Samuel coleccionaba laminitas de todo tipo de álbumes: dinosaurios, estrellas de cine, futbolistas, santos y criminales. Esta vez venía sin láminas. Venía con semillas.

Me dijo: «Kolia, tienes que acompañarme.» Yo le dije que no me hablara brusco porque venía del dentista. No comentó nada. Me tomó del hombro y me llevó a su casa. No hablamos. Yo porque me costaba, y él porque reventaba semillas con las muelas.

Vivíamos a dos cuadras de distancia. Yo en la calle Esmeralda, él en la calle Angamos. Paradero 18 de la Gran Avenida José Miguel Carrera. Santiago Sur.

Llegamos a su casa. Sus hermanas Celina y Rosita querían mirarme, pero desviaban la vista. Fingían una labor más importante. Igual me miraron y saludaron. Me extrañó que me saludaran. Casi nunca saludaban. Daba la sensación de que incluían el saludo dentro del coqueteo, porque eran bien coquetas.

La mamá de Samuel se escuchaba apenas, pero se escuchaba. Traté de encontrarla con la vista y fue inútil. Traté de seguir la pista de la voz y no pude. Samuel nuevamente me tomó del hombro y me llevó al garaje de la casa. Era un garaje sin auto. Tampoco había herramientas. Sólo libros. Yo sabía esto. Conocía el lugar.

Isaac, el otro hermano de Samuel, estaba sentado en el árbol del patio: un gancho muy grueso se había quebrado en un violento temporal y había producido una especie de asiento; ahí estaba Isaac. Era fanático del fútbol. Pasaba tardes enteras transmitiendo partidos en voz baja. Esta vez no decía nada y tenía los ojos fijos en la esquina de la calle Angamos con Jorge Cáceres. Ni siquiera saludó.

Samuel me llevó al baño del garaje. No había olores malos a pesar de la humedad y de los muros con hongos que por alguna razón tenían un color violeta. Me dijo que me sacara la ropa. Podía conservar los calzoncillos y los calcetines. Le pregunté por qué, pero ni siquiera alcancé a terminar la pregunta. Empezó a sacarme la ropa él mismo. Le dije que yo podía seguir solo. Me entregó una camisa negra, una chaqueta negra y un pantalón negro. No eran del mismo negro, tenían sus matices, nada importante. Tampoco tenían olores malos.

Isaac abrió la puerta y Samuel lo quedó mirando, como esperando algo. Isaac le dijo que nada pasaba. Samuel respondió: «Bien, sigamos.»

Samuel me sentó en la taza del baño y me pidió que meditara.

—No sé meditar –le respondí.

—Entonces piensa.

—Pensar en qué –le dije.

—Piensa en cualquier cosa, concéntrate en algo, en lo que sea, pero no te distraigas, por favor, no te distraigas. Ayúdate cerrando los ojos, te va ayudar. No mires por la ventana.

—Qué tiene de malo mirar por la ventana.

—Porque te vas a distraer y no te conviene.

—Por qué no me conviene.

—Ya vas a ver. Si quieres mirar al suelo hazlo. Bueno. No salgas solo. Nosotros te haremos salir. Ojos cerrados o al suelo. Ya.

Isaac repetía todo lo de su hermano. Sin voz sólo con gestos. Luego se fueron y quedé ahí sentado. Preferí mirar al suelo y no pensar, con los ojos cerrados. Las cosas que tengo dentro de la cabeza me distraen demasiado. Siempre ha sido así.

Empecé a escuchar agua correr. Y caí en cuenta que ya hacía rato que venía escuchando el sonido. Traté de no distraerme. Poco a poco el agua sonaba y sonaba. Corría y corría. Abrí más los ojos para ver el suelo y borrar el agua. Me apretaba las manos una contra la otra para poder concentrarme. También acudí a las muelas para que me dolieran más. No pude. Me levanté y a través de la ventana vi a Rosita y Celina bañando un cuerpo desnudo. Volví rápido a la taza del baño. Y al suelo.

El suelo no era puro suelo. Nada es lo que es. O lo que parece. No hay caso. Cuando uno se detiene más de la cuenta en algo, siempre surge un sentido. Después de varios minutos, encontré un sentido: un motivo, un dibujito, en el suelo. En realidad, no era sólo suelo; era también piso. Con un material llamado Flexit. Un dibujito que parecía un cajón con ruedas. Y si uno se fijaba más, era en realidad una especie de carreta. Una carreta muy simple, de carga. El motivo se multiplicaba en el piso. Algunas carretas estaban contrahechas, puesto que las planchas de Flexit estaban cortadas sin orden ni nada. Lo más probable es que hayan sido compradas como restos, sobras. No cubrían todo el suelo. Cubrían las esquinas. Daba la sensación de que ayudaban a encuadrar el baño.

