Un videoclip para ‘El grito mudo’ de Carlos Varela: ‘Why Not?’

Fotograma del videoclip ‘Why not?’ donde aparece Carlos Varela

Según lo que el mismísimo Carlos Varela, calentando las redes el martes 5, estuvo diciendo a sus fanes vía Facebook, el viernes 8 de noviembre estará disponible, en todas las plataformas de música del mundo mundial, El grito mudo, su último trabajo. Este álbum, del que han podido escucharse algunas canciones como “California” y “El grito mudo”, la que le da nombre, estará disponible de modo gratuito desde hoy, y a través de un link, para quienes viven en Cuba y no pueden adquirirlo –anunció en un golpe de dados propio de su (in)genio y figura el autor de Como los peces (1994), mientras acopiaba, “personalmente”, y cito, los correos electrónicos de todos los que se han querido apuntar a ese envío–. Burlándose del copyright, El grito mudo llegará, pues, en forma de mensaje, como regalo dentro de una botella, hasta los cientos de seguidores que lo solicitaron, y hará probablemente de las suyas: contagiándose, en secreto o no tanto, de inbox en inbox, de ciudad en ciudad.

¿Hacía rato que el gnomo no se pegaba en los medios? Hay quien dirá que sí. Que ni él ni su música; ni la lengua en que sabe –ya de memoria– componer habían estado dando tanto qué decir, al menos por estos lares, desde “hace no sé qué tiempo ya”. Si es que puedo hablar por mí –y acaso por algunos otros, porque estoy segura de que aquella época, en que costaba muchísimo más montear la información y memorizábamos como esponjas, no es la de hoy ni entre sus fanes number one–, en efecto, a Carlos Varela difícilmente uno deja de oírlo o de esperarlo sino es a través de la reverberación de lo que fue y removió dentro, de lo que nos dejó –como otros tantos que no vienen a cuento–. Son demasiados fuertes aquellos tres discos de la caída de todo, del derrumbe –como para no escuchar “Bulevar” tras “De espaldas a La Época”, y “Como un ángel” bajo “El grito mudo”, o para no entremezclar el carrusel de Jalisco Park al girar del Coney Island–. Y era también un tiempo en que estábamos bien alertas: todavía utópicos, todavía rebeldes, todavía con ganas de comernos el mundo. Todo nos interpelaba entonces, todo nos hacía saltar…

Miro la lista de canciones de aquellos primeros álbumes y, aunque (sé que me) lo(s) sé, me asombro: con casi cada título me viene a la boca un estribillo. Yo que he olvidado tanto y a tantos, todavía puedo tararear, a menudo del pi al pa, al Varela de los vibrantes noventa, escoltado por Señal en el Asfalto. Y estoy contando desde Jalisco Park (1989) –con “Bulevar” y “Memorias” hasta los temas “Foto de familia” y “Graffiti de amor”, pasando por “Enigma del árbol” o “Desde aquel día en que dividieron todo”… Después, no se acabó el mundo ni se cayó el cielo ni pasó nada más –aparentemente–. Y no sé si fue porque la universidad, el desamor o la desidia –que es decir el desierto de la (des)ilusión– lo coparon todo, pero creo que en Holguín yo lo oía más que cuando vine a parar a La Habana y pude pescar, ya trasnochada, alguno de esos conciertos de La Tropical, con Diana Fuentes haciéndole el dos a todo tren. De la primera década del XXI, en que recicló sus hits –entre sus vástagos malditos–, me llega, en cambio, apenas el recuerdo entrecortado de acordes como ráfagas o punz/tadas, con “Una palabra”, “25 mil mentiras sobre la verdad” o “No es el fin”.

Para decirlo rápido y regular, creo que a Varela –como a tanta música de nuestros “mejores” años– no lo queremos oír siendo (no ya lo que es él sino) los que somos hoy. Para escucharlo, querríamos convocar a los que fuimos antes de fin de siglo, por volver a movernos sobre “el agudísimo filo” de la cuerda en que nos hacía vibrar. No es un problema solamente político o de intelectualidad orgánica, de aullidos ni de silencios –de esa lengua que sería de sordos decir que estuvo muerta en todos y cada uno de sus discos de estos veinticinco años, o que no criticó, o que se quedó sentada sobre el pánico…–. Cualquier oscura cosa que se mueva no puede ser contra él, o no del todo. Es furia contra lo que se desmoronó, es sentirse traicionado y traidor de sueños que se hicieron quimeras, que devinieron monstruosos. Hay una añoranza que desvela y que está, claro que sí, como está el reproche a este universo y a su anverso, en las letras de ese disco que hoy se está lanzando.

