Alberto Fuguet (FOTO Culto)

Un flashback:

A principios de los noventa, la filial de la editorial Planeta generó una entelequia, algo que, como mucho, existía sólo en los mesones de las librerías caras de Santiago o en la cabeza de ciertos reseñadores snobs pidiendo novedad.

Esa entelequia se llamaba Nueva Narrativa Chilena.

Novelas como Natalia, de Pablo Azócar, y La ciudad anterior, de Gonzalo Contreras, o colecciones de cuentos como Gente al acecho, de Jaime Collyer, dieron cuenta de un desmarcaje obvio de la narrativa anterior, dolida y doliente por la experiencia de la dictadura. Aquí se permitía cierta experimentación, pero sólo en tanto recuperación de técnicas, como la corriente de la conciencia y el juego con lo fantástico, que parecía haberse interrumpido con los militares golpistas.

(Hoy uno revisa esos libros y lo que nota es que fueron manufacturados atendiendo a la forma más que al fondo, a los giros gramaticales y al estilo más que a contenidos que hoy digan algo.)

Por otro lado, autores anteriores, como José Donoso y Antonio Skármeta, continuaban manteniéndose de alguna manera a flote, sobre todo cuando decidieron abrir una novedad en Chile: los talleres literarios. El espacio del taller literario, se ha sabido desde siempre y hoy no sorprende, sirve poco para ponerse realmente a escribir. Es una instancia, en el mejor de los casos, para observar callado los fuegos cruzados de los narcisos y notar cómo algunos se aferran a paradigmas de lo que debe o no debe ser un cuento.

Desconozco realmente los contextos de los talleres de Donoso y de Skármeta (gran tema de investigación pendiente: un anecdotario curioso, un libro chismográfico de los dimes y diretes de quienes acudían allí), pero sí resulta una evidencia de que en los talleres de ese Chile que abandonaba el horror pinochetista en pos de una alegría de arcoíris, empieza a hacerse notar un joven que comparó, en las narices de Donoso, a Bukowski con Dostoievski; que había vivido en Encino, California; que andaba con camisetas del Pato Donald mientras que sus compañeros de periodismo de la Universidad de Chile lucían las del Che Guevara; y que ponderaba dos novelas fuera del canon preciosista y aburridísimo que Azócar, Contreras, Collyer, Franz, Darío Oses y Marco Antonio de la Parra, entre otros, habían querido articular, ponderando que esas dos novelas le habían enseñado a hablar el español: Papelucho, de Marcela Paz (el diario de un niño que cuestiona todo lo que ve) y Palomita blanca, de Enrique Lafourcade (la historia de una quinceañera hippie que se involucra con un chico de estrato acomodado).

Ese gringo que no se esmeraba en borrar su filiación con el sector alto de la capital, y al que le importaba más escribir libros que la literatura, era Alberto Fuguet.

Otro gran tema de investigación (porque Fuguet, a pesar de hacer de la sobreexposición y de la falta de pudor su motor creativo, no ha hecho remembranza clara de esto en alguna crónica o entrevista): ¿qué fue lo que aprendió, realmente, de los talleres de Antonio Skármeta y de José Donoso?, ¿cómo podría configurarse, desde allí, un Fuguet antes de Fuguet?

Se sabe, por recortes de prensa acá y acullá, que a principios de los noventa les dijo a sus compañeros de taller que estaba escribiendo una “novela histórica”, de la cual apenas tenía el primer capítulo. Esa novela histórica sólo se retrotraía apenas diez años, a 1980, y su telón de fondo era la amañada votación de la infame Constitución de Pinochet (esa misma que ahora, en 2020, en Chile se quiere tumbar). En ese primer capítulo aparecía un joven, Matías Vicuña, a quien, salvo por ciertos estímulos como la cocaína, el alcohol y una mulata con quien se enredaba en su viaje de estudios en Brasil, la vida le parecía un apeste, un fraude; un televisor con distorsión que hay que corregir, pero sin tener aún las herramientas para hacerlo. Sus hermanas viven de apariencias sociales (bautizan a sus hijos siendo judías, se preocupan por aparecer siempre en las columnas sociales), mientras que su madre tiene un affaire con su tío y su padre vive la crisis de los cuarenta sin mucha crisis, la verdad, y también sobreestimulado. Pero en la novela nadie habla, nadie dice nada, porque lo más importante para el barrio alto es mantener la simulación. Por eso este Papelucho adolescente, este Holden Caulfield chileno (gracioso que hayan acusado a la novela de plagio en primer grado de The Catcher in the Rye, cuando el mismo Matías lee la novela y la comenta con personajes a los que les parece sobrevalorada), es así; por eso Vicuña es agrio cada vez que puede y con quien puede, y va quedándose solo hasta encontrar la herramienta que pueda arreglar el televisor desajustado.

