‘El enemigo es mi sangre’, Rodney Batista, 2018, bronce y resina con mármol

La muerte nos persigue desde que nacemos, es la mayor certeza que acompaña el transcurso de nuestras vidas; lo excitante radica en que se desconoce el instante exacto en que esta se consumará. Pensar y hablar de ella se hace tan común, que se convierte en una de las metáforas más poderosas entre todas las que nos rodean. Eso es soportable y muchas veces complaciente hasta que tenemos que enfrentarnos al cuerpo muerto en sí, este representa la concreción de lo que fue, hasta ese momento, tan sólo una amenaza, o más bien un misterio.

Rodney Batista, nacido en La Habana en 1988, y graduado de pintura en la Academia de San Alejandro (2006), y del ISA (2018), eligió durante una etapa de su trabajo esos cuerpos sin vida que van a parar de forma definitiva a la morgue para contribuir a las investigaciones de la ciencia. Nos narró de manera espontánea cómo se interesó por dicha fase del destino humano, que la mayoría preferimos obviar. Fue la manera en que su pensamiento empezaba a concebir la gestación de las obras la que le insinuó que esa materia podía satisfacer sus expectativas.

Con justificada timidez llegó a la morgue, se ofreció para ayudar en lo que hiciera falta; y de ese modo estaba penetrando en una realidad acechada por lo sombrío, pero a la vez repleta de experiencias y sensaciones que siempre terminan conduciendo al aprendizaje. Así (desde los dieciocho años) lavaba los cadáveres, contribuía a su depósito o traslado, iba familiarizándose, y apreciando con normalidad ese mundo irrefutable que nos confirma la efímera posibilidad del cuerpo cuando cesan en sus funciones los órganos vitales.

Su afán se centra en hacer trascender a dichos muertos más allá del deterioro inminente. Insertarlos en historias que abran nuevas maneras de interpretar la existencia y los más diversos acontecimientos que van ocurriendo dentro de ella. Todos pierden su nombre y biografía, se transforman en materia anónima; sus historias parten de cero, con aspectos muy singulares que no dejaran de sugerir nuevas identidades. Rodney, desde cada intervención, borra la huella del pasado, por brutal que este haya sido. Implanta códigos que le permiten sostener diversos relatos que apuntan hacia una obra de corte narrativo, donde la imagen preserva un extraño vigor y la indiscutible capacidad de expresar.

En estas circunstancias sorprendemos el accionar del arte en un reducto ríspido, denso, complicado; aquello que por lo general engendra repulsión, y parece atacar la más tradicional concepción de lo bello. Este camino engorroso se despeja cuando esa materia agresiva que lo protagoniza se vuelve de alguna manera lírica, gracias a la subjetividad del propio artista, apta para modificar la realidad, hasta cierto punto, y capaz de adicionar una nueva lectura de ella.

El primer paso para el éxito de este tipo de poética se vincula al acto de superar la superficialidad y pensar un poco más en lo útil; hacer una consecuente relectura de cada elemento a ser utilizado y comprender su capacidad y eficacia en el momento de trasladar significados. Aquí resulta determinante la elección del soporte al que, en definitiva, se enfrenta el espectador: la fotografía. Así tiene que ser, primeramente por la velocidad y realismo con que reproduce cada escena; y en otro sentido porque evita de manera rotunda que las vísceras se pudran, asunto inevitable que frustra de antemano la posibilidad de la instalación como medio expresivo.

Rodney Batista no se considera propiamente un fotógrafo; lo que sucede es que sus piezas están hechas de una materia que resulta prácticamente imposible de llevar a las galerías u otros espacios expositivos. De esa manera, la fotografía realiza una determinante gestión mediadora en el proceso de documentar sus arriesgadas instalaciones, sin desmembrar el realismo, economiza el exceso de dramatismo y hasta aquello que pudiera parecer demasiado patético. Ocurre en su procedimiento una operación limpia que amplía en todos los órdenes la posibilidad de expansión de las obras.

Si los cadáveres son como el corazón o la esencia de cada pieza, también se vuelve decisiva la inserción de elementos de todo tipo, a la hora de redondear el sentido en cada una de las experiencias. El valor de lo textual se localiza en los títulos, entre estos y la imagen propiamente se gesta una feliz complicidad. En este sentido, me causan un profundo impacto obras como: Oasis (2009), Luna llena (2013), Galán de Noche (2013), Tercera piel (2012) y Mito del ama de casa (2011). Ya sea por las locaciones en que son colocados los cuerpos, o por los elementos agregados que estos obtienen, se crean composiciones muy interesantes, que desplazan a un segundo plano los detalles más grotescos, para colocarlos en función de una imagen que aspira al equilibrio.

