‘Tela por donde cortarʼ: diseñadoras cubanas en Fábrica de Arte Cubano

Línea de bisutería cubana JOY Color (Foto May Reguera)

El pasado sábado 5 de octubre se inauguró, en el movido panorama del finde habanero, la exposición colectiva Tela por donde cortar, curada por la diseñadora Marla Cruz Linares (La Habana, 1991), quien integra el team que echa a andar cada semana la maquinaria cultural de la Fábrica de Arte Cubano (FAC). La muestra estará de octubre a diciembre en FAC (calle 26, esq. 11, El Vedado), ese espacio multitask o multihilo donde tantos eventos de arte, música, danza y teatro concurren en una sola noche, con un dinamismo y un glamour que emula el de otras cosmopolitas ciudades del mundo.

Marla Cruz Linares se graduó en 2014 del Instituto Superior de Diseño (ISDI) y ha incursionado en el cartel, el muralismo, la ilustración, el vestuario, el audiovisual y la gráfica de revistas como Upsalón, de la Facultad de Artes y Letras, La Gaceta de Cuba y What’s Up FAC. Además de su desempeño en la agencia de comunicación Bonus Track, fue productora desde 2015 hasta mediados de 2019 en FAC, donde actualmente lleva las riendas del espacio dedicado al Diseño de autor, justo en el que se nos invita a degustar este coctel de nuevo diseño cubano.

En Tela por donde cortar –tras sus bojeos en redes sociales como Facebook e Instagram– han sido convocados seis proyectos de jóvenes diseñadoras de modas: Café color, Capicúa, Dador, Marié, Wasasa y El Encanto –esta última, una firma ya fiel de las galerías de FAC–. El regalo de los sentidos acontece, claro está, en ese rincón siempre bizarro, vibrante y sorpresivo de Fábrica donde pervive y fluctúa una exposición permanente de diseño, principalmente de accesorios, la mar de las veces únicos.

Otros diseñadores de accesorios, más allá de los habitués, fueron también congregados en Tela por donde cortar y (ex)ponen sus creaciones en las vitrinas del espacio de Diseño de autor, al alcance del hervidero que circula por Fábrica cada final de semana. Su propuesta incluye joyas, carteras y otros artículos, de esos que añaden un detalle al vestir. Las piezas de Sandra Borges, Yohannia Cabrera, Joy Color, Mayelín Guevara, Katy Ocaña y Yasniel Valdés van de lo geométrico minimalista al desborde variopinto, del metal a la tela, pasando por el plástico. Las variaciones de algunos de sus abalorios recuerdan la incursión de otra artista habanera, Laura Lis, en la orfebrería, cuando en la XIII Bienal de Arte de La Habana exhibió sus pendientes asimétricos en el Teatro Nacional de Cuba, en diálogo con la fotografía de May Reguera, la música de Carlos Fariñas –tocada por Percuba Ensemble– y en featuring especial con la abstracción cubana, gracias al ya legendario artista Pedro de Oraá, quien perteneció en la década del cincuenta al grupo Los Once.

En palabras de la curaduría, los proyectos de diseño de modas vinculados en Tela por donde cortar engarzan “el trabajo manual, la experimentación y el conocimiento”, tanto porque conocen al hilo el patronaje clásico como por sus innovaciones en pos del día a día, del clima y de las cambiantes proyecciones (“comportamientos y actitudes”) del cubano contemporáneo.

“Cada una organiza la construcción de una prenda de vestir de manera diferente. Cortan, arman y cosen las diversas piezas según su inspiración y en ocasiones, el orden queda transmutado sin miedo. Siempre conscientes de que aún queda tela por donde cortar.” Así subraya Marla Cruz Linares la frase sonora extraída del habla popular que con tanto tino nombra la expo, y así también la amplitud de miras y de posibilidades del diseño cubano que, como tantas artes, se está renovando y ha vuelto a adquirir vitalidad y protagonismo en la Isla.

Wasasa Bug Bag se identifica por una pequeña mascota, que se asemeja a la inicial de su nombre. Este proyecto, llevado por Sandra Herrera Petrova y Amaya Sara García Vera, se enfoca en los accesorios unisex, que se confeccionan con telas africanas enceradas provenientes, por ejemplo, de Sierra Leona, y se diseñan y se cosen a lo cubano, con “mucha mucha bomba”. Ellas se han inspirado en las mezclas culturales que caracterizan este archipiélago –como se puede constatar al seguir la marca en Instagram– y hacen “a dos manos” cada pieza “para todxs lxs bichxs del mundo” –según sus propias declaraciones.

