Ezequiel Suárez, Sin título, 2005-2017

Te dices que no vuelves a escribir sobre Ezequiel Suárez porque ya te lanzaste una vez y no fue suficiente, y si lo hiciste y no alcanzó, eso no va a cambiar ahora. Tú lo sabes, que hay sitios a los que se entra, y otros que únicamente se pueden bordear. Uno camina y camina en cualquier dirección y siempre está de salida, regresando de ese sitio que te queda a la espalda, atornillado a los omóplatos; y si uno se descuida un poco comienza el sitio a confundirse con todo lo demás: ya nunca vas a dar con él y lo que sea que arrastra consigo. Esas cosas te dices y piensas que está bien que así sea, tú te quieres reconciliar. Y entonces llega un momento cualquiera, no es que te tropieces a Ezequiel en una exposición, la verdad eso no ocurre con frecuencia, ni que veas una obra suya en alguna galería por ahí, el momento, digo, llega porque sí, y repentinamente entiendes que te has estado mintiendo, que sí vas a volver a Ezequiel, estás parada ahí mismo y ni lo habías notado.

Desde la primera vez que escuché de él, Ezequiel Suárez ha estado entrando y saliendo de las cosas. He querido hallar un hilo conductor que estructure de algún modo lógico el sentido de esa intermitencia y el saldo que va dejando en mí, sin embargo, sólo he logrado acumular retazos. Ideas que empiezan y terminan en sí mismas, algo que no coincide con nada reconocible y, por ello, no puede pensarse correctamente. Para pensar hacen falta salientes, tirar de la cuerda y encontrar conexiones, analogías. Ezequiel Suárez parece ser el origen y el fin de su propio universo, uno que no parte de nadie y que, naturalmente, ninguno de los que vengan luego le va a heredar. Es imposible heredar aquello que se ha fundado en soledad y que más tarde escogiera acabarse en silencio. Una tradición de una sola persona y de unos pocos años que, por otra parte, el propio Ezequiel se encarga de lanzar por la ventana casi todos los días junto al resto de las sobras de la jornada.

¿Y cuál es el centro de ese pensamiento innombrable? ¿Hay un centro de convergencia? Soy de los que ha echado a andar kilómetros hacia adentro sólo para darme cuenta, a medio camino, de que ese viaje mío no existe. A Ezequiel hay que buscarlo en otro lugar, uno que no es Cuba, por supuesto, ni tampoco el territorio de la coherencia –¿a quién diablos puede interesarle una cosa así?–, de los grandes temas o los temas menores. En realidad, a cierta altura habría que detenerse, Ezequiel no quiere que lo encuentren y que hagan de ese encuentro la estación de la bizarría; habría que dejar de buscar lo que no se halla en ningún espacio concreto, aquello que es instantáneo y cuyo comportamiento remeda la inestabilidad de ciertos compuestos químicos. Quizá la mejor definición sobre su obra la diera él mismo al adentrarse en la casa de Kurt Cobain, en las cortinas de esa casa: “Las tibias cortinas, pensativas también y dueñas de sí, se elevan de pronto rozando los muebles, se entrelazan y chocan formando en el medio un puño amarillo, ocre y rosado. Es un centro de la Tierra como otro cualquiera, dices”. Muchos centros de la Tierra, diría yo para hablar de Ezequiel.

Ezequiel Suárez es un autor en aislamiento. Nada de lo que hace tiene un encaje claro dentro del marco habitual de lo artístico. Se lleva por delante el consenso de lo técnico, lo temático, lo representacional, lo consistente. La única visualidad que le interesa es la de la palabra, un contrasentido que ha ido reemplazando la robustez de la imagen visual por aquello que Cioran bautizara como “el símbolo mismo de la fragilidad”. ¿Por qué usar el lienzo, la pared, la camisa, en lugar de la hoja en blanco? Esta alteración en el lenguaje autónomo de lo pictórico introduce en escena una nota ambigua y poderosa que es consustancial al mundo de la escritura, especialmente al de la poesía. Las piezas de Ezequiel son súbitas y definitivas, en ellas se revela una verdad a la que siempre llegamos tarde por más que nos apuremos. Una verdad evanescente que lo enciende todo y que luego se apaga dejándolo a uno varado delante del cuadro, o sosteniendo una pancartica pequeñísima y ridícula, en absoluta orfandad. Para ese entonces, Ezequiel anda ya por otros rumbos con sus tanteos interminables. Por lugares muy lejanos a los que aún no vamos a llegar.

