. Esa comunidad extraviada en los mares de Niza improvisaba un anarquismo aristocrático desprovisto de todo sentido histórico:

La colonia cruza por todos los caminos se mueve elástica y sinuosa, pero es siempre la misma, con igual espíritu, con las mismas preocupaciones. Se diría que la mayor parte de los viajes de América no se desplazan para ver cosas nuevas, sino para encontrarse unos con otros, sobre un fondo distinto. Todo resbala sobre ese espíritu, hechos, paisajes y cosas. Los clanes subsisten, naturalmente y las divisiones de posición social apenas se liman y atenúan con la distancia, al estrecharse el círculo. Aristócratas improvisados, burgueses enriquecidos, explotadores de la política, se mezclan sin soldarse y se vigilan, acechándose para afilar flechas al regreso.

Esta espiritualidad amorfa también la percibía con lucidez un intelectual de la época, Enrique Gay Calbó, quien equiparaba el stimmung cubano con el avestruz, esa ave exótica que para esquivar los conflictos de la realidad material mete la cabeza bajo la tierra y se ve obligada a actuar sobre la improvisación.[6] En Vendaval, el hueco en la tierra es el mar. En efecto, los dos hilos narrativos de la novela son reducibles a la tropología de mar y tierra. Por un lado, el mar es el espacio de desplazamiento de la burguesía sobre un mismo cielo: de París a Niza, de Nueva York a Miami, de La Habana a las costas de Brasil. El proceso de desrealización se confirma a partir de los múltiples desplazamientos siempre como excedente de lo telúrico. Por otro lado, en la tierra colorada sudorosos campesinos conspiran en el cañaveral y entierran a sus muertos. Aunque la novela también trabaja con la tipología de la clase profesional (Gonzalo Maret es doctor y Óscar Arias es el contador de la Goldenthal Sugar Company), Lamar opta por representar esa clase como un grupo que al vivir en altamar se inscribe en desfase a su tiempo político. Así, Vendaval espacializa la clase aristocrática para hacerla confluir con la corporación azucarera: el propietario Goldenthal se pasea en su yacht sobre las costas de Brasil, el inversionista Ducker conversa desde su oficina en uno de los rascacielos del Financial District de Nueva York, Kenyon y McDonall actúan como burócratas de la compañía en la isla, Oscar Airas y Márquez se ocupan de dar órdenes en el cañaveral. Todo un montaje cubano de la planetarialización del capital.

Los personajes de Vendaval se mueven como las piezas desengranadas, aunque cómplices de la maquinación de Goldenthal Sugar Company. Gonzalo Maret –quien ya ha vivido los mejores años de su vida y que se mide a través de sus conquistas amorosas– ve en el conflicto de la huelga una oportunidad para amortizar las viejas deudas de su vida inauténtica. De ahí que lo que Gonzalo Maret no consigue con Paulette, una dama francesa de la cual se enamora en Niza, lo intentará en su mediación entre Otero, un jornalero comunista y líder de la huelga general, y los representantes de la Goldenthal. Gonzalo Maret comparte con Otero el desprecio por las paradojas de la burguesía: “Yo no comprendo la burguesa altanera, como no entiendo la democracia, que es su producto más específico. Quiero un mundo, o lleno de jerarquías como la Iglesia o un régimen llano, igualitario. Venimos de lo uno y vamos a lo otro.”

El decoro ético de Gonzalo Maret es similar al del dandy que experimenta su grandeza a partir del provecho que le va generando su decadencia. Es notable que la decisión de Gonzalo Maret de volver a Cuba a involucrarse en el conflicto no responda a una supuesta transformación de la conciencia. En realidad, su defensa es radicalmente chestertoniana, ya que una vez en la isla atina a decir: “Usted sabe bien que soy socialista que es hoy día ser conservador. Pero hablaré con los comunistas y me parece que podremos llegar a un acuerdo, ¿y si buscáramos una línea media entre lo que piden y lo que se les puede dar?” Gonzalo Maret defiende a los comunistas no porque sean comunistas, sino porque al defender a los comunistas en realidad está defendiendo el último resto de un patriotismo ligado a la tierra en manos que aquellos que ya han dejado de tenerla. Ya lejos de los membretes positivistas que explicaba en La crisis del patriotismo (1929), Lamar Schweyer ponía en boca de Maret una defensa democrática del patriotismo articulada sobre la conservación de la tierra contra todos los procesos mentales de abstracción:

