J. D. Salinger

Hay una anécdota muy buena, contada por David Shields y Shane Salerno en esa biografía-mamut editada por Seix Barral en 2014, llamada, sencillamente, Salinger, y que nos habla de la estatura moral de nuestro escritor. Cuando Jerome David terminó de escribir El guardián entre el centeno –tras meses y meses de estar encerrado en una casita de Westport–, se la dio a leer a un tal Robert Giroux, de la editorial Harcourt, Brace. A este le gustó, así que se la pasó a Eugène Reynal, su jefe directo. Pero Reynal tuvo una reacción visceral y, luego, tomó una decisión estúpida. La reacción visceral fue preguntar, sin pensárselo mucho: “¿Pero este chico (Holden Caufield), está loco?” Y la decisión estúpida fue tratar de editar El guardián entre el centeno bajo el sello de la división escolar de la editorial. Es decir, como libro de texto.

Giroux le comunicó ambas cosas a Salinger, pero este no contestó nada. No podía; las lágrimas no lo dejaban. Lo único que atinó a hacer fue llamar a su agente, Dorothy Olding, y le dijo entre espasmos: “Sácame de esta editorial. Piensan que Holden está loco.”

(No sería la única estupidez que cometería Harcourt, Brace. Años después, rechazarían un larguísimo rollo escrito a máquina y lleno de anotaciones, de un tal Jack Kerouac, y titulado On the Road, solamente porque su autor se había negado a corregir el manuscrito.)

Aparecen en esta anécdota dos cosas esenciales de J. D. Salinger: una, su detector incorruptible de hipócritas y oportunistas. Y dos, la angustia ante la posibilidad de volverse loco. Todo, además, matizado por esas lágrimas sinceras. Haberle dicho “loco” a uno de sus personajes era como haber ofendido directamente a uno de sus familiares. Eso es una verdad soberana, sin la cual es imposible entender la literatura de Salinger: Holden Caufield, los hermanos Glass (Seymour, Franny, Zooey, Buddy), Esmé, Teddy y todos los personajes que habitan sus páginas no son simplemente entidades funcionales en un relato: han sido modelados con el mismo fervor y mimo que el personaje de Borges, en “Las ruinas circulares”, soñaba a su hombre en llamas. Debe ser uno de los proyectos más radicales en la literatura contemporánea: que los personajes dejen ese mundo de tinta y papel y se conviertan en personas con existencia y esencia propias, para trascender, incluso al propio autor.

Hace poco más de una semana, el buen Diego Rodmor me vendió, en la librería de del Complejo Cultural Universitario de Puebla, la versión revisada de El guardián entre el centeno. Iba a regalársela a un amigo por su cumpleaños, pero me la quedé. Lo releí de nuevo. Me pareció aún más claro que todas las peripecias y hasta el discurso de Holden Caufield se construyen alrededor de un vacío: el que deja Allie, el hermano muerto trágicamente. Holden admira a su hermano mayor, D. B., y también a su hermana menor, Phoebe, pero su interlocutor válido era Allie. Y ahora, sin Allie –solamente con el guante de béisbol de Allie, que contiene poemas transcritos, el que debe ser el objeto más triste de toda la literatura universal–, a Holden no le queda más que hacer el tonto por Nueva York y, sobre todo, escribir. Si confiamos en escritores radicales como Montaigne, Lihn, Panero, Marguerite Duras y hasta Papelucho (el personaje de Marcela Paz), comprenderemos por qué Caufield dice lo que dice: o se escribe porque no se puede hablar con nadie de aquello que nos aqueja; o se escribe porque el único que nos comprendía y aconsejaba ha desaparecido.

El libro es tan bueno que resiste hasta la traducción de Alianza (mala, como hecha sin amor y con sordidez). Lo mismo pasa con la edición de los Nueve cuentos. Aparecen allí, en ese volumen portentoso, los temas que al soldado Salinger le preocupaban (el mundo frívolo e insincero de la adultez; la niñez como sabiduría; los efectos sutiles de la guerra en la percepción de la realidad; los eventos traumáticos que no se anuncian, como el suicidio de Seymour o la caída de Teddy) y esos temas brillan a pesar de su transposición al “español-coño”.

Hace un tiempo, con algunos amigos salingerianos, como Sergio Gómez, caímos en la tentación de ranquear, del 1 al 9, nuestros cuentos favoritos. No voy a dar lata aquí y sólo diré mis tres primeros: “Un día perfecto para el pez plátano”, “El hombre que ríe” y “Para Esmé, con amor y sordidez”. Además de develarnos, con elegancia y pluma, el tránsito nefasto de la niñez al mundo adulto, son cuentos que están estructurados como si proyectaran la propia personalidad de Salinger: nerviosos, tiernos, melancólicos, con una hondura siniestra y con una expectativa que siempre se va ajustando, al no saber qué ocurrirá a la vuelta de la página. Lo curioso es que ese manejo de expectativa nada tiene que ver con un suspenso burdo. No hay suspenso en la literatura de Salinger, y menos una organización clásica de presentación-nudo-clímax-desenlace. Tocado como estaba tras la masacre en la playa del “Día D”, seguramente Salinger tuvo que armarse otro espacio y otro tiempo que le parecía más atractivo de habitar, y ahí metió a los de su familia, es decir a sus personajes, que a la larga fueron más reales que su propia esposa, Claire Douglas, y sus propios hijos, Matt y Margaret (autora de un libro que, aunque no omite las excentricidades esperadas, prometía más: El guardián de los sueños).

En “El castrador oculto”, una crónica de Fabián Casas sobre Salinger, puede leerse: “Para Salinger, los personajes se volvieron más reales que los lectores. No se puede juzgar a Seymour Glass, porque es un santo que mora en el cerebro del escritor de Cornish. Salinger ha creado una secta para vencer el miedo a la muerte, al deseo, a la vejez y a la ansiedad de la notoriedad. Sus personajes son los primeros que ha reclutado para ese culto.”

Sin duda.

Por lo general, uno dota a sus propios personajes de toda la fragilidad que uno, como sujeto, esconde por pudor; pero al mismo tiempo no quiere que se rompan por nada del mundo. Por eso me sigue cautivando que el libro El guardián entre el centeno es todo aquello que se le abre en la cabeza a Holden Caufield entre el sábado que decide irse de Pencey y el miércoles, que tiene que volver a su casa. Es un buen modo de entender la literatura: se escribe para intentar encajarle un tiempo alternativo al tiempo de la vida cotidiana, que acaba, siempre, con el regreso a la anodina casa de nuestros padres para oír un regaño tras otro.

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