El artista cubano Luis Manuel Otero Alcántara está en prisión. Encarcelado arbitrariamente, a la espera de un inminente “juicio sumario abreviado” por los supuestos delitos de “ultraje a los símbolos patrios” y “daño a la propiedad”, por los que podría enfrentar pena de hasta cinco años de privación de libertad. “Delitos” todos derivados de sus intervenciones artísticas.

El artista cubano Luis Manuel Otero ha desfilado en decenas de ocasiones durante los años recientes por distintas cárceles habaneras, sacudido por arrestos “preventivos” que tenían como propósito infundir temor, quebrar su voluntad, disuadirlo de su arte. Porque su arte confronta al poder, lo pone en evidencia, porque su arte aglutina y gana espacios de mayor autonomía para la comunidad artística y la sociedad civil en Cuba. Porque su arte mira de frente al poder, y sostiene la mirada.

Pero ahora el artista Luis Manuel Otero Alcántara enfrenta un procesamiento penal, en un ejercicio que quiere ser ejemplarizante y que pone de manifiesto la procacidad con que el poder en Cuba criminaliza el arte, el desenfado con el que aplasta las voces del disenso. El artista Luis Manuel Otero Alcántara es víctima hoy del tirón represivo que intenta encapsular los límites del debate en la isla, a fuerza de arbitrariedades, violencia y atropellos.

El artista cubano Luis Manuel Otero está en prisión a la espera de un juicio fundado en la negación de su condición de artista. En Rialta hemos preparado este dosier con testimonios de artistas, curadores, críticos, escritores, cineastas, periodistas, investigadores, historiadores y pensadores cubanos de distintas generaciones. Testimonios que calibran el valor, el talante y la fuerza de sus creaciones. Y manifiestan la gravedad de la circunstancia actual.

Los artistas e intelectuales cubanos demandamos la libertad del artista Luis Manuel Otero Alcántara, que es también, en más de un sentido, la nuestra.

Rialta Staff


Abel Sierra Madero

Investigador

El arte político y los excesos de la obra de Luis Manuel Otero Alcántara

En los regímenes totalitarios, el disenso público y frontal es considerado un delito. La hegemonía en estos contextos se construye y gestiona a partir de una política de miedo colectivo, que produce simulación y silencios, también fugas en masa. El poder totalitario potencia el miedo a través de sus aparatos represivos, para congelar cualquier posibilidad de cambio. Sobre aquellos que cuestionan las instituciones, generan ideas y herramientas sobre la misma naturaleza autoritaria del régimen, cae todo el peso del Estado. Las leyes se acomodan y crean una jerga opaca y perversa, para convertirlos en criminales y enemigos de la nación.

Por décadas esta ha sido una práctica sistemática en Cuba y hoy tiene un nuevo target: Luis Manuel Otero Alcántara. El artista visual ha sido encarcelado en numerosas ocasiones por órdenes de la policía política y los órganos de la Seguridad del Estado. Otero Alcántara lleva una semana preso, pero esta vez es diferente. Enfrenta cargos por “ultraje a los símbolos patrios” y “daño a la propiedad”. Podría ser enjuiciado de “modo sumario y abreviado”.

Luis Manuel se ha convertido en un ruido, una voz disonante y libre, dentro de un ambiente tan opresivo y complaciente. Con este “caso” buscan un escarmiento. Se trata de una operación quirúrgica que va directamente al gesto, al nervio de la libre expresión y la autonomía. Su detención intenta clausurar el campo del arte político en Cuba, cada vez más creciente y contestatario. Con la criminalización de su figura, se busca despojarlo de su condición de “artista”, para procesarlo como un vulgar delincuente.

Luis Manuel ha realizado intervenciones públicas a través de performances contra la política cultural oficial y ha provocado nuevas lecturas y diálogos sobre la vulnerabilidad, la precariedad de la ciudadanía y el talante autoritario del régimen cubano. Más allá de consideraciones estéticas o formales, las contribuciones de su obra radican, quizás, en generar una nueva memoria nacional desde el arte; pero sobre todo en los excesos que produce. La solidaridad y las críticas que ha generado su detención deben haber descolocado a unos cuantos. Luis Manuel Otero Alcántara es el síntoma de una nueva colectividad que está perdiendo el miedo y que tiene un nuevo repertorio crítico y analítico, una nueva sensibilidad y subjetividad. Por eso tratan de desaparecerlo, de silenciarlo. Lo saben los comisarios, los jueces y los carceleros. Lo saben.

Adonis Milán

Director teatral y realizador audiovisual

Conocí a Luis Manuel Otero Alcántara a finales del 2017 cuando fui censurado por una obra de teatro; él me brindó su espacio, conocido por muchos como Museo de la Disidencia. Desde entonces lo acompañé en gran parte de sus aventuras de enfrentamientos contra el poder, un poder que él desafía con su creatividad e ingenio; desde esperar fuera de las estaciones de policías las innumerables veces que lo secuestraba la (in)seguridad del Estado, hasta acompañarlo en su peregrinación hacia El Rincón, en la que arrastraba una piedra amarrada al pie para pedir por la libertad y la prosperidad del pueblo cubano. Irreverente e inquieto, Luisma es un artista que busca su asidero junto a los cubanos de a pie, los acompaña en sus risas y lamentaciones. No sólo hace preguntas, él busca caminos, soluciones con sus obras, un arte comprometido con su tiempo y centrado en las necesidades populares. Es un caballo salvaje que no va a ser domado nunca por ninguna doctrina, ni imposición gubernamental. Su arte es su herramienta de expresión inconforme. Un artista sin fronteras, un ciudadano honesto y solidario con todas las causas sociales, un ser humano con principios y valores que pueden resultar molestos para un régimen que siembra la desidia. Hoy Luis Manuel está preso, pendiente de un juicio sumario, esperando una condena de dos a cinco años de cárcel por llevar la bandera cubana sobre sus hombros y luchar contra un decreto carcelario para la cultura nacional. La libertad de Luisma es también la libertad del arte cubano. ¡Hoy lo condenan a él y mañana puede ser a uno de nosotros! Hay que parar esta rueda genocida que viene aplastando a todos los creadores durante tantos años. Es tiempo de actuar, es tiempo de cambiar, es tiempo de crear sin censura. Exijo libertad inmediata para Luis Manuel Otero Alcántara.

Anamely Ramos

Profesora, curadora y crítica de arte

Lo más loable para mí del arte de Luis Manuel Otero es que existe desde sus primeras obras –de hecho, creo que todo sale de ahí, incluso la cuestión política– una empatía que tiene con los que le rodean y con sus conflictos, que también son suyos. Esas vías para activar la obra socialmente, que fue tanteando y perfeccionando, son auténticas y tienen que ver todo con la personalidad y habilidades del propio Luis Manuel, incluso con el estrato social del que proviene. No es un artista tratando de ser popular o jugando a mezclarse con gente pobre en un barrio pobre, no es un experimento social más o menos asistencialista o relacional. Es un artista que crea usando las nociones, expresiones y modos que le son afines desde niño, pulsando códigos populares que conoce muy bien, lo que genera una sociabilidad interesante que, a su vez, anima una obra performativa, per se. Él le habla lo mismo al circuito de arte contemporáneo en Cuba que a sus vecinos, de ahí ese rasgo básico que muchos le critican y del que él está consciente y hasta orgulloso.

Cuando esto ocurre, no es difícil que la obra del artista termine confundiéndose con él mismo, sobre todo si se le añade el componente coercitivo, que lo vigila y le impide realizar cada vez más sus incursiones públicas. El secuestro del espacio público por el Estado criminaliza actos y gestos totalmente civiles y genera monstruos opositores donde solamente hay personas con inquietudes ciudadanas, dispuestas a manifestarlas, o personas cuya forma de creación consiste en generar tipos de organización comunitaria, o al menos, formas colectivas de expresión.

Armando Chaguaceda

Investigador y politólogo

Por deformación profesional, no suelo hacer nada que no sea “metatrancoso”, pero hurgo en mis recuerdos –que incluyen el chat de la semana pasada– y salta una idea, una imagen. Luis Manuel es, ante todo, autenticidad. Alguien cuya actitud, serena y decidida, supera mis pesimismos, mis pesadillas, mis cansancios. Nos conocimos hace un par de años; desde entonces intercambiamos textos teóricos, opiniones sobre la coyuntura, saludos, bromas y avisos a amigos comunes. Luis Manuel es irreverencia coloreada de rosa, es militancia sin pose ni permiso en todas las causas que brotan ahora mismo en ese erial llamado Cuba, es apropiación molecular del artivismo, es confianza en el futuro y potencialidades de un pueblo que ya no parece creer honestamente en casi nada, incluido sí mismo. Luis Manuel no es perfecto, porque es profundamente humano. Es lo mejor que nosotros quisimos y pudimos ser. Y eso es lo que admira, asusta y estremece.

Aurora Carmenate Díaz

Crítica de arte y curadora

Luis Manuel no tiene miedo, eso desconcierta a todo el mundo en una isla muerta, así como desconcierta su risa despampanante, sin apagarse a estas alturas. Es artista, diría yo si me preguntaran luego de afirmar que es el más libre de los cubanos de mi generación, o uno de ellos. Podrán no gustarte sus acciones, guárdalo para las clases de Historia del Arte, pero si la conclusión que sacas luego de tus tormentos estéticos te lleva a justificar la tamaña injusticia de estos días, ello ya juega en el terreno de la vileza. Igual hay gente que no entiende nada y no merece a Luisma. Yo sí creo que nos hace mucha falta. Y al régimen bien le vienen su casco, sus esculturas, sus performances. Le recuerdan que un grupo de gente piensa y sabe que Cuba está todavía muy lejos de cualquier civismo.

LMOA no es un político, mucho menos delincuente, es artista. Sabe que desde el arte puede dar guerra mejor a la barbarie. Digo esto incluso teniendo un punto de vista mucho más pesimista de cuánto nos puede salvar el arte o cualquier otra cosa a los cubanos. Envidio el empuje de Luisma, su fuerza y cómo es feliz. Me ha hecho más de una vez preguntarme por mi lugar en Cuba y mis responsabilidades básicas como bípeda, ya ni siquiera ciudadana. Al Luisma no lo ha molido la maquinaria, se mantiene claro por nosotros. Mientras esté preso, yo no quisiera hablar de arte.

Carlos A. Aguilera

Escritor

LMOA contra la maquinita de Estado

Si la mala gestión de un Estado pudiera medirse por la cantidad de angustia que genera en sus ciudadanos, el Estado cubano (que a la vez es un Gobierno, un partido, una nación y un país) posiblemente batiría el récord de inquietud, aflicción o inseguridad provocadas a su propia población.

Y no sólo lo digo por lo “fundido” que uno sale de allí o por la “quemadera” diaria, para usar dos palabras caras al slang cotidiano, sino por algo más sencillo: después de más de sesenta años de represión y simulacro, nadie sabe con exactitud cuáles son los límites entre lo civil y lo político en Cuba, entre mi espacio privado y mi espacio público.

De esta incertidumbre, que también es una de las formas que tiene de gobernar el despotismo castrista, es que inteligentemente se han alimentado varios de los performances de Luis Manuel Otero Alcántara. Desde su Peregrinación al santuario de San Lázaro, un hecho común entre los religiosos cubanos, hasta aquella Gran rifa del año (ambos en 2017), que se burlaba a la vez que vulneraba el apartheid estatal contra los nacionales en los hoteles.

