Thomas Bernhard

Thomas Bernhard nunca decepciona: tanto en sus grandes novelas como en los numerosos relatos, las piezas teatrales o cualquier otro género que abordase, la aterradora intensidad de su perspectiva sobre la condición humana y la excelencia de su estilo jamás decaen. No sorprende entonces que un libro aparentemente “menor” como Mis premios sea una magnífica introducción al sombrío esplendor de su prosa.

Se trata, como lo indica el título, de una recopilación de textos que narran todo lo relacionado con los premios literarios otorgados a Bernhard (con especial énfasis en las ceremonias de premiación). Ahora bien, si había algo que el escritor detestaba por encima de todo eran precisamente estos rituales pomposos y vacuos: en consecuencia, el libro articula una crítica acerba de la escena cultural austríaca, acentuando el humor cruel y las invectivas devastadoras que convirtieron a Bernhard en el supremo virtuoso del desprecio.

Así, se burla de la ignorancia supina de los funcionarios austríacos (personajes que ciertamente no profesaban una devoción excesiva por la literatura); subraya la cualidad farsesca inherente a toda premiación[1] y, finalmente, ridiculiza tanto a los escritores que conceden los premios[2] como a aquellos que los reciben, sin excluirse, por cierto, a sí mismo. En efecto, a diferencia de otros grandes misántropos con talento para la vituperación (Swift, Céline, Karl Kraus), Bernhard no se limita a criticar a los otros sino que reconoce su propia vileza al aceptar todos los premios que supuestamente desprecia.

Sería un error pensar, sin embargo, que la vanidad o alguna patética preocupación por su “carrera” tienen algo que ver con todo esto: la explicación es mucho más sencilla y Bernhard la ofrece inmediatamente, con incomparable desparpajo: en rigor de verdad lo único que le interesa es… el dinero.[3] Esto no debe sorprender a los que hayan leído sus entrevistas o los Relatos autobiográficos: Bernhard siempre fue un esnob, un aristócrata del espíritu que anhelaba convertirse en uno real (con una cuantiosa fortuna incluida, de ser posible) y lo único que podía atemperar su misantropía era su desenfrenada codicia. O quizás eran complementarias: ávido de oro y de silencio, ¿cómo podía rechazar lo que le permitiría aislarse completamente del mundo que aborrecía?[4]

Sea como sea, aceptar los premios le permitió después escribir un libro como este, notable no sólo por las desopilantes descripciones de las ceremonias sino también por incluir los textos leídos por Bernhard al “agradecer” estos dudosos honores: pequeñas obras maestras que movilizan todos los recursos de su singular arte de aborrecer, toda su lucidez y todo su nihilismo, como en el que afirma “con la claridad aumenta el frío”, fórmula que podría perdurar como epígrafe de sus Obras completas.


Notas:

[1] La apoteosis de la comicidad absurda se alcanza en la ceremonia de entrega del así llamado Pequeño Premio Nacional: esta escena, narrada con algunas variaciones en El sobrino de Wittgenstein, es una de las cumbres del arte satírico de Bernhard.

[2] Muy pocas escenas en la literatura alcanzan la intensidad farsesca, el humor grotesco y desolado de la discusión del jurado narrada en “Premio de la Libre y Hanseática Ciudad de Bremen”.

[3] El dinero es lo único que le interesaba más allá de la búsqueda de la grandeza estética, en la que jamás cedió un milímetro. Precisamente por eso necesitaba el dinero de los premios: sus libros nunca fueron “exitosos” (al menos en el sentido puramente comercial del término).

[4] Tras recibir uno de estos premios, Bernhard pudo comprar el terreno para edificar su ya famosa mansión en Ohlsdorf.

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