Era el tercer día de diciembre de 2015 cuando desembarqué en el Aeropuerto Internacional de Cuba José Martí por primera (y única) vez. Durante la preparación para el aterrizaje, tuve la impresión de haber observado terrenos rurales igualmente distribuidos, con diferencia de los grandes latifundios que uno ve en el descenso en Ezeiza, en la Argentina, o en muchos aeropuertos brasileños. Hoy no sé si eso es parte de un imaginario que tengo sobre el país o si fue lo que realmente vi; y, si lo he visto, no puedo afirmar con toda certeza que lo comprendí totalmente. Salí del vestíbulo del aeropuerto frustrada por no haber encontrado tarjetas telefónicas con que pudiera realizar llamadas para avisar a mis familiares de que yo había llegado: mi teléfono celular, con el que había enviado y recibido mensajes de texto durante la conexión en Panamá, estaba sin ninguna señal, como ya esperaba.

Luego, cambié algunos euros por CUCs, el peso convertible, la moneda del turista que equivale, en valor, al dólar. La decisión de llevar la moneda europea fue porque la estadounidense es penalizada en los cambios monetarios, por motivos obvios a cualquier persona que conoce mínimamente la historia del siglo XX. Terminado el trámite, cogí un taxi: era un coche nuevo, creo que francés, que me llevó hasta la Habana Vieja, donde se localizaba la casa que había reservado vía internet para hospedarme. Un importante detalle es que llovía torrencialmente y durante los dieciocho kilómetros que separan La Habana del aeropuerto apenas pude ver más allá de algunos palmos del vidrio delantero del vehículo. Las famosas vallas de anuncios estatales, solamente las vi claramente en los días siguientes. La vegetación, sí, que a mí me parecía bien familiar, así como el olor que sentí al bajar en el sitio indicado.

Para mi sorpresa y pánico, la reserva hecha para la casa de la calle Escobar no estaba disponible. No habían recibido el pedido online. Mientras me servían un jugo de mango excesivamente dulce, dos mujeres telefoneaban para algún local en la tentativa de solucionar la situación. Enseguida, me pusieron en un bicitaxi, una especie de carreta que es adosada a una bicicleta, para que me llevasen a otro local, en la calle San Rafael, donde de hecho quedé hospedada. Debo destacar que, ante la proactividad ajena, yo no tuve otra alternativa de transporte, pero el bicitaxi es un medio que yo no elegiría por mí misma, tal vez porque me recordaba a la cadeirinha, un asiento llevado por esclavos negros durante el período colonial brasileño, o incluso a los carros que conducen los caballos: en resumen, me parece una subyugación de aquel que pedalea y carga todo el peso sobre él solo.

Después de solucionado el tema del hospedaje, salí caminando a la izquierda por la calle San Rafael, rumbo al Parque Fe Del Valle, uno de los puntos de wifi público, donde compré ilegalmente una tarjeta de acceso a internet de uno de los muchos muchachos que ahí las ofrecían por tres CUCs. Eso me daría derecho a una hora online. Estaba azorada: mi celular de marca dudosa no me posibilitó la conexión (más tarde, cuando volví al mismo local con un tablet de mejor procedencia, pude efectuar el acceso). En aquel instante, yo sentía todavía más necesidad de ofrecer noticias mías a mi familia. Por diez pesos convertibles conseguí una tarjeta telefónica, con la cual hice dos llamadas rapidísimas, no sin antes recibir ayuda de alguien que percibió mi desesperación delante de los teléfonos públicos localizados frente al portal del Barrio Chino. Mientras hablaba en el teléfono (y también enseguida), lloré; y el llanto empegotó mis ojos de forma que, como suele suceder, no pude ver nítidamente por algunas horas.

Hoy, con un cierto alejamiento en el tiempo, veo un lirismo simbólico en las situaciones por mí vividas en mi primer día en la capital de Cuba. Tanto la lluvia como el llanto que no me permitían mirar el país, las dificultades comunicativas en la falla de la reserva del hostel, la complicación en comunicarme con el exterior: todas son situaciones metonímicas de mi relación con aquella isla hasta ese momento.

¿Qué sabía yo realmente sobre Cuba?

Sin dudas, mi modo de mirar el país era miope y borroso.

¿Con qué Cuba me comunicaba?

En términos de literatura, Alejo Carpentier (fallecido en el distante 1980) y su realismo maravilloso parecían ser los íconos máximos. De la contemporánea, uno que otro nombre, como el de Pedro Juan Gutiérrez, surgía en las charlas sobre literatura. Al respecto de la música, Buena Vista Social Club, debido al documental de Wim Wenders, era mi referencia. Las noticias en la gran prensa brasileña poco ayudaban, ya que eran (y todavía son) siempre debidamente sesgadas, generalmente en el sentido de evidenciar el aspecto dictatorial del régimen y de la longevidad de los Castro en el poder, sin mayor análisis o profundización. Mi visita al país se debía sobre todo a la conciencia de que sobre él yo sabía poco o nada: mi primer contacto con la literatura de Leonardo Padura, en el año 2014, estremeció muchas de mis convicciones. Yo estaba repleta de lugares comunes respecto a Cuba, y sentía la necesidad de ver y presenciar la isla comunista.

