Franz Kafka

Una posibilidad es ser más o menos literal y traducirlo por: “Siempre quise que admiraran mi ayuno”; observando a Kafka. O bien ensayar una versión libre y heterodoxa: Aproximación al ayuno de Kafka. O incluso, hacerlo de manera directa y democrática: “Siempre quise ser admirado”. El ayuno de Kafka. Infinitas son las posibilidades de traducción, tantas como las de la perdición, que es lo que ocurre en definitiva cuando se traduce el texto de Philip Roth “I Always Wanted You to Admire my Fasting”; or Looking at Kafka, por: “Siempre he querido que admiraseis mi ayuno”, versión tan florida y recortada que llega a dar risa. Como si con este paso de esgrima verbal el traductor quisiera expulsar otra vez a los judíos de España.

Dicho esto, el libro de Roth ¿Por qué escribir? Ensayos, entrevistas y discursos 1960-2013, publicado por Random House a partir del original Why Write. Collected Nonfiction 1960-2013, sigue siendo magnífico a pesar de los tradittore del siglo de oro.

Ya me lo comentaba mi amigo recobrado en Chile: en el libro de Roth no hay el más mínimo desperdicio, aunque lo busquen con vela, a lo largo de seiscientas páginas. Empezando con el texto sobre Kafka, un híbrido, como dice Roth, entre historia y ensayo, producto del curso que dictó el autor sobre el escritor checo en la Universidad de Pennsylvania, a comienzos de los años setenta. Y lo que tiene que decir Roth al respecto, aparte de sumergirse en un primer intento de ficcionalizar la historia no para novelarla sino para cambiar su curso, a la manera de La conjura contra América (2004), es proponer un nuevo testamento literario de Kafka.

Es sabido que el relato “Josefina la cantante o El pueblo de los ratones” se considera el último texto escrito y revisado por Kafka antes de su muerte el 3 de junio de 1924. Por lo mismo, el cuento fue incluido en el volumen Un artista del hambre, publicado de forma póstuma el mismo año de su fallecimiento, según refiere Jordi Llovet en la magnífica edición anotada de sus obras completas (Galaxia Gutenberg, 2003). El texto de Roth, sin embargo, no se refiere a esta última narración terminada y corregida por Kafka, sino al relato nunca abrochado ni revisado por su autor, titulado La obra (en inglés The burrow, es decir, la madriguera, la guarida, a partir del original alemán Der Bau). Se trata de una nouvelle casi tan extensa como La metamorfosis y sin duda tan interminable e infatigable como El castillo. Fechada en 1923 y traducida al castellano moderno como La obra, el relato proyecta la construcción de un refugio bajo tierra en medio de múltiples amenazas y sospechas. La narración queda suspendida e inconclusa ante la presencia de una bestia ominosa que se acerca y abisma la continuidad en una frase larga, inacabada e inacabable: “Mientras yo no sabía nada de él, no pudo haberme oído, pues permanecía silencioso, no existe silencio mayor que el de mi reencuentro con la obra; luego, cuando realicé las calas, pudo haberme oído, es verdad, aunque mi forma de cavar apenas produce ruido; pero si me hubiera oído, yo también debería haberlo notado; al menos el animal habría interrumpido con cierta frecuencia su trabajo y habría aguzado el oído, pero todo siguió igual, el”.

La frase se interrumpe allí, vencida casi por la cercanía de la bestia que acecha en el laberinto donde el narrador construye su obra, que no es otra que el relato que el lector lee. Kafka le da voz a un topo, como antes y después se la dará a una rata llamada Josefina, y toda la narración se despliega a la manera de un plan de defensa territorial. La obra es la casa del narrador. O mejor aún: la obra es la relación que el topo, el narrador, establece con la construcción de la casa como refugio y guarida, y que por lo mismo se vuelve interminable. “La obra me ocupa en exceso”, dice el topo en un momento de reflexión. “Tengo la sensación de no estar delante de mi casa, sino frente a mí mismo mientras duermo, con la suerte de poder vigilarme atentamente a la par que duermo con profundidad.”