Apartheid que creo se observa muy bien en su homenaje a Daniel Llorente, al intentar correr los mismos metros que este corriera con la bandera norteamericana en la Plaza de la Revolución (alrededor de sesenta y seis), carrera que terminara abortada por la policía y el G2 cinco minutos después de haberse iniciado.

Evento –dicho sea de paso– que le valió “al de la bandera” el destierro a Guyana, y a Otero Alcántara una serie de encarcelamientos y acosos que aunque habían comenzado antes se agudizaron a partir de aquel suceso y han continuado en bucle hasta hoy.

¿No es la bandera (cualquier bandera) un trapo sustituible que entre otras cosas sirve para vestirse, para colgar en el baño, para vender muñequitos, para correr? ¿Un trapo que a priori sólo simboliza el fascismo que lleva en sí toda nación, su falsedad identitaria?

Pues contra ese fascismo es que LMOA clama todos los días y contra este es que ha dirigido –sin asociarse hasta donde yo sé a ningún movimiento de oposición– todo su arte.

Un arte cuya fuerza radica en su dinámica outsider y en su deconstrucción ideológica, sin mucha teoría o mucho concepto. Sólo a base de hechos, perspicacia, inteligencia civil y sentido del humor.

Un arte que, si lo pensamos bien, es puro batá, pura rebeldía y puro bofetón.

Carlos Quintela

Cineasta

¿Asere qué bola? ¿En qué estás pinchando?

En cada compañía de la prisión de Valle Grande se hacinan más de 120 hombres en literas de tres pisos. Luis Manuel Otero Alcántara despertará mañana en una de esas cuarenta literas de la compañía a la que fue asignado. Para un artista negro de un barrio pobre pretender un diálogo con el gobierno de su país a través de su arte se paga despertando en prisión. Para Luis Manuel, que ha convertido su vida en su obra y su cuerpo en expresión de su arte, los días en Valle Grande no dejarán de ser productivos.

Si se cotizara su estancia en prisión (si el mercado del arte reconociera lo que acontece también como una de sus obras) habría menos incertidumbre en el gremio sobre su destino. Si esta estúpida hipótesis llegara a ser cierta, los magnates de nuestra dictadura ya lo hubiesen vendido a uno de sus amigxs coleccionistas y Luis Manuel andaría suelto, despertaría en su cama.

Es increíble que todavía hoy en día existan cubanxs que ni siquiera se atrevan a dar un like en Facebook por miedo a que el gobierno tome represalias contra ellos. Clic, me asombra. Clic, un corazón. Clic, me entristece. Clic, me enfada. Clic. Clic. Clic. Clic. Suena a revólver con el cargador vacío, pero es un clic sin pólvora, una simple señal de apoyo. ¡¡¡Si un artista está preso injustamente el arte cubano está preso también!!! La Libertad como el arte libre es derecho de todxs y responsabilidad de todxs. De eso se han percatado incluso artistas que apoyan abiertamente al régimen, como Kcho y Silvio Rodríguez. Así que, si eres de los que tiene miedo, ya puedes unirte a la campaña porque podrás esconderte bajo el paraguas del susurrador.

Leí en un testimonio sobre Valle Grande que el agua la bombean sólo media hora por la mañana y otra media hora por la tarde. La ración de comida consiste en arroz casi crudo, con una sopa que le falta poco para ser agua y donde se han encontrado desde matas silvestres hasta caracoles vivos. Luis Manuel Otero Alcántara está viviendo en esas condiciones, hay cubanos que llevan muchos años viviendo así.

La Revolución cubana lleva sesenta años en el poder sin ser lo suficientemente fiera como para alcanzar el calificativo de sanguinaria. En su mediocridad radica su brillantez, la eficacia de su técnica está en la constancia de sus jabs, aparentemente inofensivos.

Luis Manuel está mucho más cerca de la cultura que el Ministro de Cultura, tiene una visión política más amplia que Miguel Díaz-Canel y es más valiente que todos nosotros. Los reclamos de Luis Manuel en contra del Decreto 349 y de todo lo que está mal son reclamos que haría cualquier ciudadano libre de su tiempo. Realmente el trabajo que está haciendo Luis Manuel lo tendría que hacer la UNEAC por él. El día que la dictadura no exista los cubanxs volveremos a sentir lo que es estar sincronizados con su época. Mientras tanto, Luisma, desde Valle Grande, nos ha puesto a trabajar a todos, algo que debimos haber comenzado a hacer ya mucho tiempo.

Carolina Barrero

Historiadora del arte

En el arte cubano sobran los ejemplos del uso de la bandera como motivo representacional. Valga sólo mencionar obras y/o artistas que forman parte de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes y que, por tanto, cuentan con el reconocimiento institucional: Materialización de lo soñado (1993), de Alexis Leyva Machado (Kcho); Estadística (1996), de Tania Bruguera; Bandera Cubana (1988), de Tomás Esson; y El Sagrado Corazón (1995), de Lázaro Saavedra.

Muchas han sido también las exposiciones organizadas por el Consejo Nacional de las Artes Plásticas dedicadas a celebrar la representación de la bandera en el arte cubano. De entre las más recientes, Fuerza y sangre, imaginarios de la bandera en el arte cubano, inaugurada en abril de 2016 y concebida en homenaje al cumpleaños noventa de Fidel Castro y la celebración del VII Congreso del Partido.

Otero Alcántara es un artista de la performance y el arte de acción, su cuerpo es lo que el lienzo a la pintura; su acción, lo que la técnica. Su trayectoria artística comenzó, sin embargo, como escultor. Quizás haya algo de performatividad en la escultura, y mucho de lo escultórico en la acción. De ello habla su obra de 2011, Los héroes no pesan, una talla en madera que el artista dedicó a los soldados que lucharon en la guerra en Angola.

El uso de la bandera en la obra de Luis Manuel no es correcto o incorrecto, sino artístico. El arte trabaja con el universo de lo simbólico en el que sólo tienen cabida los juicios estéticos.

Del performance Drapeau, acción artística en la que el artista se arropó con la bandera durante todo el mes de agosto de 2018 como si se tratara de su segunda piel, habría que decir, no obstante, que si algo tiene es su carácter entrañable, y si algo representa es un tributo lleno de orgullo y de reconocimiento a la historia y al pueblo de Cuba. Pocas cosas puedan parecer más entrañables que un joven que duerme se despierta, crea, trabaja y sueña arropado por los valores de su bandera.

La trayectoria artística de Luis Manuel ha sido reconocida por instituciones de gran prestigio como Matadero Madrid, en donde realizó una residencia artística en 2016, y el Centro Pompidou, por el que fue invitado en 2018 a participar en el evento anual Hors Pistes, que cada año reúne obras trasgresoras en torno a un tema de actualidad. Ese año estuvo dedicado a La Nación y sus ficciones.

Dean Luis Reyes

Crítico de cine

Mi pregunta sobre el proceso contra Luis Manuel Otero Alcántara es si las instituciones que dicen representar a los artistas en Cuba no se pronuncian cuando estos son hostigados, ni a favor ni en contra de ellos, ¿para qué militamos en ellas? ¿Qué dicen ahora mismo la UNEAC, la AHS, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, sobre el caso contra Otero Alcántara? ¿Qué le exigimos que hagan o digan quienes somos miembros de ellas? ¿No va siendo hora de reclamarles un posicionamiento o de renunciar a ser parte suya? En ocasiones anteriores, ilustres artistas cubanos de las artes plásticas (no precisamente opositores al Gobierno cubano) han sido acusados e incluso condenados fuera de Cuba por delitos mucho más graves que los que se le imputan a LMOA. A ninguno se le celebró un proceso judicial expedito, pues contaron con todas las garantías procesales. Que con LMOA sea diferente sólo se explica por una razón: su acusación tiene un móvil político. No seamos cómplices.

Elvia Rosa Castro

Curadora y crítica de arte

El miedo a priori

Hace varios años –tal vez en 2012–, en un texto sobre jóvenes creadores publicado en la extinta revista Cuba Contemporánea (la del siglo XXI, no la primera), incluía yo a Luis Manuel Otero junto a Elizabet Cerviño, José Mesías, Ernesto García, entre otros. Si lo incluí en esa nómina es porque consideraba, y considero, que Luis Manuel es un artista. De albergarse alguna duda, basta con revisar su dosier. Pero Luis Manuel era un total desconocido, pues sus gestos reactivos aún no se habían publicado, no habían inundado las redes, que sí las calles.

[…] Las últimas obras (gestos, site specifics performances) de LMO contienen un porciento alto de componente químico, esto es, son el resultado de una reacción a una acción o situación previa. Están altamente condicionadas por el entorno y en este sentido son contingentes, pero aun así no salen de la nube simbólica del arte. No hay panfleto en ellas, no hay disidencia robusta; no se trata de acciones violentas o pacíficas. Únicamente –y esto es más que suficiente– ocurre un cambio de escenario: la inseguridad de la calle sustituyendo el arropo del cubo blanco. Exponerse, eso es. Prescindir de la comodidad del barrio de putas que resulta la galería. Actuar en ese espacio contaminado que es lo “público” y sobre todo divulgarlo, nombrarlo, genera una incomprensión y un miedo a priori de magnitudes insospechadas.

Ya sea porque salga con casco puesto o farol en manos, como Diógenes buscando hombres, Luis Manuel siempre encontrará un escarmiento infundado.

Ernesto Oroza

Artista

Lo primero que me pregunto, cuando veo los registros fotográficos de la obra con cabezones que Luis Manuel Otero Alcántara realizó en la Plaza de la Revolución, es cómo reaccionó el grupo de personas que le rodeó durante el evento. Busco en las caras una mirada cómplice o crítica, de curiosidad o indiferencia, o la del franco temor a ser asociado con su gesto. Es obvio que hay en esa figura dos entes: Luisma, el artista y hombre bueno que padece hoy prisión injusta, y la figura de quien se esforzó toda su vida para lucir ante los ojos del mundo como un hombre bueno, aunque para esto tuviera que deshumanizar nuestra república. Se complejizan las respuestas si apunto las miradas a ambos indistintamente. Si alguien mira con complicidad hacia el cabezón, dos pudieran ser los destinos de esa empatía. Es obvio también que mis reflexiones sobre la efectividad de esa obra, y su capacidad de desafiar la masa de marchantes, es generada desde mi propio temor. La preocupación por los que observan nace de nuestra experiencia, de haber estado en situaciones similares. Reconozco en esa obra de Luisma un gesto desafiante que desnuda con humor y compasión nuestro miedo.

Pero hay otra perspectiva en esta relación, y es la del valiente. Los que han usado esos cabezones saben que operan al interior como una caja de resonancia. El clamor exterior es capturado y amplificado en sus paredes internas como lo haría el artefacto para auscultar del médico. Con ese dispositivo Luisma auscultó el latir inútil de la masa humana que se arrastró sin sentido por la plaza y se hizo trizas unas horas después contra el esmeril de la miserable vida cotidiana en Cuba. Nunca escuchó Fidel con respeto la voz de los cubanos –sin paternalismo, sin enjuiciar, sin desprecio, sin represalias– como lo hizo ese día con oídos de papier mâché.