Los diseños de Dador, apreciables tanto en su tienda en línea como en la física (Dador Havana, Amargura #253, Habana Vieja), parecen querer gravitar como ese globo a rayas que los identifica con lo aéreo y que recuerda a Matías Pérez, si bien con ancla, es decir, con la posibilidad de despegar y también de aterrizar en las mareas, con su destino naviero. La marca resultó de la unión creativa de las diseñadoras de vestuario Lauren Fajardo, Ilse Antón y Raquel Janero, quienes confiesan haber fundado el proyecto para saciarse juntando en su estudio la trinidad de sus grandes pasiones: “la moda, el arte y el diseño”.

Su propuesta trae piezas de edición limitada, “con una estética que fusiona la simplicidad sofisticada del corte y el aire desenfadado típico de isla tropical”. En ellas buscan sintetizar en prendas hechas a mano el estilo habanero más contemporáneo, puesto que se declaran inspiradas por la capital de Cuba, por lo que se diría el Havana way of life. La colección a rayas con la que abrieron la expo, en tonos de rojizo, azul grisáceo y blanco, se llama justamente Malecón, y enfatiza el deseo satisfecho de Dador de ser, como José Lezama Lima, el autor del poema que les da nombre, unas habaneras rellollas, pero estilizadas.

Color Café, bajo el zumbar de la cafetera –como logo–, es acaso el más jovencito de los proyectos, iniciado este año por Loypa Izaguirre y ubicado igualmente en la Habana Vieja, en el café-taller de Aguiar #109. Asimismo, se sabe influido por el diverso entramado cultural del país y por sus tradiciones, “para dar vida a sus diseños”. De ahí los “tejidos frescos acordes con el clima y estampados a tono con la tropicalidad”. Le place reinterpretar “estilos clásicos con un toque de modernismo”. Tiene por patrones –a su decir– “la alegría, la elegancia y la cubanía”. El coqueteo con diseños típicos como camisones y vestidos de mujer, y con estampados o colores que sugieren la pertenencia a la Isla, aunque no se observaba en la línea de ropa exhibida en la apertura de la expo, se aprecia en el sitio web del proyecto.

Capicúa, ideada por la diseñadora Laila Chaaban, tiene sede en Centro Habana, en San Lázaro #55, antes de que la calle muera en Prado. Su creadora, apasionada igualmente “por la moda y el diseño”, eligió esa palabra típica de una jugada en el dominó y un logo que nos remite al infinito y al ouroboros, la serpiente que se muerde la cola. Laila ha expresado que creó la marca para cumplir con “la necesidad espiritual de poseer un espacio donde desarrollar y mostrar su propia visión de lo que podría ser una moda cubana, auténtica y autóctona”. Si Wasasa se destaca por las riñoneras o bolsas de canguro, por esas bug bag para cualquier bichx que en el mundo ha sido o será, Capicúa tiene entre sus marcas de estilo –como se aprecia en su cuenta en Instagram— el estraple (o strapless) y la pachanga, piezas que denotan el clima cálido y nuestra persecución a manos del sol, el implacable.

Marié, como su creadora (Marié Álvarez Torres) insiste también en ser “una marca de ropa que se inspira en el día a día cubano, en la nueva generación y en los colores característicos de la Isla” –como nos revela en su página de Facebook–. La anima el deseo de “transformar la tradición (patronaje, corte y costura) en la cultura contemporánea”. Ofrece ropa lista para llevar y confecciones a la medida. Más que esto, yo diría que la identifican el diseño y los simpáticos estampados, de esos que ella misma lleva y que ha querido crear –como la E de su nombre–, “sin género”, para potenciar el sello característico de cada quien, desde estudiantes universitarios y músicos o productores hasta tatuadores, actores, fotógrafos. Su invitación al “vistamos como queramos”, su llevemos “lo que mejor nos quede” y su aprovechamiento de la apertura de los estancos baldíos y de la difuminación de los roles (genéricos, laborales o vitales) en terrenos como el atuendo, nos sitúan con franqueza frente al eslogan “libre y diversa”.

El Encanto Atelier –que puede seguirse, como otras de estas marcas, en Instagram— toma su nombre de esa célebre cadena de almacenes, que tuvo intensa vida en la Cuba de la modernidad republicana. Los diseños de la marca de hoy, creada por María Laura García Medina, retoman el aire elegante y de corte regio, y sencillo a la vez, de aquella época, para adoptar uno vintage pero nunca demodé. El espacio donde exponen habitualmente en FAC está ambientado con publicaciones y otros objetos de entonces para retrotraernos en el tiempo a través de la calidad y el estampado de las telas o de la austeridad de algunos modelos, sumados al garbo de sombreros como los de anacahuita. Transitar entre sus telas, al adentrarnos en la cápsula de la encantadora salita expositiva, nos hace creer que alguien ha dado vida a algunas de las ilustraciones de la revista cubana Social –de la mano de Conrado Massaguer– y que podemos atisbar en cuerpo y figura la representación al uso de la mujer sofisticada, que se proyectaba desde aquellas páginas y que ahora juega a ser como antaño, desde un imaginario lúdico y provocador, subvirtiendo y burlando los dictados de la moda y del tiempo.