Como Robert Walser y su frenesí por el paseo, piensa Ezequiel Suárez las cosas: en ráfagas irregulares. Y pensar las cosas no implica un regodeo extremo en ellas, al menos no de la forma metódica y analítica en que se supone vienen a darse los grandes alumbramientos. Se trata, en cambio, de, como diría Walser en El paseo, “ocurrencias, relámpagos y luces de magnesio”. Algo en su mirada tiene la capacidad de encontrar la grieta en la que Ezequiel escarbará un rato con su uña, abrirá un orificio pequeño y luego un hueco más amplio por el que quepa su dedo, su mano, la mano que va a tirar con fuerza para desdoblar la realidad hasta que esta se presente, de pronto, como una modalidad inusitada de sí misma. Por ese boquete puede verse el núcleo inmóvil de la realidad. Pero a Ezequiel, tras asomarse, ya no le interesa lo que ve, quizá porque constata que es exactamente como lo imaginó o tal vez porque todos los centros sean igual de casuales y solitarios.

Entonces empieza a tachar lo escrito, lo pintado. Lo importante para él no es el hallazgo, a fin de cuentas, lo que uno descubre y suelta a modo de aforismo en la tela y en los muros descascarados de una vieja fábrica puede ser leído por el otro como un absurdo, como ese agujero ciego que, una vez agotado, no tiene más nada que mostrar salvo una verdad de otra era que a nadie le interesa rescatar, lo esencial, pues, es continuar la caminata (los cincuenta o sesenta kilómetros diarios que se echaba Walser) y olvidarse de lo que fue. Ezequiel tacha, y también sobrescribe, y también enrarece la frase, y pone añadidos que ha considerado, a posteriori, deben estar. Ello con tal de no borrar de cuajo, que es, en buena ley, lo que debería hacerse con lo que uno piensa mientras fuma en la sala de su casa, mientras se toma una cerveza en la madrugada o deambula por ahí, borrar lo que resulta imposible entender bajo la luz escenográfica de una galería. Últimamente está firmando sus piezas como GDD, esto es, Gran Diseño Desmotivado.

Yo leo y releo con interés las piezas de Ezequiel, no como si se tratara de libros, desde luego, pero tampoco como obras de arte. Me gusta la idea de no saber exactamente qué son, y de que no me interese saber, y de que no pertenezcan al arte en un sentido estricto, ni a literatura en un sentido estricto, ni a nada clasificable, ya que estamos. Ezequiel escribe cosas como estas: “Hay palabras que están fijas en el suelo, que es de mármol. Por ej: la palabra columna. Lo mismo pasa con la palabra acento, que va siempre suspendida sobre la cúpula”; “El mundo es una nebulosa, dice Unamuno. Unamuno, cosa rica”; “Cada vez resulta más difícil sostener un objeto vivo que se transforma/ una garza”; “El castrismo no puede fabricar ni un fósforo”; “Nosotras, las personas, tenemos todo el derecho y la oportunidad de ser ridículos”; “La expectativa no se toca”; “Me levanté alterado y vi el cambio que se movió”.

Bien. Parece algo cortocircuitado, y habrá que asumir que lo es, pero es además otra cosa: la lucidez del que habla desde dentro, del que se metió. Y uno se pregunta si, en efecto, la realidad es así de inesperada, múltiple y, de ser así, cómo antes no la vio o qué mierda ha estado mirando, asumiendo, dando por sentado. Uno va por el principio, metiéndose en el hueco estrecho que él escarbó con sus manos y en el que ya no queda nada por descubrir, puesto que todo está a la vista en su infinita desnudez, pero desde donde se puede afirmar: así son las cosas, así también han sido, cuando Ezequiel anda por Jagüey manoseando respuestas infundadas y tremendas para preguntas que están por venir. Me manda este mensaje, desde Jagüey, cerca de las tres de la tarde: “Te lo digo, eso de buscar una frase definitiva es la mata de los problemas. Yo llevo años buscando una y nada. Todas ya fueron dichas o casi. Mira esta: «El futuro es propaganda». Repinga, y no es mía ni tuya esa oración. Estamos acabados.”