Este topo no ha abandonado los temas que lo movilizaron ayer y le ganaron público: la muerte, el amor, (la fuga de) la casa rota, ni siquiera lo mítico, con esa sagacidad suya para ponerles música a ciertos héroes o lugares incómodos o emotivos (de Guillermo Tell a Tristan Tzara, de Bola de Nieve al “Muro” del Malecón, de Memorias del subdesarrollo a la mismísima California…). Y ahí están, para no dejarme mentir: “El grito mudo”, “Perdón” y “Origami”, “De espaldas…”, “El bostezo de la espera” y “Serguéi el cosmonauta” –que sorpresivamente sincronizada podría haber sido banda sonora de la película Sergio y Serguéi, de Ernesto Daranas–. Si algo ha cambiado con las décadas es más bien el tono y el lente, el modo de hacer frente a esas realidades. Así, donde ayer sentimos que la vitalidad del cantautor resonaba con la nuestra, por emprender cargas contra bribones, ahora lo vemos detenido ante un perfume persistente: entre las “coronas de flores” y las carcasas de lo que se repite bajo los bostezos, ante la sangraza de lo ido, de lo que ya no fue, o invitándonos –como en ese videoclip que veremos muy próximamentea repensar los conceptos de religión y heroicidad, de representación y futuro… “Otros dioses, otras cruces, otras voces, otras luces” –dice y no se me van de la retina los rejuegos del light painting que deletrea la canción como en un karaoke, ni se me deja de volar la cabeza con esa pregunta suya que no escapa al cubaneo actual: “Why Not?”

Puede que este gesto de Varela de regalarle a su público cubano en Cuba El grito mudo sea culpa de la polvareda que se armó desde Hypermedia Magazine, en relación con su piscolabis en España por el aniversario de Como los peces. Ha sido una polémica nacida entre otras cosas de la nostalgia, del ajuste de cuentas a los “héroes” (que esta Isla de fanes de Robin Hood y Robinson Crusoe sigue pidiendo a gritos), del susto de vernos, a tantas lunas, y aún a siglos aparentes de distancia, rotando en “la maldita espera”, enyuntados a la misma noria torturante, detrás de la misma novia ingrata, engavetada –esa Cubita la bella que sigue sin tener ni dar(le) luz a tanta gente que, aunque se larga, la carga sobre los hombros o entre pecho y espa(l)da–. Al final todo se trata de lo mismo, y los corazones se siguen pe(n)sando a la manera del antiguo Egipto, pidiéndoles poesía y crítica a boquejarro a los intelectuales, ética y coherencia a los políticos, apego y no desarraigo a los hijos de la m/patria, originalidad y rebeldía a los jóvenes –que ya no somos precisamente nosotros.

Como decía aquella canción de una serie supersonada en nuestra adolescencia: “El mundo cambió. / Ya la vida no es un reino ideal, / todo a blanco y negro. / ¿Cómo sucedió?/ […] Con viejos cuentos no les pueden engañar./ ¡Abran las puertas del camino a la verdad!”; y como dijo él en Monedas al aire (1992) desde que los mapas empezaron a cambiar de color, la geografía y las ilusiones se mueven, los actores mutan…, la vida se va. Y, Varela, como tantos que han sobrevivido a los vendavales, con tanto oleaje, dizque aprendió a surfear. Otra cosa es, ya se sabe, pedirle peras al olmo, aunque una quiera seguir viviendo como piensa y defienda las subalternidades, y sea la que se duele del descalabro global, la que cede el asiento, la que cruza al ciego la calle, la que no tira un papel en el piso, la que da limosna, la que deja propina, la que se baña en el aguacero, la que monta bicicleta, la que no mata una mosca… ¿Suena ridículo?, pero a ratos es muy pequeño, sí, lo que asumimos transformar aún; lo que volvemos nuestra acción buena del día, nuestro pequeño espacio de libertad, tras habernos desplazado del paso al frente al paliativo y a la búsqueda de alternativas, aturdidos por la reiteración de la seguidilla retórica, entre el “ahí viene el lobo” del imperialismo y la hartura por la desolación de nuestros paisajes agrícolas, y por las grietas de tanto prefabricado que emula la ruina colonial.

