Con frecuencia pienso en los trenes y, más a menudo, en los que no abordé. Suelo decir con frecuencia la frase Más vale tomar tren equivocado que permanecer en la estación, relativa a que importa menos el resultado de un proyecto que su intento. Las imágenes ferroviarias más remotas están unidas a un veraneo en Valparaíso con mis padres y hermanos, después un viaje al norte para visitar a mi hermana mayor, recién casada y residente en Vallenar. Había que llegar a Calera y de ahí el trasbordo caótico para subir al tren de trocha angosta, el longino lo llamaban, que en línea sinuosa arribaba a Iquique. Después, la palabra después acumula mucho tiempo en su interior, otro viaje al puerto principal junto a mi padre que me había prometido un gran almuerzo y un retorno en primera clase (habíamos viajado en última, la más barata, incómoda y con asientos de madera) si lograba obtener algunas cobranzas adeudadas a la empresa donde trabajaba de empleado menor (suches se les llamaba a quienes hacían tareas laborales irrelevantes). Ni qué decirlo, no logró nada y, tras agotarnos de calor y frustración por el plan del puerto y dos cerros, regresamos al atardecer a Santiago, sin dinero y menos aún almuerzo. La anécdota es parte de un cuento que escribí hace años. La literatura puede ahondar las heridas, pero también las borra o disminuye.

Suelo adquirir y leer libros que hablan del tema, por ejemplo, sobre la Revolución industrial y el nacimiento de los ferrocarriles, y los abordo donde esté y donde los haya, con deleite, sin prisa ni pausa y, por encima de todo, sin el miedo que me asalta al abordar aviones. En vacaciones por el sur chileno he subido a buses sin saber adónde van, como una memoria nostálgica de los trenes que en Chile dejaron de funcionar. En la estación Victoria de Londres miraba largamente el movimiento de los trenes, antes de elegir el mío.

Años después de mi infancia copiosa en trenes, viajé en ferrocarril con mi familia desde Frankfurt a Praga y de ahí en bus al carnaval de Venecia, un febrero de inolvidables vacaciones. Pienso con frecuencia en la gente que agolpaban los nazis en vagones desolados para asesinarlos en los campos de concentración. Aun así, sigo queriendo las locomotoras y los vagones. Aún no he abordado el AVE, tren de alta velocidad español, y la espera de cualquier ferrocarril en un andén me proporciona un símbolo de la existencia. Una vez abordado el vagón cuyo boleto compramos, ahí estamos sentados, sin prisa, cada cual acomoda su equipaje en la parrilla del carro y, lo peor, o tal vez sea lo mejor, sin estar seguros de la ciudad de destino, puesto que lo que dice el ticket podría ser nada más que ilusorio.

Cada tren que tomé y tomo me recuerda la noche pasada en el que iba desde Nueva Delhi a Varanasi para navegar al amanecer en el Ganges, el río sagrado de la India, elegir la litera, en mi caso la más alta, para pasar la noche, llegar al amanecer y al bajar del vagón sentir lo de siempre: bello viaje, pero ¿qué estoy haciendo aquí? Si preferiría haberme quedado sentado en el banco de una estación abandonada a la espera del convoy que se canceló hace décadas. Habría permanecido largo rato, tal vez hasta el anochecer, deslizando por mi cabeza los que nunca abordé y sólo vi partir, conteniendo el aliento y con el alma colgada de un hilo.

Los trenes tienen menos prisa que los aviones y lo autobuses interprovinciales, todos siguen siempre la misma ruta, pero los trenes no son rectilíneos ni uniformes, emiten un ruido cuya onomatopeya es característica y su llegada produce ansiedad, así como desolación su partida. La literatura está llena de trenes, Neruda y su viaje a la capital, en tren, para ser poeta. Pablo de Rokha exclama en un poema: “Parten los trenes del destino, sin sentido, como navíos de fantasmas.” Lo mismo el cine, imposible olvidar la espera del convoy en el western El tren de las 3:10 a Yuma.

Cuando viajo en avión sólo el aterrizaje me tranquiliza, nunca el despegue. Con el tren tengo total certeza de que nada malo ocurrirá, por eso me asombra tanto ver en los noticieros de TV algún remoto accidente ferroviario, un descarrilamiento, un choque. En India los trenes carecen de vidrios en las ventanas y tienen fierros horizontales, tres, para que la gente que no paga no pueda abordarlos.

Tengo una maleta especial para viajar en tren y con frecuencia la miro, avisándole que en breve comenzará el próximo viaje, mientras pienso en los vagones que nunca abordaré y sólo veré pasar, conteniendo el aliento y con el alma colgada de un hilo.

MARIO VALDOVINOS
Mario Valdovinos (Santiago, 1957). Narrador, dramaturgo, guionista y crítico literario. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varias universidades chilenas. Fue coanimador del programa cultural de radio Vuelan las plumas de Radio Universidad de Chile, entre 2001 y 2007. Ha publicado las novelas Breviario de fantasmas (RiL Editores, 2005), Post Humo (Planeta / Emecé, 2010), Lihn, la muerte (Desatanudos, 2012), entre otros libros. Es colaborador habitual de El Mercurio y Revista Intemperie.
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