Encabezando su dosier encontramos una frase del escritor mexicano Juan Rulfo que puede aportarnos mucha luz en torno a las intenciones que, de manera global, encierra su recorrido por la morgue, y a ese vínculo tan extraordinario que nunca se quiebra entre los vivos y los muertos. Dice Rulfo: “Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos”. Entonces se trata de animar a un mundo inmóvil, rescatarlo en el contexto de la memoria pública, proponerle campos de fuga a través de los cuales alcanzan vidas insospechadas.

El desecho, lo que quedó al margen y comúnmente suele ser rechazado, otra vez aparece en los estados de opinión, resemantizado, orgulloso de su condición orgánica, y convencido de que volverá, de alguna manera, a tener una continuidad en los ciclos de la existencia racional.

En estas piezas aquello que sucede antes de la muerte queda como un misterio, se sitúa en la parte oculta del relato, de lo que será imposible desentrañar. Esa condición contribuye a una neutralidad muy favorable para una total libertad expresiva, ya que los referentes no se encuentran contaminados, son tan sólo objetos a partir de los cuales comienza a tejerse el futuro.

Resulta muy conmovedor cuando la obra de Rodney Batista se inspira en fetos muertos y cadáveres de niños. En mi opinión, es este uno de los momentos más sobresalientes de su trabajo, que se transforma en una representación poética de la infancia a partir de la muerte, valiéndose de símbolos muy exactos como “el algodón de azúcar” e insinuando la presencia de lo lúdico. El artista incorpora a las piezas fragmentos de juguetes que logran reforzar ese sentimiento con mayor intensidad.

Desde esta mirada creo que ha conseguido resultados muy notables, los cuales se aprecian en piezas como: Bonsái (2012), Amigas (2009) y La danza de los inocentes (2012). Todas estas composiciones logran resolverse en un clima de espontaneidad que facilita la comunicación con los espectadores, y sobre todo están dotadas de una plasticidad impecable. Específicamente Bonsái es una obra muy filosófica, aprovecha ese concepto que le da título para establecer una profunda relación simbólica desde la cual discursa sobre lo trunco, todo lo que se detiene prácticamente antes de comenzar.

Rodney Batista impresiona por la indiscutible madurez que se desprende de cada una de sus ideas y actuaciones. Sin dudas, la exposición personal Mundo de mí mundo, exhibida hace cinco años (2014) en la galería Servando Cabrera Moreno, con la curaduría de Magaly Espinosa, constituyó un firme argumento en la evolución de su carácter creativo.

Lo más estimulante de su obra es que se legitima y manifiesta por encima de cualquier soporte, es un campo abierto en donde hierven obsesiones que se dan el lujo de dejarse provocar por nuevas circunstancias e inquietudes, permitiendo una potencialidad que siempre nos sorprende e involucra en un proceso dentro del cual uno escucha voces que vienen de varias direcciones. Se trata del don de la multiplicidad, de desarrollar ambientes y atmósferas capaces de transmitir mensajes cargados de conceptos que parten de formas aterradoramente sinceras.

Así lo confirma la muestra Epitafio, acogida por la galería Villa Manuela en el mes de junio de 2018. En ella, Batista hace despliegue de objetos, que acompañados de una visible vena instalativa, vienen a dialogar sobre cuestiones que entre otras cosas se vinculan con la identidad y el destino, ambos sometidos nuevamente a los tirones entre la vida y la muerte. Las piezas dejan brotar el aliento de lo personal con la mirada cargada de una filosofía intervenida por lo místico, que rebota en forma de metáfora hacia la apreciación colectiva.

En Epitafio, Rodney Batista se vale de materiales como el plomo, la resina, el mármol y el bronce para producir figuras e imágenes donde constantemente lo humano y lo animal pugnan dentro de una unidad insoslayable que respira también por esas ranuras o dudas profundas en las que el artista, en forma de poética, insiste. Las series Sólo recuerda que debes pactar con la forma humana (2018) y Si alguien tiene oídos oiga (2018), así como obras independientes como Yo soy una idea (2018) y El enemigo es mi sangre (2018), refuerzan la magia subjetiva de un arte que parece meditar ante múltiples caminos, sin optar por la negación rotunda de ninguno de ellos.

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