I donʼt know… lo que le pasó a Varela; yo sé lo que me pasó a mí, y lo que (no/s) hemos hecho los “culpables” (él-tú-yo) del beso del silencio –como dice “Why Not?”–. Si bien es su videoclip lo que me impulsó a escribir, se me vuelve inevitable rearmar dentro de mí sus discos y las cosas que “no volverán a ser jamás” entre nosotros, ahora que vamos comprendiendo, “aunque parezca demasiado tarde”, “cuánto mal/ hay detrás del bien” y “que no hay héroes sin cobardes/ sin perdón”. El espectáculo de la música tiene el raro don –y más en el lucerío superproducido de la contemporaneidad, incluso para esos que en solitario se trasladan a su ritmo por la calle, con audífonos o no, como en su propio videoclip– de hacernos sentir / parecer triunfantes, triunfales. Carlos Varela tiene también la intuición, eso que llaman olfato –como algunos escritores que conozco, y estoy pensando más bien en Legna Rodríguez Iglesias o en Jorge Enrique Lage– para atrapar el Zeitgeist epocal, lo que más duele de una orilla a otra, cruzando “sobre las seda de los mares y de las flores árticas, que no existen” –como diría un poeta.

Ahora puede que no los convenza; después quizás sí, cuando lo escuchen… Yo creo que el Carlos Varela de El grito mudo es también un pez ciego escondido detrás del miedo, un superhéroe cansado que se cayó “de espaldas” del pedestal. No en vano confiesa que le “hace daño volar” y le “hace daño caer”. Como tantos de nosotros, sin importar las latitudes, como corresponde, él viene derrotado; y habita sino física quiero creer que espiritualmente el retrato de esa gente que, entre El Encanto y La Época, “se empezó a olvidar / […] comenzó a escapar / […] se empezó a apagar / […] como si fueran nada / como si fueran luces / de una ciudad apagada / […] como el mar”.

Sobre los restos del naufragio colectivo, sobre la demora de “los pequeños sueños”, sobre las balas perdidas de este carnaval… resuena la música de El grito mudo, que amén de volver a hablar de la soledad y el suicidio en la adolescencia –esta vez a raíz del choteo escolar–, también va de estotro, de preguntas sobre el pasado, el presente y el futuro, que tras oírlas nos persiguen: “Nadie sabe bien cómo pasó. / ¿Cómo dejamos que el poder / se hiciera Dios?” Escucho el disco una y otra vez, y me llama la atención una extraña fe que subyace en algunas letras, la gravitación de la virgen de Regla, ese rezo que las atraviesa pidiendo lluvias no sólo para California y brújulas para Cuba. Canciones convencidas del desastre que conviven con otras aún esperanzadas, y con otras tantas ensimismadas: de autoexploración, confesionales. Oyéndolas, a ratos me parecen una y la misma canción de amor, el mismo desnudo frente al espejo de quien se enfrenta a su león y a su origami, a su fiereza y a su fragilidad.

Recuerdo bien –para qué negar que estuve por allí–, tiempo antes de las primeras fotos hechas en octubre de 2016, cuando Néstor Kim y Willie Capote comenzaron a idear el videoclip Why Not? Me bebo uno tras otro los encuadres donde la luz dibuja las palabras al unísono con la canción, por escenarios disímiles, entre La Habana, Matanzas, Miami, New York, Dubái y un trozo de aurora boreal. Junto a locaciones clásicas o muy a lo Carlos Varela (del monumento a José Miguel Gómez y la concha del Estadio Martí al cementerio chino, los caballitos del Jalisco Park o el campo de batalla del ajedrez), reconozco otros lugares familiares: un pasillo, una azotea, una pared descarnada de ladrillos, unas flores marchitándose a través de los días, la colección de relojes de pared de Homero –un anticuario de Matanzas–…

Fotograma del videoclip ‘Why not?’