Luis Manuel tiene hoy la cabeza dentro de ese régimen policial (por enésima vez en lo que va del año), y espera un juicio sumario que no tiene forma de ser construido o argumentado sin mentir o manipular la verdad. Luis Manuel ha convertido su calabozo en un dispositivo para escuchar nuestro clamor, para registrar como un verdadero artista factógrafo nuestros miedos, nuestra angustia y este rabioso dolor por su prisión injusta, pero también nuestro deseo impostergable de hacer con él un país mejor para nosotros y para nuestros hijos. Es momento de dejar de ser una masa inútil. No somos Luis Manuel Otero Alcántara; si lo fuéramos, él no estuviera preso. Pero es momento de entereza, podemos ser nosotros mismos, podemos ser personas íntegras y distintas con un sentido y deseo comunes.

Frank Guiller

Fotógrafo

Desde que leí la noticia de que el artista plástico independiente Luis Manuel Otero Alcántara será sometido a un juicio sumario (de esos que sólo pueden ser inventados en Cuba), no he parado de sentirme extremadamente frustrado e impotente, sabiendo bien claro lo que eso significa y conociendo muy bien los procedimientos que se desencadenan cuando el aparato gubernamental y el MININT deciden que eres persona non grata. Es casi bochornoso saber que después de más de medio siglo sigan pasando cosas tan extremas como estas, y que nadie pueda hacer nada para evitarlo. De esta manera, un artista no puede tener una obra independiente sin que el Estado censure, se meta y trate que pienses como ellos establecen que debes pensar. Es que me parece todo esto un capítulo del periodo nacionalsocialista alemán.

LMOA es un artista plástico más de un grupo que de una u otra manera ha roto con las instituciones gubernamentales y ha sabido luchar por su independencia cultural, su derecho a la libertad de expresión y a tener un criterio personal. Así lo indica su obra, tanto cuando trabaja con elementos donde el sujeto es la religión, como cuando realiza arte povera, o decide hacer performance. Sólo una dictadura como la que existe en Cuba trataría de minimizar su obra y alegar que no es artista (porque no estudió en ninguna escuela de arte), cuando la realidad no es otra que está encarcelado por su rebeldía y oposición a la política de creación manifestada por el Gobierno (Decreto 349). LMOA es sujeto de un ensañamiento como pocos otros artistas han visto, pero él no se calla y mantiene su actitud de resistencia cultural; no importándole que le confisquen el estudio o que lo intimiden sigue siendo justo a sus principios. Ahora enfrenta estos cargos creados para tratar de silenciarlo, pero dudo que esto pueda llegar a pasar. Este enjuiciamiento no es otra cosa que una manera de tratar de desintegrar lo que él representa.

La comunidad de intelectuales y artistas cubanos y no cubanos fuera y dentro del país debemos apoyar a LMOA y denunciar este abuso de poder que no es sólo con su persona, sino con todo lo que él representa. Quisiera terminar esta nota con un fragmento del poema de Heberto Padilla “Fuera del juego”: “¡Al poeta, despídanlo! / Ese no tiene aquí nada que hacer. / No entra en el juego. / No se entusiasma. / No pone en claro su mensaje. / No repara siquiera en los milagros. / Se pasa el día entero cavilando. / Encuentra siempre algo que objetar”.

frency

Curador y crítico de arte

Hace ya rato que deberíamos –como hace algo más de un año se propuso hacer con el juego de fútbol, y con otros gestos, intentos o acciones desde fines de los ochenta– dejar al lado nuestras diferencias y unirnos en relación a problemas que trascienden el campo del arte, y calan en aspectos culturales, de humanidad, civilización y deber ser.

Ya había hablado con algunos colegas –incluso diferentes entre sí en cuanto a posiciones– sobre esta necesidad. Pero sucede que aún padecemos, como reproductores de lo que sucede en la sociedad, esa especie de egoísmo, desidia, adormecimiento, miedo o cobardía, según sea el caso. Todo eso y más crea un monstruo obstaculizador en nosotros mismos y no nos permite sentir y percibir lo que es la necesidad de un particular ejercicio de libertad.

Luis Manuel Otero ha perseguido –tal vez hasta logrado– ese ejercicio de libertad, al margen de los “gustos” sobre su obra o sobre su gestión como activista en diversas direcciones. No importa si es un outsider, un empírico, una persona que se hace a sí misma –que es como debería ser–, porque en última instancia posee una necesidad de expresarse y conminar a otros a la expresión conjunta de lo loable y lo criticable, y eso lo hace, más que un artista, un creador que trasciende lo que la mediocridad piensa como medible. Pero el hecho de que tras su crítica exista un resultado concreto –no sólo en términos simbólicos– no le da derecho a ningún estamento o poder para coartar su huella en una sociedad a la que se le ha dado la espalda producto del egoísmo, la desidia, el adormecimiento, el miedo o la cobardía. Precisamente Luis Manuel –aun con su fanfarria, su carnavalización–, con una graciosa desfachatez, una estética tal vez no al gusto de la media del arte, mas con una energía y persistencia propias, logra hacer de su inicial performatividad una práctica que, aunque lo pueda encumbrar en un sentido, lo llena de riesgos por los que ha optado en nombre de algo que expresa el hartazgo en que, si no todos, casi todos vivimos o hemos vivido.

Acá no hablamos de si nos es cercano o no en esos sentidos, sino de algo que sí es parte de nosotros, y que se pretende instrumentalizar con él: cercenar una vez más la voz de quien sabe, concientiza, denuncia e intenta transformar lo que está mal hecho en su criterio –que es el criterio de muchos, sino de todos–. No apoyarlo en momentos como este es permitir el desmán con todos. Y de eso, basta.

Gerardo Fernández Fe

Escritor

Un artista y un sargento

Siete años después de haber sido juzgado por asuntos políticos, al prisionero B. le entregan una bolsa con su ropa ajada y sus zapatos enmohecidos, en un cuento escrito por el húngaro Tibor Déry, publicado en el libro El ajuste de cuentas.

—¿Adónde piensa usted dirigirse ahora? –le pregunta el sargento que se está ocupando del papeleo.

—No lo sé.

—¿Cómo? ¿No lo sabe?

—No, no sé a dónde me llevan.

—Puede irse a su casa, cenar con su mujer.

—¿Por qué me dejan salir?

—Son ya demasiadas preguntas. Lo dejamos salir y basta. Alégrese de verse al fin libre de nosotros.

Cuando B. tuvo todas sus pertenencias en sus manos, se detuvo y observó su hoja de liberación. El espacio donde debía haber sido inscrita la “causa de su arresto” aparecía vacío.

Son demasiadas las líneas de contacto entre este relato titulado “Amor”, escrito en 1956, y la historia del artista plástico y performer cubano Luis Manuel Otero Alcántara, puesto tras las rejas en marzo de 2020 por un Estado que lo primero que ha hecho ha sido no entenderlo.

Porque no puede. Y porque la “Revolución” no puede permitirse veleidades.

Los Estados totalitarios suelen fruncir el entrecejo ante el arte más incómodo: por cómo es y por lo que dice. Ahí está el epíteto de “engreído” que los capitostes del Partido Comunista Soviético le endilgaron a Malévich, Kandinsky y otros tantos vanguardistas en los años veinte en la URSS, o el Entartete Kunst (arte degenerado) denostado por los nazis a partir de 1937.

¿No se están repitiendo los mismos reflejos –entendido este término como respuesta automática a un estímulo–? Otero Alcántara incomprensible. Otero Alcántara poco refinado. Otero Alcántara “creído”, endiosado por sabe Dios qué fuerza. Otero Alcántara como artista improvisado…

No reconocer a Luis Manuel Otero Alcántara, que es lo mismo que deslegitimarlo, funcionó, pues, como el paso previo para lo que ha venido después. Su trabajo incomoda, primero por espontáneo, por raw y por irreverente. Pero luego, y sobre todo, porque no ha cesado de poner en entredicho la función normativa de las instituciones y el mundo muerto de los ministerios.

Y como no es un artista de salón, su sitio ha estado en la calle, el lugar más delicado, el espacio a controlar (¿la casa no era de Fidel y la calle no era de los revolucionarios?), buscando todo el tiempo hurtarle al Estado un trozo de su hegemonía sobre el espacio público para, a partir de ahí, poner en solfa goznes tan delicados como la Patria, la Nación, la Historia… y todos los símbolos que de estos cuelgan, a veces lastimeramente.

Arte político con todas sus letras.

Ahora, como en el caso del personaje de Tibor Déry, no ha habido causa creíble para los tantos arrestos temporales a los que este artista cubano ha sido sometido, como tampoco la hay para la condena con que amenazan –punto esencial– a los que permanecen del lado de afuera de los barrotes.

Esperemos que Otero Alcántara no tenga que esperar siete años –ni tres, ni uno, ni una semana más– para que le devuelvan la ropa con la que lo arrestaron.

Sabemos que lo demás lo tiene garantizado: un sargento cansado que no quiere que le hagan demasiadas preguntas y que, en el fondo, tampoco entiende nada.

Hamlet Lavastida

Artista

Luis Manuel Otero Alcántara es uno de esos creadores que continúa la tradición emancipadora dentro del espacio de la cultura. Un artista que usa la irreverencia como estética, como continuidad de esa misma tradición, pero que a la vez intenta señalar la legitimidad de la irreverencia como posibilidad cívica, pues es imposible pensarlo todo desde la horizontalidad o la verticalidad del poder político del Estado. Es ahí donde Luis Manuel genera sus dos hipótesis ante la realidad, una como artista dentro de los imaginarios e identidades culturales y la otra como un ente vivo dentro y para la ciudadanía. Luis Manuel Otero es un creador precisamente por eso: porque piensa, hace un comentario sobre la cultura y sus formas. Sobre todo porque piensa estas formas más allá del objeto simbólico, las piensa como sujeto cívico activo. Sus antagonismos son los mismos antagonismos bajo los cuales han vivido muchísimos artistas e intelectuales cubanos en los últimos sesenta años.

El ensañamiento contra su persona es el ensañamiento contra todos los que como él proponen esta noción descentralizada de ver y crear una posibilidad artística adscrita a la ciudadanía. El sólo señalar que existe detrás del estereotipo de revolución socialista una historia del despotismo político en Cuba te puede llevar a pasar por los pasillos de ese despotismo. Su encausamiento plantea la idea de que para el Estado y las instituciones cubanas todos somos enemigos: los artistas, los activistas, los periodistas, los disidentes políticos, la sociedad civil. Hoy el Estado cubano nos recuerda claramente que es enemigo de su historia, de su cultura, de su identidad, enemigo del civismo, de su sociedad, de sus subjetividades, de sus minorías, enemigo para con sus hijos. Luis Manuel Otero Alcántara encarna todas estas imágenes, y por ello, por supuesto, es enemigo.

Henry Eric Hernández

Curador y crítico de arte

A los verdugos revolucionarios

Cuando un cuadro político de la cultura cita al artista o intelectual a reprender para “conversar”, el debate nunca funciona. El encuentro deriva en una combinatoria de interrogatorio y alegato burocrático, que según el “carácter recalcitrante” del citado puede parar en reprimenda o en su abandono por parte de dicha institución, dejándolo en manos de las fuerzas represivas para que, como ha venido ocurriendo con Luis Manuel Otero Alcántara y algunos de los miembros del Movimiento de San Isidro, los vigilen continuamente y encarcelen cada vez que hagan o simplemente anuncien un evento.

Hablo de un conversación que, en el mejor de los casos, deriva en censura preventiva, en la que el cuadro político, como me sucedió durante la #00 Bienal de La Habana (2018) al ser citado por Jorge Fernández a su oficina del Museo Nacional, centra su regaño en reiterarte: “No me gustaría que me dijeran que no puedo trabajar contigo porque te relacionas con la disidencia”.

