Katsushika Hokusai, ‘El sueño de la esposa del pescador’, xilografía,1814

Sinapsis. Sinopsis: funerales con ritmo, como sendos libros pendientes. La ausencia de ganas devuelta como un desayuno a las doce, tardío y un punto aspavientoso: hongos y tempeh, tomates, un cuenco disciplinado de yogurt e higos. O como un envío de correos, un paquete de cartón adornado con sellos remotos. Como una docena de libros pendientes, una caja marrón por llegar o por llevar a correos. Un envío a ninguna parte, digamos que a una dirección casual en Tuvalu –una isla que, como la literatura, será pronto devorada por las aguas–, a una granja perdida en Normandía, a un pueblito remoto de vaya a saber dónde. La elegante pero estéril postura de la momia, que diría Piñera. La elegante y sinuosa –y tan estéril– estrategia de los objetos perdidos.

El párrafo anterior promete de todo pero no llega a nada. O quizá sí: pone en evidencia una cuestión. A fin de cuentas, lo que pudiéramos llamar el problema es de una turbadora simpleza: qué haya que merezca la pena ser contado.

O mejor, sin pena merecida: qué hay que pueda contarse, qué sentido justifica las palabras o el relato. O mejor, para bien o para mal: qué hay que tenga sentido contar para quien cuenta (o a través del que se cuenta o que merezca para aquel que cuenta contarse, y no meramente vivirlo, o todos esos etcéteras que sabe uno en el fondo bobería prescindible). O mejor, la pregunta es más simple. La pregunta, señores, es la de siempre, a fin de cuentas la misma,

¿Hay algo?

Y la pregunta, como es antigua, acepta otras formulaciones. Pero todas desembocan en lo mismo.

¿Por dónde pasa el meridiano de la literatura contemporánea? El meridiano, si eso quiere decir algo, pasa por ser capaces de sostener la mirada, por ser capaces de no apartar la vista aun cuando uno quiera emborracharse o dormir o incluso –¡incluso!– cuando prefiera no hacerlo. Alguna vez contesté a esa pregunta para una revista que sacaban en La Habana unos amigos, una revista pequeña y de circulación escasa y casi invisible pero que era una invitación a la excelencia y a las ganas, a la inteligencia, a fin de cuentas.

¿Por dónde pasa el meridiano de la literatura contemporánea, entonces? –aquella era la pregunta a contestarse, pie forzado–. Lo de contemporáneo, por supuesto, es secundario, en cualquier caso discutible. El curso de ese meridiano (más o menos eso decía allí) pasa por algo que podría llamarse de muchas maneras pero que, en última instancia, es acribia ontológica: es decir, precisión, exactitud cuando se trata de nombrar, dar cuerpo en lenguaje al conflicto entre lo humano y lo inhumano, entre la libertad y el secuestro del ser, entre la posibilidad de decir y el silencio. O lo que es lo mismo: pasa por la decisión –que es una decisión ética, en última instancia– de mirar con los ojos abiertos. De mirar lo que sea con los ojos abiertos, añadía, o añadía más bien en palabras de Giorgio Agamben, que es junto a Roberto Bolaño uno de los autores cuya obra resulta ejemplar en este sentido, por la decisión de mirar el rostro de la Gorgona, de pensar y sobre todo de poner en el lenguaje –en el lenguaje, que no en el discurso–, aquello que a primera vista se preferiría inefable. Lo que dice Agamben lo dice en Lo que queda de Auschwitz, y viene a propósito de ese indecible que ejerce a veces la función sacralizante del eufemismo, esto es, del silencio o la omisión o la imposibilidad de contar. Y ante el eufemismo sólo cabe decir No, y en ese No se resume todo lo que viene a decir Agamben: para entender es preciso mirar de frente el rostro de la Gorgona, restituir al lenguaje la potencialidad de mostrar incluso aquello que no puede decir. Una formulación que recuerda, no por casualidad, a la de esa voluntad de mirar el abismo sin cerrar los ojos en una frase que, con variaciones, recurre en la prosa de Bolaño cuando se ve abocado a hablar de literatura –cuando habla, precisamente, aunque use otras palabras, de por dónde transcurran esos meridianos sobre los que se respondía allí, o cuando habla, sencillamente, sobre lo que reside debajo de los textos que realmente importan.

La literatura, por supuesto, puede ser sobre todo placer, pero el placer para serlo necesita verdad. Aunque vaya a ser luego, como Tuvalu, devorado por las aguas o por la indiferencia, o incluso por el arrepentimiento y el odio.