La patria no es una abstracción, sino una realidad confortable y sólo son patriotas los pueblos bien instalados y los hombres que siente la ventaja de la ciudadanía. De ahí que entre nosotros, generalmente, el sentimiento patriótico esta circunscripto a la clase que gobierna porque –agregó poniendo dolo en el tono amargado de la voz– para el guajiro, ¿qué diablos es la patria? Se le habla de ella, y se le quiere exigir que la ame, pero esa patria qué es lo que da a cambio? Mala escuela para el hijo, mal camino a la carreta, y una ley implacable que exige sin retribuir. Si necesita dinero para refaccionar la cosecha de caña, de tabaco o de café, ha de ir a un banco extranjero que, como no tiene por qué ser sentimental ni patriota, le cobra crecido interés. Si se enferma, necesita buscar un político amigo que lo recomiende al hospital vecino, en donde, cuando al fin consigue cama, no tiene medicinas, ni comida, ni nada. ¡Patriotismo, vaya una farsa!

La cuestión fundamental para Lamar tenía que ver con la brecha abismal entre la idealia de la abstracción patriótica y la realia de las formas de desintegración social por la cual una nación tardía se mostraba incapaz de darle forma a las fuerzas materiales de la vida.[7] Si algo queda claramente dibujado en Vendaval en los cañaverales no es que la explotación se organice en una contradicción central, sino más bien en cómo entonces la dominación aparecía como último horizonte de lo experiencia de lo social. Ya por aquellos años, Ernst Jünger escribía en El trabajador: “La nueva problemática a la que el agricultor se ve sometido tiene para él, lo mismo que para el trabajador industrial, esta formulación: o ser un representante de la figura del trabajador o perecer.”[8] Gonzalo Maret jamás mostraría interés por los trabajadores y eso sintomatizaba su fallo psíquico. Por eso su sacrificio último abastece al nihilismo de una profesional que no ha entendido las nuevas dinámicas de la movilización fabril. Esto explica no sólo el hecho de que Gonzalo Maret carezca de estrategia para generar un contrato social con los jornaleros en huelga, sino que ya se toma como un hombre derrotado. En otras palabras, Gonzalo Maret representaba existencialmente el alma bella hegeliana que en su acto de justicia en realidad sólo expurgaba viejos vicios y desequilibrios. El melodrama de la primera parte de Vendaval encubría esa fuerza pulsional de flaquezas espirituales que iban a tener un desenlace en el performance sacrificial. Lamar no indaga a fondo en la psicología de sus personajes, pero sí llega a explicitar el retorno de Gonzalo Maret a la isla: “Pagaba pecados viejos. Para opacar remordimientos se sirvió más whiskey. Volvió a pensar en la huelga y se le amargo la nostalgia. Empezaban los fracasos que en Niza presintió la mana en que Mariíta no lo llamó por teléfono. Por vez primera el amor lo había conmovido y por vez primear una mujer lo había abandonado antes de darle el último gramo de ilusión puesto en ella.”

La participación activa de Gonzalo en la disputa entre campesinos y burócratas de la Goldenthal Sugar Company responde a esta fisura de un deseo fallido, y por lo tanto a una pulsión de muerte que sólo puede llevar al sacrificio vacío por la patria. La “crisis del patriotismo” se escenificaba en Gonzalo Maret, un ente que expresaba el fin de la heroicidad y de la trascendencia política como pro patria mori. El momento de su inmolación sería incapaz de orientar un nuevo destino. Claro, sabemos que para Lamar sólo el poeta genialista portador del ethos latino podía llevar esa misión a cabo, pero nunca un doctor como Gonzalo Maret cuyo otoño de la vida le hacía perseguir los sinsabores de la lucha política.[9]

El nihilismo patriótico, por lo tanto, no sólo se debía al paternalismo tardío-imperial del complejo industrial azucarero, sino que se cifraba en las mismas voluntades equívocas arrojadas a la aventura de figurar en un destino que no le era ajeno. En la política no hay intrigas, como tampoco hay medias tintas en un patriota indeciso. Lamar veía asomarse la crisis de lo nacional desde un horizonte sacrificial, donde la muerte ya no sintetizaba una forma redentora. Por eso la lección de Vendaval no es que ponga en evidencia los límites del mundo burgués de espalda a la tierra. La novela termina incidiendo en la manera en que ambas figuras de la modernización desigual cubana (el burgués mujeriego y el campesinado infeliz) se nutren de una misma catástrofe de una patria imposible. En otras palabras, si por un lado Gonzalo Maret termina acribillado por una bala de Oreste, esa muerte vendría a ser el equivalente de la muerte de un niño jornalero que Lamar Schweyer describe en unos capítulos anteriores para referir la comunidad campesina:

