Bajo el ya generalizado título de “Poema de los hermanos”, el último descubrimiento textual de gran resonancia en el mundo de la literatura clásica grecolatina pareció en un principio salido de un thriller por el que se cruzan un anónimo coleccionista británico, una fundación evangélica norteamericana dedicada al proselitismo y a la papirología bíblica, un borroso jerarca alemán (¿nazi?) y los fantasmas de la falsificación o del contrabando de antigüedades al calor de la inestabilidad política generada por las Primaveras Árabes. Lo cierto es que, catorce años más tarde de la publicación de un espléndido poema aparecido en el llamado Papiro de Colonia, un nuevo texto de Safo era hurtado al olvido en el que permanece la mayor parte de su obra.

Según Dirk Obbing, un prestigioso papirólogo de Oxford, el manuscrito que contenía el poema habría pertenecido al Libro Primero de una edición crítica de los poemas de Safo compuesta en época alejandrina. El papiro había sido reciclado en cartonaje (un producto en cuya elaboración iban a parar lo mismo poemas, tratados filosóficos y textos evangélicos que apuntes burocráticos o comerciales), y en un principio se pensó que había formado parte del envoltorio de una momia. Ahora, sin embargo, aparece como más verosímil la hipótesis de que haya servido, aproximadamente por el siglo III d.n.e., para la encuadernación de un libro (lo cual hace el destino del poema sáfico menos macabro pero, sin dudas, más irónico).

Siempre según la versión de Obbink (cuya absoluta exactitud todavía hay quien persiste en tomar con recelo), un arqueólogo norteamericano, que habría comprado un lote de papiros a un traficante egipcio de antigüedades en los años cincuenta, los legó a la Universidad de Mississippi. Allí, a su vez, los pusieron en venta para adquirir (y nadie podrá dudar de la justicia poética de este trueque) un importante fondo manuscrito de William Faulkner. Un hombre de negocios radicado en Londres los habría adquirido, legítimamente, en la casa de subastas Christieʼs en 2011. Fue este coleccionista amateur quien contrató a Obbink para que los examinara, bajo la condición de que respetara su anonimato.

Aunque en un principio no fue admitida unánimemente, hoy apenas se cuestiona la legitimidad de su atribución a la poeta lesbia del siglo vii a.C. (una de las máximas autoridades vivas de la filología clásica, el severo don de Oxford M. L. West, en e-mail dirigido a una colega, aseveró: “It’s certainly not her best, but it has her DNA all over it”).

Probablemente la mayor novedad que este poema aporte a nuestro conocimiento de su autora sea de índole biográfica, ya que, a pesar de una noticia recogida por Heródoto, el historiador ateniense de época clásica, que daba cuenta de la existencia de un hermano de Safo llamado Caraxo que, en un viaje de comercio a Egipto, encontró su perdición en una hetera griega, ninguno de los textos hasta ahora conservados de la poeta consignaba su nombre. No obstante, en el corpus sáfico han sobrevivido, en forma fragmentaria, otros dos poemas en que se hacen votos para que su hermano comerciante regrese de un viaje y, a la vez, consiga sustraerse a la nefasta influencia (al menos así lo veía Safo, preocupada sobre todo por la reputación de su familia) de su amada Dórica.

Obbink resume así su lectura de este poema, en un trabajo aparecido en el Times Literary Supplement:

Tenemos, como hay otros casos en su obra, una plegaria (aquí en interés del regreso del mercader que ha ido en travesía marítima) insertada en un poema. Sugiere una relación entre su recitación y alguna ocasión ritual. Aquí, una plegaria por el buen retorno se dilata hasta imaginar lo que dicho retorno significaría para la familia. Y podría haber también ecos literarios, homéricos: Caraxo podría ser visto como una figura análoga a Odiseo (con Lárico como un Telémaco en potencia) en un drama familiar de trasfondo épico; de ser así, la propia Safo evocaría la figura de Penélope.

