Vista parcial de la exposición ‘Diago The Past of this Afro Cuban Present’, Lowe Art Museum de la Universidad de Miami

Creo que fue en 2001. A Roberto Zurbano no lo dejaron entrar al Hotel Presidente porque, además de ser cubano, es negro. ¿O viceversa?[1] Sólo pudo pasar el umbral acompañado de Miguel Barnet, quien venía en calidad de vicepresidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Pero, ¿entraron por el cargo de Barnet o porque es blanco y un hombre “mediático”? La pregunta no es ingenua, Zurbano en ese entonces era vicepresidente de la Asociación de Escritores. Años más tarde, el intelectual y activista contra el racismo en Cuba fue destituido de su cargo de la Casa de las Américas tras ser publicado su artículo en el New York Times, “For Blacks in Cuba the Revolution Hasn’t Begun”.

Terminando el siglo XX, el hip hop, y especialmente el rap, andaban en su apogeo y no había letra de cualquier grupo cubano que no tratara en forma directa el tema del racismo en nuestro país. Años antes, el trío Primera Base[2] había ganado un Cubadisco con su ópera prima Igual que tú, en homenaje a Malcom X: “a nigro like you”, rezaba un fragmento de la canción homónima. Y para colmar la copa, un grupillo trataba de pegarse con el estribillo “quién tiró la tiza, el negro ese”. Este último tema, que trataba de traer a presencia una situación, lo que hizo fue reforzar el mismo racismo que criticaban.

Por esa época, Roberto Diago (1971) lanzaba su protesta antiracista desde la plataforma que mejor dominaba: el terreno de las artes visuales o, más exactamente, desde la escritura grafiti y el soporte povera. En una excepcional obra, Clase de matemáticas (1999), más gráfica que pictórica, escrita como en la urgencia de la clandestinidad o el cimarronaje, Diago escribía “Negro+Negro, Mierda”.

Esta obra forma parte de la exposición personal Diago: The Past of this Afro-Cuban Present, exhibida en el Lowe Art Museum de la Universidad de Miami desde el pasado octubre hasta el 19 de este mes de enero. Curada por Alejandro de la Fuente, director del Instituto de Investigación Afrolatino, Hutchins Center for African and African American Research de la Universidad de Harvard y co-curador de la segunda edición de Queloides, esta muestra resulta una compilación –puede afirmarse– muy completa de la obra del artista cubano que reside entre La Habana, Soroa y Trinidad. Lo primero: es encomiable la convocatoria a todos aquellos que poseían en su colección alguna que otra obra paradigmática en la carrera artística del habanero de Pogolotti.

‘No puedo hablar’, Roberto Diago, 2000

Lo segundo: si tuviera que resumir en una palabra lo que la exhibición propone diría que es un manifiesto. Una declaración sobre la condición del negro o del afrocubano que transita por varios fases, el de la protesta abierta de visos políticos, el de la documentación,[3] y el de la espiritualidad y recogimiento sabio. Diago: The Past of this Afro-Cuban Present supo recoger esa trayectoria del artista que ha ido del “discurso manifiesto al discurso latente”. Y todo ello soportado por materiales “cargados”, es decir, sacos, maderas, metales, fotos, todos repletos de historias, de una historia marginal y de resistencia, no por elección sino por imposición. Todos conducentes, haciendo un arco temporal, a la ruta de la esclavitud. Junto a ellos Diago ha usado el lienzo pero precisamente para sustraerle su impronta dominante en el arte de la cultura occidental o para hacer con él lo que no se supone. Por ello también la expo es un gran bricolaje.

Acoto una verdad de Perogrullo: el tema del racismo no está reñido con la pertenencia o no a un grupo social, ni siquiera a un estatus. Eres víctima de racismo tengas el dinero que tengas, vivas donde vivas, ostentes el cargo que ostentes. La cuestión étnica y el color de la piel pesan más. Roberto Diago viene de una familia de alto linaje cultural. Varios de sus integrantes han sido creadores de renombre en la música cubana; su abuelo Roberto Diago, de corta vida, marcó su paso por la llamada segunda vanguardia de las artes plásticas del siglo XX, y la casa familiar era visitada por encumbrados de la cultura local. Diago mataperreó, sí, pero también era llevado al museo por su abuela y recibía clases de educación artística. Él es, en sí, el antiestereotipo.

Como muchos de nuestros creadores, se fusionan en él todos los ingredientes de las llamadas alta y baja culturas, el ademán violento y sofisticado, la instrucción y la intuición…¡¡Plus!!, la piel negra. Esto lo convierte en un denunciante que ha sido dañado. “Sólo el cuchillo conoce el corazón del ñame”. A Diago, como al negro en general, no le ha quedado más remedio que hacerse de una resistente coraza desde la cual demuestra, en un ademán de ralea ancestral, haber ido y venido de cualquier embrollo existencial. Porque lo de ellos no es un ligero estado de ánimo, es realidad tácita de discriminación, exclusión, segregación. Es un hecho con el que han tenido que lidiar durante siglos.

