Rocío García (foto KATHERINE PERZANT)

Se abren las ventanas del apartamento que dominan la calle, y detrás la pintora que me pide esperar, que sale de su casa, baja las escaleras y abre la puerta principal. Llovizna. Rocío García viste abrigo rojo, shorts de denim y alpargatas de lino. En la casa hace menos frío. Y en las paredes, decenas de cuadros. La pintora se queja de las paredes: “Es que son tan pocas”, protesta. Pero no, no son pocas. Es un apartamento de cuatro habitaciones, con salón, comedor y otros espacios. Si quieres mira, dice, y luego me preguntas. En su estudio –de espaldas todas– las pinturas de la próxima exposición. Sakura. Rocío no me los va a enseñar esta tarde. Rocío nunca muestra sus cuadros antes de la primera exposición. Es su misticismo. En el estudio se amontonan dibujos, cartulinas boca abajo, libros, pinceles embadurnados… Esa hoja de ¿Vogue? fija con tachuelas al estante. En la hoja un close-up de rubia con trenzas inocentes. Una Helena de Troya. Otra bella zarina. Y bajo el rostro la marca. Narciso Rodriguez.

Desde el comedor un canto. De azulejo. Un gato se lo iba a comer, ya no tenía plumas, pero una amiga lo salvó y lo trajo. Lleva tres años conmigo, dice Rocío. Junto a la jaula del canto, otra jaula. Dos jaulas sobre la mesa. Dentro, una cotorra. “A ella si la tengo hace mucho”, dice. Rocío habla en voz baja con los pájaros, la escena resulta tan tierna que desarma, uno termina sonriendo involuntariamente, viendo además las bolsas selladas con granos para aves, las mantas sobre las jaulas de los otros dos habitantes de la casa, y Rocío –nuestra principal pintora, según Rufo Caballero– que deja a sus índices entrar en las jaulas y acariciar las plumas. Las cabezas que se acercan cantando. Uno sonríe entonces, hasta levantar la vista y descubrir, en azules que sólo poseen los tigres de Borges, un marino Genet clavando su cañón de pistola en la garganta del macho, arrodillado. Una tortura de amantes. Te congela, sí. Y la sonrisa desaparece.

En la pared que separa el comedor de la cocina, donde ahora Rocío pone el café al fuego, cuelga una pintura descomunal. La Santa Bárbara que domina, con copa y espada de oro; una pintura que no he visto antes, pero son sus líneas…

Katherine Perzant

¿Este cuadro es suyo?

Lo hice para mi madre, quien era devota de Santa Bárbara, no lo asumo como parte de mi carrera. Fue un regalo que le hice. Y se quedó aquí, como deber ser, la dueña de la casa.

Más tarde, Rocío dijo que años antes, en un palacio de España, quizá en Aranjuez, había visto una Santa Bárbara de un pintor poco conocido y que le había pedido volver a Cuba y ver a su madre que estaba enferma. Desde la cocina habla sobre sus padres.

Eran campesinos cuando niños, pero mi padre se fue a la ciudad y se hizo ingeniero eléctrico. Con la compañía americana se dedicó a instalar los primeros teléfonos por la isla. La compañía se fue cuando triunfó la Revolución y el quedó de jefe. En el aquel tiempo la gente se iba, pero él no se fue de Cuba y sabía mucho sobre telefonía, y como nunca se metió en política, lo tuvieron que aceptar. Y trabajó honesto, como fue siempre. Mi madre era ama de casa, había estudiado corte y costura. Me trajeron de Santa Clara para La Habana cuando tenía tres años, y vivimos en una casa de huéspedes en La víbora. Nuestro viaje era transitorio, mi padre pensaba volver a Santa Clara, donde tenía dos o tres propiedades, que después le cambiaron por esta. Y se quedó aquí.

En aquella casa de huéspedes donde confluían españoles y miembros de la compañía de teléfonos, una señora muy vieja la vio pintar. Rocío tenía entonces siete años ¿Qué habría visto la señora en las líneas de la niña que se acercó y le dijo, debes irte a San Alejandro?

Eso a mí se me quedó, y me fui sola a hacer las pruebas. En esa época no era como hoy, que los niños van con los padres y un millón de gente y se preparan durante un año. Yo ganaba en la escuela todos los concursos de artes plásticas y me aprobaron en San Alejandro. Mis padres estaban contentos, pero mi padre decía que yo debía ser universitaria. Entonces no existía el ISA, y me gané la beca en Rusia. La universidad. Y me fui durante siete años.

