La representación literaria de la desdicha ha conocido mo­mentos notables: Dostoievski, Céline y Cormac McCarthy (por sólo citar a tres autores cuya dignidad estética es incuestionable) ofrecen en sus obras una visión inexora­blemente sombría de la así llamada condición humana. Sin embargo, me pregunto qué podría preparar a un lector contemporáneo para la despiadada originalidad del austríaco Thomas Bernhard. Sus obras, informadas por una prosa obsesiva y asfixiante (pensemos en un Beckett exaltado, en un Beckett colérico), jamás aburren: una y otra vez arremete contra todos los tranquilizadores clichés que sostienen la plataforma conceptual de Occi­dente.

Nada escapa a este empresario de demoliciones: la Familia, el Estado, la Institución médica, las Universidades y la Cultura en pleno son mostradas como instrumentos de la aniquilación del sujeto y Austria semeja una vasta penitenciaría. No debemos engañarnos, sin embargo: Bernhard no está interesado en componer tratados so­ciológicos y tampoco es (por fortuna para nosotros) un discípulo de cierto sobreestimado economista alemán. Hablamos aquí sencillamente de un gran escritor que carece de propuestas edificantes y no tiene ninguna solución para el horror que ha vislumbrado en los otros y en sí mismo.

Hay en él, por momentos, una casi mórbida compla­cencia en la falta de soluciones, en lo que Cioran llamaba “la voluptuosidad del callejón sin salida”: como un demiurgo maligno somete a sus personajes a las evidencias de lo peor, sin permitirles incurrir en las tranquilizadoras ficciones del autoengaño. En este sentido no carece de razón el crítico que ha calificado sus novelas de “cámaras de tortura”, pues Bernhard es el hagiógrafo de los deses­perados, el más minucioso cronista del horror.

Pensemos solamente en sus mejores textos: en Helada un pintor delirante y al mismo tiempo ferozmente lúcido (un lector de Pascal) accede a la soledad absoluta en el invierno perpetuo de las montañas austríacas y convierte su aislamiento en un monólogo sobre el arte y la autodestrucción (términos que al final parecen intercambiables). En Corrección (la “novela total” de Bernhard), Roithamer, el genial y perturbado protagonista, trabaja durante años en la demencial construcción de un cono gigantesco y, atenazado por “la atroz lucidez del insomnio”, lleva su pensamiento a los extremos de la razón para concluir que la única solución posible está en el suicidio, esa “co­rrección” definitiva. Finalmente, en El malogrado (una típica historia bernhardiana sobre el fulgor del fracaso), el ultrasensible Weithamer ve frustrada su vocación musical, aplastado por la brillantez pianística de Glenn Gould, y termina también aniquilándose.

Ciertamente son narraciones terribles, que no condescienden a la esperanza (equiparada por Bernhard al autoengaño y la degradación) y de las que podría decirse, parafra­seando a Borges: la acción se desarrolla en el infierno, pero, curiosamente, los personajes y los lugares tienen nombres germánicos. Sí, el peculiar Evangelio de Bern­hard parece ser (como dijera Harold Bloom de Chéjov): “Conocerás la Verdad y esta te hará desesperar.” Ante tan extremado rigor sería lícito preguntar si al menos la literatura y el arte conservan un status privilegiado, pero la respuesta, aunque previsible, resulta devastadora: en el universo bernhardiano la Cultura no es una coartada y los intelectuales y artistas son también personajes ridículos, incesantemente abyectos. A este severo juicio no escapan siquiera los mayores creadores de la Historia: así, en Maestros antiguos, su última novela, Shakespeare, Bach y Miguel Ángel son atacados despiadadamente pues resultan inútiles para Reger cuando su esposa muere, demostrando, como escribe Bernhard, que “en los momentos de nuestra mayor desesperación, los así llamados Grandes Maestros nos dejan en la estacada”.

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