Encontramos en este poema una doble perspectiva, que comprende lo general (el enunciado de una norma de regulación cósmica, contenido en la sección media) y lo particular (lo que se refiere, en las dos primeras estrofas conservadas y en la última, a la situación de Safo y su anónima interlocutora, que muy probablemente se trate de su madre). Otro tanto ocurre en uno de los más célebres poemas de Safo (ese que comienza: “Unos dicen que una tropa de jinetes, otros que de infantes/y aún otros que de naves, resulta, sobre la negra tierra,/ lo más bello. Pero yo/que es a quien se ama”) y en el del Papiro de Colonia. Ahora bien, en este poema el alcance de lo particular, a diferencia de aquellos, no se restringe a los límites del individuo (es cuando registra las íntimas vibraciones, emocionales y corporales, sutiles o rotundas, que su circunstancia inmediata suscita en el sujeto lírico, que la voz de Safo asciende a las cimas de la expresión poética griega), sino que abarca el espacio social de lo familiar, lo cual puede explicar que la intensidad de este texto ceda en varios grados en comparación con las obras mayores de esta autora.

De todos modos, es interesante comprobar que en la propia Antigüedad este poema no pasó desapercibido; antes bien, la imagen de la tempestad súbita e inesperadamente calmada por la voluntad divina como emblema de la inestabilidad de los asuntos humanos (la noción del hombre como ente efímero es, en definitiva, como ha sabido ver Hermann Fränkel, el sustrato temático del que germina la lírica griega), devino un topos poético, recogido por Horacio en una de sus odas.

[…][1]

Siempre estás mascullando que Caraxo llega
con la nave atestada. Eso, creo, solo Zeus
lo sabe, y todos los dioses; mas a ti no corresponde
cavilar sobre el asunto,

sino mandarme y procurar que me encargue
de mucho suplicarle a la reina Hera
para que llegue hasta aquí, conduciendo salva
la nave, Caraxo,

y a nosotras nos encuentre con salud. Todo
lo demás, encomendémoslo a los divinos seres,
pues a las grandes tormentas la calma
de pronto sucede.

A quienes consiente el rey del Olimpo
que un divino auxiliador ya desvíe
de sus padecimientos, aquellos bienaventurados resultan,
y muy dichosos.

Nosotras, si llegara a levantar[2] la cabeza
Lárico, y eventualmente se hiciera hombre,
de muy grandes pesadumbres, de repente,
nos veríamos libres.

[…]

ἀλλ’ ἄϊ θρύλησθα Χάραξον ἔλθην
νᾶϊ σὺν πλήαι. τὰ μέν οἴομαι Ζεῦς
οἶδε σύμπαντές τε θέοι· σὲ δ᾽οὐ χρῆ
ταῦτα νόησθαι,

ἀλλὰ καὶ πέμπην ἔμε καὶ κέλεσθαι
πόλλα λίσσεσθαι βασίληαν Ἤραν
ἐξίκεσθαι τυίδε σάαν ἄγοντα
νᾶα Χάραξον

κἄμμ’ ἐπεύρην ἀρτέμεας. τὰ δ’ ἄλλα
πάντα δαιμόνεσσιν ἐπιτρόπωμεν·
εὐδίαι γὰρ ἐκ μεγάλαν ἀήταν
αἶψα πέλονται.

τῶν κε βόλληται βασίλευς Ὀλύμπω
δαίμον’ ἐκ πόνων ἐπάρωγον ἤδη
περτρόπην, κῆνοι μάκαρες πέλονται
καὶ πολύολβοι·

κἄμμες, αἴ κε τὰν κεφάλαν ἀέρρη
Λάριχος καὶ δή ποτ᾽ ἄνηρ γένηται,
καὶ μάλ’ ἐκ πόλλαν βαρυθυμίαν κεν
αἶψα λύθειμεν.

Notas
[1] Faltan una o dos estrofas iniciales.
[2] La corrupción del manuscrito permite otra lección, según la cual habría que traducir “sosegar”: admita el lector la que prefiera.

* Este texto apareció originalmente publicado en la sección De Leer de Diario de Cuba.