En aquel año 2014, Brasil estaba en ebullición política, y la inauguración del Puerto del Mariel con inversiones del BNDES (Banco Nacional del Desarrollo),  que evidenciaba las buenas relaciones diplomáticas de los gobiernos Lula y Dilma, del Partido de los Trabajadores, con los Castro, fue un hecho que causó indignación sobre todo a la derecha brasileña y un revuelo mediático tremendo. Eso puede haber sido importante para que la conminación “vai pra Cuba” (“vete a Cuba”) pasase a ser una especie de palabra del día para los sectores más reaccionarios y conservadores de la sociedad brasileña hacia aquellos que se identificaban o concordaban en alguna medida con ideas progresistas o de izquierda, las cuales, por su parte, asumieron la validez de la sentencia y se evidenció que Cuba era de hecho su país-modelo.

Pero, ¿qué saben realmente los latinoamericanos sobre Cuba?

Para intentar una respuesta, encuentro en mi memoria un libro perteneciente a mi padre, el cual estuvo siempre en un estante de libros en mi infancia: A ilha: um repórter brasileiro no país de Fidel Castro (La isla: un reportero brasileño en el país de Fidel Castro), un libro-reportaje de Fernando Morais escrito a partir de su viaje oficial a Cuba, en la década de los setenta. La portada era el rostro bronceado y barbudo de Fidel, usando su famoso cap, lo cual me causaba un cierto espanto cuando niña. En el instante de su publicación, período de Guerra Fría y dictadura militar en el Brasil, fue una obra importante en el sentido de enseñar cómo era la organización de un país en plena revolución socialista. Su editorial, Alfa & Ômega, fue un símbolo de resistencia política desde antes de la Ley de la Amnistía brasileña. Actualmente, sin embargo, la ingenuidad del relato de Fernando Morais parece evidente. Destaco el siguiente fragmento:

Sobre mi permanencia en Cuba, él [un diplomático llamado Ricardo] informa oficialmente que soy huésped del gobierno –ya que yo era el segundo periodista brasileño, después del bloqueo, que entraba en Cuba en misión profesional. […] El Ministerio de Relaciones Exteriores colocaría a mi disposición un coche (un Ford Falcon argentino, último modelo) con chófer, durante todo aquel viaje; él, Ricardo, sería mi guía. Le pregunto si toda aquella hospitalidad no acabaría volviéndose un constreñimiento para mi libertad de trabajar y ver lo que me interesara en el país. Él no llega a ofenderse, pero contesta secamente: “El Ministerio manda informar que usted tendrá el guía y el automóvil sólo cuando los quiera. Tendrá toda la libertad de circular por el país, y de hablar con cualquier persona. La oferta del coche y del cicerone sólo pretende facilitar su trabajo en Cuba.” En el fin del viaje, yo vería que la promesa había sido cumplida.

Hoy, aquel La isla… que perteneciera a mi padre se encuentra sin portada, tan roto y arruinado como el relato ahí contenido y el régimen revolucionario cubano. La narrativa de Morais, no obstante, parece todavía ser el modelo anacrónico para mirar el país.

Las izquierdas asumen una visión extremadamente monolítica respecto a la isla, como si ella comportara un ahistoricismo capaz de sostener nuestros discursos. Cuando leo u observo imágenes sobre la Revolución cubana, por ejemplo, se despierta en mí una afectividad tremenda. Encaro como un desafío saber manejar el aspecto afectivo con la conciencia de que Cuba es un país de verdad. Por más que los edificios sin reforma y sin pintura, los coches antiguos y los cigarrillos encendidos en locales cerrados den la impresión de que el país está parado en el tiempo, muchas cosas ocurrieron en las últimas décadas: varias generaciones de cubanos nacieron, la Unión Soviética desapareció, una crisis económica afectó de lleno la nación, Fidel Castro abdicó al poder y se murió. Poner en perspectiva los imaginarios estáticos sobre un país en dinamismo es extremadamente importante en la búsqueda de miradas más honestas.

Ese conflicto entre las formas de mirar Cuba está en la parte dirigida por el palestino Elia Suleiman de la película colectiva 7 días en La Habana (2012). Se trata de la historia correspondiente al jueves, “Diary of a Begginer”, en la que, casi sin diálogos, Suleiman se hospeda en el Hotel Nacional y aguarda para hablar con el Comandante. No se sabe exactamente cuál es su misión ahí, pero la espera está compuesta por escenas externas –paseos por las calles de la ciudad, visitas al Zoológico, al bar El Floridita y a la playa de 16– e internas –visita a la Embajada Palestina y acciones en los pasillos y en un cuarto del hotel–. Inicialmente, Suleiman observa a una mujer que posa para su acompañante sentada en un antiguo automóvil rosado, mientras el chófer, ignorado, intenta incesantemente hacerlo funcionar. Justo después, mira a tres mujeres que están montadas en el histórico cañón de Santa Clara, también aguardando para ser fotografiadas por un chico. Cuando está en el bar, un extranjero pide a Suleiman que le saque una foto con una mujer que lo acompaña, la cual está claramente incómoda con la situación, frente a la estatua famosa de Ernest Hemingway. Esos tres momentos son bien significativos del tipo de relación que el extranjero suele tener con Cuba: un local para fotografiar, un museo a cielo abierto –para usar una denominación recurrente–, o bien un destino para el turismo sexual. Así como en los museos, en que los objetos son expuestos y organizados fuera de su contexto original, parece haber una escisión y una incomunicabilidad entre la experiencia de los turistas observados por el protagonista de “Diary of a Beginner” y la realidad local.

