Publicado poco antes de la muerte de su autor, Le Fleuve Alphée puede ser considerada como la obra testamentaria de Roger Caillois (1913-1978). En ella, utiliza la evocación de su itinerario desde su infancia en Reims hasta su último trance de vida para desarrollar una profunda meditación acerca de la precariedad de la condición humana. Los fragmentos que he elegido para su aparición en Rialta Magazine anuncian una obra que se sitúa en un punto intermedio entre la autobiografía y el ensayo literario; una obra que hasta hoy no contaba, hasta donde sé, con traducción alguna al castellano.

Romain Kachaner

El río Alfeo (fragmentos)

En este libro llamo paradójicamente paréntesis a la casi totalidad de mi vida, la que empezó a partir del momento en que supe leer y que abarca mis estudios, mis lecturas, mis investigaciones, mis preocupaciones y la mayor parte de los libros que escribí. Un día me di cuenta de que estaba casi por completo alejado de ella. Me acordé entonces del río Alfeo, saliendo del mar y volviendo a ser río. Lo relata un mito griego antiguo en pocas líneas. Me pregunté entonces, a modo de juego, si el río redimido no habría sentido las mismas impresiones que las que estaba experimentado, al llegar al islote de Ortigia, frente a Siracusa, después de haber transcurrido por el Mediterráneo.

Se me ocurrió, no hace mucho tiempo, utilizar la imagen del río resurgente para ilustrar las duplicaciones y los ecos que creía percibir entre las formas y los procederes de la naturaleza a través de sus distintos reinos. Sabiendo hoy que formo parte del mismo universo, no tengo escrúpulo alguno en descubrirme sometido a un destino idéntico, yo mismo cual río Alfeo. Es mi turno, siento que vuelvo a ser río en las próximas riveras. Abordo una orilla nueva. Vuelvo a encontrar la existencia estrecha y personal cuya memoria lancinante, contra viento y marea, había conservado. Permanezco sin duda impregnado de sal, de yodo, de algas, y de la inmensidad indistinta de las aguas marinas, en ocasión de la embriaguez de las palabras, de las controversias, de las especulaciones laberínticas, de los vanos edificios del pensar.

Sin embargo, el filtro de aquí en adelante ha perdido su potencia.

Río superviviente del naufragio, yo separaba mis aguas, las reunía, les cavaba un estuario, que era un nuevo arranque. Tuve en este aspecto que alterar la leyenda. Río proveniente del mar, el río Alfeo no puede ser cualquier río, sino un río invertido y, para así decirlo, simétrico. Lo imagino ya sin impulso y sin fuerza, subiendo otra vez las cuestas, corriendo al revés, como si se tratase de un filme que se desenrollara a la inversa. Su flujo va disminuyendo. A cambio, consigue mayor limpidez. Se encuentra feliz al acercarse de la grieta donde desparecerá y que ya se figura semejante a la que lo engendró antes de su aventura marítima, humilde, insignificante, tal como las fuentes verdaderas que dejan correr los ríos hacia su desembocadura, su delta, o, como también sucede, que los abandonan y olvidan. Entonces no son siquiera presas de la superficie infértil. Son absorbidos por la arena de los desiertos o se pierden, tragados, de manera misteriosa e imprevisible.

‘Alpheus and Arethusa’, Johann König (1586-1642), 1610s

El río Alfeo conoció sin duda un destino fuera de lo común. La fábula alusiva que lo menciona sólo me dio el modelo que necesitaba para describir después de cuáles circunstancias, por qué razones y de qué manera se me había antojado que existía una analogía entre su suerte y la mía. Se trata, claro está, sólo de una metáfora muy lejana: uno de aquellos cotejos que surgen en el sueño intermedio y que parecen echar de repente una luz sobre lo que uno no lograba entender.