Como era de esperar, durante las cuatro horas que duró nuestra conversación, en más de una ocasión salieron a relucir el Caso Tania Bruguera y el Caso Luis Manuel Otero. Entre otras cuestiones, le dije a Fernández que estaba en contra de que censuraran obras, encarcelaran a Tania o reprimieran a Luis Manuel, pues cualquiera de estas acciones representaban la misma violencia política de la que, por supuesto, eran responsables cuadros como él.

Después de escuchar mis rebates a su insistencia en la dudosa calidad de la obra de Luis Manuel Otero, Jorge Fernández me explica que él y sus colegas del CNAP se apoyan, para definir qué obras y artistas valían la pena salvar cuando acontecen estos casos, en los criterios de importantes artistas cubanos. No hubo nombres, pero lo significativo de su franqueza apunta al método que siempre ha concretado las relaciones entre victimarios, o sea, entre los artistas que, haciendo tándem con la burocracia política, han funcionado de verdugos revolucionarios para con sus amigos y colegas.

Por eso hoy Luis Manuel espera encarcelado su juicio sumario abreviado, porque una parte relevante de artistas, críticos y gestores –si bien no todos VIP– han estigmatizado su existencia rehaciendo con ello la esencia totalitaria de reclamar una víctima que consienta una culpabilidad que no le toca. El tándem victimario burocracia + artistas sigue funcionando como forma de afiliación; sigue siendo potenciado como una “forma revolucionaria” de unanimizar a todos en contra de alguien o de algo.

Isel Arango Rodríguez

Curadora y crítica de arte

Sobre Luis Manuel Otero Alcántara, el artista y la persona

Creo que en Cuba Luis Manuel Otero Alcántara ha sido uno de los que mejor ha encarnado, probablemente sin proponérselo, el espíritu de un artista como Joseph Beuys. Casi todos conocemos de Beuys esa máxima tan célebre de “todo hombre es un artista”, pero nuestra relación con ella a veces es un tanto ambigua, porque puede parecer evidente y generar escepticismo a la vez. Es justamente su simpleza lo que la vuelve confusa y perturbadora para nuestras mentes condicionadas a reconocer y reverenciar más bien aquello cuya complejidad nos sobrepasa. Pero lo cierto es que las mayores verdades son aquellas que están al alcance de la experiencia de todo ser humano.

Creo que lo que a muchos molesta de la obra de Luis Manuel es su forma directa y natural de pronunciarse. Nos han acostumbrado a que el arte político, al menos en Cuba, sea de lenguaje sofisticado, o pretenda serlo, aunque su contenido muchas veces no vaya más allá de un chiste pasajero. Otero, sin embargo, nos habla de nociones esenciales desde la sencillez, la empatía y la transparencia. Frente a las prácticas elitistas que predominan en el escenario del arte en Cuba, su obra resulta mucho más cercana a la aspiración de un arte verdaderamente popular en sus orígenes, formas y contenidos defendida por Julio García Espinosa en su antológico Por un cine imperfecto, proyecto que la propia política cultural del país se ha encargado de socavar y desnaturalizar.

Beuys promovía también la idea de un arte entendido como “plástica social”. En su visión la sociedad era la máxima expresión de esos materiales blandos y cálidos con los que prefería trabajar, el mejor arte consistía en lograr de ella la escultura más bella, y todo hombre era un artista porque cada uno era capaz de obrar directamente sobre este material. Luis Manuel Otero, quien ha transitado caminos similares a los suyos (la escultura, vinculada a lo performático muchas veces; el performance en sí; y las acciones cívicas de impacto comunitario como las actividades del Museo de la Disidencia, la Bienal #00 o el Movimiento San Isidro), comparte esta aspiración. Su obra nace de una comprensión espontánea de los sueños y aspiraciones, carencias y frustraciones, miedos y creencias de una generación y de una clase social en Cuba, y presenta también esa vocación sanadora del arte tan importante para Beuys y que pasa por el dolor de “mostrar la herida”. Su tema fundamental es el sufrimiento del pueblo y la necesidad de reconciliación.

En un texto de Rafael Almanza dedicado al artista alemán, el hilo de la argumentación nos conduce a imaginarlo, en su compromiso con el sufrimiento, casi como una especie de santo del arte contemporáneo. Les confieso que a veces Luis Manuel Otero me recuerda esa consideración especial que la tradición ortodoxa tiene por los llamados “locos en Cristo”, una forma de santidad que consiste en vivir, incluso de forma electiva, en la humillación y la pobreza como signos de resistencia ante la lógica del poder terrenal, y con una especie de alegría o humor contrarios a lo que el teólogo Oliver Clement llamó “la pesada seriedad de este mundo”; y en esa supuesta locura contestar a gritos a los poderosos y proclamar una verdad superior. Frente al poder abrumador del Estado cubano y a la realidad cubana, tan gris, Luis Manuel Otero ha escogido un camino similar.

Un método empleado por la Seguridad del Estado para desacreditar a quienes se le oponen de forma abierta y justificar la represión suele ser, justamente, tratar de hacerlos ver como locos, delincuentes, inadaptados… Y es cierto que lo “normal” en principio sería adaptarse y cuidar de uno mismo. Casi nadie escoge pelear siempre que pueda evitarlo, mucho menos pelear por los demás. Pero el ser humano es mucho más que lo que le dictan sus instintos, o al menos aspira a serlo. Hay quienes consiguen superar el egoísmo y el pragmatismo que nos condicionan naturalmente, otros lo logran en menor medida; algunos no tienen la capacidad, y algunos ni siquiera lo intentan. Aquellos que, no sin sacrificio, desafían esa normalidad (que sin sentido peyorativo podemos llamar también mediocridad) son lo que solemos llamar personas excepcionales. Ellos con frecuencia provocan el resentimiento de quienes se saben esclavos de su naturaleza más baja. Pero pueden también, por suerte, despertar la admiración de los que tienen fe. Luis Manuel Otero Alcántara es una persona excepcional. Y cuando leo a esos que en las redes arremeten contra su arte y contra su persona, como si la simpatía o el gusto estético tuvieran algo que ver con la justicia, agradezco inmensamente encontrarme del lado de los que le admiran.

Iván de la Nuez

Crítico de arte y ensayista

Donde hay prisión no hay hermenéutica

En los tiempos remotos de nuestra antigüedad cultural, un artista crítico se esmeraba en esquivar al Estado. Básicamente, porque su intervención, en cualquiera de sus aparatos y variantes represivas, implicaba la interrupción o desaparición de la obra problemática o simplemente incómoda en la que ese artista estuviera inmerso. (El elogio gubernamental también ha liquidado más de una trayectoria, pero ese es otro tema.)

En el despliegue más conocido de su trabajo, Luis Manuel Otero Alcántara toma el rumbo contrario y, lejos de evitar la autoridad, la busca. Su activismo consiste, paradójicamente, en desactivar. En formular un planteamiento y un nudo cuyo desenlace quede en el lado de la censura.

Así, cada una de sus detenciones funciona como colofón de sus performances. Son, por así decirlo, obra. (Y esto incluye el riesgo personal que trae consigo ese remate que el Estado insiste en seguir “firmando”.) Por esa vía, Otero Alcántara gana la batalla artística cada vez que pierde la policial. Por cada “No” recibido en un campo, obtiene un “Sí” tal vez más rotundo en otro.

He escrito bastante sobre las contradicciones insalvables del activismo artístico. Así que me gustaría poder abordar en profundidad, más allá de esta simple nota, el trabajo diverso de este artista cubano que se mueve en esa cuerda. El problema es que la interpretación se resquebraja cuando la conclusión violenta de una obra liquida, directamente, la posibilidad de su crítica. Cuando te meten preso, vaya.

Donde hay prisión no hay hermenéutica.

Janet Batet

Curadora y crítica de arte

Una de las vertientes más sólidas dentro del arte contemporáneo es esa que se desprende del enrarecido cubo blanco y reclama la calle como escenario común para hacer del arte un instrumento de reflexión acerca de la vida misma. Denominada prácticas artísticas socialmente comprometidas, arte cívico, artivismo, arte de protesta, arte de resistencia, entre otros términos y gradaciones, esta digna tradición que incluye figuras de la talla de Willie Bester, Nancy Spero, Chris Burden, Judy Chicago, Tucumán Arde, Group Material, Guerrilla Girls, Regina José Galindo, Aníbal López, Tania Bruguera, Ai Weiwei, Pyotr Pavlensky, Pussy Riot, entre otros tantos, se convierte en factor de concientización ciudadano en torno a temas de urgencia social. Tales prácticas no son posibles en el caso de países totalitarios como Cuba donde cualquier voz que disienta del bloque único emitido desde el poder centralizado es perseguida y sancionada. Es en esta digna tradición de compromiso entre el arte y la sociedad, individuo y política, que se inscribe la obra de Luis Manuel Otero Alcántara (La Habana, 1987), quien a través del performance ha tocado sin miedo una y otra vez zonas sensibles y “prohibitivas” de la sociedad cubana actual. Atacado primero desde los predios institucionales (buscando desacreditar su valor como artista), el poder ha ido empujando a Luis Manuel Otero Alcántara fuera de los predios del arte. El acoso ha sido sostenido, intercediendo sus acciones (limitando sus movimientos físicos dentro y fuera del país) y practicando detenciones arbitrarias una y otra vez que buscan silenciar una de las voces más auténticas del escaso arte cívico dentro de la enrarecida atmósfera nacional cubana.

En este momento, Luis Manuel Otero Alcántara se encuentra detenido en el centro penitenciario de Valle Grande a la espera de un juicio sumario abreviado bajo presuntos cargos de ultraje a los símbolos patrios y daño a la propiedad. Es práctica habitual del régimen cubano encausar a artistas e intelectuales como delincuentes comunes bajo cualquier pretexto al alcance que encubra la verdadera razón del juicio: el derecho a la libertad de expresión que en Cuba ha quedado vetada desde las infames “Palabras a los Intelectuales” de 1961. Cuba está viviendo momentos de recrudecimiento en la criminalización de artistas, intelectuales, periodistas y cualquiera que disienta de la visión centralizada dictada desde el poder. Se puede respirar el pesado vaho de otra Primavera Negra en la isla. Es nuestro deber como cubanos, como intelectuales y como individuos hacer valer nuestra voz en nombre de los que el régimen cubano trata de amordazar y doblegar.

Jesús Adonis Martínez Peña

Periodista

El drama del totalitarismo frente al arte político crítico no sólo radica en el hecho evidente de que el totalitarismo sea la materia prima óptima –la argamasa más auténtica y la más explosiva– para la realización de ese arte, y que además por definición se encuentre en ridícula abundancia al alcance del artista-hereje, sino también en que la censura y la represión totalitarias a menudo se convierten en coautores, curadores y marchantes de la obra –y el autor– que en principio intentaban silenciar o eliminar. De modo que el totalitarismo siempre se traiciona a sí mismo cuando amordaza, encierra, reprime a un artista como Luis Manuel Otero Alcántara.

Es una “trampa” en la que no ha dejado de caer puntualmente, una y otra vez, el régimen totalitario cubano. Cada encarcelamiento, cada acto de violencia estatal contra un artista joven, negro, vecino de un barrio populoso y humilde (Pero, ¿acaso importan en estas circunstancias?: Sí, por supuesto que sí. No, por supuesto que no), la judicialización exprés de sus actos y, ya de plano, de su vida, todos esos gestos de espléndida estupidez y desvergonzada prepotencia pasan a ser instantáneamente obras de fiera denuncia en el catálogo de LMOA.

