Tuve el placer de leer una versión anterior de esta novela, en borrador, y ahora es un gusto tener esta impactante novela en la hermosa edición de Rialta. St. Louis Blues narra varias historias: la principal es la historia de un grupo de compañeros de un programa de posgrado en una universidad en St. Louis y una serie de desarrollos importantes con estos personajes durante su tiempo juntos (nuevas amistades, diferentes variedades del español, clases y salidas, y también drogas y acusaciones de acoso sexual, y luego nuevos distanciamientos y cambios después del período del posgrado), y la novela narra también, con muchos menos detalles, la historia de la reciente muerte de la narradora. St. Louis Blues es la historia de una recién llegada a los EE.UU. que está re-evaluando, re-pensando su tiempo en este país, como una extranjera, a través del tiempo y la lengua y sus propias reflexiones de lo pasado –y cómo su comprensión de ese pasado en sí se desarrolló con el pasar del tiempo y múltiples mudanzas, múltiples desplazamientos–, proyectadas en la prosa y los fragmentos de la novela.

Un acontecimiento trágico (la muerte de la madre de la narradora) sirve como disparador para contar otra muerte (de Ana Luisa, una de las compañeras del posgrado). La conexión existe sólo para la narradora al principio, y se va creando para el lector a medida que la lectura avanza. Una muerte como disparador para relatar otra, más difícil de comprender, no procesada, para así decir, por la narradora ni los otros personajes involucrados desde que ocurrió hace más de veinte años: “ese querer relatarnos que me surge como una urgencia luego de la muerte de mi madre” (123). La narradora, veremos, se va a “hacer cargo” de las cosas de su madre después de esta muerte reciente y de la memoria (y las historias) de Ana Luisa después de tanto tiempo, de una muerte misteriosa y distante de la cual, aparente y tristemente, nadie se había “hecho cargo”.

St. Louis Blues

La novela narra, de este modo, dos muertes, la muerte de una de los siete compañeros extranjeros del programa de posgrado en St. Louis, y la muerte de la madre de la narradora. La conexión entre las dos muertes está allí sólo para la narradora (y a la vez para el lector); son dos muertes desconectas en el tiempo y en distancia geográfica, dos muertes con diferentes situaciones y razones, pero desde el punto de vista de la subjetividad de la narradora las dos muertes están íntimamente conectadas. Porque la muerte reciente de una (la de la madre) le permite a la narradora a recordar y narrar la otra (la de Ana Luisa) y porque la conexión entre los dos argumentos principales de la novela, como todas las otras conexiones sugeridas por la novela, ocurre justamente a través desde la mirada posterior, a través del tiempo y otros cambios de lugar y de lengua, de la narradora. Este sujeto, el de una escritora-lectora-crítica-académica latinoamericana trabajando en español en los EE.UU., es especialmente llamativo: llamativo en la lectura de la novela e interesante para pensarlo desde una contemporaneidad, la nuestra, en la cual el inmigrante y el español siguen siendo, y últimamente cada vez más, sujetos y lenguas no deseados (si bien descritos con cierto exotismo anacrónico) por partes de la sociedad (y del poder) estadounidense.

La narradora de la novela, un poco como la autora de la misma, indaga sobre la experiencia de ser una inmigrante reciente a los EE.UU., que a su vez encuentra otro grupito de inmigrantes de la misma parte del mundo (Argentina, México, España son los países de origen de los siete del grupo en la ciudad del midwest donde se encuentran). Si bien se trata de una novela con una trama, en parte, sobre las experiencias de los international students en la academia estadounidense, también surgen una serie de cuestiones y preocupaciones comunes a los extranjeros en general en los EE.UU., o por lo menos a extranjeros latinos y latinoamericanos.

“Entonces pienso que migrar”, nos dice la narradora, “contrariamente a lo que parezca, no es nunca una empresa colectiva. No se hace de a muchos, se hace de a uno, aunque se haga el desplazamiento en grupo” (213). Esta y otras astutas (y dolorosas) perspicacias sobre la soledad del inmigrante/extranjero, aunque esté en grupo, se encuentran a lo largo de la novela, especialmente en la segunda parte.

Sumamente interesante es el trabajo de la novela con el tiempo y el lugar (en la memoria y la escritura de la narradora): ella funda, para usar sus palabras, el tiempo mítico de St. Louis donde estas historias continúan, en el presente de la narración y, para nosotros, en el presente de la lectura; “el presente”, en este libro, “es el tiempo de los recuerdos” (215).

Se podría decir mucho más sobre la narrativa de St. Louis Blues y cómo capta el tiempo, el distanciamiento, el desplazamiento. Si bien la novela lleva como epígrafe una cita de Emilio Renzi (Ricardo Piglia), hay bastante más de Juan José Saer en el modo de narrar de Laura Demaría.