Lo que se experimenta con las obras de Ezequiel Suárez, eso que llegó intacto hasta uno a través de los laberintos erráticos de la escritura y la tachadura, y sí, de la fundidera, sólo dura algunos minutos. Es una revelación inaudita cimentada en el ahora que nos vuela la cabeza y olvidamos acto seguido porque resulta una exposición insostenible a largo plazo –tendríamos que convertirnos en Ezequiel para permanecer allí–. Por eso uno se sale, el corrientazo es fuerte y también la constatación de que a determinada altura el mundo zigzaguea, se tuerce, hace una mueca; y hay gente mirándole a la cara al mundo en ese instante. Ezequiel, por ejemplo.

Algo así no podría lograrse a través de la imagen, que constituye la medida exacta de cuanto podemos ver y recordar. Ezequiel apunta al otro lado: al pliegue, a lo inconcluso e inasible. Sin embargo, ha querido arrastrar ese estado de excepción al marco de lo artístico, haciendo de sus teorías sobre lo real objetos únicos, físicos, que cierto día van a extraviarse, las obras de arte frecuentemente terminan olvidadas en un desván o se pudren en locales clausurados, y ya nadie podrá describir esos objetos únicos, puesto que no hay modo de describir las palabras. Las palabras son lo que son, aunque estén pintadas nerviosamente sobre un trozo de tela, y no lo que alguien reconstruye a la luz del tiempo. En eso consiste el método Ezequiel: en la hiperquinesis y el detenimiento abrupto, en el desdoblamiento de lo que existe y la pérdida del interés y la confianza en lo hallado. El olvido más tarde. Es un ciclo irrefrenable que se enciende y se apaga como una guirnalda enloquecida.

A uno le da por imaginar que esa luz abrasadora y titilante proyectada sobre su pelo, sus brazos, su estómago, a la larga va a ceder, que es una contingencia, un sobresalto. Con eso en mente, se larga uno de la galería tan rápido como puede, y evita la mirada de Ezequiel si se lo encuentra por ahí, pero luego, como un mantra, “Me levanté alterado y vi el cambio que se movió”. Algo se mueve, uno siente que el piso tiembla diferente e intenta ensayar, a ratos, el formato Ezequiel. Tal vez esa sea, a fin de cuentas, la mejor manera de salvar una tradición que no puede enseñarse ni aprenderse; impedir que se pierda el hallazgo, un trozo mordido de la sorpresa apabullante que asedia a ese hombre en cada esquina de La Habana y de Jagüey, que es el mundo.

Hace mucho rato que no conversas con Ezequiel. Tienes el teléfono lleno de mensajes suyos de cuando aún contabas con la línea cubana, un número que perdiste para siempre como tantas otras cosas allá. El río serpenteante de mensajes sobre cualquier asunto menor y sobre cualquier asunto fundamental sigue siendo un territorio pendiente de exploración. Los lees algunas veces si el día se desencaja. Te ríes mucho, te asustas. La última vez que lo viste, durante la Bienal, Ezequiel se empeñaba en asegurar que stalker (esa palabra que usaría en uno de sus grafitis) significaba cazador. Tú decías que acechador, le dijiste Ezequiel, stalker es acechador, lo busqué en el traductor de Google, pero claro, no te creyó. Ezequiel no se fía de ningún traductor, diccionario o de ti. En cierta medida, todos son centros de la tierra como otros. Así lo dejó escrito en la fábrica de cristales de en frente de tu casa: “Stalkers and bullying”. Sigues pensando en el tema de los significados. Stalker fue cazador antes que acechador, y volverá a serlo cuando las cosas acaben.

En el fondo tú sabes que jamás darás con Ezequiel. Vas de salida, estás acabada. Mejor ni empezar este ensayo.

DALEYSI MOYA
Daleysi Moya (La Habana, 1985). Crítica y curadora de artes visuales. Licenciada y Máster en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Se ha desempeñado como curadora en las galerías habaneras La Casona, La Acacia y Servando Cabrera. Actualmente trabaja en el proyecto de arte contemporáneo El Apartamento. Además de su labor curatorial, desarrolla la crítica de arte de modo sistemático. Ha colaborado con publicaciones impresas y digitales sobre cultura y artes plásticas. En el año 2015 obtuvo mención en la categoría Reseña del Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros, en La Habana, Cuba.
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