La innovación de estas emprendedoras, cuya paleta de color y cuyos patrones y bocetos de vestuario han sido sacados a la palestra gracias a la curiosa mirada de Marla Cruz Linares, acentúa no solamente el ingenio y la frescura –nunca mejor dicho– de las soluciones de diseño aquí congregadas. Pone sobre el tapete, de un lado, la imaginación sin fronteras de las “mujeres al poder” –como dijera la revista Vistar, refiriéndose a la marca Dador–; visibiliza su mano sobre el volante para decidir el destino de sus sueños y creaciones, retomando una de las labores “(a)propi(ad)as” para el “bello sexo”, desde una posición autónoma y que se ríe muchas veces de todo lo que sea un límite, al generar ropa cómoda y unisex para quien la quiera llevar. Y, del otro, trae a colación lo caro que resulta vestir con ropa de autor –permítanme rectificar sin pestañear, de autoras–, así como las razones ocultas bajo lo chic de estas solitarias piezas hechas a mano, a pedal y dedal.

Leyendo el poema “Singer”, de Patricia Arredondo (Tlalnepantla, 1988), que amplía los horizontes del telar y de la sala de exposiciones de FAC, preguntándose “si pisaras el pedal, ¿qué tan lejos te llevaría la máquina?”, me reconecto con los nudos y los hilos quebrados de una rued/ca clueca, que no es sino el reverso de la que gira alegremente en los estudios-talleres de estas laboriosas muchachas. Volviendo a la costurera de La anunciación, de Antonia Eiriz –parodiada en movimiento sobre unos dientes de sierra por Francisco de la Cal, en alguna de las paredes que llamó mi atención esa noche de FAC–, regreso mentalmente, para reconectarla con esta, a otra exposición de la pasada Bienal de Arte en La Habana.

Se trata de Jababacoa, de la autoría del cubano Luis Gárciga y del colectivo español C.A.S.I.T.A. Gracias a la proyección audiovisual que vertebra esa pieza instalativa, y que se adentra en las microhistorias de una treintena de costureras, me encuentro con el tartajeante rumor de sus maquinarias. Recompongo los gestos que día tras día ellas hacían para mover las textileras de municipios ayer “industriales” como Guanabacoa, cuyas fábricas quedaron varadas y vaciaron de sentido y los bolsillos de la comunidad en que estaban enclavadas. La crisis no, el vacío de la industria textil nacional subyace también –no hay cómo negarlo– en los precios de las piezas que se exhibirán en FAC hasta diciembre, haciendo las delicias y el ataque al corazón de muchxs.

Más allá de etiquetas y de dramones económicos, me quedo sin embargo entre los dedos con la ligereza del roce, con lo risueño y lo exuberante de muchas de las telas que Marla trajo a FAC. Confieso que no pocas veces –tanto o más que las cámaras– me intimidan las mujeres que se saben a la moda y lo llevan con sagaz resolución. Por eso apenas crucé palabra con alguna de las diseñadoras. Por eso tampoco me retraté en el entorno Wasasa, pletórico de frutas y naturaleza, que recreaba sardónico y con disfrute –¿por qué no?– algunos de los tópicos tropicales que nos (en)marcan, incluido el simbolismo sexual y sexista.

Como una tela embastada, que espera volver a deslizarse por la máquina para afirmar su dobladillo, es seguro que regresaré sobre mis pasos al pasillo de Tela por donde cortar. Ojalá esté aún alguna de las prendas que me encandiló, si bien el deseo de Marla es que las dueñas de las marcas renueven el ropero durante estos tres meses. Y tal vez esté aún la cámara que retrató en la noche del sábado inaugural a tantas de estas mujeres con garbo –mujeres sin miedo de su belleza–, muertas de risa, con la papaya colorá en la mano. Me gustaría hacerme esa foto, para decir con ellas, ni corta, ni perezosa: “¿Mujeres?, sí.” “¿Bellas?, sí.” “¿Inteligentes?, ¡demasiado!”

Quien dude todavía, que las visite en la expo o en sus tiendecitas dispersas por la ciudad como un juego de yaquis variopinto. De quienes nunca entraron a probar suerte al probador… no hay nada escrito.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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