‘Basta ver cómo brillan’ (detalle), Marta María Pérez Bravo, 2000

Interpelaciones al archivo

Un símbolo es una verdad es el título de la exposición de Marta María Pérez Bravo que se inauguró el 30 de octubre del pasado año y se extendió hasta el 26 de enero del 2020 en el museo Ex Teresa Arte Actual, del Centro Histórico de la Ciudad de México. El espacio museístico se levanta hoy en lo que fuera el Convento de San José y Templo de Santa Teresa la Antigua, fundado en 1616 para albergar la Orden de las Carmelitas Descalzas.

A los espíritus y reminiscencias espectrales de esas monjas en clausura, que todavía deambulan por aquel convento, parece haber escogido Marta María para rendirles tributo a través de sus prácticas creadoras –acaso podría también decir sanadoras–. En las imágenes e instalaciones que la artista presentó emergieron cuerpos translúcidos y almas en peregrinaje, fragmentos de memorias clausuradas por capas de tiempo, por ruinas arquitectónicas y por las superposiciones de relatos históricos. El gesto de invisibilización/visibilización de esos palimpsestos posiciona a Marta María, no sólo en el rol de artista médium. Aquí me refiero a médium en una doble dimensión: médium en la medida que se ofrece como cuerpo o como sitio de alojamiento para que esos espíritus se expresen; y médium también como acto creativo, en el sentido en que lo definió Marcel Duchamp cuando concebía al artista forjando una relación permanente entre la materia simbólica y el espectador.[1]

Todo lo anterior forma parte de los rituales performativos que sostienen esta exposición. Sin embargo, el rol que querría subrayar acá es el de Marta María como artista investigadora, una que produce narrativas tropológicas articulando las rutas y las herramientas de una etnografía densa. Esto no quiere decir “contar todo lo que ve”, sino anudar, hilvanar un régimen escópico que propone una genealogía selectiva de materialidades y tramas de significación que disputan y emborronan los sentidos orquestados por otros regímenes visuales de disciplinamiento. Para ello, su movimiento ha sido doble: indagar en el archivo material –y al unísono intangible– de este cronotopo que es el Ex Teresa Arte Actual y, al mismo tiempo, explorar los trayectos de su propio archivo poético, que remite ya a un largo y maduro proceso de trabajo con imágenes que va desde la fotografía, la video creación, las instalaciones e intervenciones in situ, así como la experimentación con el cuerpo y las prácticas creativas que vinculan puesta en escena, happening y performance.

‘21 almas llamando’ (detalle), Marta María Pérez Bravo, 2019. Vista interior de la exposición ‘Un símbolo es una verdad’, en el museo Ex Teresa Arte Actual de la Ciudad de México

Recordemos que Marta María Pérez comenzó a renovar en Cuba a finales de los años ochenta del siglo XX la llamada fotografía conceptual, y lo hizo a partir de conjugar las figuraciones de su cuerpo con los ritos religiosos de ascendente africano. Alejada de las fórmulas más socorridas de presentación de estas prácticas, la creadora trascendió los significados concretos que estas puestas en escena tienen dentro de ceremonias y espiritualidades específicas, para inscribirse en un entorno sociocultural más amplio y discursar, con los elementos aprehendidos de estas tradiciones afrocubanas, sobre procesos espirituales y políticos, construcciones sobre género, sexualidad, diferencia e identidades en desplazamiento.

Así, desde sus primeras incursiones, la obra de Marta María se situó en los territorios transgresores de saberes y prácticas que encontraron en su cuerpo los signos de una iconografía híbrida, heterogénea y experimental. Ella prefirió desligarse del obturador y convertirse en la protagonista de sus escenificaciones y de sus propios rituales, rechazando además la habitual perspectiva de la fotógrafa que se distancia de la realidad que muestra a partir de la posición que ocupa del otro lado de la cámara. Desde esas coordenadas deconstruye lo sobrenatural, en una operación analítica compleja donde lo divino se ajusta a la medida humana para expandir su cuerpo más allá de sus límites y, a su vez, fundirlo con atributos sagrados que le imprimen su “carga” y energía. El cuerpo humano deviene a través de esa performance creativa en un campo pleno de fuerzas y poderes, equiparable a un atributo religioso, a un santo o a un altar. Entonces, la desestabilización de la práctica fotográfica tradicional en las imágenes de Marta María tendría que ser anudada a la premisa del cuerpo como un territorio político, que se modela en correlato con procesos de negociación, conflictos y luchas sistemáticas.