El teléfono móvil de Rocío timbra, y mientras baja la cafetera del fuego me cuenta, es que espero una visita, pero no importa, tú te quedas cuando se vaya. Rocío contesta y no es “la visita”. Es una amiga a quien promete que sí, que mañana van al ballet. Cuelga. Abre la vitrina, toma dos tazas y me pregunta, con la astucia de quien conoce la gran diferencia que hace un color ¿Verde o Naranja? Respondo, y ella vuelve con mi taza y con otra, en la que humea su café. La taza más pequeña de mi memoria.

Yo tomo poco, y así queda para la visita. Vamos a sentarnos. El café hay que tomárselo sentado.

¿Qué tiempo lleva preparando esta exposición?

Yo me he percatado de que mis exposiciones nacen de una idea. De un primer cuadro. Y con Sakura ocurrió igual. En 2016 o 2017, me pidieron hacer un cuadro “japonés” y lo llamé Sakura. Luego comencé a escribir, a sentir la serie a nivel sensorial y visual, y sabía que a partir de ese cuadro podría hacerla. Sakura tiene once cuadros. Cinco pequeños y seis grandes. Uno solo es de gran formato. Los pequeñitos los he llamado haikus. El más grande no sobrepasa los dos metros. Todos tienen un tono poético. No hay historia narrativa. Hago citas a pintores japoneses. Me gustaría parecerme a los grabados japoneses. Y creo que mi pintura se basa en la línea. A mí me influye mucho la literatura. Mishima. Genet. Fassbinder. Soy fiel a mis sensaciones y eso es algo que se ve, por ejemplo, en Hombres, machos, marineros… donde jugué con frases del país. La gente antes llamaba macho marinero al gay. Y jugué con la iconografía del hombre rudo, porque yo estuve en un barco, yendo a Rusia. Yo he visto los marineros…

Afuera alguien la llama. Abre la puerta y es la visita. Entran tres hombres. Dos jóvenes cubanos que hablan un inglés admirable, bueno, uno lo habla, el otro se defiende. El tercer hombre es el coleccionista, un americano que viste camisa color nuez y Vans de diseñador. Un hombre muy importante quizá, con un español de buenos días y encantado. Y mientras los jóvenes conversan con la artista en su estudio y la cotorra saca la cabeza de la jaula para ver qué sucede, el coleccionista se pasea por las habitaciones con los ojos obsesos de quien no pueden vivir sin la subasta, viéndolo todo, como si en vez de querer comprar algo, quisiera reconocer algo… Ojos que han sobrevolado mares para encontrar ese algo y están justo aquí, en la casa de la pintora de las geishas decapitadas y los blancos conejos y las perversiones… El coleccionista entra con Rocío y los jóvenes al estudio. Allí pasan cerca de una hora. La espero en el salón donde hay libros de Jodorowski y Duchamp. Frente a mí hay un ícono de la serie Hombres, machos, marineros… Torturándote, y detrás otro, de la serie El regreso de Jack el castigador. A la izquierda, otro de las geishas y así en todas las paredes. El coleccionista pregunta por un cuadro específico, pero Rocío responde, casi apenada, que ese lo tiene un coleccionista en Ohio y el muchacho que se defiende traduce. El coleccionista pregunta qué fue lo que aprendió mejor en Rusia, y ella, que a dibujar. Ahora traduce el del acento admirable. Entre ellos acuerdan algo, el coleccionista se despide y también los jóvenes. La puerta se cierra. Good Bye.

¿Sus cuadros son resultados del amor?

Todo es resultado del amor.

Pero más allá del amor profesional… Hablo del amor.

En muchos casos involucro el amor con las situaciones y lo que hay a su alrededor. El erotismo te crea problemas. El amor trasciende el erotismo, por supuesto, pero si nos quedamos en lo erótico… El amor puede causar hasta guerras. Soy freudiana en ese sentido. Hay quien se limita de hacer cosas y tiene pensamientos más allá de lo que aparenta, toda la falsedad que existe en las relaciones es por conflictos internos que tiene la gente, que no son lo suficientemente libres para expresar. Es sobre lo que me gusta apuntar, sutil, porque ni siquiera uno tiene la respuesta, por eso hago las series, y doy pistas, y juego con lo cinematográfico. La vida es una actuación, por eso mi cuadro El baño rojo. Yo creo que el baño es el lugar donde más se está con uno. No está tu esposo, tu esposa, ni tus hijos, aunque incluso alguien pudiera penetrar tu intimidad a nivel mental. Hay gente que me cataloga como pintora del mundo gay, pero es una visión superficial. Fueron series sobre la ambigüedad. Los marineros. Las geishas. Es parte del mundo. Y el que me diga que no, hay que ver por qué me dice que no.