*  *  *

Mi aprendizaje de niño salvaje tocaba a su fin. Aún no sabía leer. Y leer era mi única ambición. Disponía de cubos sobre cuyas caras figuraban sobre papel glaseado grandes letras de color. Intentaba formar palabras, reconstituir las que no había podido descifrar en mi abecedario. Me encontraba en el umbral del Edén. Aguardaba, frenético, el mundo de la lectura y de los libros, como quizá, hoy en día, lo siguen aguardando tantos niños e incluso adultos en países poco abastecidos de escuelas y profesores. Toda su vida conservan de ello la esperanza deslumbrada. Desconfían de los antropólogos y de los filósofos buenos apóstoles que les aconsejan, aunque lejos de ellos, desde inasequibles metrópolis abundantemente provistas de bibliotecas y universidades, no separarse jamás de la inocencia de la naturaleza. Su incredulidad, en este punto, es saludable. Como ellos, yo estaba convencido con razón de que el universo de lo impreso significa una insustituible dilatación de la personalidad, un logro mágico que abre el acceso al mundo de las cavernas y de los tesoros de la independencia y del saber. Luego, tal vez, cuando uno se encuentre saturado por las ideas y los libros, teme de su parte una peligrosa y falaz intoxicación. Uno teme que el universo segundo que difunden oculte al otro y que le vuelvan incapaz de percibir en él su frescura y su verdad.

De este peligro, que no es, ni mucho menos, imaginario, me preservé más por instinto que por deliberación. La sustitución verbal nunca fue en mi caso más que apenas victoriosa, y sólo por un tiempo. Nunca llegaría a borrar del todo el mundo de las cosas.

Hasta la transición, la insidiosa, la muy lenta, la insensible transmisión de los poderes, la inconsciente primacía otorgada al universo leído sobre el universo sentido, quiero decir, controlado y sancionado por la realidad inmediata, no fiduciaria, justo hasta ese paso que cae por su propio peso y se lleva a cabo sin dificultades, una casualidad, una consecuencia imprevisible de la guerra, hizo que la sustitución se realizara según una pedagogía aberrante que siguió apelando en mí a no sé qué facultad de asombro inventivo y casi de adivinación obligatoria. Prolongaba la infancia en vez de acostumbrarla a unas propensiones más cercanas a la paciencia y a la humildad, que también el alumno ha de aprender. Exagero sin duda alguna. Todo se encontraba enredado en esta enseñanza insólita. No obstante, la sustitución de la norma por la fantasía tuvo algo de cojo, de impreciso, de extravagante; en resumen, de memorable, de memorizado de antemano y, por si fuera poco, de propicio a la imaginación.

*  *  *

Concluida la guerra, y antes que Reims, más que bien despejada de los escombros de la guerra, fuese devuelta a la población civil, me habían confiado –aún no sabía leer– a un curso privado que, en una pieza estrecha de un primer piso de los suburbios de París, dirigía un sacerdote exclaustrado. Reunía una decena de chicos de edades distintas. Muchos profesores todavía no habían sido desmovilizados y muchas escuelas seguían sirviendo de hospital. Yo era el más joven dentro de esa aula heterogénea. El que fuera abad menos se ocupaba de enseñarme a deletrear que de poner a recitar a los demás los departamentos, prefecturas y subprefecturas incluidas, y las fechas principales de la historia de Francia. De tanto escucharlos balbucear, los supe pronto de memoria, al igual que algunas fábulas de La Fontaine. Debía descubrir un sentido a todo lo que aprendía así de rebote. Me convertí en un analfabeto instruido, obligado a acumular nombres propios y acontecimientos.

Poco después nos instalamos en Reims. Me inscribieron en las clases infantiles del liceo, que acaba de reabrir. Supe leer rápido. Entraba por fin en el universo de los libros, de la cultura impresa, de la que no debía separarme nunca. Sin embargo, era demasiado tarde para que su huella dominara completamente. A lo largo de mi vida, mis viajes por tierras escasamente pobladas (eso era mi oxígeno) la cubrían periódicamente, cierto que durante un tiempo breve, pero uno que me influenciaba más profundamente que la monotonía de los días de estudios y luego de labor. Reservaba, cada vez que me lo permitían las misiones de las que estaba encargado, una excursión por las comarcas casi desérticas donde la presencia del hombre sigue siendo precaria y taciturna, casi muda. De cualquier modo, la naturaleza que allí le precede puede hoy en día eliminarlo de un capirotazo. Le basta asimismo con aprovechar un descuido del intruso.

Pero sólo eran peripecias efímeras, puertos donde, por un instante, volvía a pisar la tierra, y donde, como Anteo tocando el suelo, reanudaba mi origen. Muy pronto los libros constituyeron para mí un alimento cotidiano. Los devoraba. Quizá empezaba a sentir que me tocaría escribir algunos.

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