Democracia campesina, en el velorio del niño olvidado en su caja blanca, se reunía el vecinaje, sin distinción de razas, ni de posición social. Junto a Manengue paria, Valeriano propietario de una pequeña finca, cuyas cañas en el central y con los macheteros, los mayorales de algunas colonias vecinas y los rurales galanteadores y Veguita, jornalero del batey. Por igual nivelan la muerte y la ignorancia. ¡Y Viñas, el hombre de la ciudad, sonando conmover aquellos espíritus opacos!

El único destino posible sería ese: el de una democracia campesina que anuncia un futuro como funeral colectivo de espíritus opacos. Vendaval en los cañaverales invita a una lectura ya no en función de la heroicidad mesiánica, sino a partir de esa democracia más allá del tiempo histórico privilegiado por las máquinas de la transculturación y sus historiografías compensatorias. Si en La crisis de patriotismo Lamar aún podía atizar una teoría nietzscheana de lucha en torno a la responsabilidad heroica y conservación de un ideal político común avalado por minorías hegemónicas; en Vendaval este ideal encuentra su destrucción efectiva tanto del lado de burgués de Gonzalo Maret como de los campesinos explotados.[10] Este fin de la alianza nacional al interior del contrato social, cancela una mediación salvífica de la crisis y rompe el fondo alegórico de la síntesis histórica.

A partir de ahora, la apuesta por la revolución desde la movilización permanente sería la única salida desastrosa para esa nación tardía. El asesinato de Gonzalo Maret con una bala en el pecho, desnarrativiza la producción simbólica de la historia retrayendo toda noción de política a una stasis revolucionaria cuyo corazón mortífero y mesiánico no ha cesado de renovarse hasta nuestros días.[11] Cuando al final de la novela Gonzalo Maret cae sanguinolento ante la turba en armas, ya ha dejado atrás toda economía fundante de una legitimidad patriótica, así como todo arjé orientado hacia la trascendencia de un destino mediante el logos.[12] El cadáver de Gonzalo Maret, “enfangado, sucio de barro”, como escribe Lamar, agujereaba el contrato social de la patria y nos dejaba tan solo con el cuerpo “inmundo” como inscripción que daba fin a la alianza en torno a un destino común.

Notas

[1] Marcelo Pogolotti: La República de Cuba a través de sus escritores, Editorial Lex, La Habana, 1958, p. 116.

[2] Cfr. Manuel Moreno Fraginals: “Plantaciones en el Caribe: el caso Cuba-Puerto Rico-Santo Domingo (1860-1940)”, La historia como arma y otros estudios sobre esclavos, ingenios y plantaciones, Crítica, Barcelona, 1999, p. 59-82.

[3] En una conferencia leída en 1932, “Las enseñanzas de una revolución”, el secretario de estado de Gerardo Machado, Orestes Ferrera, aún creía en el principio patriótico como horizonte de orientación política: “Queda el camino franco, lleno de sol, de la cooperación, de la armonía, de la buena voluntad, de la honorabilidad de todos, de la sinceridad, en una palabra, del patriotismo, porque tales conceptos, cuando se aplican a la unidad étnica y geografía que amamos y habitamos, se resumen en esta noble y alta expresión.”

[4] La anarquía del poder es tematizada de manera brillante por G. K. Chesterton en este momento de The Man Who Was Thursday: “The poor have been rebels, but they have never been anarchists: they have more interest than anyone else in there being some decent government. The poor man really has a stake in the country. The rich man hast; he can go away to New Guinea in a yacht. The poor have sometimes objected to being governed badly; the rich have always objected to being governed at all. Aristocrats were always the anarchists, as you can see from the baronsʼ war.”

[5] T. J. Clark entiende el proceso de abstracción en términos referidos a la calculabilidad homogénea del tiempo: “abstraction; social life driven by a calculus of large-scale statistical chances, with everyone accepting (or resenting) a high level of risk; time and space turned into variables in that same calculus, both of them saturated by «information» and played with endlessly, monotonously, on nets and screened, the de-skilling of everyday life.” (Farewell to an Idea: Episodes from a History of Modernism, Yale University Press, New Haven, 2001, p. 7.)