LMOA ha conseguido que sus represores se pongan a tallar con él la pieza performática más reveladora y constante, afilada y total del artista político que es LMOA: su propia existencia cotidiana.

En los últimos años LMOA ha sido encarcelado, vigilado y amenazado muchas veces. Su vida no es la de un mártir, ni la de un profeta, ni la de un “enemigo del pueblo”, ni la de un genio loco incomprendido por su tiempo. Su vida es a todas luces –no lo conozco, pero recuerdo que un amigo me habló de él con sinceridad y ternura, mientras veíamos un partido de baloncesto en el sofá de mi casa– la de un chamaco que pretende andar por ahí libremente y hablarle claro al Poder. Un chamaco que es además un artista.

Y no hay nada más peligroso.

Se sabe que todo poder político tiene las de ganar a corto plazo, pero que el artista genuino terminará ganando –aunque lo pague con la prisión o la muerte– a la larga. Será el poeta censurado, y no el gobernante autoritario, quien tendrá la última palabra y definirá la verdad de su época.

La misma preocupación de Stalin preguntando a Pasternak si el nuevo reo Mandelshtam –autor de un epigrama en contra de “montañés del Kremlin” que nunca se halló por escrito– era sólo un versificador o bien un “maestro” de la palabra, es la del Gobierno cubano intentando decretar (“349”) quién es “artista” o “intruso”, y desacreditando, antes y después de mandarlos a prisión, a espíritus irreductibles y creativos como LMOA.

Todo esto debería ser ejemplar…, y algo deberíamos hacer al respecto, si no fuera porque aún la mayoría de nosotros –fuera del parloteo sin oxígeno de las redes sociales– “vivimos sin sentir el país a nuestros pies”.

Jorge Ferrer

Traductor y crítico

La “solución biológica” sólo era biológica

Luis Manuel Otero Alcántara nació en 1987, en El Cerro, un barrio de La Habana, Cuba. Un niño pobre en un país periférico con ínfulas. Treinta años después lo quieren meter en la cárcel, porque domesticar a un niño pobre prestándole un par de sueños y encaramándolo en el carril de la excepcionalidad es fácil, pero no resulta con todos. Los hay que no quieren vivir de sueños prestados y alimentan los propios. Los que no quieren vivir en un país excepcional, sino en un paisito normal, regular, un país menos cómodo que un sofá, pero más amable que un cuartel militar con patio al norte de un canal de agua, estrecho. Y los hay también, menos, que perseveran por cumplir sus propios sueños, los alimentan como quien le echa maíz a una gallina bonita y, con ese gesto, a sabiendas, empujan los sueños de muchos.

Con Luis Manuel, Luisma, el régimen que impone el orden mediante la dialéctica del palo y la zanahoria no tuvo suerte. Tal vez porque las zanahorias y los palos se han ido confundiendo en una misma arma y una misma vianda de puré. El poscastrismo, ese paisaje digital de recargas y remesas que vinieron a sustituir a la base y la superestructura de los clásicos analógicos, ha traído consigo un desparrame que le resulta al poder cada vez más incómodo. Y por mucho que las zanahorias sean golosas –¡sobre todo las que tienen de penacho las fake news de la excepcionalidad!–, los niños crecen cada vez más ausentes, desasidos del pasado y conectados con un presente global donde lo mismo te arregla la noche Spotify que PornHub, donde aquella enciclopedia Tesoro de la juventud se llama El Paquete y el parque Lenin lleva el nombre de un tipo que se parece más a Leonardo DiCaprio que a cualquier otra figurita de la épica de ayer.

El problema que tiene la Revolución con los Otero Alcántara es distinto que el que tenían con los artistas de los ochenta, los hijos de la Revolución. Con aquellos, con nosotros, la Revolución tenía un vínculo de parentesco. Pero los Otero Alcántara ni siquiera son nietos de la Revolución. Han roto cualquier lazo familiar e incluso sentimental con ella. La Revolución es para estos millennials el abuelo borracho y violador. El abuelo que sólo les dejó ruinas en herencia. Un amigo cualquiera de Facebook en Hialeah les es más próximo que un abuelo en el CDR o la Asociación de Combatientes. Más los desvela ganar un follower en Twitter, que perder al policía feo y bruto que los sigue por la acera de enfrente o pasar el rato con el codo hincado en el muro o la moto. La Revolución es para ellos una maquinaria extraña a la que sólo le deben el wifi y los palos. Ambos dispensados en parques, que la Revolución fue siempre muy de plaza y muy de parque.

Otero Alcántara es una de esas supersticiones que los redactores perezosos o los biógrafos cursis llaman “un hombre hecho a sí mismo”. ¡Qué jodido reto para una dictadura que opera con guion redactado por sus Eduardo del Llano de pelo cortado al uno! Vaya mala pata con que ese mulato salido de la miseria se bajara con el San Lázaro negro erguido en El Cerro, el Museo de la Disidencia y ese mural en el que los rostros del joven Castro y el maduro Payá forman parte de una misma serie cubana que inscribir en el pecho de una camiseta cualquiera. El castrismo lo podía fagocitar todo, ya fuera domesticándolo o empujándolo al exilio (cagar y tragar son momentos de una misma digestión de la diferencia). Pero parece que Luis Manuel Otero Alcántara raspa demasiado la glotis y el esfínter anal del poscastrismo, su tragalotodo y su “mira que te gusta el Dolphin Mall, mierdecilla”.

Mira, allá en los noventa, nosotros cansados y vencidos, los que decían que sabían nos dijeron que lo de Cuba sólo tenía una solución: la “solución biológica”. Nos enjabonaron el lomo, convertida la Paideia en una Aletheia de tarjeta de embarque. “La «solución biológica» es la solución, amigos”, nos aseguraron. “Morirán los Castro, ese Fidel que vibraba en las montañas se hará ceniza y polvo, y todo volverá a su benéfico flow con el Almendares lleno de sirenas antes jineteras y los delegados del Poder Popular convertidos en munícipes de corbata, talco y buena dicción.” La biología haría lo que la política no pudo. Lo que la guerra no quiso, ni vencieron la rabia, el hastío y la libreta de racionamiento.

Objeté entonces citando aquel delicioso dictum de Rafael Martínez Ortiz cuando al decirle Tomás Estrada Palma, fundándose la República, que Cuba sería la Suiza de América, le preguntó mirando a la calle: “¿Y dónde están los suizos?” Pero nos dijeron que no, que la solución era la biológica. Que muerto el perro se acababa la rabia y cosas así.

Hace casi treinta años de aquello. Los que tiene Otero Alcántara, año arriba, año abajo. La biología ha dado voces ahora. Y un cuerpo de artista padece en la prisión de Valle Grande. No ha dado de sí la biología que iba a convertir al dictador en cadáver, asunto felizmente verificado hace ya un lustro. La biología que clama ahora es la del cuerpo del artista que lo pone, lo arrastra, lo somete, lo impulsa, lo arriesga, lo tensa y lo ve encerrado en una celda. La biología de Luisma: su músculo, su nervio, su saliva y su orina. Ojalá que no también su sangre.

La única “solución biológica” que importa ahora es sacar ese cuerpo del abrazo del poscastrismo, de su saña punitiva y ejemplarizante. Hurtarlo a la venganza, la roña, el miedo de este tiempo que vino después. Este tiempo de sobrevida que la historia, hoy un animalito clemente en tiempos de populismo, regaló al castrismo. Y ya después veremos lo suizo que somos, cuánto merecemos ser sujetos de una Suiza cualquiera. Un país por cierto que, si lo llevamos a la escala de nuestra cubana, minúscula estatura, está lleno de Cerros.

José Manuel Mesías

Artista

24 hashtags. 27 heridas. 24 detenciones.

#ofensashuevazosgolpespiñazos

#hayunapatrullabajodemicasa

#terror

#represión

#arbitrariedad

#impunidad

#tienenmiedo

#tenemosmiedo

#censura

#institucionesfuncionarioscordura

#LuisMaSÍesunartista

#cubapena

#vergüenza

#civismo

#democracia

#libertadepensamientopalabracreación

#martí

#dequénosirvenuestrahistoria

#unámonos

#ponerelcuerpo

#libertadparaLuisma

#estáenjuegoelartecubano

#todossomosresponsables

#todossomosLuisMa

Julio Llópiz-Casal

Artista

“Luis Manuel es un intruso”, dijo la señora del Partido, la más hipócrita, porque eso que hace él no es arte sino una payasada. “Luis Manuel no es un artista”, dijo un tipo, que no sé quién será, porque Luis Manuel no estudió en escuela de arte y lo que quiere es ir de artista porque está de moda el artistaje. “Luis Manuel jode la cosa”, dijo un artista, o curadora… no sé bien, porque hay una pila de gente que está para estar tranquila, para hacer su arte, facturar, y todos sabemos que contra “esta gente” no se puede.

Y yo digo: Luis Manuel Otero es un artista porque él decidió que lo era y la comunidad artística lo entiende como tal. Luis Manuel es uno de los artistas más laboriosos, más auténticos y más osados de mi generación. Lo digo yo porque nos conocemos desde que empezamos a hacer arte, nos equivocamos y acertamos, nos vimos en esos momentos.

Luis Manuel ha decidido emplear su arte para decir cosas que quiere decir, cosas que tienen que ver con ser artista, pero en primer lugar con ser ciudadano. No conozco a ningún ser humano de principios que no defienda este derecho personal y humano de primer grado.

Libertad ya para Luis Manuel Otero Alcántara.

Katherine Bisquet

Poeta y periodista

La discriminación, el racismo y la deslegitimación son tres de los aspectos clave que convierten los arrestos constantes al artista Luis Manuel Otero Alcántara en una normalidad para la policía política. Claro está, para ellos es tan sólo un negro alborotador del Cerro. Los acontecimientos recientes muestran a un país anquilosado en el primitivismo mental, en la mediocridad, en la desinformación, en el provincianismo, en el conservadurismo, en una falta de educación tan grande, en una falta de sensibilidad y humanismo tan grande. Si acaso Luisma ha dado en el centro de la diana con un arte frontal que llega a la gente de a pie, a los que no van a galerías, ni entienden del mercado contemporáneo del arte, no ha sido igual la recepción de los esbirros, ni de los ejecutores, ni de los políticos, ni de los generales, ni de los agentes. Para todos ellos, Luisma no es el artista político radical al que hay que mantener a raya. Luisma es, en sus ojos reptiles, el criminal negro alborotador de los márgenes del Cerro. Entonces, ese negro lo que lleva es palo, porque él no es Nada.

Lynn Cruz

Actriz

¿Quién es Luis Manuel Otero Alcántara? Un hombre libre que representa el sentimiento de muchos, el resultado de una tradición del arte del performance, que en los años ochenta del siglo XX tomó fuerza en Cuba y se retoma en la década de los noventa, por la artista Tania Bruguera. Un outsider, joven y negro de San Isidro que camina por las calles de La Habana, con un casco azul de constructor en la cabeza. Este objeto de plástico, posiblemente lo imaginó entre los escombros de un balcón, en cuyos restos aparecieron sepultados los cuerpos de tres niñas. ¿Conciencia de una clase inconsciente en la isla? ¿El poder equívoco en las manos del pueblo? ¿Para qué sirve el arte si no genera preguntas? Estas palabras no son para despejar las dudas, sino para disiparlas. Un hombre de carne y hueso posiblemente lleno de contradicciones. Un ser que emerge desde las ruinas de una ciudad que convive con el hambre y el miedo. La Habana de la vulgaridad, el reguetón, bajo el influjo del abandono, exhibiendo un panorama desolador, edificios superpoblados, mientras los estertores del concreto calcinado lanzan un último grito, porque lo que no hicieron las bombas fue corroído por el tiempo.

