Me hubiera gustado dibujar las cartas. Por mucho tiempo preferí ser el pintor. Pero al nacer ya estaban sobre mi mesa. Solo quedaba garabatearlas, escribir nombres de húmedos insectos. Mi único dibujo es el de la niña que muestra su lengua…

El mar trajo un brazo de mujer entre sus olas. Las imágenes que guardé fueron las del muladar. Había un brazo junto al escombro, sus finos dedos, también las uñas, rojas junto al escombro. Más que a buscar botones, voy a la orilla a la espera de mi brazo de mujer. La no-paridora. La del goce.

Una niña de seis años muestra su lengua con intención de burla. Desmedida, de golpe la eleva, como queriendo rozar la punta de su nariz. ¡Nada tan fugaz como esa aparición de la lascivia! Para una explicación de la violencia, no olvidar el cantábile de la niña.

Si dos mujeres bailan desnudas de seguro rozarán sus senos. No exentas del vibrar o de la encarnación misma. Desde abajo observo el círculo que se estrecha, las ondulaciones y las cúpulas. Ya no es el cuerpo de una, el gesto de otra, lo que percibo. Veo el círculo abriéndose o extinguiéndose en la palidez de la carne. Al cesar el baile recuerdo cercanías al hedor. Una imagen de mujer y su bulbo iracundo.

Después de años he vuelto a los dibujos de Max Ernst. Al despertar hago de la humedad mi lecho. ¿Dónde hallar el Eros delirante, los pechos hervidos, la carcoma agreste en la lengua de las mujeres que fuman y se deshacen? Amo a la que no ama los libros. He procurado no ser ya más el rígido, condenado al triunfo, y poseer por fin sus naderías. Hay una mujer que vuelve insistente, se repite como cantigas. Juego entonces a Onán, o al mismo Linceo. Me vierto o destruyo. Así, indistintamente.
Michelangelo Pistoletto: Deux femmes nues dansant, 1966.