Desplazamientos y memorias coloniales

En las prácticas investigativas que sostienen la exhibición Un símbolo es una verdad, las fantasmagorías del presente de la institución museística dejaron ver también otras huellas. Marta María se inclinó por aquellas monjas del Convento de Clausura del Antiguo Templo de Santa Teresa que levantaron con sus propias manos, al lado de albañiles, las paredes de su encierro.

Historias mínimas que no alcanzaron la fuerza o la legitimidad para ser contadas, relatos olvidados, quizás pasiones prohibidas, restos y fragmentos de cuerpos femeninos consagrados a la clausura, higienizados y disciplinados socialmente en un edificio colonial. Una metáfora arquitectónica del encierro y de la dominación que Marta María sitúa en un escenario complejo de relaciones de poder.

La agencia de esos cuerpos femeninos que fueron también expulsados de su construcción genérica, entre otras prácticas, al ser uniformados, enclaustrados y borrados del mundo visible, emerge en estos intersticios, en estas fisuras, en los afectos y fragilidades que las imágenes de Marta (y también el sonido –el sonido como imagen–, incluso el silencio como marca de sonido) producen a modo de correlato con esas vidas truncadas. Desde esta perspectiva, no hay una recuperación explícita ni literal de relatos de vida, sino un ejercicio creativo que rehúye de mimetismos y toma a la sinécdoque como un recurso expresivo para empoderar y visibilizar esos cuerpos violentados.

‘21 almas llamando’, Marta María Pérez Bravo, 2019. Vista interior de la exposición ‘Un símbolo es una verdad’, en el museo Ex Teresa Arte Actual de la Ciudad de México

Objetos disímiles, desde una campana para comunicarse entre ellas, hasta la imagen de San José frente a la instalación de un altar con veintiún vasos de agua consagrados por la creadora como una forma de otorgarle corporalidad a las veintiuna monjas que allí habitaban (21 almas llamando, 2019); rincones, esquinas, el orificio por el que podían ver la misa (Cuna y tumba, 2019) –un espacio liminal entre el adentro y el afuera, entre lo permitido y lo prohibido–; paredes, cúpulas, haces de luz, sombras y claroscuros se le ofrecen a Marta María para reescribir y resignificar los relatos heterogéneos y la complejidad de las subjetividades de este recinto anacrónico que la artista produjo y visibilizó como un espacio-archivo. El archivo como ofrecimiento, pero un archivo en construcción, inacabado, siempre incompleto. Insisto acá en la fuerza y en la potencia que ese procedimiento investigativo de Marta María tiene en la museografía y en la curaduría de la exposición. Una relación impecable, estrecha y sumamente productiva entre el continente y el contenido de la muestra.

En otro orden de esas tesituras simbólicas que Marta nos permite imaginar, las intervenciones en el espacio arquitectónico remedan también rituales para acceder y pedir permiso a los espíritus que acá habitan. Una ocupación consensuada y conjunta del espacio y sus espectralidades con otras prácticas y con otros saberes. Un ritual de intercambio de energías imprescindible para convivir, para llenar con gestos visuales los pliegues de esas memorias e historias de subjetividades silenciadas.

Asimismo, se trata de una intromisión no violenta, una señal de respeto a los ancestros que nos coloca en una dimensión de humildad, de gratitud, de horizontalidad; acaso –sin proponérselo del todo– la expresión de aquella premisa yoruba ikú lobi ocha (‘el muerto parió al santo’). Una familiarización con el espacio y sus tramas históricas de gesto contrario a la impronta y a la performance colonial. Con el beneplácito y la autorización de los egguns, será posible echar a andar la gramática visual de una creadora que busca explorar, desde procedimientos poco habituales, los archivos de la colonización. Marta María es consciente de ello y establece rutas paralelas entre nuestros muertos –esos que nos hablan desde el Espiritismo, la Regla de Ocha, el Palo Monte (nuestras marcas caribeñas, también coloniales y colonizadas)– y los muertos de estos destinos continentales, yuxtaponiendo quizás relatos de sobrevivencia y empoderamiento de cuerpos abyectos y fragilizados.