‘Clase de matemáticas’, Roberto Diago, 1999

Ningún proyecto político cubano los tuvo en cuenta. “Los nacionalismos cubanos del XIX habían desconocido al negro, si bien José Martí elaboró un proyecto inclusivo sobre la patria de todos, el mundo negro y la exclusión consciente de los miembros de esa raza del discurso cultural y la práctica política entraron el siglo XX sin ser cuestionados de manera radical”.[4] Es por ello que volver y re-volver sobre el tema, denunciarlo, siempre va a ser no sólo legítimo y necesario, sino por fuerza, infinito.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención el hecho de que tanta marginación y conflicto haya sido pasada olímpicamente por alto en la década del ochenta, época en que las artes plásticas isleñas se ufanaban de haber revisado todas las colisiones sociales e individuales de finales del XX en Cuba. De hecho, tal vez me den los dedos de mis manos para enumerar los artistas cubanos que con tanta vehemencia e insistencia han tratado el tema de la negritud, amén de sus resultados y maneras de hacer: el escultor Teodoro Ramos Blanco, quien no dejó de ofrecer una variante dulzona y exótica del negro; a partir de los noventa René Peña, cuyas incursiones antropológicas han devenido excelentes fotografías; Eduardo Roca, Choco, quien ha logrado un equilibrio justo entre mito y figuración; Manuel Mendive, a quien debemos hermosas obras pero más asentadas en lo mitológico, salvo Barco negrero, una joyita clásica del tema; un segmento amplio del lente poético-documental de Juan Carlos Alom; el rejuego con el mito del negro como hombre bien dotado en Elio Rodríguez; el enjambre cultural de las obras de María Magdalena Campos-Pons, de fuerte presencia africana, la crítica de Gertrudis Rivalta a la exclusión de la mujer negra de cualquier canon de belleza; las incursiones de Belkis Ayón en las prácticas secretas abakuá; un segmento de la obra de Alexis Esquivel… Y en el siglo XXI las tajantes propuestas de Carlos Martiel y Susana Pilar Delahante. Todos siempre apuntando al poder. Dentro de todos ellos Roberto Diago, ni músico ni deportista, aún no imagina una pieza que eluda el tema.

La denuncia del “racismo epistémico”, exactamente calificado por Alberto Abreu. Tales son los desvelos de Roberto Diago, quien ha transitado de manera transversal –y esto ha sido “descubierto” en la muestra de manera elocuente– de sus dibujos a base de líneas reducidas a pura grafía o texto escrito en varias ocasiones; de aquel look a lo Basquiat y la violencia figurativa de Antonia Eiriz, a las cajas de luces, gigantografías, instalaciones émulas de los llega y pon, videoproyecciones; como a las piezas monumentales de corte suprematista y minimal explayadas en El poder de tu alma, excelente exposición del artista en el Centro Wifredo Lam, a fines de 2013. Allí abandonó la narrativa y fuimos testigos de un laconismo intenso, despojado de literalidad.

‘Paño mágico’, Roberto Diago, 2018

Diago: The Past of this Afro-Cuban Present supo representar esta tensión: por un lado está la espontaneidad del trazo o la pasión encerrada en el enfrentamiento con el soporte bidimensional apreciada en Comiendo cuchillo, donde la tirantez llegó a la summa, así como el gesto iracundo (No puedo hablar, 2000) que la problemática exige; por el otro, nos enfrentamos a una visualidad que raya más en el cálculo, en la contención de origen intelectual, pero igual llena de energía y vigor. Aquellos quedan, eso sí, como aliento, influjo, vocación, susurro inadvertido en este giro lingüístico, más dado al silencio y a la contemplación, que encarna esa otra fase de su creación. Compendio que reúne lo sofisticado y lo precario, el desencanto y la esperanza, la experiencia artística y el registro in situ… La denuncia y el ejercicio sanatorio.[5]

La exhibición en Miami llegó en un momento perfecto. Coincidió con Art Basel, la feria de arte más grande de esta parte del Atlántico, dialogando así con exponentes africanos que ya son pesos pesados como El Anatsui, o con artistas que se van posicionando con solidez, como la sudafricana Zanele Muholi o el inglés Isaac Julien y su homenaje a Frederick Douglass, líder abolicionista afroamericano, entre muchos otros que de alguna manera he reseñado en mi blog, El Señor Corchea.