Pero me interesa también otro tema que surge en la novela, el de las drogas, las adicciones y la relación entre la escritura y los vicios, especialmente en relación con María (otra de las compañeras del posgrado de la narradora en la universidad en St. Louis). Aprendemos en la primera parte de la novela que María del DF está constantemente tomando pastillas; luego pasará a otras drogas más fuertes aún. Diferentes químicos consumidos e incorporados, cuyos efectos la narradora observa sin juzgar, simultáneamente con distancia y cercanía. En uno de los fragmentos que se enfocan en María y por qué se ha ido de México, leemos: “Es que ahí quedo como expuesta, nos dice. Entonces, lo mejor es salir, irse, buscarse un lugar donde se pueda ser nadie. Pasar, en una palabra, desapercibida. Por eso el silencio, por eso la pasividad del quedarse fumando para no ser vista. Un modo, explica, de seguir haciendo lo que quiero” (43).

Varios de los personajes tienen algo en sus países originarios que quieren dejar atrás, van a St. Louis para pasar desapercibidos. Otros –como la narradora– terminan pasando desapercibidos aunque no parece ese haber sido el ímpetu original. La conexión aquí entre el desplazamiento cultural y lingüístico de la inmigración y las misteriosas pastillas de María nos hace pensar en la medicina necesaria, o deseada por lo menos, para –o como resultado de– ciertas transformaciones que resultan durar años, si no vidas enteras. ¿Qué pastilla mágica se puede tomar para entender el desplazamiento perpetuo de la vida en tránsito?

La novela es en parte un ejercicio de memoria, en su mayoría sobre este grupo de siete compañeros en un posgrado en una ciudad extranjera que les resulta tan completamente arbitraria en el midwest de los EE.UU. El tiempo y las aventuras (o las mis-aventuras) que comparten ahí se desvanece, pero queda de cierto modo, a través de esta narrativa, en la memoria y luego en las palabras y el fluir de la prosa de la narradora. En un momento leemos: “Quisiera creer que algo de todos ellos aún permanece en mí, pero como ese algo no lo puedo precisar, me quedo sólo con lo intangible que redondeo como St. Louis. Entonces, me digo, St. Louis es ellos, esa tercera persona plural que anida en mi primera” (95).

Otro de los detalles interesantes de la novela es la puesta en escena de los diferentes españoles que hablan los hispanoparlantes en la historia. Que si groseras o guarangas, que si cabroncitos y chingones, que si guisar o cocinar, el o el vos, y los diferentes de México y España, todo mezclado en un St. Louis misterioso, transformado en mítico en la memoria y la escritura de la narradora. “¿Qué lengua hablamos cuando estamos en St. Louis? ¿Qué nos decimos? Allí todo se mezcla, las tonadas, los acentos, los dialectos, las expresiones de diversos barrios, los modos de nombrar” (163). Si platicar, o charlar, o hablar, o conversar: versiones cambiantes y necesarias –para la narradora– de su modo de decir.

Menciono aquí un aspecto formal de la novela que me interesa también. St. Louis Blues contiene varias propuestas sobre la escritura en sí. “Siento que escribo en miniatura” (99), leemos en un momento; y más adelante: “Hablar en minúsculo, me propongo. Decir sin decir, que es aludir y crear silencios” (223); y más adelante aún, otra de las siete le dice a la narradora: “Nos quedamos al final con vidas chiquitas” (263). Algo así como la reducción de una vida (de varias vidas) a la miniatura de la escritura, a los fragmentos y los recuerdos y las conversaciones parciales. Pero también algo así como todas las promesas y los sueños de toda una vida (de varias vidas) que quedan, años después, en otro lugar, no realizados, en lo que emerge como una estética de la melancolía del inmigrante perdido, o simplemente del ser humano tal y como nos encontramos en la condición actual en el mundo: siempre desplazados, siempre en otro lugar, recordando los que conocimos y quienes fuimos a través de palabras que estarían perdidas en el tiempo, si no fuera por el esfuerzo, en este caso, de la escritora Laura Demaría.

Termino con una cita más, un fragmento con el cual yo me identifico directamente como lector: “En algún punto tendré que abrir las cajas y empezar a sacar lo que está ahí. Empezar, me digo”, nos dice la narradora, “a computar las cosas que pegan y las cosas que no pegan, como quien hace una lista de haberes y deudas, y encolumnar cada papel y cada carta, cada cosa guardada en esas cajas. Crear un orden. Ser prolijita, para luego saber con qué contar” (105). Este es el mismo fragmento en el cual la narradora habla sobre acomodar sus plantas en su casa, creando una conexión entre el contenido de esas cajas (que contiene el pretexto para partes de esta novela, suponemos) y las plantas que conviven con nosotros en departamentos y pisos extraños en ciudades extrañas en un norte que nos recibe y en el cual solemos perdernos. “Y vuelvo a las cajas. Las mismas que sé se quedarán cerradas. De nada vale abrirlas cuando, en cambio, puedo seguir tecleando y refugiándome en la pantalla de esta computadora que también hace sombra. […] Hacerme yo también planta y postergar para otro día eso que pega y no pega. Dejarme estar en mi maceta, sin pensar siquiera en las raíces mías que se han quedado por ahí, fuera” (106).

Cierro mi breve texto con estas palabras de la narradora de Laura Demaría y espero escuchar de otros lectores y cómo se acomodarán ellos entre las cajas y las plantas a su alrededor, desplazados en su lectura de St. Louis Blues.

Silver Spring, Maryland

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