Me emociono un poco, el doble, el triple de lo que se supone. Tocada por la letra y la música de una canción casi evanescente, que –como indica Kim, sin ocultar cierto aire de ensoñación– por la propia naturaleza “intangible” de su mensaje, le sugirió esta técnica que ya había explorado una vez. Me motiva lo que tengo delante y más cuanto despierta el resonar en mis oídos de las conversaciones de aquellos días, cuando Kim y Willie buscaban el mejor modo de llegar… No lo sabía bien, pero yo igual estaba esperando ansiosa, secretamente, que acabaran por fin este videoclip.

Producida por Olivia Prendes, la pieza debe su dirección a Kim y asimismo su fotografía, compartida con Capote. Debe además parte de sus escenas a Dariel Rodríguez. En el caso de Néstor, Why Not? tenía como antecedente el corto Plan C (2008), antigua pieza donde se conjugan la animación y el light painting para contar una historia de amor y sexo frustrada, vivida entre el apagón y el alumbrón, con fosforeras que quemaron literalmente las yemas de los actores. Why Not?, en cambio, fue acometido con una batería de linternas que andan rodando todavía por ahí, entre el instrumental de sus perseverantes autores.

Kim es matancero, fotógrafo, animador y director. Cursó estudios de Apreciación cinematográfica en el Instituto Cubano de Artes e industria Cinematográfica (ICAIC) y de Técnicas fotográficas en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Tallerista de Dirección de arte en la escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV) y del cineasta Enrique Colina, en clases sobre animación. Otra pieza en la que se ve su mano es Proposiciones (2010), donde se desempeñó en un tour de force colectivo, como parte de un video que imbrica varios estilos y técnicas de animadores como Idania del Río, Jarol Cuéllar, Nelson Ponce, Roberto Ramos y Raupa. Kim fue fotógrafo del documental La Cuba de hoy (producido por National Geographic) y de la serie documental Startup Cuba (de Verv TV). Lo último que dirigió fue Lessons Learnt y the Sea, un cortometraje de ficción sobre el poder de los seres humanos ante situaciones adversas. Otro clip suyo es La Barbarie, hecho en colaboración con Yimit Ramírez, a partir de numerosas pantallas que daban voz y rostro a El Bárbaro, un rapero lamentablemente poco conocido.

Willie Capote reside en los Estados Unidos y es diseñador de interiores en Brooklyn, New York. En su Habana natal, se dedicó al diseño editorial tanto como al industrial, con el proyecto LampArte y como colaborador de la Fábrica del Arte; en fotografía, trabajó en proyectos audiovisuales independientes y en AirBnB; como hobby, fue baterista en los grupos Rebound y Golden Popeye’s Theory.

El día que me dieron el material –aún sin concluir– anduve en bicicleta, como precipitada en una escena de Roma, ciudad abierta, del Vedado de las letras al de los números, y de ahí a la Habana Vieja, y de allí a Playa, y luego a Santos Suárez…, poniéndome una y otra vez la canción en el teléfono, para dar pedales medio enfebrecida. No en balde esta fue la escogida. La distingue, con su brevedad, una fuerza que se desata en el deseo, en la explosividad de esa serpentina de colores que, lanzada con el cañonazo de las nueve, replica y amplifica muy bien esas ganas de “creer antes de dudar” y de “correr, correr, correr… sin mirar atrás” que no pocas veces nos asaltan a todos. Los deslizamientos espaciales de la pieza anuncian, “a todas luces”, otros tiempos…; reúnen la hibridez del aquí y el acullá de sus autores, la dislocación de nuestros días. Kim, de Matanzas a La Habana; Willie: de La Habana a New York.

Y no dejo de pensar que también la materia de la que está hecho el video, la luz que pinta, un arte compartido por ese dúo en sus correrías fotográficas, junto a los gajes como animador de uno y como rockstar del otro, son parte del secreto que subyace bajo el encanto de este videoclip “hecho a mano”, que saldrá en Youtube el 15 de noviembre, y algunos de cuyos secretos de manufactura podrán hallar los más curiosos en el Instagram de Néstor Kim.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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