Abriendo archivos

No es la primera vez que Marta María interpela los archivos coloniales. En la serie No son míos (2008-2010), sus interrogaciones en torno a los records policiales de principios del siglo XX en Cuba constituyeron la clave de lectura y mostración de un corpus amplio de retratos de sujetos, la mayoría afrodescendientes, que fueron acusados de delitos vinculados con las prácticas de religiones afrocubanas. Allí, el montaje –en su doble condición de operación técnica y conceptual– de esos retratos de rostros racializados y estigmatizados históricamente sobre las fotos del propio rostro de Marta María (mujer y blanca) fungió como un proceso narrativo que le permitió superponer, en una misma imagen, los múltiples desencuentros entre la producción de alteridades y los ejercicios de poder.

Vista interior de la exposición ‘Un símbolo es una verdad’, en el museo Ex Teresa Arte Actual de la Ciudad de México

Entonces, en un segundo movimiento sobre el archivo –o a contrapelo del archivo–, que también acontece desde la matriz de los sentidos que le propuso el espacio arquitectónico del Ex Teresa, Marta María explora e indaga en los archivos de su propia obra, para seleccionar y producir allí otras articulaciones. Un acierto fundamental de la curaduría, que sin dudas es conceptualizada en esta exposición como un sitio también de tensiones, de disputas y laboratorio abierto de ideas. Esta operación de archivo le permitió no sólo resignificar imágenes creadas con antelación, sino también gestar nuevas instalaciones y videos que usaron la materia espiritual y religiosa del culto católico como dispositivo –me atrevo a decir político– que interpela procesos sociales más complejos: la culpa, el castigo, la penitencia, la clausura, el encierro, lo sagrado, por supuesto, la autoridad.

La noción de régimen escópico, definida por Martin Jay –“imágenes emergentes en una sociedad y en una época, es decir, el modo de ver en una sociedad ligado a sus prácticas, valores y otros aspectos culturales, históricos y epistémicos–,[2] no es sólo una referencia analítica más, sino que se convierte en un locus para el tránsito, para el viaje, para el peregrinaje sin fronteras, sin límites. Un escenario de lo posible para que las obras de Marta se encaucen por los rituales que nos llevan de ida y vuelta a Cuba y a México.

Encuentro una relación muy inquietante y productiva en las operaciones archivísticas de esta exhibición, en el trasiego con la producción de archivo y todo lo que esa práctica genera: guardar, esconder, custodiar, clasificar, controlar, censurar, silenciar. Pero también su antípoda: narrar, “hacerlo hablar”, volverlo elocuente. El archivo como un suplemento crítico, diría Derrida.[3]

Definitivamente, las prácticas simbólicas de Marta María, desde la imbricación entre lenguaje y procesos de construcción de sentido, ponen en tensión los mecanismos de opacidad de la autoridad al pretender invisibilizar las lógicas de poder que habitan la connivencia entre archivo, cuerpo, historia, políticas de la memoria y escrituras coloniales.


Notas:

[1] Cfr. Marcel Duchamp: “El acto creativo”, Art News, vol. 56, n.o 4, 1957. Presentación del artista en Houston, Texas, en 1957, ante la Conferencia de la Federación Americana de Artes.

[2] Martin Jay: “Regímenes escópicos de la modernidad”, Campos de fuerza. Entre la historia intelectual y la crítica cultural, Editorial Paidós, Barcelona, 2003, p. 221.

[3] Cfr. Jacques Derrida: Mal de archivo. Una impresión freudiana, Trotta Editorial, Madrid, 1997.

YISSEL ARCE PADRÓN
Yissel Arce Padrón (Cuba, 1976). Profesora investigadora en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, Ciudad de México. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Doctora en Estudios de Asia y África, con especialidad en Arte Africano Contemporáneo, por El Colegio de México. Ha sido profesora de Teoría de la Cultura Artística y Arte Africano en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Fue editora de la revista Arte Cubano y del tabloide Noticias de Arte Cubano. En el 2001 recibió el Premio Nacional de la Crítica de Arte Guy Pérez Cisneros por el ensayo “Alguien tiene que despertar al avestruz”, una reflexión crítica sobre la obra de Sandra Ramos. Sus líneas de investigación son: arte y política; raza, nación y diferencia en las prácticas visuales contemporáneas; cine y relaciones de poder; Estudios Visuales, análisis fílmico y crítica poscolonial.
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