Es un tema este de las revistas literarias que siempre me interesa aclarar, desde adentro y desde afuera, en toda su profundidad y en su magnífico absoluto. Hace días, en este periódico, escribí un corto artículo en que tomaba el tema; ahora releyendo las obras de Antonin Artaud, encuentro un texto que me interesa dar a conocer. Dice el poeta:

No hay bastantes revistas literarias, si se quiere todas las revistas son inútiles. Aparecemos porque creemos responder a algo. Esta realidad nos dispensa ser necesarios. Nosotros somos reales. Debía haber tantas revistas como hay estados de espíritu válidos. El número de papeles impresos sería reducido a muy poco, pero ese poco daría lo preciso y la suma de lo que debe ser pensado, o de lo que merece ser publicado.

Todas las revistas son esclavas de una manera de pensar, y por lo mismo, desprecian el pensamiento. Todas tienen el grave defecto de ser redactadas por varios hombres. Imaginan reflejar un estado de opinión, y no son más que un popurrí. Pues no hay estados de opinión, hay opiniones diversas que merecen más o menos ser formuladas. Pero la humanidad es incurable, no se impedirá nunca a los hombres estar seguros de sus pensamientos y desconfiar de los de otros; si alguien que tiene una opinión justa quiere darla al público no le queda más remedio que fundar una revista. Tenemos una opción que merece ser expresada. Contingencias exteriores impiden a diversas revistas acoger esta opción en su desnudez absoluta. No hay revistas libres, todas las revistas siguen más o menos un canon. Escogemos el único medio de ser nosotros mismos y de serlo totalmente.

Continúa diciendo Artaud: “aparecemos cuando tengamos algo que decir”. He ahí la verdadera cuestión. Cuando existe un estado de espíritu capaz de tomar la envergadura de un órgano se puede acudir a la publicación de una revista. En otro caso se trata de un esfuerzo superfluo, que cae en la labor “cultural”, en el merodeo literario.

Y nos preguntamos, ¿existe algún estado de espíritu preciso en las publicaciones literarias a que nos tienen acostumbrados en este país? Ciertamente, no. En los últimos meses han aparecido varias publicaciones literarias: ni la cultura, ni la literatura, ni la ciencia han ganado nada con ese esfuerzo. Una revista, una publicación se hace para algo. Para dejar establecido un sistema de coordenadas o un espléndido desorden capaz de decir o de insinuar una determinada posición, un sentido. Nada de eso lo hemos encontrado, −suponemos que nadie lo ha encontrado−, en las publicaciones cubanas, todas caen en un eclecticismo, en un antirradicalismo conmovedor.

Todo sería cuestión de llegar a saber si esto ocurre porque en el país no existe un verdadero estado de opinión sobre las cosas del espíritu. O simplemente porque cierta posición conciliatoria entre lo irreconciliable, cierta tendencia a atraer los contrarios para pegarlos unos a otros, anima el espíritu literario del país. Aceptamos todas las formas de la expresión intelectual, siempre que conserven un aliento radical, una forma no deformada, una voluntad de absoluto. Las ideas contrarias no se pueden expresar en un mismo cuerpo, necesitan un grave espacio que las separe de las direcciones enemigas. Cuando esto no ocurre se produce lo que Artaud llama una olla podrida. La Nueva Revista Cubana, por ejemplo, es eso: una olla podrida, no sabemos si gracias al contenido o al continente.

No estamos contra la publicación de ninguna revista: constatamos la densidad expresiva de cada una, su índice de claridades. Y somos, sin duda, bastante pesimistas al respecto. Para llegar a una publicación capaz de consistir, de resistir, de permanecer, o, simplemente, de excitar la atmósfera plúmbea de nuestra vida intelectual, sería necesario que un grupo o alguien se decidiese a no conciliarse con nada ni con nadie y otorgar tan sólo su muda violencia intelectual. Su contenido único, inalterable y verdadero.

JOSÉ ÁLVAREZ BARAGAÑO
José Álvarez Baragaño (Pinar del Río, 1932-La Habana, 1962). Escritor cubano, perteneciente a la llamada Generación del Cincuenta. Antes de 1959 vivió en París y viajó por Italia y España. En este periodo colaboró en Le Premier Bilan de l´Art Actuel (Cahiers Le Soleil Noir. Positions) y las revistas Le Soleil Noir, Positions, Espacio y Panderma, y publicó sus poemarios Cambiar la vida (Editora Le Soleil Noir, 1952) y El amor original (Ediciones Castor, La Habana, 1955). Al triunfar la Revolución cubana, tras su regreso definitivo a Cuba, trabajó como columnista en el periódico Revolución y, más tarde, en el magazine literario Lunes de Revolución. Colaboró en Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba y Bohemia. Entre sus libros de poesía destacan Poesía, revolución del ser (Ediciones R, 1960) e Himno a las milicias y sus poemas (Editorial Guerrero, La Habana, 1961). El volumen Una cita informal y constante con la muerte (Ediciones Unión, 2015) recoge su poesía completa y una selección de sus ensayos.