¿De dónde vienen tantos conejos, Rocío?

El conejo es uno de mis animales preferidos, me gusta su figura, cuando pinté El regreso de Jack el castigador, serie con la que retomo a Jack el destripador, el conejo para mí estaba relacionado con el mundo femenino, más allá de Playboy. Jack es un militar, un dictador, el tipo represivo, pero en vez de Jack buscar a las mujeres, ellas lo esperan a él. Todas son de distintos países y el conejo en las pinturas le da al espectador una pista sobre el estado anímico de la mujer. Yo tuve una chuba en Rusia, un abrigo de pieles de conejo. (Rocío abre su catálogo y me muestra la pintura Piel de conejo, donde La rusa espera a Jack). El conejo es el mundo interior de la mujer, tú me puedes amarrar, presionar, pero mi libertad interior está en mí, y aunque no la pueda exteriorizar, existe. El conejo es una pista. Jack es el mundo de los deseos. Nos pasamos la vida queriendo domar al otro. Yo te domo, Tú me domas. A veces va bien y a veces no. En la serie, Jack quiere cocinar al conejo –su libertad interior–, pero el conejo se libera y es Jack quien termina congelado. En el último cuadro de la serie, Tishená, que significa quietud, paz, en ruso, el conejo se va porque es libre. Pase lo que pase. Quieran o no quieran. Yo soy libre.

¿Es su lema de vida?

Es mi lema, aunque en la humanidad ser libre en el plano físico es muy difícil, sí.

¿Es usted una mujer libre?

Sí, aunque con todas las complejidades que uno tiene dentro. Hay tentaciones. Pero uno debe defender su libertad interior, ya que a veces la exterior no es posible.

¿Qué pintores le fascinan?

Leonardo, mi preferido. Y Matisse, Picasso, los expresionistas, los impresionistas, los fauvistas, y toda la vanguardia pictórica de los años veinte. Ellos abrieron todo.

¿Qué literatura lee?

García Márquez, Cortázar, Quiroga, Kafka, Poe. Y la literatura rusa que pude leer en esa lengua… Chéjov, Bulgákov, Tolstói. Son monstruos. De los japoneses, Mishima. Uno de mis preferidos es también Vargas Llosa.

¿Pasa temporadas sin pintar?

Meses. Puedo pasarme meses sin pintar. Antes de pintar hay un ritual. Un miedo. Por eso hago muchos bocetos. Me gustar pintar en soledad. Pensar. No puedo conversar y pintar a la vez.

¿Y Geisha samurái?

Oh, Ese lo usó Fabián Suárez en su película, era el cuadro por el que me preguntaban (el coleccionista). Rocío abre el catálogo en la serie de las geishas y me dice, te voy a decir algo que no le he dicho a nadie, cuando yo hice esta exposición, en 23 y 12, tuve mucho público, pero a la crítica cubana no le interesó. Eran los tiempos del performance y pintar era visto como algo retrasado. Sólo contó con las palabras de Dannys Montes de Oca…Y ahora todo el mundo habla de las geishas, las busca. Esta expo que viene tiene algo que ver. ¿Sabes? Yo iba a las fiestas prohibidas de los travestis, con mis amigos gays y casualmente los mejores eran de Santa Clara, eran increíbles y en esa serie hay cuadros que se relacionan con lo homosexual, pero otros no.

Rocío me muestra ahora en el catálogo la Geisha samurái. En el suelo de la pintura, sobre los tablones, la cabeza divina, separada del cuerpo que aún blande la catana. Rocío me mira fijamente antes de preguntar, sus ojos tienen un verde de estanque…

¿Nunca has sentido que la mente quiere una cosa y el cuerpo otra? Es la lucha con el yo. El yo mental y el yo físico. Cómo poder determinar el peligro, lo que nos conviene, cómo liberarse de aquello que te controla.

¿Cuál es su concepto de la belleza?

La belleza es el fin del arte. Y la encuentro en la armonía. Esto no lo digo yo. Soy bastante clásica. Y viene de los griegos. En esencia es la palabra. Armonía. Sakura como exposición viene de un primer cuadro, que retomé, el cuadro inicial lo resume todo. Es sobre el amor. Y fue curioso, porque cuando hablé con la galería me dieron a escoger entre dos fechas. El siete y el catorce. Y escogí el catorce.

¿Cuánto ha pintado?