En esta duplicidad la fuga está descartada. No por cobardía o comodidad, ya que el topo entra y sale de su madriguera cada vez que lo acomete el deseo de aliviar su encierro. La idea de la huida es sólo una distracción, una ilusión que se regala a sí mismo cuando piensa en abandonar su escondite, ya que sabe que una evasión en forma significaría el fin de todo, la muerte de la obra; es decir, el no va más de esa relación perversa que alimenta y constituye su existencia. Todo el secreto del relato está allí, en esa dependencia y tensión mutuas que se establece entre ambos términos del problema, mientras la bestia, que es la autodestrucción, se acerca y se hace oír en el silencio de la madriguera.

“La cosa llegaba al extremo de que a veces me entraban unas ganas infantiles de no regresar (a la obra) y de instalarme en las proximidades, dedicando el resto de mi vida a observar la entrada, sin perderla de vista y hallando la felicidad en la firmeza con que la obra me protegería si yo estuviese dentro.” La eventual renuncia del topo es el punto de apoyo para la ficción de Roth, que imagina precisamente esta posibilidad: la de que el narrador escape a su no-destino, que Kafka tenga un final distinto al que prefiguró en sus sueños y pesadillas.

Ficcionalizar otro final para Kafka es imaginar un final distinto para su literatura, pero a partir de él mismo, de su propia obra y de las tensiones que cruzaban la construcción de la casa: esto es, matrimonio, hijos, acaso una mascota para caminar en las tardes, un trabajo ni duro ni blando, sólo provechoso. El escalofrío de la felicidad en una ciudad adoptiva y remota, en el fondo, lejos de la obra y su madriguera. Tal es el plan que Roth diseña para Kafka en Newark, Nueva Jersey, tras escapar del exterminio nazi hacia los Estados Unidos en un hipotético 1942. Tiene 60 años y allí se instalará como profesor de hebreo frente a un niño de nueve que se llama Philip.

Luego sigue una pura invención, pero la cual debe leerse a partir de los antecedentes de los años previos. En efecto, y según refiere Roth en el texto aludido “I Always Wanted You to Admire my Fasting”; or Looking at Kafka, la crónica de época cuenta que por una vez el escritor-topo que fue Kafka quiso abandonar sus planes defensivos y se dispuso a escapar de la obra que construía bajo tierra. Es el verano europeo de 1923, y en las orillas del Báltico, donde ha ido a visitar a su hermana, Franz conoce a Dora Dymant, una joven judía veinte años menor. Todo cambia de súbito; flechados y ligeros de equipaje, Franz y Dora se trasladan a vivir juntos en un suburbio de Berlín, donde la flamante pareja se declara dispuesta a formalizar el vínculo. Kafka acude entonces donde el padre de Dora para validar sus intenciones. A los cuarenta años, está decidido a romper la cuerda que sostiene su existencia atada a la madriguera de la escritura. Afortunadamente para la literatura, sin embargo, el padre de Dora frustra el proyecto matrimonial tras consultar el tema con el rabino de la ciudad, y las semanas que siguen son la antesala de la despedida. Encerrado con Dora en Berlín, Kafka escribe las últimas noticias de su paso por la tierra en un relato largo que titulará Der Bau, la historia de una vida en un agujero, dirá Roth, que quiso imaginar un final distinto para su héroe. Pero claro, Kafka nunca llegará a Newark. Una vez llegado el momento, se trasladará al sanatorio de Kierling, dejando a sus espaldas el sueño más inquietante de los muchos que soñó, como escribe Roth: despertar en su cama una mañana cualquiera transformado en un animal horrendo y feliz, padre de familia, escritor, y judío del lugar. Algo intraducible para su condición.

ROBERTO BRODSKY
Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957) es novelista, dramaturgo, autor de varios guiones cinematográficos, así como de un ensayo sobre Roberto Bolaño y de numerosos artículos de opinión. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), y Casa chilena (2015). Actualmente vive en Washington donde trabaja como profesor adjunto en la Universidad de Georgetown.
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