Hace tiempo, en Amberes, cuando llevaba ya algún tiempo sin escribir (el puente perdido, la sinapsis ausente entre lo de adentro y la página: sólo un lado o el otro, sin vínculo) leí el cuento de un amigo. Más bien, el cuento de un amigo y de un amigo de mi amigo. Sí, un cuento a cuatro manos, en efecto. Una historia extraña y magnífica ¿sobre qué? Sobre lo dicho y lo no dicho, pero eso –el puente perdido, aquella sinapsis allí tan nítida– quiere decir poco. Digamos que sobre una bailarina y una botella de vino, una huella tangible, y sobre el deseo y su posposición y sobre la paternidad, sobre todo, no la de sus personajes (pero ¿hay personajes en ese cuento?) sino sobre la condición de sus propios padres o la figura del padre, sobre declinaciones más o menos interiores de la presencia del padre. Y sé perfectamente que es una mala descripción. De modo que sería mejor decir que sobre su condición de hijos, que a diferencia de la paternidad es una condición abrumadoramente común, todos lo somos de alguien. Un asunto este, o una historia, que se mantenía sobre la nada y desembocaba tal vez en la nada pero que entre su principio y su final hacía, sin dudas, aparecer algo: algo, además, que en ningún momento se narra o menciona pero que está ahí todo el tiempo, abocado a desaparecer o esfumarse pero renuente a dejar de ser cuando menos su vislumbre. El atisbo de eso.

¿Qué hay que merezca la pena ser contado? Todo, cualquier cosa, siempre y cuando aliente bajo suyo ese algo. Todo, cualquier cosa, con tal que ese algo aliente en alguna parte y con tal que no desaparezca en el tiempo o la vana glosolalia de todos los días o que se esfume en concierto de eufemismo, en connivencia de disculpa, en ese síndrome de Estocolmo que es el reverso de cualquier cosa –cual sea, diría Agamben, quodlibet– donde resida verdad.

También, por esa misma época, leí en internet una nota que arrancaba hablando de pájaros muertos, de nada más y nada menos que cinco mil pájaros muertos al unísono y cayendo como una lluvia de cadáveres repentinos sobre el poblado de Beebe, en Arkansas, un pueblo de unos tres mil habitantes donde casi nunca pasa nada. La nota arrancaba hablando de los pájaros y hablaba también de otras muertes masivas de animales que, como no podría ser menos, tendrían que presagiar algo. Su autor no dice, por supuesto, qué pueda ser ese algo. Ni siquiera se anima a sugerirlo: más bien, habla de conspiraciones, habla de la lógica perversa (pero también previsible) que se trenza sin remedio entre los conspiranoicos y los refutadores de las teorías de la conspiración, y termina dejando caer, así como quien no quiere la cosa, que la muerte de esos pájaros no es la consecuencia de algo, o la causa de algo, ni siquiera el aviso de algo, sino el efecto de algo que todavía no ha sucedido, algo tan tremendo cuyas primeras víctimas caen al suelo muertas antes incluso de que suceda. El mismo autor, si no recuerdo mal, habla en otra nota sobre Hokusai y sobre los shunga japoneses, sobre la fascinación y el asombro de la mujer del pescador poseída por dos pulpos, y sobre la angustia y el deseo de cubrir, saciar por entero a esa mujer que ya no es la de Hokusai sino un arquetipo, la de un deseo que se quiere agotar hasta lo simultáneo y lo exhausto, Cusa redimido en la carne: el centro en todas partes y la circunferencia, ay, en todas y ninguna, una posesión que es a un tiempo entrega y es múltiple y está fuera del tiempo. O como los pájaros muertos del pueblo de Arkansas, anticipándose al tiempo: placer antepuesto o imposible de lo que todavía no pero quién sabe, de ese algo que deviene verdad antes incluso de que suceda o de que tenga lugar como formulación consensual.

WALDO PÉREZ CINO
Waldo Pérez Cino (La Habana, 1972). La demora, su primer libro de relatos, se publicó en La Habana en 1997. Desde entonces reside en Europa. Ha publicado también los relatos de La isla y la tribu (2011) y El amolador (2012), los volúmenes de poesía Cuerpo y sombra (2010), Apuntes sobre Weyler (2012), Tema y rema (2013) y Escolio sobre el blanco (2014) –recogidos en Aledaños de partida (2015) junto a Dinámica del medio–, y el ensayo El tiempo contraído: canon, discurso y circunstancia de la narrativa cubana (2014).
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