Esa novela se publicó en Planeta y el título era casi generacional, a lo Douglas Coupland: Mala onda.

Y aquí viene un largo paréntesis.

Una vez, en la enseñanza básica, un compañero le sugirió a nuestra profesora de Castellano leerla en clases. “Me revienta Fuguet”, nos dijo. Cuando se la pedí a mi papá de regalo, a la salida de la librería la empezó a hojear y se detuvo, enojado: “Vamos a devolver esta huevada. Cometí un error. Mira, está llena de garabatos”. El infumable cura Ignacio Valente (el Sebastián Urrutia Lacroix, de Nocturno de Chile, de Bolaño), crítico literario de El Mercurio, confesó no haber podido terminarla, pero aun así la repudiaba e invitaba no leerla (?).

Resultado: jóvenes que en su vida habían agarrado un libro –o sí, pero de Carlos Cuauhtémoc Sánchez o Isabel Allende, así que no vale– devoraron la novela. Se reconocieron en esas carreras de madrugada por la avenida Kennedy, en esas fiestas de toque a toque y de puro reviente, en las esquinas del barrio alto con colegios caros y botillerías exclusivas. Lo que traía esa novela era, como dice el crítico y editor Matías Rivas,  “un estilo de escritura rápido, de frases cortas, vinculado al cine y al pop, con groserías y palabras en inglés, seco y expresionista. Es decir, usaba el lenguaje en que hablaban en los ochenta los cuicos”.

A casi treinta años de su publicación, la releí este invierno mexicano. Y quedarse sólo con la cocaína y los garabatos y el desprecio por el Chile de la reconciliación es deformarla, no entenderla. Ahí está la cuestión judía, en páginas y páginas formidables (narrando la historia de los antepasados húngaros de Matías, que huyeron de Europa y tuvieron que ocultar sus orígenes en un país casi tan antisemita como Alemania); ahí están descritas todas las estrategias mediáticas de la dictadura: programas livianos, caricaturas, revistas del corazón al por mayor para convencernos en los ochenta de que estábamos bien con “mi General” y que otra alternativa posible sólo nos retornaría al comunismo; y ahí, sobre todo, está un tópico fuguetiano: conectar con un padre al que se le teme y desprecia mediante su destrucción: la figura paterna, construida monstruosamente por habladurías y proyecciones, debe hacerse polvo, asumirse en su culpa, para que los protagonistas crezcan (véase esto, también, en Missing, Tinta Roja y algunas historias de Por favor, rebobinar).

A casi nadie le caía bien Fuguet a principio de los noventa. A nosotros, sí. No por polémico, ni pesado, ni por impulsor de la cultura pop gringa a través de sus libros y luego columnas, sino por inerme. Estaba dispuesto a quebrarse y a mostrarnos página a página cómo se quebraba.

Existen diversas etapas posteriores en la narrativa de Fuguet (la recuperación de la “literatura en papel roneo” de escritores como Alfredo Gómez Morel y Armando Méndez Carrasco, y el trasfondo chandleriano del Santiago de los reporteros bohemios, en Tinta roja; las técnicas del periodismo de investigación aplicadas a una historia familiar, en Missing; la hipersaturación cinematográfica como excusa para dar rodeos y contar con algo más de amabilidad la intimidad de las vidas familiares, en Las películas de mi vida y Por favor, rebobinar; la novedosa exploración homoerótica en No ficción y Sudor), pero su libro más dulcemente traumático es y seguirá siendo Mala onda.

Ahí ya está todo, desde la sacudida generacional y la búsqueda de reconciliación paterna hasta el influjo evidente de Puig y Vargas Llosa (¿cuándo un buen estudio comparatista/intertextual, colegas académicos?).

En 2021 se cumplen treinta años de su publicación.

No sería mala idea ir pensando en una edición crítica.

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