[6] En su curioso ensayo de 1938 “El cubano, avestruz del trópico”, Enrique Gay-Calbó hablaba de la crisis del nihilismo político a partir del síntoma del imprevisor: “Ese espectáculo sombrío hace pensar en que el remolachero se defiende, mientras en Cuba el productor se inhibe como un avestruz o crea monopolios como un imprevisor […] Y así vivimos en un estado de mesianismo absurdo e imprevisor. Y nos arruinamos de modo inexplicable por conquistar a los que no han de tener más interés que nosotros mismos en salvarnos.” (El cubano, avestruz del trópico (tentativa exegética de la imprevisión tradicional cubana), folleto, Rambla, Bouza y Cía., La Habana, 1938, pp.17 y 30.)

[7] Sobre la noción de nación tardía, véase La nación tardía (Biblioteca Nueva, Madrid, 2017), de Helmuth Plessner. El historiador Louis A. Pérez Jr. comentando este momento en Vendaval ha captado muy bien esa brecha que es síntoma y realidad que pone en evidencia la imposible unidad entre patria y pueblo en la nación tardía: “These conditions placed immense pressure on prevailing forms of nationality, for it was uncertain that the material requirements around which national identity developed could be easily sustained through sugar exports. The ensuing gap between the ideal and the reality all but guaranteed to periodically plunge into crisis many of the dominant paradigms on which nationality was based.” (On Becoming Cuban: Identity, Nationality, and Culture, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 2008, p.164)

[8] Ernest Jünger: El trabajador: dominio y figura, Tusquets Editores, 2003, p.78.

[9] El arcano intelectual de Lamar Schweyer tiene su base en una compresión de la herencia latina como contrapeso a lo que él percibía como decadencia espiritual del catolicismo español, así como del germanismo protestante. Algunas de estas tesis fueron trabajadas en La palabra de Zarathustra: Nietzsche y el espíritu latino (Impr. El Fígaro, La Habana, 1923), y en su última compilación de artículos sobre la segunda guerra mundial Francia en la trinchera (Cárdenas, La Habana, 1940). Esta postura es consistente con el ideal maurrista de las fuerzas latinas, así como con las lecturas del historiador italiano Guglielmo Ferrero autor de El genio latino y el mundo moderno (Vda de C. Bouret, París, 1918), que Lamar había leído y cita en algunos de sus ensayos. Sobre los usos del pro patria mori, ver “Pro Patria Mori in Medieval Political Thought” (The American Historical Review, vol. 56, n. 3, 1o April 1951, pp. 472-492), de Ernst Kantorowicz.

[10] Cfr.    Alberto Lamar Schweyer: La crisis del patriotismo: una teoría de las migraciones, Editorial Martí, La Habana, 1929, p. 110.

[11] Utilizo la noción de desnarrativización en el sentido empleado por Alberto Moreiras para apuntar no sólo a la fisura que arruina la posible alianza entre Gonzalo Maret y los campesinos, sino también como fisura en la economía misma del texto, ya que su asesinato viene de manos del deseo que acecha a propio Gonzalo Maret. Ese exceso de sentido sobre la economía textual más allá de todo fundamento político o alegórico es lo que llamamos aquí desnarrativización. Véase, The Exhaustion of Difference (Duke University Press, Durham and London, 2001). Sobre la relación temporal entre revolución y la estructuración mesiánica de la historia, véase Writing of the Formless: José Lezama Lima and the End of Times (Fordham University Press, New York, 2016), de Jaime Rodríguez Matos.

[12] El agotamiento del sacrificio patriótico que pone en escena Gonzalo Maret sería la otra cara de la economía poética de Muerte de Narciso de Lezama, en la cual Rafael Rojas ha notado la insistencia de una imagen del devenir nacional, a partir de la tropología de la inmanencia del agua como nueva metafísica patriótica. Escribe Rojas: “Danae hilvana la textura del tiempo, mientras navega por el río. Así, el tapete o la alfombra no sólo brindan una inscripción profética del destino, sino que siguen un cauce, un curso, que se confunde con los meandros del Nilo. La imagen del devenir que puede leerse en este verso será una pauta permanente de la poética de Lezama. Una pauta que se traslada a la historia de Cuba y que inspira su afán por esbozar una teleología insular.” (Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba, Editorial Colibrí, Madrid, 2008, p. 328.)

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