No sé. No tengo idea. Pero estoy pintando desde muy joven. He perdido muchos cuadros también. Cartulinas. Papeles… Cuando regresé de Rusia comencé a trabajar en San Alejandro, y el dinerillo que te pagaban daba para vivir, ir al Monseigneur te costaba veinte pesos, y yo invitaba a mis amigos que no tenían dinero, imagina que un trago de añejo costaba sólo dos pesos cubanos. Luego vino el Período Especial y toda aquella historia. Y comenzaron a venir americanos y cubanoamericanos, y yo conocí a una muchacha que se interesó por mi pintura, me compraba muchas cartulinas y fue quien primero me invitó a los Estados Unidos a una exposición.

¿Recuerda su primer gran venta?

La he perdido. No tengo fotos, no la recuerdo. Soy bastante libre con las ventas, coleccionistas de Londres, España, Alemania, Bélgica y Estados Unidos tienen pinturas mías. Cuando era joven el papel me dio dinero. Y yo pinté mucho en papel. Porque no había lienzos, ni materiales. Mis lienzos viejos están pegados, pedazo con pedazo, se pasó mucho trabajo… La gente piensa que el problema de la escasez es de ahora, pero ahora la gente viaja y trae cosas, antes nadie viajaba.

¿Cuál es el cuadro que nunca venderías?

La nieve no lo hubiera vendido nunca. Y se vendió. Pero estos no lo voy a vender. (Se refiere a Torturándote y El regreso de Jack el castigador). Pudiera hacerlo, pero sólo a coleccionistas muy importantes o a grandes museos de Londres o Nueva York. Porque pienso, ¿para que se estén empolvando en la pared…? El baño rojo si nunca lo vendería. Pelotón no lo hubiera vendido, le ponía precios para que nadie lo comprara, pero al final vino Brownstone, el coleccionista de Brownstone Foundation Paris. Y lo vendí.

Recuerdo el primer cuadro que vendí, fue a un estafador, nos estafó a muchos cubanos, y lo cobré porque fui al Habana Libre, entonces era prohibido andar con dólares, pero a mí me confundían, por suerte, con extranjera. Y pedí en recepción hablar con el fulano, le dije, Soy Rocío García y quiero hablar contigo. Estoy esperándote abajo. Yo me había enterado quien era, eso fue una mafia, no te puedo explicar las cosas que se hacían en aquella época, venía gente y te estafaba porque no había Internet. Hay quien entregó a ese hombre diez, quince trabajos y nunca los recuperó. A mí me pagó dos, pero hubo uno que no pude recuperar. Lienzos enormes. Pero ya no recuerdo cómo eran, he olvidado muchos cuadros. Hay quien me dice, tengo una cartulina tuya, y me van narrando cómo es y logro recordarla. En aquella época no había fotografía digital. Y uno vendía muy barato, cien dólares era una maravilla. Y bueno, ahora la colección de la Browstone tiene mis cuadros. Geisha lo tenía un coleccionista de Nueva York, que se lo vendió a otro, según me enteré.

¿Y sus memorias de la belleza?

La primera vez que entré al Museo del Hermitage y vi a Leonardo, La Madona –yo nunca lloro, soy una mujer que no llora, no me salen las lágrimas– y lloré, porque como pintora, al ver su factura, lo que transmite, aunque sepas que es Leonardo… Lloré. Otra vez en Florencia en La galería de los Uffizi, vi los Leonardo de cuando era joven. Y los Botticelli. Es una galería llena de monstruos. La pintura no se puede ver en libros, hay una vibración que es parte física del artista mezclado con ella. Y en el Museo del Prado, la primera vez que fui a España y vi los Rubens, a mí no me gustaba él, ni sus gordas. Pero cuando lo vi de verdad, y vi cómo estaban pintados sus cuadros casi me arrodillo y le pido perdón. Le pedí perdón.

Una tarde, hace años, caminando por Toledo, entré a un barrio judío, eso me sucede a menudo, un barrio me atrae y resulta judío, y aunque no tengo la confirmación, encontré unos papeles con nombres “raros”, creo que soy judía, que tengo la ascendencia por parte de mi madre. El padre de su madre tenía nombre judío. Y entré a una tienda de armas. Me encantan las armas. Allí había catanas. Dagas turcas. Con incrustaciones, dibujos, arabescos… Armas turcas y armas árabes. Y pensé, qué increíblemente bellas son y son para matar. ¿Cómo lo que te atrae puede ser dañino para ti? Así el amor. Y otras cosas de la vida. Y esa dualidad está constante en mí. La dualidad del ser. Las dagas eran exquisitas. ¿Sabes?, ojalá tuviera una daga turca.

7 de febrero, 2020

 

 

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