De la serie ‘Hotel Roma’, Leandro Feal

La Habana sentimental (Bokeh, 2018) es un título que nos tiende una celada. Parece evocar el melodramatismo metabolizado del cubano. Esa colectiva inclinación hacia la teatralidad que caracteriza al criollo y que no es más que la prolongación de las semillas ancestrales que mantienen vivo el espíritu del subdesarrollo en la isla. Un histerismo secular que llegó a provocar una ola de suicidios cuando en su momento en las esquinas habaneras los vendedores de periódicos voceaban a todo pulmón las trágicas muertes de Jorge Negrete y Pedro Infante. El mismo sensiblero histrionismo que concentrara a toda una multitud plañidera acompañando los restos de Benny Moré hasta su última morada, comparable en desventaja al exacerbado fervor que cuatro años antes hincara de rodillas a las masas ante el victorioso Robin Hood verdeolivo que a la postre resultaría un estafador de esperanzas.

No, la sentimentalidad del texto literario de Rosie Inguanzo (La Habana, 1966) es demasiada clorhídrica como para asimilarse a la idiosincrasia romanticona del isleño. El de estos testimonios se trata de un patetismo cáustico, conmovedor, que corroe esquinas y perfora superficies vivenciales a través de breves relatos e introspecciones descarnadas cuya lectura, por momentos, nos deja sin aliento ni asideros.

Rosie Inguanzo: ‘La Habana sentimental’, Bokeh, Leiden, 2018.

Dinámica. Mutante. Mordaz. Brutal, como las tramas de la húngara Agota Kristof en las que no existe armisticio ni anestesia al desnudar los pánicos vividos bajo el totalitarismo… Los personajes y voces de La Habana sentimental son existencias atrapadas en el aciago escenario que les tocó vivir, y la misión de la autora es revisitar la trampa congelada en su biografía, quizás para saldar conflictos irresueltos, pero también para compartirnos esos espectros que se han resistido a desaparecer.

Literatura de senderos híbridos a la manera de Thomas Pynchon, despliega todos los recursos que una doctorada en literatura de sólida academia puede asumir con oficio. Testimonios, monólogos, discurso poético en prosa o verso, miniaturas didácticas, memorias, citas con la radionovela vernácula, crónicas… Onetti, Borges, Zola, Piglia, Félix B. Caignet, Cortázar, Anna Frank, Cabrera Infante, el neorrealismo italiano… la Inguanzo rinde culto a una amalgama de referencias cultas y a aquella fusión de géneros literarios que provocó la irrupción del psicoanálisis a principios del siglo XX.

Ese último evento quizás explique el espíritu lacaniano con que fluye la autoexploración visceral del personaje protagónico. Una niña-adolescente-ángel-perverso en cuyos laberintos emocionales las grisuras y lo grotesco del entorno entran en fricción con una salvaje sentimentalidad que busca escape en sus dolorosas observaciones y en el torbellino lírico con que retrata fantasmas y cicatrices.

Narrativa, a instantes, asfixiante, está concebida con suficiente astucia y poderío visual como para que el lector de cualquier latitud se identifique con una tétrica realidad que durante décadas ha sobrepasado los mapas. Son escasas las zonas de confort que se le ofrecen al testigo de las páginas.

La autora ameniza el curso agreste con apuntes ilustres. Pinceladas intelectuales que asoman al texto desprovistos de afectación como enlaces imprescindibles a las encrucijadas del relato en el que la diversidad de voces narrativas brinca como liebre asustada entre el pastizal, dotando de vivacidad y sorpresa a un rompecabezas que va armando con las piezas más oscuras la maldita circunstancia que mantiene sitiada a la sociedad cubana.

La historia de la protagonista es un registro clínico de familia y sociedad. Las filias y fobias de una joven que en medio de la pérdida de su inocencia se autoasume como un engendro genético, víctima, además, del impacto de una familia disfuncional, fenómeno que se repite connatural al errático comportamiento de la nación cubana desde su surgimiento.

Esta es una historia en la que verificamos que, cuando las lágrimas llegan al punto de no brotar, se hace más estremecedora. El texto de la Inguanzo es catártico de principio a fin. No hay dudas que se urdió como acto de sanación. Como exorcismo de un universo íntimo, cultura y pertenencia que inexorablemente tocaron como karma.

Retratos y paisajes en La Habana sentimental guardan distancia de otras ficciones que se han escrito en las últimas décadas sobre el ambiente enrarecido de la sociedad habanera. Evita el contagio con la linealidad, los lugares comunes de la literatura cubana actual y se aprecia contenida con el trillado lenguaje escatológico aún en los pasajes eróticos más desinhibidos y fantasiosos. Es un espécimen que se comporta de manera inhabitual. Audaz en su concepción, dadaísta, poliédrico, construido sobre piezas independientes que se consolidan en un cuerpo coherente sin someterse a estereotipos.

Llegado a la última página es como si el libro pretendiera erigirse en obelisco póstumo a las miserias humanas que nos ha tocado vivir a miles de cubanos. Nos ha hecho recorrer a través de vidas agujereadas una Habana sin redención, privada de libertad y definitivamente en deuda con tiempos más felices.

Estamos ante un texto atípico y controversial. De áspero humanismo. En el que la poética incómoda se hermana a la crudeza narrativa. Donde, en cada línea, las prórrogas de la memoria actúan sin intermediarios sobre la percepción, para al final asemejarse a uno de esos rostros perturbadores de Francis Bacon que según Bertolucci “son caras consumidas por algo que viene desde adentro”.

La chica elegida como voz principal del relato es heredera temperamental de una realidad fulminada por el poder. Personaje metáfora, esta fierecilla indómita, acorazada en un estoicismo a prueba de torturadores domésticos e institucionales, exhibe toda la potencialidad del sexo femenino.

Superviviente que desde alguna zona futura rememorará precariedades y penas de esa época alienante en la que posiblemente desde entonces, entre confinamiento cloacal y apagones, ya estaba tocada por Calíope y hubiese sido perfectamente capaz, en su arrebatada ferocidad, de reemplazar el inodoro decrépito de su desvencijado baño, hurtando el urinario de Duchamp.

¿Se imaginan el célebre meatorio en medio de una ciudad depauperada y en ruinas? ¿Un ready made delirante aún más desterrado de su contexto en medio del trópico? Pues bien, de algo así se trata La Habana sentimental, una obra, en mi opinión, cuyo más alto valor literario radica, como el empeño de Marcel, en realzar la estética de la no complacencia.

JESÚS ROSADO
Jesús R. Rosado (La Habana, 1957). Historiador, crítico, curador y periodista. Graduado de la facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana en 1981. Terminó estudios en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos como asistente de dirección de cine. Es cofundador del Museo Memorial El Hurón Azul (casa del pintor Carlos Enríquez), así como del Museo Máximo Gómez (Quinta de los Molinos), ubicados en La Habana. Fue especialista principal del Museo Ernest Hemingway y del Museo Nacional de Bellas Artes, ambos en Cuba. Colabora con publicaciones especializadas como ArtNexus, Arte al Día y ArtPulse. Sus trabajos aparecen también en Diario de Cuba, El Nuevo Herald y Cubaencuentro.
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