Una perspectiva menos obvia del país ocurre en otras escenas, generalmente en encuadres que muestran caminos –pasillos, calles: la camarera que ayuda a Suleiman a encontrar sus aposentos en el laberíntico Hotel Nacional, las personas que observan el mar, el payaso que sale de su trabajo en el zoológico, los adolescentes escuchando y bailando reggaetón–. También están las repetitivas ocasiones en que Suleiman está delante del televisor en su cuarto de hotel viendo un interminable discurso de Fidel Castro en que son dichas todas las conocidas y anacrónicas fórmulas del discurso antimperialista socialista, aún hoy utilizados por parte del movimiento estudiantil brasileño. Tales escenas, juntamente con aquellas de cubanos mirando el mar, generan una sensación de claustrofobia generalizada que remite a mis primeros días en Cuba. Suleiman, que es un extranjero, asume una postura de observador distinta de los otros turistas de esa parte de la película.

Es posible asociar esto a la diferenciación establecida por Paul Bowles en The Sheltering Sky (1949) entre el turista y el viajante. Mientras el primer tipo de personas acepta su civilización y vuelve a casa después de algunos días o semanas, el viajante está todo el tiempo haciendo comparaciones entre culturas y estableciendo evaluaciones críticas porque no pertenece a un lugar más que a otro. Manuel Vázquez Montalbán, en Quinteto de Buenos Aires (1997), entiende esa información de la siguiente forma: “entre el turista y el viajero se marca la diferencia del que sabe los límites de su itinerario y el que se entrega a la lógica abierta del viaje”. No es gratuito que su detective Carvalho viaje a Buenos Aires asumiendo la segunda lógica. O sea, la investigación de calidad requiere una disponibilidad a la novedad que no está determinada por itinerarios prestablecidos. Suleiman, aunque visite puntos turísticos, no parece estar sumergido en el aura del turista, pero sí en la del viajante: él, solo y ajeno a la lengua castellana, observa lo que muchas veces queda invisible a aquellos que sólo ven lo que les conviene.

Algo semejante ocurrió conmigo. Yo, en La Habana, mujer y sola, pensé, innúmeras veces, estar viviendo erróneamente mi experiencia cubana. Hoy sé que la racionalidad desbloqueada del viajero se ha superpuesto a mi afecto relativo al país (y la afectividad ya es una especie de itinerario): perdí mi cartera en el primer día de viaje y, por consiguiente, viví con el pasaporte y algunos pocos euros por nueve días, adelanté mi retorno a Brasil justamente por eso, fui motivo de desconfianza para mi anfitriona, investigué en la Biblioteca Central de la Universidad de La Habana y en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, frecuenté los cines de la Avenida 23 durante el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y sus turbulentas entradas, fui asediada ininterrumpidamente por taxistas y hombres en las calles. No fui a Varadero, no conocí playas paradisíacas, no disfruté de ningún coche antiguo convertible, no fumé ningún Cohiba, no tuve guía turístico.

Cuando hablaba sobre esa experiencia en un Brasil políticamente polarizado, llegaron a decir que mi relato parecía salir de la boca de un coxinha (como son llamados peyorativamente los conservadores de derecha). Charlando con otras personas de izquierda que también habían estado en la isla, ellas me revelaban tímidamente, a regañadientes, que también habían percibido que el país tenía problemas, pero que no hablaban sobre eso con cualquiera. Lo que era cada vez más evidente es que no considerar Cuba un paraíso es un gran tabú para las izquierdas, una forma de alimentar la reacción política. Esa postura se reproduce en muchas otras esferas, como la de la crítica literaria. No es sorprendente, por lo tanto, que aquellos que comentaron El hombre que amaba a los perros (2009), de Leonardo Padura, en el Brasil, que eran sobre todo gente de izquierda, sistemáticamente ignoraran o disminuyeran la importancia de la parte de Iván, un cubano que ha vivido persecuciones, censura y mucho miedo en el llamado Quinquenio Gris y después. Por todo eso, me parece cada vez más urgente una mirada de viajero sobre Cuba, en todos los ámbitos del conocimiento. Por eso, lo que me ha guiado últimamente es la siguiente cuestión:

¿Qué cosas nos quiere decir aquel país?

Oírlas me parece una excelente forma de comenzar a pensar sobre él.

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