La carreta atenuó el sonido del agua, pero no lo eliminó. La imagen de las hermanitas limpiando un hombre sin ropa distrae a cualquiera. Y lo provoca a uno. Me las imaginé restregando la parte del sexo, la bolsa que encierra las bolitas, la parte de atrás, la raya, las axilas y otras que no se ven siempre. Y también la mugre que se acumula entre dedo y dedo, en los pies. Lo único que había visto yo claramente era la limpieza de la canilla, más bien de la carne que colgaba del hueso. No era muy bonito lo que se veía, aunque lo que hacían lo hacían con cuidado, como si tuvieran miedo de quebrar algo. Comparé mi canilla con la del hombre. No sé por qué. Tal vez porque yo mismo podía ser ese hombre en muchos años más.

El sonido del agua comenzó a escucharse cada vez menos. Y fue siendo reemplazado por la voz de la mamá de Samuel, la señora Esther. No le entendía lo que decía. Después fue peor, porque se agregaron las voces de los hermanos y de las hermanas. Traté de buscar alguna voz desconocida y no la encontré.

Sólo quedó la voz de Samuel que siguió diciendo cosas que yo no entendía. Una voz que se acercaba, se acercaba. Hasta que abrió la puerta. Yo estaba tal como me habían dejado. Mirando bien atento al suelo. Me hizo una señal para que me levantara. Me levanté y quedamos los dos bajo el umbral. Ya no comía semillas. «Te toca», me dijo. «Ya», le dije. Se puso su kipá y me puso a mí una parecida. De ahora en adelante nadie te puede tocar. Quise preguntar por qué. No me dio tiempo.

Fuimos a la parte trasera del garaje. Ahí había más libros y arañas pollito. Nunca cacé una. Me gustaban. Me caían bien. Los libros los habían tapado con géneros azules, como si fueran cortinas. No eran cortinas, así que más bien parecían sábanas colgando. Las voces sonaban menos a causa de esas sábanas. La verdad, eran paños.

Parte del suelo estaba tapado con un paño encuadrado en un rectángulo de color blanco. Parecía hecho con tiza, pero no me convencía que fuera tiza. Tal vez yeso.

Por primera vez, la señora Esther me miró, me sonrió y me dijo «gracias». Yo me acerqué, pero Isaac dijo: «Sin tocarse.» Las hermanitas aparecieron vestidas con blusa y falda de color de café y colocaron un libro. El libro también era azul, y más de una vez lo había visto, en varias partes de la casa. Lo llamaban el Sidur. ¡Pásame el Sidur! ¿Viste el Sidur? Con el Sidur no se juega. ¿Qué tanto con el Sidur? Y así con el Sidur.

Una vez sorprendí a Celina con el Sidur a punto de matar a una araña pollito. Desesperado, le tomé la mano y la paré justo a tiempo. Ella me miró con susto, no con rabia. Me dijo que por favor no le dijera a nadie: «Por favor, por favor. A nadie. A nadie.» Yo hice no con la cabeza, haciéndole caso. No entendí por qué tanto susto. Pero después de un tiempo, sí entendí. El susto no era que la pillaran matando una araña pollito, sino utilizar un libro como el Sidur para hacer algo así.

Las quedé mirando a las hermanitas. Eran bonitas y muy simpáticas. Pero ahora ya las veía de otra manera. Ahora parecían mujeres. Miré sus manos y volví a imaginar las partes que habían tocado, restregado y acariciado. Ya no era lo mismo. Volví a imaginarme que yo era ese hombre y me paralicé. No sé qué me pasó. Yo antes había visto sólo enfermeras con enfermos desnudos.

Samuel me susurró.

—Anda y colócate atrás del piso donde está el Sidur.

Yo no pude moverme.

—¿No me escuchaste?

Con la cabeza asentí, pero no podía. Quise avanzar, la cabeza avanzaba, los pies no. Ni siquiera sentía mis muelas. Sólo pude decir:

—Ayúdame.

—No se puede –contestó–. Nadie puede.

—¿Por qué?

—Nadie te puede tocar. Te tienes que mover solo.

—¿Por qué?

Me quedó mirando como si yo le estuviera pisando la punta de los pies. Se quedó así unos segundos preparando la respuesta. Todos en silencio. Y mirando al suelo. Y finalmente dijo:

—Eres un Cohen.

—Un ¿qué? –respondí.

—¡Un Cohen, tonto!

Tonto, dijo tonto. Samuel no decía esas palabras, así que tenía que estar muy molesto.

—Yo no soy Cohen, soy Kogan.

—Es como lo mismo.

—No es lo mismo.