Magela Garcés

Curadora y crítica de arte

Toda la obra de Luis Manuel Otero Alcántara está hablando acerca de cuestiones como realidad, simulacro y tercería también al interior del propio mundo del arte. Aun cuando el discurso de este artífice se erige en torno a un “acontecimiento”, en el cual por momentos la función utilitaria se hace muy visible, la ambigüedad inherente al arte termina siempre tomando posesión de la obra toda. A pesar del carácter multidisciplinario que pueda observarse en su trabajo, y de la carga y resonancia social que este pueda tener, cada gesto de Luis Manuel está pensado desde la metáfora y el tropo; cada uno de ellos posee los altos niveles connotativos y las sutiles referencias intrínsecas al hecho artístico. La artisticidad nunca se pierde en tanto lo que se muestra es un producto en el cual la función que prima sigue siendo la estética.

Esta clase de gestos oxigenan el espectáculo artístico. Nuestras circunstancias agradecen la existencia de creaciones y creadores “con los pies en la tierra”. Las acciones públicas –y relacionales en general– estimulan la cultura desde el espacio cívico, que es contenedor de experiencias heterogéneas, y a un mismo tiempo generan vivencias sociales enriquecedoras de los imaginarios y la memoria colectiva. Menos mal que el arte es una plataforma tan flexible.

María de Lourdes Mariño Fernández

Investigadora y curadora de arte

La censura ha sido una de las normas sociales del establishment cubano transmitida de generación en generación, travestida como gusto estético (el testimonio de Solveig Font en la serie Sin 349 presenta de manera clara como funciona ese entramado del que muchos hemos participado en algún momento). La idea extendida entre muchos burócratas del sistema cultural cubano es que en Cuba no se censura por razones políticas sino estéticas (el problema con Nadie es estético, no político, lo mismo que con Santa y Andrés, por ejemplo). Y es esta capacidad para generar seres entrenados para la censura inteligente lo que le está fallando al sistema institucional cubano, esa capacidad para reproducir maneras de sentir y actuar en el espacio normado institucional de manera efectiva. En el caso de las artes, por suerte, cada vez son menos los sujetos informados, capaces de dialogar y entrar en un terreno de negociación donde se discuta la pertenencia a la institución de una pieza crítica. Y repito, por suerte ya son pocos, porque eso quiere decir que al castrismo se le está agotando su capacidad para reproducirse. Porque los hijos de la Revolución la han abandonado y los nietos no quieren saber de ella. Por eso la obra de Luis Manuel molesta tanto, porque ha llegado en un momento donde se han agotado las fuerzas políticas de mediación. Porque además interpela al campo cultural cubano con una fuerza vital que ya nos parece extraña. Porque ante la desidia, el abandono y el cinismo que nos abruman, ha sido un negro del Cerro sin título universitario quien nos propone una obra que nos enfrenta a cada uno, en nuestro pequeño estrato cotidiano, ante el vacío de una vida de espaldas a la injusticia que acontece sólo a unos pasos de la nuestra.

Mónica Baró

Periodista

El encarcelamiento de Luis Manuel Otero Alcántara trasciende a Luis Manuel Otero Alcántara. Trasciende su obra, trasciende el arte. Reclamar su liberación es reclamar la liberación de un ciudadano cubano que en múltiples ocasiones ha sido víctima de abusos de poder por parte de las autoridades cubanas. Luis Manuel no está en la cárcel por hacer performances buenos, malos o regulares, sino por ejercer un derecho humano universal: el derecho a expresarse libremente. Además, ¿qué es el arte? ¿Quién puede decir, honestamente, qué es el arte? El arte cambia todo el tiempo, pero depende especialmente de su contexto. Siempre. Yo creo que la mayor obra de arte de Luis Manuel Otero Alcántara es su propia existencia. Él ha puesto en jaque al sistema cubano decenas de veces como ningún otro artista y ha demostrado que es un sistema represivo, intolerante, excluyente. Mientras la mayoría de los artistas se entretiene jugando con la cadena, Luis Manuel ha ido directamente no a jugar sino a retar al mono, es decir, al poder, y se ha dado cuenta de que la cadena en realidad no ata al mono sino a los artistas, a la sociedad toda, que está entretenida jugando con la cadena.

No hay manera de lograr su liberación si no unimos voces, esfuerzos, nombres, voluntades, valentías. Cada día que Luis Manuel Otero Alcántara pasa en prisión es un día más de injusticia que legamos a la historia de Cuba. Cuba merece una historia más digna, de mujeres y hombres que se rebelan contra las injusticias.

Néstor Díaz de Villegas

Escritor

Luis Manuel Otero Alcántara: la peste, el mármol y la tiranía

“El material de la obra de Luis Manuel Otero Alcántara es la ciudad misma. Luisma se apropia a La Habana como escenario de sus intervenciones”, explica el arquitecto Rafael Fornés. “Al embarrarse de mierda en las escalinatas del Capitolio, Luisma interviene artísticamente ese monumento. Es un artista muy urbano.”

La mierda es el reverso simbólico del oro de los rusos. Oropel, mierda y mármol, he ahí los materiales de Luis Manuel Otero Alcántara. Una persona embarrada de mierda, a la que nadie desea acercarse, es un apestado. “La imagen más poderosa del arte cubano contemporáneo, sin dudas, muy superior a todo lo que producen los artistas de la nomenclatura, opina Fornés.

En estos momentos, el apestado Luis Manuel Otero Alcántara permanece en la prisión de Valle Grande, sin derecho a habeas corpus ni a un juicio justo. El largo hiato de represión castrista abarca nuestra existencia colectiva como nación.

La peste castrista ha durado más de seis décadas y en ese tiempo diezmó la cultura cubana. Desde Ernesto Lecuona, Aurelio Baldor y Lydia Cabrera hasta Severo Sarduy, Mike Porcel y Olga Guillot, desde Ana Mendieta y Legna Rodríguez hasta Guillermo Cabrera Infante y Chocolate MC, la censura, el exilio y la exclusión han sido implacables. Somos una nación de apestados.

Por temor a perder la falsa seguridad y el salario de la dictadura, los vasallos se mantuvieron en silencio estos sesenta largos años. Pero las circunstancias están cambiando, y llegó la hora de salir del sarcófago; o de que te saquen a patadas de tu sepulcro blanqueado, como le sucedió recientemente a Silvio Rodríguez. La luz de la memoria histórica y la ristra de ajo del testimonio te perseguirán hasta la tumba.

Levanta tu voz, zombi cubano, antes de que sea demasiado tarde. Firma la carta, asiste a la manifestación, tuitea tu opinión, deja ver tu cara en los lugares donde se comenten atropellos. ¡Denuncia y participa! Sin tu participación, sin tu denuncia, Luis Manuel Otero Alcántara seguirá siendo un apestado. Tú eres lo único que se interpone entre la policía y Luisma. Necesitamos tu cuerpo físico, real, no tus buenas intenciones. ¡La próxima vez podrías ser tú la peste!

No esperes a que vengan los académicos gringos a pedir clemencia por la suerte de Luis Manuel Otero, ni a que el Parlamento Europeo lo mencione, ni a que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU lo declare prisionero de conciencia, mientras hundes la cabeza en el libreto de tu próxima comedia, en el proyecto de tu próximo performance, en las galeradas de tu próxima novela.

El dramaturgo René Ariza, que pasó años en las prisiones cubanas por diversionismo ideológico, dijo que temía más al Castro que llevábamos adentro que al Castro de carne y hueso.

Es hora de expulsar a Castro de nuestro cerebro, sacarlo del búnker que se construyó en nuestras almas. ¡Es hora de darnos un baño de pueblo, artistas cubanos, y limpiarnos de tanta mierda!

EL CASTRISMO HA TERMINADO… SI TÚ QUIERES…

Orlando Hernández

Curador y crítico de arte

Estoy en contra de ese arresto, de ese juicio y de toda la patraña que se ha armado contra ese artista, y respeto y admiro su valentía. Creo que la de LMOA es una obra necesaria, sobre todo porque cuestiona y denuncia la represión contra la libertad de pensamiento, de palabra, de creación. Estoy en contra de que esté preso por defender con su pellejo lo que todos queremos y necesitamos, la verdadera libertad, que no es sólo mover las alas dentro de la jaula, sino volar a donde cada cual quiera. Eso pienso. Libertad para Luisma.

Orlando Luis Pardo Lazo

Escritor

Luis Manuel Otero Alcántara es un artista cubano, por supuesto, entre otras cosas, porque él mismo ha decidido definirse así. Desde el inicio, esto constituye de facto su más creativa acción de arte performático, no efímero, sino reincidente, al posicionar a su autor conceptualmente en contra del poder-saber de un Estado. En particular, cuando se trata de un Estado totalitario. Y mucho mejor en términos estéticos cuando ese Estado totalitario es amado y acatado por la mayoría de los artistas del mundo libre, quienes legitiman con su complicidad el rótulo de “Revolución” para la Revolución.

Así, estamos ante un escenario exclusivo que un artista provocador tiene el deber de poner en crisis, al precio que sea necesario. Y Luis Manuel Otero Alcántara lo es: un artista y un provocador. Mientras el alto arte cubano continúa acuartelado en las galerías, galeras, groserías y demás bienales del aburrimiento estatal, Luis Manuel Otero Alcántara ha decidido hacerse arrestar 1959 veces por los milicos de verde oliva. Porque su público secreto y selecto es ese y no otros: el oficialado obsoleto del Ministerio del Interior cubano. Porque su lugar no está en los catálogos de vanguardia impresos en tetracromía de importación (y para la exportación), sino en las cárceles contrarrevolucionarias de una nación desaparecida, en medio de la apatía atroz de una ciudadanía sin ciudadanos.

Al respecto, la bandera cubana, usada como mortaja seminal por mí mismo una década atrás, sigue siendo hoy el trapo heroico natural para envolver la bolsa de basura en que Cuba ha convertido a su propio cuerpo, que es, por supuesto, el cuerpo descuartizado del país. Una isla circo, circular, cínica, clínica, donde los luises manueles oteros alcántaras se definen a sí mismos como artistas, como póstumo acto de resistencia local.

Luis Manuel Otero Alcántara es un artista cubano, por supuesto, entre otras cosas, porque, bajo el imperio de la justicia social, como es el caso de la Cuba de Castro, el pueblo en pleno es una obra de arte de un Estado-Papá que lo mismo te da la papa que te da paupau. Léase, que lo mismo te aúpa que te despinga.

El mundo está mirando. Y esa mirada más o menos mediocre-mentirosa-miedosa ocasionalmente puede salvar uno a uno a los siervos del socialismo. Ojalá sea este ahora el caso, y la solidaridad consiga sacar a Luis Manuel Otero Alcántara de su calvario en clave castrista, salvándolo por el momento de la necropolítica de la izquierda insular e internacional. Pero, es esa misma mirada más o menos mediocre-mentirosa-miedosa la que nos condena a los cubanos a continuar uno a uno como siervos del socialismo.