Aunque Roberto Diago no estuvo en el Convention Center de Miami Beach, él tuvo su museo, a bote lleno en el opening y para el conversatorio sobre su obra, donde Alejandro de la Fuente compartió escenario con Bárbaro Martínez. El recorrido por Diago: The Past of this Afro-Cuban Present es el camino en que se modulan las prácticas socio-culturales del negro, tratando de adaptarse, de resistir a las nuevas y solapadas tratas. Donde el reciclaje y la recuperación se dan no sólo como supervivencia sino como resistencia. Por eso, aunque no haya performance es performativa. Por ello es que esta expo es más que una muestra de artes visuales donde una va a apreciar el virtuosismo de un artista, su gracia para instalar, incluso su maestría. Diago: The Past of this Afro-Cuban Present va más allá, pertenece al discurso cultural más actual. Es una mole de ideas con las que todos debemos chocar.


Notas:

[1] No es ocioso, nunca lo es, que pensemos en el neoapartheid que existía en el circuito hotelero cubano, donde los cubanos tenían vetada la entrada.

[2] Dos de los integrantes de este grupo ahora forman parte de Cubanito 20-02 y una se pregunta si incluso teniendo al mercado como respuesta, se puede cambiar así, de palo pa’rumba, tan fácil.

[3] A esta vertiente pertenece el núcleo de la exposición de Diago, Alegría de vivir, Galería Habana, 2005, la cual tuve el placer de curar. Dicha expo estuvo compuesta, básicamente, por cajas de luces incrustadas en madera quemada con fotos de personas afrocubanas tomadas por sorpresa, sin poses, en diferentes contextos. Un buen segmento de esta serie está presente en Diago: The Past of this Afro-Cuban Present. En el año 2002, el crítico de arte y editor David Mateo realizó una entrevista a Roberto Diago para “La voz ilustrada”, una sección de la revista Dédalo, vocera de la asociación de jóvenes artistas de Cuba. En esta sección las respuestas prácticamente no se escriben, se dibujan, ilustran. Entre muchísimas cuestiones, Mateo indagó por lo que Diago consideraría el mayor privilegio, a lo que este respondió que “la alegría de vivir”. La alegría de vivir no es sólo un privilegio, sino un mecanismo de resistencia en el día a día. Parecería un contrasentido puesto en boca de otra persona, sobre todo en un contexto donde la desesperanza y el desencanto se han apoderado de millones, no importa la raza. Esto llena a la muestra de una rotunda ironía. Pero siempre he pensado que la risa del negro es mucho más que el choteo burlador de jerarquías y situaciones. El negro tiene lo suyo, se resiste a ser un outsider y es la tolerancia su patrimonio fundamental. Saber ceder para fundar aunque no tenga conciencia, incluso, de su sabiduría: esa y no otra ha sido la causa del sincretismo.

[4] Julio César Guanche. “El negro espacio del negro. Raza y nación. Entrevista con Tomás Fernández Robaina”, La imaginación contra la norma, Ediciones La Memoria, La Habana, 2004, p. 105.

[5] El sentido compilatorio y retrospectivo de la exposición, sumado a un contexto en que Roberto Diago aún no es lo suficientemente conocido, además de que el Lowe Art Museum está enclavado y pertenece a un campus universitario, obligaron al curador a ser más didáctico –algo con lo que ya he aprendido a lidiar– y le impidieron ser más radical. (Eso sí, el diseño de las fichas técnicas, de fondo blanco contrastante, podía ser menos convencional –véase como un tip si un día me leen).

ELVIA ROSA CASTRO
Elvia Rosa Castro Martín (Sancti Spíritus, 1968). Licenciada en Filosofía y Máster en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Fan del Borussia Dortmund. Actualmente es curadora, crítica de arte, profesora y editora independiente.  Es CEO y editora del blog de arte El Señor Corchea. Posee varios libros publicados: La conjura de los fieles (Ediciones Abril, 1998), El mundo como ilusión y apariencia (Ediciones Abril, 1998), Erizando las crines (Ediciones Matanzas y Aldabón, 2001), El observatorio de LíneaRepasos al arte cubano (Ediciones Unión, 1998), Aterrizaje. Después de la crítica de la razón cínica (Editorial Luminaria, 2011) y Los colores del ánimo (Detrás del Muro Ediciones, 2015). Ha obtenido dos premios Calendario en Ensayo (ambos en 1997); la Beca de Creación Juan Francisco Elso (2000); el Premio Nacional de Curaduría (2005); el Grant de IFA-RAVE Foundation, (2007), en Alemania; el Premio de Ensayo Enrique Sosa (2007), de la revista Videncia, Ciego de Ávila; y el Premio Nacional de la Crítica, Guy Pérez Cisneros, 2011. Fue seleccionada Fan of the Week por la cuenta oficial en inglés del club de football Borussia Dortmund en Twitter.
avatar