—Ahora es lo mismo. Cohen es como Kogan. Y Cohen significa rabino. Eres lo único parecido a un rabino. No hay otro en toda la Gran Avenida.

—¿Y en La Cisterna? –pregunté

—¡Es lo mismo! La Cisterna está dentro de la Gran Avenida. Y aunque hubiera, tienes que ser tú. Anda y reza.

—¿Y para qué un rabino? Yo he visto rabinos en los funerales, ¿qué tienen que ver aquí?

Samuel sacó el paño azul del suelo. Vi un hoyo con un cajón de madera. El mismo de mis abuelos y tías. Estábamos en un funeral de verdad. Ahí me moví y fui derecho donde estaba el Sidur. Samuel me acompañó sin tocarme.

—Sami, yo no puedo decir rezos. No soy religioso.

—No importa.

—Sami, yo soy ateo.

—No tienes edad para ser ateo.

—Mi papá sí.

—Tu papá es un ateo judío. Eres judío.

—Mi mamá no es judía.

—No importa. Hijo de padre judío y madre judía es judío. Hijo de padre no judío y madre judía es judío. Hijo de madre no judía y padre judío es judío. Eres judío. Puedes rezar. Y deja de preguntar que van a creer que no quieres ayudarnos, que no quieres bendecirnos. ¿Quieres que quedemos maldecidos para siempre?

Rosita y Celina habían estado bañando a su papá. Sólo una vez había visto a don Abraham. No hablaba mucho. Llegaba tarde de lunes a jueves. Viernes, sábado y domingo estaba encerrado en su casa y en el garaje. Y ahora iba a seguir ahí porque el cajón estaba en un hoyo en la tierra. Ahí se iba a quedar.

Isaac repartió una especie de navaja. Cuando todos la tuvieron, se hicieron varios tajos en la ropa, sólo en el lado derecho. Eso yo no lo sabía. Nunca lo había visto ni escuchado. A mí no me hicieron nada.

Samuel encendió una vela. No la necesitaba para leer, pero así lo mandaba el Sidur. Leí el rezo del cual no recuerdo el nombre, y después el Kadish, ese sí lo recordaba. Me gustaba como sonaba. Una vez fui a un funeral de unos primos lejanos Cohen. Se les había muerto un abuelo que había peleado en la guerra ruso-japonesa. Una vez hablé con ese abuelo y me había impactado diciéndome de memoria el número de serie de su fusil. Los rusos perdieron esa guerra. Y a los judíos los mandaban como carne de cañón. Así los llamaba una tía. También me llamó la atención ese término, carne de cañón.

Por ese funeral yo sabía que un Cohen no puede tomar la pala, pero no que no lo podían tocar. Bueno, en ese funeral habían contratado a un rabino de verdad; no necesitaban reemplazarlo con un Cohen o un Kogan o un Cohn. En cambio, aquí estábamos en un entierro sin cementerio.

Había dejado de tener problemas con mis músculos. Leí lo mejor posible. Mientras leía seguía imaginando a las mujeres desnudando al padre y me preguntaba si antes habían visto alguna vez a un hombre desnudo, y si lo habían tocado. Y además, un hombre viejo. Me imaginé a las hermanas también desnudas bañándose muy coquetas, intercambiando la manguera. A doña Esther la dejé afuera.

Cuando dejé de leer, la familia siguió en silencio. Yo aproveché para distraerme. Y me distraje mirándolas. A las tres mujeres. Apenas lo hice me recomenzó el dolor de muelas. Sentí que estaba volviendo al momento en que Samuel me había tocado el hombro. Ahora sabía otras cosas. Sentí unas ganas de reírme, pero no lo hice. La verdad me gustaba estar ahí. Más que antes, cuando me divertía viendo las arañas pollito meterse en los hoyos que se formaban entre los lomos y el encuadernado de los libros.

Samuel se dio cuenta de cómo miraba a las tres mujeres. Se acercó y me dijo que su papá hizo cosas con su mamá que no eran bien vistas. Y cuando estaba haciendo una de esas cosas se había muerto. Y no podían enterrarlo en un cementerio así como había quedado. Yo le dije que tal vez yo habría hecho lo mismo. Y que me había gustado ser rabino y bendecir lo que había bendecido. Y ser su amigo. Él se apoyó en mí y lloró.

Le pregunté si podía darme o conseguirme la laminita de Amarildo, el reemplazante de Pelé. Una lámina muy escasa. Dejó de llorar y me quedó mirando.

Después tomó la pala y echó tierra sobre el cajón. Luego hicieron lo mismo la madre, Isaac, Rosita y Celina. No sé si era el orden correcto, pero así fue. Yo los miraba. Yo era el Cohen-Kogan. El rabino. No podía tocar la pala. No podía hacer trabajo material.

Mirar sí podía.

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