Luis Manuel Otero Alcántara es no sólo una metáfora, sino también una maroma del Mal. Su existencia como cuerpo libre dentro de Cuba es reveladora. En el incinerador de la ideología, su obra cumbre es iluminar. Y, para esta misión emancipadora, en lo personal nunca vi otra alternativa que quemarse.

Osmany Suárez Rivero

Profesor, crítico e investigador

En las circunstancias actuales, que el derecho a producir y consumir cultura tiende a desligarse con más frecuencia de las palabras “autorizo”, “aval”, “formación” y “permisos”, el empeño de algunos sectores e instituciones culturales cubanos de desacreditar la obra de Luis Manuel Otero Alcántara apelando a su “inconsistencia estética” y falaz “sacramento artístico”, no sólo manifiesta el automatismo de semejantes discursos por mantener los residuos de poder que un arte de privilegios, de noblezas de nervios y de aristocracia instintiva, garantiza a determinadas castas dentro de Cuba, sino que autoriza al Estado a formalizar, desde la política al arte, un tiempo en que la sociedad cubana parece organizada en al menos dos órdenes o rangos: el de los individuos egregios y el de los individuos vulgares.

Contrario a lo que dictan nuestras “políticas culturales socialistas”, poco o casi nada parece importar a esta caballería de ilustrados, los significados psicológicos, las funciones sociales, el temple existencial e implicaciones ontológicas de la cultura, pues habituada a conceder a la falsedad los mismos derechos que a la verdad en su cooperativa estética, hacen de su retórica segregacionista y discriminatoria un dispositivo fundamental para la instalación de las prácticas autoritarias del Estado. A quienes nos interesa el sentido más antropológico de la cultura no podemos obviar que un juicio de valor, utilizado para ocluir el trabajo de Luis Manuel, es ante todo un recóndito miedo al caos moral y político que acrecienta su praxis cultural comprometida con la acción humana, con el cuerpo y sus necesidades, con la naturaleza de los sentidos, las ideas de cooperación y la significación social.

No tomemos distancia de la inmediatez de un dilema político seminal: los recursos de la racionalidad cultural en Cuba se han vuelto tan retóricos como desprovistos de contenidos objetivos. Por eso, ya lejos de confiar en las fuerzas de la ideología, cuya jerarquía apasionadamente algunos ministros, directivos y artistas aún subrayan, se intenta “proteger a la sociedad” por medio de leyes, tribunales, prisiones y eficientes fuerzas policiales. Los marcos protectores no caen del cielo, sino que se introducen en una situación histórica concreta y es esta situación la que ha prefigurado un proceso como el que Luis Manuel Otero está viviendo. Un joven negro, autodidacta y marginado, comprometido a ultranza con la libertad, dispuesto a relativizar los falsos límites de la cultura artística, es percibido como disgregador y alborotador del orden, como un hereje que contamina y deforma tales dogmas culturales.

Siempre que, en ese orden colectivo precario pero idealizado –como algo preconstituido ontológicamente y no cimentado política y cotidianamente–, se insista en que Luis Manuel no es artista, habrá que atisbar una intención de humillar a un hombre empeñado en hundirnos en este presente sin fondo, sin piso, y sin horizonte llamado racionalismo sociocultural. No existe en el arte cubano actual otro agente que fabrique mejor el presente que el Luisma. No ha originado el caos ni las fuerzas de la dispersión, porque semejante racionalismo es de por sí un sistema de ordenamiento sin horizontes relativos, y su encarcelamiento es la más contundente prueba de la inmediatez de esa política que cocea y la flagrante ausencia de futuro que estamos heredando.

Otari Oliva

Coordinador del proyecto independiente Cristo Salvador Galería

De Luis Manuel quiero resaltar, subrayar, alertar sobre algo, un detalle, un aspecto, un factor crucial. Dado que todo termina siendo tanto como nace siendo, y sólo atraviesa, en algunos casos, y temporalmente, la condición de verdad, quiero aventurar la verdad, o su lógica, sobre la razón constitutiva de lo que puedo llamar, sin dudas, la resistencia de Luis Manuel Otero Alcántara. La resistencia de Luis: el resistir es una condición ontológica, y solamente así puede entenderse, explicarse. Es una condición trascendente y trascendental, recibida no sólo mediante los avatares de su formativa subjetiva como parte del estrato social que lo constituye, recibida también como don de grupo histórico. Luis Manuel antecede al Movimiento de San Isidro en el tiempo, no obstante, el Movimiento de San Isidro es la pieza clave que define todo posible entendimiento de Luis Manuel. El Movimiento es el contexto, o sea, es la manifestación-actualización del arco histórico de la resistencia trascendental que conforma, como elemento central, la cultura de guerra a la que ha sido obligado todo grupo no blanco (pero específicamente todo grupo indígena y todo grupo negro) dentro del imperialismo blanco. Lo curioso en estos días puede ser acaso cuán bien el cuerpo represivo de la entidad que domina entiende esto y, tal vez, cuánto se demoran algunos otros en realizar esta “circunstancia”. Consciente del atrevimiento que esto implica, quiero atreverme a decir que Luis Manuel ha de tomarse como un todo y que para ello no se puede ser hipócrita. Todo el que venga con blanqueadores, por favor, que se haga a un lado. Es imperativo que, al llevar adelante la pelea por la liberación de Luis Manuel, ninguna sílaba sea editada desde posiciones no pertinentes a la resistencia nominada desde clase y raza. Es fundamental que cualquier intento de reflejar a Luis Manuel en el espejo de una cultura ajena –ciertos excesos de individuación que pueden apreciarse– sea pospuesto por toda la eternidad. Luis Manuel necesita del abrazo de los suyos y, tal vez, de la alianza de los otros. Luis Manuel no es un caso sin precedencia, sin pedigrí. Luis Manuel trae la marca y el estigma apontino. La clave Aponte, que es la verdad profunda del drama insolvente que nos acosa a todos, que es la clave que el facilismo de muchos martianos oscurece y oculta, es también la causa de guerra que nos atrapa. Hay que recordar cómo la mirada apontina, la mirada que hoy refleja el Movimiento San Isidro, pulveriza patrias y naciones para visionar un reino de redención absoluta. Ya se ha dicho hasta el hartazgo, sólo la verdad nos hará libres.

Pedro Manuel González Reinoso

Artista

Mi textículo para Alcántara (pa que lo suelten, coño, aunque sea por sus mujeres).

No conozco a Luis Manuel, porque vivo en Caibarién. Más de trescientos kilómetros nos separan. Sólo leo sobre él. El no escribe. Hace.

Sé, y es obvio, de su obra pública también ¿Quién no? Siempre saltan trazas. Y humo en brasa.

Conocí a un Otero de mi pueblo, que era un chivato. Vecino sport. Nada que ver con aquel. Era tipo tipejo. De esos que salen a vociferar. Y a “construir senderos”. Como “caminos futuros”, según reza en la lenguaza oficial.

En mi pueblo de mar ostentan un premio homónimo al segundo apellido de Luis Ma, español el muy cabrón, dado a un puente al que aquí llaman Canal de los Barcos. Está justo en el medio del pedraplén que conecta al gueto con el cayerío de los poderosos. Sirve para pasarle por encima a las aguas turbulentas que jodieron el ecosistema. Pero aquí vienen todos ellos a vacacionar. Los que pueden turistear sin pagar. Los mismos que promovieron tender esos ufanos puentes…

En los dosmiles, el Gobierno le preparó los expedientes para que se lo otorgaran. Barceló Guitar y Meliá fueron los copatrocinadores del otorgamiento. Un viaducto sirve también para acercar a la gente. Bobamente creí que sería aquel Alcántara algún ancestro suyo. Un abuelo blanco, quizá. Y una mamá culona.

Oído el parecer de los plásticos nacionales que le “evaluaban” de cuando en vez, para apoyarlo (como zopilotes) o denigrarlo, la cosa se asa aún en la isla según pertenencias e ideologías del tributo. Pura pen-dejada. Como la pluma del pa(c)to.

Pero este puente de concreto lo que traía al país era un dinerito extra consigo, a pleno terraplén mal aplanado… o mejor, un voto de confianza para el turismo venírsele corriendo encima.

Y el socio aquel era un “payaso”. Así que nada que ver. Otro circo.

Una vez, estando yo en La Habana, vi entrar al pasú protestón en el Museo de Arte Cubano. Había una actividad “cultural” e iba solo. Encasquetado en plástico. Y era alto. Tiposo.

Estaba bueno el jabao, cavilé. Desafiando con su casco a otros plásticos.

Existiría alguna razón para acercármele y decirle: “¡Eh, socio, admiro tu obra!” u “¡Hola artista! Me cago en tu madre.” Y sonreír. Pero no. Seguí de largo, y ni le adiviné los ojos. Eso fue hace ya bastante. No sentí ni pena. Por mí, claro.

(Suelo portarme como una vieja cobarde cuando no estoy actuando. Y lo peor es que casi nunca lo digo. O lo hago. Pero se palpa.)

En el verano del 2019 viajé otra vez a España, luego de levantada una prohibición de salida que el Gobierno cubano permitió que la Seguridad de Su Estado me impusiera.

De regreso, en el aeropuerto de Barajas, se me acercó una mulatona cubana, bellísima y despeinada. Con una sonrisa espléndida, de oreja a oreja, llamándome por mi nombre dijo “¡Ey, Pedro!”. Sin más intro me espetó: “Necesito hagas el favor de sumar a tu equipaje esto para mi exnovio en Cuba”. No puedes negarte. Él te ama. No tengo dinero, por tanto, aprieta.

¿Qué coño es eso…? –parecía una telera de pan de flauta, dura.

“Unos zapatos”, dijo. Abrió el envoltorio con par de tacos verde-chatré, oros fosforescentes. Recordé la estirpe de Juana Bacallao. La huella en la cultura cubana, mezcla del kitsch con arrebato.

Me emocioné, patidifuso, creyéndome futura parte colaboraticia de un performance destutanador.

Duro pa los hijeputas.

Es que le quitaron uno antes, o se le perdió, durante la requisa aduanal, y cojo así como está no puede salir ni a respirar… tú sabes… montas en puyas, te he visto… jajaja.

Puta, tetúa. Y regia.

Vamo a verrrr –dije abriendo, molesto, la recontra apretada maleta–. Por suerte no pesan… no mucho. Ay, pinga. Ese paisito.

Eran tan holgados que se tragaron las dos libras de aceite de oliva que traía en botes plásticos, igualitico al cocodrilo que nos quitó la cuota navideña de Franco en la isla tarada y sesentona, para hacer eterna la zafra de unos millones… de hambrientos.

Tremenda pata que tiene el jevito. Ya etá. A rezar ahora.

Dame un tele. Uy, le llamo yo, rápido pa que venga. Sigo a provincia.

No hará falta. Él te encontrará. Dame el tuyo.

Bueno.

Yanelys era su nombre. Después supe que Nuñez y Leyva. La pensé familiar de un viejo sabio, que no sabría mucho de puentes. Por el Messenger, claro.

En el José Martí no había nadie esperando. Ya me iría, preocupado, a la destartalada autopista otra vez. Nada que declarar. Ojeriza sí, y abundante. Nunca traigo peligro conmigo que no sea comida con medicina. Con la vitualla. Pero bueno… hay que cobrar. O no cobran.

Esta vez no descubrieron, por suerte, la gran amenaza emparapetada.

La llamada me entró un tin tarde, al aparato, estando lejos ya del aeropuerto, era su nueva novia, o compañera, o singante de ocasión. El negro tiene mendó. Cordial ella. Apenada. No sé. Se disculpó por la demora. No hay tema. Búscalos. Dirección del Vedado. Bai.

Nunca supe si lo hizo sin líos, hasta que Yanelys me agradeció. No hay tema, insistí. Estamos por la patria. Me encoge pronunciarla.

El tema es mi tema. Siempre. O casi.

Había dejado los morrocotudos chus, desaceitados pues, con una conocida del vuelo, quien vivía en La Habana. Por suerte. Me horrorizaba seguir camino a casa portando tan ligero equipaje. No soy ni El Cantante. O La Heroína.

Mi copilota se escandalizó al verlos, de esa talla. No sabía cómo explicarle que no eran pa un gigantón. “Los mulatos se las mandan”, dije. Asintió. La pata. Pues.

“La verdad, verdad, es que les cabría un pueblo entero, adentro”. Sin embargo, aclaré: “son pa un tipo pingú al que seguro le calzan tremendo par de cojones debajo”. ¡Uy, qué intuitiva-mente!

Entonces sonrió. Y con ella, yo.

René Francisco Rodríguez

Artista. Premio Nacional de Artes Plásticas.

Si Luis Manuel Otero no fuera un artista, entonces se invalidarían las enseñanzas recibidas en los programas oficiales de historia del arte en la ENA y en el ISA que asentaron en nuestro discernimiento el arte del performance y el activismo artístico de Arthur Cravan, Hugo Ball, Emmy Hennings, Joseph Beuys, Allan Kaprow, Bas Jan Ader, Gómez-Peña, Hélio Oiticica, entre una lista interminable de artistas que con su cuerpo, energía y pensamiento han intentado quebrantar la inercia y arriesgar su privacidad a la intemperie en la búsqueda insistente de su emancipación.
No estoy de acuerdo con su encarcelamiento. Anhelaría que las fuerzas y la cordura de nuestras instituciones culturales acentúen el sentido común y detengan este alarmante proceso.

Sandra Ceballos

Artista. Fundadora y coordinadora de Espacio Aglutinador

Decreto ley Luis Manuel Otero

Artículo 1

Los artistas estamos ahí, existimos, fabricamos nuestras obras en grandes o pequeños talleres, estudios, cuartitos, en la calle, garajes, en un pedazo de la sala –en donde ven la tele hermanitos, hijos, padres o abuelos– en un portal o sentados en un escalón de la cafetería La Pelota como el legendario Boris. Estamos y estaremos activos porque siempre seremos artistas, aunque algunos no exhiban su trabajo, aunque nadie los descubra, aunque no porten títulos ni maestrías, aunque sean apartados, vejados o golpeados, aunque asistan o no a los grandes eventos de alcoholes y muecas de felicidad; seguro que no tendremos que retirarnos un día y tampoco dormiremos con la conciencia sucia y una oscura energía acumulada por haber sido victimarios y represores de la cultura.

Artículo 2

No tenemos la obligación de probar lo que somos y sí el derecho de mostrarlo.

Sin embargo, ahora se hace necesario reunir imágenes, textos, currículos para demostrar que un muchacho mestizo del Cerro, que procede de la cultura y el folklor populares en donde no habita la abundancia ni el glamur, no es un delincuente por ser pobre, por no haber estudiado Arte en academias o universidades, por realizar performances críticos y no contar con el apoyo de los poderosos. Pero SÍ, a pesar de todos esos enjuiciamientos desfasados y ortodoxos, de toda la violencia y las detenciones, Luis Manuel Otero ES UN ARTISTA.

Artículo 3

Ha realizado series de esculturas ensambladas con material reciclado recogido de los suburbios y las calles. Ha ofrecido vida y color a personajes creados o recreados que representan mitos idílicos de muchas generaciones. En un gesto formal expresionista desborda su temperamento y pasión. Ha realizado fotogramas, instalaciones y performances basándose en parlamentos y sucesos de carácter político-social, pero también en los ritos religiosos que realizan los practicantes de la Regla de Osha e Ifá en Cuba.

Sus primeras esculturas e instalaciones fueron expuestas en Riera Studio / Art Brut. Luego lo haría en eventos de Espacio Aglutinador como MAM: Museo de Arte Maníaco, Curadores, come home! (en la muestra organizada por la profesora y curadora Magaly Espinosa), Brujas pero también brujos en Línea 106, el estudio-galería de los artistas Alfredo Ramos y Katarzyna Badach, y recientemente en Espacio Aglutinador durante el programa Malditos de la postguerra. Ha recibido residencias como la de Artista X Artista y participado en eventos en Cuba y el extranjero.

Artículo 4

Si bien hay un gran número de detractores y confusas fundamentaciones sobre el artivismo, este se hace cada día más imprescindible en la medida en que crece la violencia, la xenofobia, la homofobia, la discriminación de género, étnica y racial, el crimen, las injusticias, las violaciones, la destrucción del ecosistema, etc.

Las intervenciones públicas realizadas por artistas-activistas o artivistas ya son muy antiguas en el mundo. No hay que juzgar, castigar, ni perdonar. Solamente hay que informarse y entender el momento en que vivimos.

Los artistas somos los verdaderos juglares de la existencia de la humanidad. Muchos han basado sus obras en temáticas sociales, políticas y existenciales a lo largo de la historia del arte, entre ellos, clásicos como Goya con sus Pinturas negras y los Fusilamientos del 2 y 3 de mayo, Gericault, Delacroix, Picasso (Guernica), los muralistas mexicanos Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, Fidelio Ponce, Frida Kahlo, Ai Weiwei, María Rosa Jijón, Juan Sí González, Carlos Martiel, Ana Victoria Giménez, Francisco Toledo, Chago Armada, Ángel Delgado, Coco Fusco, José Ángel Vincench, Tania Bruguera, Antonia Eiriz, Hamlet Lavastida y Alexis Leyva (Kcho) entre otros muchos más (estaría llenando papeles con nombres un buen rato). Algunos han sido y son víctimas de la incomprensión y la intolerancia, sin embargo otros han sido debidamente divulgados y apoyados.

Entonces, ¿a cuántos y a quienes habría que juzgar y por qué juzgarlos?

Artículo 5

Luis Manuel Otero se coloca dentro de este grupo de artivistas de la historia, utiliza la performance precisamente para exponer sus ideas sobre el patriotismo y los conflictos político-sociales. Es su objetivo el de influir, mediante estas acciones-protestas, para mejorar ciertas situaciones adversas que se derivan de los sistemas político-ideológicos y sus complejas plataformas estructurales, que afectan a los más humildes (que son la mayoría) de la sociedad.

Las respuestas ante estas acciones deberían ser: la reflexión, la autocrítica, promover el propósito de rectificar las equivocaciones, el aprendizaje constante, el respeto al derecho humano de la libre expresión y NO la violencia, NO el chantaje, NO las presiones sicológicas, prohibiciones de viaje, detenciones, allanamientos, decomisos de propiedades, arte y literatura, NO las sentencias y el abuso de poder.

Yissel Arce Padrón

Profesora e investigadora, Universidad Autónoma de México-Xochimilco

Escenarios de la violencia y el espectáculo de la diferencia (a propósito del amigo Luis Manuel Otero Alcántara)

“El hombre muere en todos los que guardan silencio frente a la tiranía”, con esta apodíctica frase Wole Soyinka manifestó su indignación ante el fracaso de lo que conceptualizó como la arrogante voz de la intelectualidad progresista de la nación a la hora de plantear preguntas sobre las políticas de terror que un Estado poscolonial africano –refiriéndose específicamente a Nigeria, su país de procedencia– implanta como estructura cotidiana del poder, como un narcótico contra la verdadera comprensión política. La fuerza de retomar esa denuncia en los marcos de lo que será un “juicio sumario” al artista cubano Luis Manuel Otero Alcántara, centra su eficacia en las posibilidades enunciativas que ofrece para volver a pensar la relación entre el arte y las formas de violencia política, entre el arte y el poder. “Cuando el poder –agrega Soyinka– se pone al servicio de una reacción maligna, hace falta crear un lenguaje que intente apropiarse de esa indecencia del poder y le arroje a la cara sus excesos. […] Cuando no consigue hacerlo, todo lo que queda es el rostro colaboracionista del intelectualismo hacia el poder, es decir la consideración del poder y sus excesos como algo natural, a lo que incluso el lenguaje tiene que adecuarse.” Sin obliterar el compromiso político que implican estas palabras de Soyinka, lo que me interesa resaltar aquí es el potencial subversivo que conceden a la esfera artística, la capacidad crítica del gesto cultural que a través de diferentes recursos expresivos emborrona y transgrede las tramas de las narrativas del poder.

Las reflexiones que este escenario de criminalización de uno de los creadores del campo artístico cubano por parte de nuestras instituciones y sus prácticas de estatalidad suscitan nos obligan a repensar la política cultural y la cultura política, así como a potenciar los vínculos e implicaciones entre arte y política, lo público y lo privado, las relaciones de poder y las contestaciones a los ejercicios de censura estatal. De este modo, las interpelaciones por nuevos formatos de movilidad social, espacios sociopolíticos, subjetividades emergentes y perspectivas críticas sobre la gestión de la diferencia encuentran en los tropos de archivo, memoria, espacio público y regímenes visuales la posibilidad de discutir las improntas colectivas de disenso, de desafección y cuestionamiento de los patrones impuestos a la vida cotidiana en Cuba. Se trata de hechos contundentes que nos mueven a revisar de un modo crítico la historia y la producción de archivos y gestos colonizadores por parte de nuestros propios Estados-naciones.

Revisitar en la actualidad las paradojas y ambivalencias en torno al “ser artista” y las pedagogías del discurso oficial de la nación desde ese cronotopo poscolonial que ha sido la Revolución cubana, implica –entre muchos otros elementos– reflexionar cuidadosamente sobre las consecuencias sociales de una agenda política que elija el mutismo, la censura, la exclusión y, de última, la criminalización de los sujetos impregnados de las marcas de un pasado asimétrico y de problemáticas reivindicadoras cruciales para su devenir histórico. Sin embargo, las limitaciones impuestas al rol crítico del intelectual en Cuba por las políticas gubernamentales, no han hecho más que silenciar y potenciar –al unísono– los procesos de jerarquización moral, los estereotipos de racialización/marginalización y la producción de la diferencia colonial en las connivencias entre cultura y política desde los primeros años de la Revolución cubana.


Fotografía de portada cortesía de Evelyn Sosa.

avatar
1 Comment threads
0 Thread replies
0 Followers
 
Most reacted comment
Hottest comment thread
1 Comment authors
ruben chababo. Recent comment authors
más reciente más antiguo más votado
ruben chababo.
ruben chababo.

Dejar constancia Rubén Chababo. Profesor. Universidad Nacional de Rosario, Argentina Porque es necesario quebrar el cerco de silencio, porque es injusto que los perseguidos y los humillados sean condenados a la invisibilidad y al ostracismo, porque en la persona de Alcántara se concentran todas las líneas de fuerza que despliega lo injusto. Antes, hace años, fue el Quinquenio gris, y luego tantos quinquenios, y tanta censura, y tanto hostigamiento y tanta prisión y exilio entristeciendo el alma de tantos. Por eso es necesario decir, no callar. Y hacer saber que no consentimos su presidio. Y dejar constancia de que este… Leer más »